15 #2
Así que ya está. No perdí un hombre, Lola. Al hombre lo perdimos las dos, y además era un hombre normal, ni bueno ni malo, que hizo lo que hace la gente cuando se le complica la vida, que es coger la furgoneta.
Perdí a Rosario.
Y esa es la diferencia que quiero que te lleves de esta carta, y perdona que te la ponga en frase, que ya sabes que me gustan: los hombres vuelven o no vuelven, y eso es una lotería como la de tu abuelo. Las hermanas son lo único que no se puede catar dos veces.
Tu tía,
Amparo
P. D. — Quedan dos.
* * *
Salgo del almacén a los diez minutos.
Sirvo cuatro cafés y una caña. Cobro. Le doy conversación a un señor sobre el tiempo. Recojo la mesa cinco.
Y a las siete menos veinte, con un paño y limpiacristales, hago lo que había ido a hacer hace dos horas, que es limpiarle el cristal al marco.
Sale una porquería negra. Sale la nicotina de veinte años de bar con humo, que se quedó pegada al cristal por fuera y que nadie ha quitado desde que se prohibió fumar. Paso el paño cuatro veces y a la cuarta la foto aparece de golpe, nítida, con unos colores que no tenía hace diez minutos.
Dieciséis personas delante de una fachada en mil novecientos ochenta y tres.
Y me pongo a contarlas, que es una cosa que no debería hacer y que hago.
Al abuelo Venancio lo reconozco por una foto que hay en casa de mi madre: está en el centro, con corbata, muy serio, con las manos cruzadas por delante como en las fotos de comunión. Se murió en el noventa y seis.
Amparo está a su izquierda, con la bandeja de vasos y la boca abierta a media palabra. Muerta en septiembre.
Mi madre está a la derecha del todo, medio cortada por el marco, con veintidós años y esa melena.
Y luego, cuando me fijo, resulta que conozco a cuatro más.
Fermín está en la fila de atrás, con cuarenta años, con pelo, con un jersey de pico y con una mujer al lado que tiene que ser Loli.
Amadeo está agachado en la primera fila, mucho más delgado, con las manos en las rodillas.
Y las hermanas Bermejo están juntas, claro que están juntas, en el mismo sitio relativo en el que se sientan ahora en la mesa tres: una un poco delante de la otra, discutiendo probablemente.
Seis de dieciséis siguen vivos. Cinco de esos seis entran en este bar todas las semanas.
Cuelgo el marco. Lo enderezo dos veces.
Y me quedo un rato mirando una fotografía que llevaba cuarenta y tres años en esa pared con la mugre encima, pensando en que este local, que yo llevo quince días valorando en euros por metro cuadrado, es lo único que ha permanecido igual en esta imagen.
La gente se ha muerto, se ha peleado, se ha ido a Torrevieja, se ha quedado viuda.
La fachada es la misma. La barra es la misma.
Y la mezcla de café que sale de esa máquina, según Nadia, es la misma que salía el día que se hizo esa foto.
* * *
Y a las siete y cuarto, mientras aclaro vasos en el fregadero, se me coloca en la cabeza una cosa que llevaba dos semanas delante y que no había visto porque estaba mirando el sitio equivocado.
Veintiún días.
Yo llevo quince días preguntándome por qué mi tía me obligó a llevar esta cafetería veintiún días. Y me he contestado tres cosas distintas: que quería que no la vendiera, que quería que conociera el barrio, que quería tiempo para colocarme las cartas.
Y todas son verdad y ninguna es la razón.
La razón es que si me hubiera dejado el bar sin condiciones, yo lo habría vendido en septiembre por teléfono desde la agencia, y las cartas se habrían quedado detrás de una cafetera que ahora mismo estaría en un contenedor.
La razón es que para encontrar siete sobres escondidos en siete rincones hay que trabajar aquí .
Hay que quedarse sin azúcar un jueves. Hay que arreglar el motor de la persiana.
Hay que levantar una tabla del almacén. Hay que limpiar el cristal de un marco.
Mi tía no me dejó veintiún días para que me enamorara de la cafetería.
Me dejó veintiún días porque era el tiempo mínimo que necesitaba una mujer con prisa para tropezarse con siete cartas.
Y las siete cartas no van del bar. Van de mi madre.
Cierro el grifo con las manos mojadas.
Esto no es una herencia. Es una carta muy larga a Rosario Campos, escrita por una mujer que no tenía valor para dársela, y repartida en siete trozos dentro de una casa, con una sobrina de treinta y tres años contratada de mensajera sin que nadie le preguntara.
—Muy bien, tía —digo en voz alta, en mi cocina, sola.
Nadia asoma la cabeza desde la barra.
—¿Qué?
—Nada.
—Has dicho algo.
—Que hay que pedir servilletas.
* * *
Teo viene a las siete y media y se queda hasta el cierre.
No le cuento nada. Le pongo dos cafés, hablamos de Villaverde y de un lote de Etiopía que le ha decepcionado, me cuenta que el jueves tiene una cata en Alcalá y que es la última de la temporada, y en ningún momento me pregunta por qué tengo esta cara.
Cuando ya está de pie, con la bolsa cruzada, dice:
—¿Estás bien?
—Sí.
—Vale.
Y se va.
Y me deja pensando —mientras subo las sillas y apago las luces de una en una— que llevo dos semanas rodeada de gente que no pregunta.
Fermín no pregunta. Nadia no pregunta. Las Bermejo preguntan todo menos lo único que importa.
Mi madre estuvo doce años sin preguntarle a su hermana qué pasó después de aquella noche.
Y yo, que me dedico profesionalmente a hacer preguntas incómodas a clientes que pagan por oírlas, llevo quince días sin decirle a un hombre que el ocho de noviembre por la noche voy a firmar un papel.
En esta familia y en este barrio no se pregunta. Se hereda.
* * *
Día 15. Sabe a confesión leída a solas.