Tres semanas en otoño 14
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El cementerio de la Almudena un uno de noviembre es una ciudad.

Hay atascos en las calles interiores, hay una señora vendiendo crisantemos en la puerta a un precio que sería un escándalo cualquier otro día del año, y hay familias enteras andando por los pasillos de nichos con cubos de plástico y bayetas, con esa mezcla de trámite y ternura que solo se ve aquí.

Vengo sola. He abierto el bar a las siete y media, he servido dos horas, se lo he dejado a Nadia hasta la una y he cogido el autobús.

Es la primera vez que vengo.

El nicho está en el bloque siete, en la cuarta altura, y hay que subirse a una escalerilla de metal de esas que están ancladas a un raíl.

Amparo Campos Ribas. 1958-2026. La lápida es de granito gris, sin foto, con las letras doradas todavía nuevas, y debajo, en un florero de esos empotrados, hay un ramo.

Un ramo fresco. Crisantemos blancos y un poco de eucalipto, atados con rafia, con el agua limpia.

Lo toco. Lleva poco, dos o tres horas como mucho.

Bajo de la escalerilla y me quedo ahí de pie mirando hacia arriba, haciendo la lista de todas las personas que han podido subir esa escalerilla esta mañana: Fermín, que tiene ochenta y un años y no sube una escalerilla ni loco. Las Bermejo, que sí. Nadia. Marta. Amadeo. Cuarenta vecinos.

Y una mujer de sesenta y cinco años que se recoloca el bolso cuando miente.

—Bueno —le digo a la lápida—. Pues nada.

No se me ocurre nada más. He venido con la idea vaga de decirle algo, de contarle lo de la campana o lo de las cartas o lo del día ocho, y resulta que llevo dos semanas hablando con ella todos los días, en el almacén, en el estante alto, en el suelo de mi propio bar, y que aquí, delante de un granito gris con su nombre, no tengo nada que decirle.

Le doy un golpecito a la escalerilla con la mano y me voy.

En la puerta le compro un ramo a la señora del precio escandaloso, vuelvo a subir y lo pongo al lado del otro.

* * *

A las cinco de la tarde cortan la calle Buenaventura.

Lo hace la asociación de vecinos con dos vallas y una cuerda, sin permiso municipal, como se ha hecho toda la vida, y en cuanto la calle se queda sin coches pasa una cosa que no me esperaba, que es que el sitio cambia de tamaño.

La calle es enorme. Llevo catorce días viendo esta calle desde detrás de un cristal, con coches aparcados en batería y furgonetas en doble fila, y de repente hay un espacio de doce metros de ancho por sesenta de largo donde antes había un pasillo.

Amadeo llega a las cinco y diez con los diez kilos de castañas en dos sacos de malla naranja.

—Buenas.

—Buenas. Amadeo, no tengo ni idea de esto.

—Ya lo sé.

Enciende el puesto con papel de periódico y carbón, y mientras el hierro coge temperatura me da un cuchillo pequeño y me enseña a hacerle a cada castaña un corte en la panza, uno solo, ni muy hondo ni muy corto.

—Si no, revientan —dice.

—Ya me habían avisado.

—¿Quién?

—Uno de Zaragoza.

Amadeo hace un ruido con la garganta que puede significar cualquier cosa.

Cortamos castañas los dos sentados en dos taburetes en la puerta del bar durante cuarenta minutos, con las manos frías, sin hablar apenas.

Diez kilos son muchísimas castañas. Y en algún momento del tercer kilo entiendo por qué mi tía hacía esto cuarenta años: porque es un trabajo tonto y repetitivo que se hace en la puerta de tu casa mientras pasa gente que te saluda, y no hay mucho más que pedirle a un domingo.

* * *

A las seis y media la calle está llena.

No sé cuánta gente hay. Doscientas personas, quizá trescientas a lo largo de la tarde.

Hay dos mesas de caballete con manteles de papel, hay cuatro bandejas de churros que huelen desde el semáforo, hay un altavoz que Dani ha conectado a su móvil y con el que ha puesto, por decisión unánime del comité de señoras, música que no ha elegido él.

Hay niños. Hay una cantidad de niños que no se corresponde con la cantidad de niños que yo he visto en este barrio en catorce días, lo cual significa que los niños de un barrio son como el agua: están, pero por debajo.

Y hay bizcocho.

—Es el de siempre —me dice Chelo Bermejo, poniéndomelo delante como quien deposita un incunable—. Prueba.

Lo pruebo. Está buenísimo y se lo digo, y ella hace un gesto con la mano restándole importancia y luego pasa el resto de la noche contándole a todo el mundo que a la sobrina de Amparo le ha encantado el bizcocho.

Yo estoy en el puesto. Con los guantes de Amadeo, que me quedan enormes, dándole vueltas al hierro con una paleta y sacando castañas a paladas en cucuruchos de papel de periódico, y en la primera hora quemo dos tandas y a la tercera le cojo el punto.

—¡Que se te queman!

—¡Que no se me queman!

—¡Que se te queman, criatura!

Fermín está sentado en una silla que le ha sacado alguien de dentro, a dos metros del puesto, con una manta en las rodillas y un vaso de moscatel, dirigiendo la operación desde las seis y media con una autoridad que no le he visto ejercer en catorce días.

—Fermín, ¿usted alguna vez ha asado una castaña?

—Nunca.

—Ya me parecía.

—Yo superviso.

* * *

Teo llega a las siete y veinte.

Lo veo aparecer por el semáforo con las manos en los bolsillos, y llegar hasta la valla, y pararse un momento en el borde, mirando esto: una calle cortada, trescientas personas, un altavoz, una mesa de churros y una mujer con unos guantes gigantes echando humo.

Y lo que se le pasa por la cara en ese segundo lo entiendo, porque llevo dos semanas aprendiendo a leerlo: no es timidez. Es un hombre que se ha pasado veinte años entrando en sitios donde no conoce a nadie, y que hoy va a entrar en un sitio donde lo conocen.

—Hola.

—Hola.

—Huele muy bien.

—Coge un cucurucho.

—¿Y qué hago?

—Pagar dos euros —dice Fermín, sin girarse—. Que esto es para la asociación.

Teo paga dos euros. Se come las castañas de pie, al lado del puesto. Y a los diez minutos, sin que nadie le diga nada, coge la otra paleta y se pone a darle vueltas al hierro conmigo.

Y ahí empieza la parte de la noche que yo no voy a olvidar.

Porque en los cuarenta minutos siguientes veo a Teo Aranda, que en catorce días no ha pronunciado ochenta frases seguidas, hacer lo siguiente: explicarle a un niño de nueve años por qué las castañas explotan; discutir amistosamente con Amadeo sobre el carbón; escuchar durante siete minutos a Julián padre contándole cómo se pasaba la rosca a los tubos en el setenta y cuatro; que las Bermejo lo llamen «el chico» delante de él y que él conteste; y coger en brazos, sin ningún drama, a una niña de tres años disfrazada de calabaza que se le ha enganchado en la pierna por error y que ha tardado once segundos en darse cuenta de que ese señor no es su padre.

Cuando la madre viene a por ella, muerta de vergüenza, Teo dice: «Nada, que se ha confundido», y le devuelve a la niña, y se limpia las manos en los vaqueros, y se vuelve a poner con la paleta.

Y yo me quedo mirando el hierro y pienso, con una claridad que me da bastante miedo: este hombre podría vivir aquí.

* * *

A las ocho y diez me quedo sin castañas y hay que esperar veinte minutos a que se ase la siguiente tanda.

Y en esos veinte minutos, con los guantes puestos y la espalda apoyada en la fachada de mi cafetería, hago una cosa que no había hecho todavía, que es mirar.

Hay trescientas personas en esta calle. Hay una señora con un abrigo de cuadros que se llama Puri y lleva la asociación.

Hay un hombre que se llama Julián y que tiene ochenta y dos años y que le pasó la rosca a los tubos de esta casa en el setenta y cuatro, y su hijo, que también se llama Julián.

Hay una chica que se llama Marta que es residente de medicina interna y que acompañó a mi tía a una consulta en marzo sin decírselo a nadie.

Hay un chaval que se llama Dani cuya abuela desayuna aquí desde antes de que él naciera.

Hay dos hermanas que se llaman Maruja y Chelo y que llevan desde el ochenta y seis haciendo el mismo bizcocho.

Hay un señor que se llama Amadeo y que tiene un perro que se llama Rufo y que guarda un puesto de castañas en su trastero once meses al año para sacarlo una noche.

Hay una chica con un abrigo largo, la de los paquetes, que me ha saludado por mi nombre al pasar.

Hace quince días yo no sabía ni uno solo de estos nombres.

Y ahora mismo, con un guante gigante y una paleta en la mano, podría poner el desayuno de cuarenta personas de memoria: quién lo quiere en vaso, quién en taza, quién con sacarina aunque diga que con azúcar.

Nadia sale con dos vasos de vino y me da uno.

—¿Qué?

—Nada.

—Tienes una cara rarísima.

—Es el humo.

—Ya. —Se apoya a mi lado en la fachada, mirando la calle—. Es el humo.

Nos bebemos el vino sin decir nada, las dos de pie, con la espalda en la pared de una casa que lleva aquí desde mil novecientos veintiocho.

—Oye —dice al rato—. ¿Sabes lo que decía tu tía de esta noche?

—¿Qué decía?

—Que es la única noche del año en que este barrio se ve entero. —Le da un sorbo—. Que el resto del año la gente pasa por delante del cristal de uno en uno y no te haces idea de cuántos sois.

—Ya.

—Y luego se metía a las once y media a fregar vasos, porque también decía que las fiestas hay que dejarlas antes de que se acaben.

Miro hacia la puerta del bar, donde hay tres personas apoyadas en el marco con un vaso en la mano.

—Nadia.

—Dime.

—¿Tú crees que se puede vender esto?

Nadia se separa de la pared, se termina el vino de un trago y me quita el vaso vacío de la mano.

—Se puede vender todo, guapa —dice—. La pregunta es otra.

Y se mete dentro.

* * *

A las ocho y media, Chelo Bermejo declara resuelta la porra.

Lo hace de pie, encima de un escalón, con el cuaderno cuadriculado en la mano y un vaso de vino en la otra, y con doce personas alrededor y un altavoz de fondo.

—¡Ha ganado Fermín!

—¡Yo no he ganado nada, que eso es del viernes y esto es de ayer!

—¡Es del viernes, lo dijo Nadia!

—¡Yo no he dicho nada! —grita Nadia desde la barra, a través de la puerta abierta.

—¡Lo insinuaste!

—¡Insinuar no es apostar!