Tres semanas en otoño 15
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A las seis y media de la mañana, la calle Buenaventura está sembrada de papeles de periódico y cáscaras de castaña, y hay un servicio de limpieza del ayuntamiento que llega a las siete y que evidentemente no ha venido nunca por aquí un dos de noviembre.

Salgo con la escoba grande antes de encender la máquina.

Y no soy la única: a las seis y cuarenta ya hay tres personas barriendo su tramo de acera, Amadeo entre ellas, y nadie se ha puesto de acuerdo con nadie.

Barremos veinte minutos, cada uno lo suyo, con esa camaradería silenciosa de la gente que se levanta pronto, y a las siete pasa el camión y se lleva lo que hemos amontonado.

—Buen día ayer —dice Amadeo, apoyado en la escoba.

—Muy bueno.

—Tu tía habría dicho que hubo poca gente.

—¿Sí?

—Lo decía todos los años. —Se rasca la oreja—. Todos, treinta y tantos años seguidos: «este año ha venido menos gente». Y todos los años venían más.

Se va con la escoba al hombro. Yo entro, enciendo la Faema, y me siento en el taburete de detrás de la barra con las cuatro cartas encima del mármol.

* * *

Las he leído esta noche cuatro veces, entre las dos y las cinco, sentada en el suelo de mi salón con la espalda apoyada en el sofá.

Y puestas en fila, en orden, se ven las costuras.

La primera es de una mujer que hace una gracia y se guarda todo.

La segunda es de una mujer que describe a un hombre y suelta un aviso disfrazado de consejo.

En la tercera confiesa algo que no cuesta nada —que se calló— y coloca la frase que quiere que me quede.

En la cuarta reconoce que mintió y no dice qué mintió, y a cambio me entrega una cosa mucho más grande, que son doce años de poner cara de hermana.

Es un guion. Está escrito como se escribe una presentación de resultados, con lo malo repartido en dosis crecientes y un cierre en cada página para que no cierres la carpeta.

Mi tía Amparo, que según todos los testimonios no sabía sumar dos números, ha construido esto mejor de lo que yo he construido nunca un plan de comunicación.

«Te ha dejado su coartada», dijo mi madre.

Y a las cinco y diez de la mañana, en el suelo de mi salón, yo he pensado dos cosas seguidas y contradictorias, y las dos con la misma fuerza: que mi madre tiene toda la razón, y que si Amparo hubiera querido de verdad quedar bien, se habría ahorrado la cuarta.

* * *

A las nueve, entre servicio y servicio, hago la única búsqueda.

Escribo en el móvil: «Manuel viajante torrefactora Vigo 1984».

Sale un artículo de un periódico gallego sobre la industria del café en la ría en los años ochenta.

Salen tres empresas: dos cerradas en los noventa, una absorbida en 2004.

Sale un foro de coleccionistas de latas de café con fotos de publicidad antigua.

Sale una esquela de un tal Manuel de Vigo que murió en 2019 y que era, según el texto, «querido esposo de Carmen», y que tenía ochenta y ocho años, con lo cual en el ochenta y cuatro tenía cuarenta y seis y no es.

Podría seguir. Se me ocurren cuatro maneras de seguir sin ningún esfuerzo: buscar en el archivo de la Cámara de Comercio, mirar los registros mercantiles de las tres empresas, escribir al del foro de las latas, que seguro que sabe hasta el nombre del portero de la fábrica.

Se me da bien encontrar gente. Es literalmente parte de mi trabajo.

Bloqueo el móvil.

Lo hago de una manera muy consciente, mirándome hacer, y me digo por dentro con estas palabras: no es asunto tuyo.

Ese hombre tendrá ochenta y muchos años, o estará muerto, y tendrá una vida entera que no tiene nada que ver con dos hermanas de Chamberí, y lo peor que le puede pasar a un señor de ochenta y ocho años es que le llame una desconocida por teléfono para preguntarle por un otoño de mil novecientos ochenta y cuatro.

Me guardo el móvil en el delantal.

Y no lo vuelvo a coger en todo el día, y no me pasaba desde dos mil once.

* * *

A las once le pregunto a Fermín.

Se lo pregunto directamente, sentándome enfrente, porque a estas alturas ya sé que con este hombre las vueltas no sirven de nada.

—Fermín, usted estaba en la castañada del ochenta y cuatro.

Dobla el periódico. Cuadra las esquinas.

—Estaba.

—¿Y lo vio?

—Lo vio todo el mundo, criatura. —Se quita las gafas y las limpia con el faldón de la camisa—. Ahí fuera, en la calle. Tu madre gritando y tu tía blanca como el papel. Duró dos minutos. Menos.

—¿Y qué hizo la gente?

—Lo que hace la gente. Mirar el suelo y seguir comiendo castañas.

Se vuelve a poner las gafas.

—Y no te voy a contar más, y no es por hacerme el interesante. —Me pone la mano en la mesa, cerca de la mía, sin llegar a tocarla—. Es que yo lo que vi fue dos minutos de una cosa que duraba ya dos meses, y de esos dos meses no sé nada. Eso lo tienen que contar ellas, y una ya no puede.

—Ya me ha contado mi madre lo suyo.

—Pues entonces te falta la otra mitad.

—Sí.

—Y te va a llegar. —Coge el periódico—. Que esa mujer no ha dejado un cabo suelto en su vida.

Me levanto para irme y entonces dice, sin levantar la vista:

—Los primeros años me preguntaba por una furgoneta.

Me paro.

—¿Cómo?

—Una furgoneta blanca, con el nombre de una casa de café en el costado.

Verde y blanco. —Pasa una página—. Yo trabajaba en el mercado y veía entrar y salir a todos los repartidores.

Y cada primavera y cada otoño, durante unos años, tu tía me preguntaba, así como quien no quiere la cosa, si había visto una furgoneta.

—¿Cuántos años?

—Los que hicieran falta para dejar de preguntar.

—Fermín.

—Cinco. Seis. —Se encoge de hombros—. Después ya no.

* * *

La foto lleva quince días colgada a mi derecha y no la he mirado ni una vez.

Está junto a la caja, en la pared, en un marco de madera oscura de los de antes, con un cristal que tiene tanto polvo pegado por fuera que la imagen se ve como a través de una gasa.

Es la de la inauguración: dieciséis personas apretadas delante de la fachada de La Castañera en mil novecientos ochenta y tres, con el rótulo antiguo detrás, con esa ropa y esos peinados.

En medio, con una bandeja de vasos en la mano, mi tía.

A su lado, con veintidós años, mi madre.

Hoy la descuelgo para limpiarle el cristal.

La descuelgo a las cinco de la tarde, con el local en calma, después de una mañana normal en la que he sacado ciento sesenta cafés y no he pensado en nada, que es la mayor virtud de este oficio.

El marco pesa. Le doy la vuelta encima del mármol para quitarle el cartón de atrás, que está sujeto con cuatro lengüetas de metal dobladas, y las voy doblando una a una con la uña.

Levanto el cartón.

Y entre el cartón y la foto, plano, liso, guardado ahí como quien guarda un billete en un libro, hay un sobre.

Es más grueso que los otros.

LOLA .

Miro el salón. Hay dos personas: un señor leyendo el periódico deportivo y una chica con auriculares. Nadia está en la cocina con el pedido.

Me llevo el sobre al almacén, cierro la puerta, y esta vez no me siento en el suelo. Me quedo de pie, apoyada en las baldas nuevas, debajo de la bombilla sin pantalla.

* * *

Esta es la carta que no quería escribir, así que voy a hacer lo que hago con todo lo que no quiero hacer, que es empezar por el final.

Yo le quité un hombre a tu madre. Eso es todo. Lo demás son matices, y los matices los pone siempre el que ha hecho la faena.

Ahora, los matices, porque llevo cuarenta años sin poder contárselos a nadie y ya que te tengo aquí de pie leyendo esto en mi almacén, algo tendré derecho a cobrarme.

Él empezó a venir por las tardes. Las tardes eran mías. Tu madre hacía las mañanas y las mañanas eran suyas, y en aquella época eso significaba que teníamos dos bares distintos dentro del mismo local, y que cada una sabía cosas que la otra no.

Yo sabía que salían. Me lo había contado ella, muerta de risa, un jueves, mientras hacíamos caja.

Y aun así, cuando ese hombre se sentaba en la mesa del fondo a las siete de la tarde y no se iba hasta que yo cerraba, yo me arreglaba el pelo antes de salir de la cocina.

Con veintiséis años y con mi hermana en la cabeza. Así que ya ves lo lista que fui.

La mentira fue esta: le dije que él tenía novia en Vigo.

Me la inventé un martes por la mañana secando vasos.

No la preparé, te lo juro por lo que quieras: me la encontré en la boca ya hecha, como se encuentra uno una moneda en el bolsillo de un abrigo.

Y tu madre se lo creyó, porque tenía veintitrés años y porque se lo estaba diciendo yo.

Y esa es la parte que la gente entiende. La gente entiende los celos y hasta los perdona, porque todo el mundo ha querido alguna vez algo que no le tocaba.

Lo que no entiende nadie, y lo que no me he perdonado yo, es lo que hice después: dejarla vivir tres semanas creyendo que ese hombre era un sinvergüenza.

Tres semanas viéndola a las siete de la mañana con la cara de habérselo tragado.

Tres semanas diciéndole «hija, más vale así», que es una frase que todavía me despierta por las noches.

Yo no le quité un novio. Le quité el derecho a decidir con la verdad delante.

La castañada la conoces por ella, así que me la salto.

Solo te digo una cosa que ella no sabe: cuando nos vio, yo le estaba diciendo a Manuel que se fuera.

De verdad. Llevaba dos días sin dormir y había decidido contárselo todo a mi hermana esa misma noche, al acabar la fiesta, y él había venido a decirme que no hacía falta, que se iba él.

No te lo cuento para quedar mejor. Te lo cuento porque es la parte más idiota de toda la historia y porque quiero que sepas lo poco que hace falta para llegar tarde. Llegué tarde por cuatro horas. Cuatro.

Él se fue esa noche. No volvió en primavera. No volvió nunca, ni a por ella ni a por mí, y durante unos años yo le preguntaba a Fermín por la furgoneta, hasta que un día me oí preguntándolo y me dio tanta vergüenza que lo dejé.