Tres semanas en otoño 16
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Teo

Se despertó a las cuatro y doce.

No poco a poco: de golpe, con los ojos abiertos y el corazón a ciento diez, mirando la grieta del techo del Hostal Delia. Miró el móvil. Cuatro y doce. Volvió a dejarlo boca abajo en la mesilla y se quedó quieto, esperando a que aquello pasara, y no pasó.

Teo conocía perfectamente esa hora. La conocía de Valencia, de Oporto, de Trieste y de otras once ciudades: era la hora a la que se despertaba a partir de la tercera semana, cuando el cuerpo empezaba a avisarle de que llevaba demasiado tiempo en el mismo sitio y había que moverse.

Un mecanismo tonto y fiable, como el pitido de una lavadora.

Lo que no encajaba era el contenido.

Porque en Trieste, a las cuatro y doce, lo que le venía a la cabeza eran horarios de tren.

Y esta noche, tumbado boca arriba en una habitación de sesenta euros de la calle Vallehermoso, lo que le vino a la cabeza fue una pregunta muy concreta y muy poco práctica: cuánto costaba alquilar un piso de un dormitorio en Chamberí.

Se levantó a las cinco menos cuarto y se duchó.

Y a las seis y veinte, bajando los tres pisos con la bolsa al hombro, se encontró a la señora Delia en el mostrador de la entrada, que a esa hora ya estaba allí porque llevaba cuarenta años estando allí a esa hora.

—Buenos días, Teo.

—Buenos días.

—Oye, que me lo tienes que decir cuando puedas. —Se puso las gafas y abrió un libro de registro de papel, porque en el Hostal Delia había ordenador y no se usaba—. Lo tuyo termina el domingo. ¿Sigues o te vas?

Y Teo, que llevaba nueve años contestando a esa pregunta en catorce hostales distintos sin pensarla, tardó dos segundos.

Dos segundos. Delia lo notó, porque las mujeres que llevan cuarenta años detrás de un mostrador lo notan todo, y levantó la vista por encima de las gafas.

—Me voy el domingo —dijo él.

—Vale, hijo. Te lo pregunto porque el lunes entra un grupo y me interesaba saberlo.

—Ya. Perdona.

—No hay nada que perdonar.

Y volvió al libro, y Teo salió a la calle Vallehermoso a las seis y veintitrés de la mañana con la sensación exacta de haber mentido en un trámite administrativo.

Porque el ritual estaba averiado, y él lo sabía desde el domingo.

El ritual era sencillo y llevaba nueve años funcionando: el penúltimo día se paga lo que se debe y se devuelve lo prestado; el último día se hace la maleta por la mañana; y no se despide uno de nadie salvo de la gente con la que ha trabajado.

Teo lo había empezado a repasar mentalmente el lunes, como todas las temporadas, y se había atascado en la primera línea.

Devolver lo prestado.

Tenía una llave allen de una caja de zapatos que decía MÁQUINA. Tenía una taza en la mesa del fondo que llevaba dieciséis días siendo suya. Tenía un rodillo de pintar que había lavado él y que había dejado bocarriba en un fregadero.

Y tenía, en la parte de atrás de una libreta, dieciséis días de la vida de una mujer que no sabía que estaban escritos.

Eso no se devolvía. No había manera de devolver eso el sábado por la noche, dar la mano y decir «hasta la próxima».

* * *

El contrato llegó a las nueve y veinte, mientras se tomaba el café en la mesa del fondo.

Idoia lo mandó en pdf, con la firma digital de la empresa ya puesta y una línea de correo de tres palabras: «Ahora te toca».

Teo lo leyó entero en el móvil, con la taza enfriándose al lado.

Diecinueve páginas. Indefinido, cargo, retribución fija, variable por objetivos, dietas, coche de empresa si lo quería, un plan de pensiones que a los treinta y seis años le pareció un chiste y a la vez le produjo una sensación desagradable de estar leyendo el índice de su propia vida.

Y en la página quince, un anexo.

Ayuda a la relocalización: la empresa pone a disposición del trabajador una vivienda de dos dormitorios en régimen de alquiler subvencionado durante los primeros veinticuatro meses (calle Autonomía, Indautxu, Bilbao). Se adjuntan fotografías.

Se adjuntaban fotografías.

Teo las abrió una por una, sentado en la mesa del fondo de La Castañera, con el ruido de la máquina detrás y una mujer sacando cafés a diez metros.

Salón con parqué. Cocina nueva, blanca, con isla. Un dormitorio grande y otro pequeño que en las fotos estaba montado como despacho. Un balcón. Y desde el balcón, sobre los tejados, un trozo de monte verde al fondo, de esos que hay en Bilbao mires hacia donde mires.

Era un piso estupendo. Objetivamente estupendo: mejor que cualquier sitio en el que Teo hubiera vivido desde que salió de casa de su madre a los veintiuno.

Se quedó mirando la foto del salón un rato largo.

Y lo que pensó fue: no hay nada en esa foto.

No había un cuadro, ni una taza en el fregadero, ni un libro. Estaba vacío y limpio y bien iluminado, porque así se fotografían los pisos, y aun así Teo se descubrió buscando en las esquinas de la imagen alguna cosa que indicara que allí hubiera vivido alguien alguna vez.

Bloqueó el móvil.

—¿Otro? —dijo Lola desde la barra.

—Sí, gracias.

Se lo llevó. Se lo dejó en la mesa. Y le puso la mano en el hombro un segundo al irse, un segundo y medio, de espaldas al resto del salón, con esa naturalidad que había aprendido en tres días y que a Teo le producía una cosa parecida al vértigo.

* * *

A la una cogió la línea 1 hasta Buenos Aires y desde allí anduvo veinte minutos.

Hermanos Nieto estaba en un bajo de una calle de Vallecas, entre un taller de motos y un local de la ONCE, con una persiana metálica subida hasta la mitad y un olor que salía a la acera y que le hizo pararse en seco a quince metros.

Era tueste oscuro. Muy oscuro. El olor a caramelo pasado de punto, casi a regaliz, que en cualquier informe de cata Teo habría calificado de defecto y que, sin embargo, era el olor de la barra de La Castañera a las ocho y cuarto de la mañana.

Dentro había una tostadora de los años setenta, dos sacos abiertos, una báscula de plato y un hombre de unos setenta y cinco años con una bata gris.

—Buenas.

—Buenas. Está cerrado al público.

—No vengo a comprar. —Teo se paró en el umbral—. Vengo a preguntarle una cosa sobre una mezcla.

—Yo no doy mezclas.

—Ya lo suponía.

El hombre lo miró. Después miró la bolsa de lona, y después, con la precisión de quien lleva cincuenta años en un oficio, le miró las manos.

—¿Tú a qué te dedicas?

—Cato. Compro verde para tostadores del norte.

—Ah. —Volvió a la báscula—. Uno de esos.

—Uno de esos.

—Los de vosotros venís y me decís que tuesto quemado.

—Tuesta usted muy oscuro.

—Tuesto para bares. —Echó una paletada en el plato—.

Tú te crees que el café es para catarlo.

El café es para que un señor que lleva desde las seis descargando cajas se meta un vaso entre pecho y espalda con dos dedos de leche y le sepa a lo mismo que le sabía en el ochenta y nueve.

Eso no es quemado. Eso es que sabe a algo.

Teo no discutió, porque estaba de acuerdo, y porque llevaba dieciséis días bebiéndose la prueba dos veces al día.

—La Castañera —dijo—. Calle Buenaventura, Chamberí.

Y el hombre paró la paletada en el aire.

—Amparo.

—Amparo.

—Se murió.

—Se murió en septiembre.

—Ya. —Dejó la paletada. Se limpió las manos en la bata, muy despacio—. Le mandé una corona. No fui, porque yo a los entierros ya no voy, pero le mandé una corona.

—Está la sobrina.

—Eso me dijo el repartidor. —Se apoyó con las dos manos en el mostrador—. Cuarenta y tres años seguidos llevándole el mismo saco cada tres semanas. Cuarenta y tres. Mi hermano se lo llevaba en una moto con un remolque, cuando vivía mi hermano.

Se quedaron los dos callados un momento, en un bajo de Vallecas que olía a regaliz.

—Le voy a hacer una pregunta —dijo Teo— y me va a mandar usted a paseo.

—Prueba.

—Esa mezcla, ¿está escrita en algún sitio?

Nieto se rio. Fue una risa corta, sin ninguna alegría.

—Está aquí —dijo, y se dio con un dedo en la sien—. Cuatro orígenes, dos tuestes distintos y una proporción. Y no está escrita porque cuando yo empecé eso no se escribía, y luego porque ya para qué.

—Yo se la escribo.

—¿Cómo dices?

—Que yo se la escribo. —Teo se descolgó la bolsa y sacó la libreta—. Usted me dicta y yo la anoto como se anota una ficha de verdad: orígenes, porcentajes, curva, tiempo de cada tueste, punto de descarga. Y le hago dos copias. Una para usted y otra para el bar.

El viejo lo miró con una desconfianza absoluta.

—¿Y tú qué sacas?

—Nada.

—Nadie hace nada por nada.

—Yo me voy de Madrid el domingo —dijo Teo— y hay una cosa que quiero dejar hecha.

Nieto se quedó mirándolo. Después cogió un taburete de detrás de la tostadora, lo arrastró hasta el mostrador y se lo puso delante.

—Siéntate —dijo—. Que esto son dos horas.

* * *

Fueron dos horas y cuarenta minutos.

Teo salió de allí a las cuatro y veinte con siete páginas escritas a lápiz, dos de ellas con una curva de tueste dibujada a mano por Nieto con un boli Bic, y con el nombre de los cuatro orígenes, uno de los cuales resultó ser un robusta de Uganda que a cualquier compañero suyo de profesión le habría producido una carcajada.

Se metió en un bar de la calle Payaso Fofó, pidió una caña que no le apetecía por ocupar la mesa, y pasó las siete páginas a limpio.

Y cuando terminó, en vez de guardar la libreta, hizo otra cosa.

Abrió el navegador del móvil y buscó pisos de alquiler en Chamberí.

Lo hizo de una manera casi clandestina, con el móvil apoyado en la mesa y el pulgar rápido, como si en aquel bar de Vallecas hubiera alguien que pudiera verlo. Un dormitorio, hasta mil doscientos euros. Salieron ciento treinta resultados. Ordenó por más recientes.

Miró once.

En el séptimo se paró: un primero interior de cincuenta metros en la calle Fernández de los Ríos, sin ascensor, con la cocina vieja y una foto del salón que estaba tomada tan mal que se veía el flash reflejado en el cristal de la ventana. Ochocientos noventa euros.

A cuatro calles de La Castañera.

Teo cerró el navegador.

Se bebió media caña. Miró el techo del bar, que tenía una mancha de humedad. Miró la puerta.