14 #2
Y así durante cinco minutos, con Teo y conmigo a dos metros, haciendo los dos como que no va con nosotros y dándole vueltas a un hierro lleno de castañas, y en algún momento él me mira de reojo y yo le miro de reojo y tenemos que dejar de mirarnos porque nos vamos a reír.
Le dan los ocho euros del bote a Fermín. Fermín los mete en la hucha de la asociación de vecinos sin decir nada y vuelve a sentarse.
* * *
A las diez la calle empieza a vaciarse.
Se van primero los niños, arrastrados. Luego las familias.
A las diez y media queda un grupo de doce personas alrededor de la mesa de los caballetes y otro grupo dentro del bar.
Nadia ha cerrado la caja pero no la puerta.
El altavoz se ha quedado sin batería a las diez y cuarto y nadie lo ha echado de menos.
A las once, Dani y Toño desmontan las mesas. Las Bermejo se van del brazo, con el molde del bizcocho vacío, después de una despedida de doce minutos. Marta se lleva a su abuelo, que se ha quedado dormido en la silla con la manta.
—Buenas noches, criatura.
—Buenas noches, Fermín. Gracias por todo.
—Yo no he hecho nada.
—Ha supervisado.
—He supervisado.
A las once y veinte, Amadeo apaga el puesto echándole un cubo de arena y me dice que el sábado que viene se lo lleva.
Y a las once y media, en la calle Buenaventura, quedamos el hierro apagado, ochocientos papeles de periódico en el suelo, una furgoneta que ha vuelto a aparcar en cuanto han quitado las vallas, Teo y yo.
—Me voy —dice—. Mañana tengo Villaverde a las ocho.
—Vale.
—Lola.
—Dime.
Y se queda callado. Se queda callado el tiempo suficiente para que yo entienda que iba a decir algo grande y que ha decidido no decirlo, y este hombre lleva dos semanas haciendo eso y hoy, por primera vez, me da rabia.
—Nada —dice—. Que ha sido un buen día.
Me besa en la puerta de mi bar, delante de una calle vacía llena de papeles de periódico, y se va hacia Vallehermoso con los pulgares enganchados en la correa de la bolsa.
Y yo entro a apagar las luces.
* * *
Mi madre está sentada en la mesa tres.
Con el abrigo puesto. Con el bolso en el regazo. Sola, en un bar vacío con las sillas a medio subir y las luces del salón encendidas.
Me paro en la puerta con las llaves en la mano.
—Estaba en la esquina —dice—. Desde las nueve.
—¿En la esquina?
—En el portal del cuatro. —Se recoloca el bolso—. He estado ahí de pie hora y media mirando la fiesta y no he sido capaz de cruzar la calle. Y cuando se ha ido todo el mundo, he cruzado.
Cierro la puerta. Echo el pestillo. Bajo la persiana con el botón nuevo, que hace un zumbido sano, y el ruido nos sobresalta a las dos.
—¿Quieres algo? ¿Un café? Está la máquina caliente todavía.
—No.
—Mamá, son las once y media, no vas a dormir de todas formas.
Y mi madre, por primera vez en catorce días, dice:
—Bueno.
Le hago un café. Se lo hago con la máquina que arregló un hombre de Zaragoza, con el molino que no he tocado, con el café de un tostadero que no sé cuál es, y se lo pongo delante en un vaso, con el vaso calentado antes y la cucharilla dentro.
Mi madre mira el vaso.
—Así lo hacía ella.
—Así me han enseñado.
Se lo bebe. Le tiemblan un poco las manos y las dos hacemos como que no.
—Hoy he ido al cementerio —digo, sentándome enfrente—. Había un ramo.
—Ya.
—¿Lo has puesto tú?
—Sí.
Y esa sílaba se queda encima de la mesa tres de La Castañera, un uno de noviembre a las once y treinta y cinco de la noche, y no hay nada que hacer con ella.
* * *
—Voy a contarte lo del ochenta y cuatro —dice mi madre—. Y luego me voy a ir a mi casa y no vamos a volver a hablar de esto hasta que tú quieras. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
—No te voy a contar lo que hizo tu tía. De eso ya se encargarán sus cartas. Te voy a contar lo que me pasó a mí, que es lo único que sé de primera mano y lo único que nadie te ha contado nunca.
Pone las dos manos alrededor del vaso.
—Yo tenía veintitrés años. Trabajaba aquí las mañanas desde hacía año y medio. Y en las fiestas de septiembre de aquel año conocí a un hombre.
—M.
Mi madre levanta la cabeza.
—Ya sabes lo de la inicial.
—Sé lo de la inicial. No sé nada más.
—Manuel —dice ella—. Se llamaba Manuel. Y me da igual lo que hayan decidido las cartas de tu tía, porque el hombre tenía un nombre y era ese, y llevo cuarenta y dos años sin decirlo en voz alta y ya está bien.
Se me eriza algo en los brazos.
—Era viajante de una torrefactora de Vigo —sigue—.
Hacía la ruta de Madrid dos veces al año.
Lo conocí en la verbena de la plaza, bailando, que en aquella época se bailaba.
Y salimos tres veces. Tres. Al cine, a merendar y a andar por el Retiro, que es lo que se hacía.
—Le da vueltas al café sin beberlo—. Y a la cuarta vez que quedamos, él ya había empezado a venir por el bar. Por las tardes. Que eran de tu tía.
—Mamá.
—Espera. Que esta parte es la que importa.
Bebe. Deja el vaso.
—Un martes de octubre, aquí, yo estaba haciendo la caja de la mañana y le pregunté a Amparo si lo había visto.
Y ella, secando vasos, me dijo que sí, que había venido, y que se le había escapado que tenía una novia en Vigo.
Que llevaba tres años con ella. Que se lo había contado a un cliente en la barra sin saber que ella escuchaba.
Se hace un silencio muy largo.
—Y yo me lo creí —dice mi madre—. Me lo creí porque tenía veintitrés años y porque me lo estaba diciendo mi hermana.
¿Tú sabes lo que es no volver a coger el teléfono a alguien?
Yo dejé de cogerle el teléfono a ese hombre.
Tres semanas. Vino dos veces a buscarme al bar por la mañana y yo le dije a tu tía que le dijera que no estaba. Y ella se lo dijo.
—Joder.
—No digas tacos.
—Perdón.
—Y el uno de noviembre del ochenta y cuatro, en la castañada, en esta calle, con el puesto ahí fuera y medio barrio delante, los vi.
Mi madre dice esto del mismo modo que ha dicho todo lo demás, con las frases terminadas y la gramática impecable, y por eso es insoportable.
—¿Aquí?
—Ahí. —Señala con la barbilla la puerta del almacén—.
Ahí, que entonces era el paso a la trastienda.
Y no estaban haciendo nada, ¿eh? Estaban hablando.
Estaban hablando muy cerca, y ella tenía la mano así, en su brazo.
Y con eso me bastó, porque una mujer de veintitrés años necesita medio segundo para entender ciertas cosas y luego cuarenta años para digerirlas.
—¿Y qué hiciste?
—Monté un escándalo. —Por primera vez, algo parecido al humor, muy seco, muy lejos—.
Delante de sesenta personas. Grité. Fue la única vez en mi vida que he gritado en público y todavía hay gente en esta calle que se acuerda, que es por lo que Chelo Bermejo te mira raro cada vez que le preguntas por el año ochenta y cuatro.
—¿Y él?
—Él se fue esa misma noche y no volvió a Madrid nunca más. —Se encoge de hombros—. Que es lo que hacen los hombres cuando dos mujeres se pelean por ellos. Irse. Es gratis y queda muy digno.
Me tiembla la voz cuando lo pregunto.
—Mamá, ¿y ella se quedó con él?
Y mi madre me mira con una cara que no le he visto nunca, en la que hay cansancio y cariño y una cosa antigua y sin fondo.
—Yo qué sé, hija.
—¿Cómo que qué sabes?
—Que no lo sé. Nunca se lo pregunté. —Coge el bolso del regazo y lo deja encima de la mesa—.
Estuve doce años trabajando en el mismo mostrador que mi hermana sin preguntarle nunca qué pasó después de aquella noche.
Doce. Y ella tampoco me lo dijo. Nos levantábamos, veníamos, poníamos cafés y no lo hablábamos, y eso, Lola, no es una anécdota: eso es una manera de vivir, y es la que me enseñaron a mí y es, siento decírtelo, la que yo te he enseñado a ti.
Se levanta.
—El día que murió tu abuelo, en el cementerio, le dije que se quedara con el bar y que no me llamara más. Firmé el papel a los dos meses y no he vuelto a entrar por esa puerta hasta el jueves pasado.
—Mamá, siéntate.
—Y ahora te ha dejado esto a ti. —Se abrocha el abrigo, que no se había desabrochado—.
Y te ha dejado siete cartas para que se lo cuentes tú a ti misma, poquito a poco, en el orden que ella ha decidido, con su voz y con su gracia y con sus frases de las suyas, que las tiene buenísimas, eso no se lo he discutido nunca a nadie.
Se para al lado de la mesa. Y dice, sin ninguna crueldad, que es lo peor:
—Tu tía no te ha dejado una cafetería, hija. Te ha dejado su coartada.
* * *
Se va a las doce menos veinte.
La acompaño hasta el taxi, en la esquina, entre los papeles de periódico, y cuando ya está sentada con la puerta abierta le digo lo único que se me ocurre.
—Maruja Bermejo me dijo el jueves que te pases un día a tomar café. Que no te van a preguntar nada.
Mi madre se queda mirando el respaldo del asiento del conductor.
—Ya veremos —dice.
Y cierra la puerta.
Vuelvo al bar sola. Subo las últimas cuatro sillas.
Apago las luces de una en una. Y antes de irme me quedo un minuto largo delante de la puerta del almacén, mirando ese metro cuadrado de suelo donde una mujer de veintitrés años vio a su hermana con la mano en el brazo de un hombre, en esta misma casa, hace cuarenta y dos años y cuatro horas.
* * *
Día 14. Sabe a castaña asada y a verdad a destiempo.