13 #2
—Pues eso. Nosotras tampoco nos acordamos.
Y le pega un sorbo a un vaso vacío, como hace la gente cuando necesita hacer algo con las manos, y a mí se me queda una piedra pequeña en el estómago que no se me va en toda la tarde.
* * *
Olmedo llega a las cinco y cuarto.
Viene sin maletín, cosa que noto en cuanto entra y que me pone en guardia inmediatamente, porque los hombres como él no cambian de atrezo por casualidad. Trae una carpeta de cartón fina bajo el brazo y un abrigo distinto.
—Buenas tardes. ¿La molesto?
—Es sábado por la tarde. Me molesta todo el mundo.
—Cinco minutos.
Se sienta en la barra, otra vez en la barra, y esta vez ni siquiera pide.
—He estado dándole vueltas a una cosa que me dijo el domingo —empieza—. Lo de su empleada.
Dejo el trapo.
—Y le he dado vueltas porque me molestó.
—Lo dice con una franqueza que no esperaba—.
No me molestó usted, me molestó mi propia respuesta.
Yo le dije la verdad, y la verdad era que no.
Pero la verdad de una empresa es una cosa negociable si alguien se molesta en negociarla, y me pareció mal no molestarme.
Abre la carpeta. Un folio.
—Le puedo garantizar la incorporación de Nadia Cortés a la plantilla del grupo con reconocimiento de su antigüedad.
No en este local, porque este local va a estar cuatro meses en obras: en el de Cea Bermúdez, que abre en enero, a cuarenta horas y con el mismo salario que tiene ahora.
Y con una cláusula de traslado a este cuando reabra, si ella quiere.
—Empuja el folio—. Está por escrito y firmado por mi director de operaciones. No es un favor de bar.
Miro el folio. Miro el nombre completo de Nadia impreso en un papel con membrete.
Y me pasa por el cuerpo una cosa muy rara, que es alivio, y detrás del alivio, medio segundo después, un cabreo enorme, porque acabo de entender la jugada entera: este hombre no me ha subido el precio. Me ha comprado la única objeción que yo le puse en voz alta.
—¿Y por qué hace esto?
—Porque quiero esta esquina —dice, sin dramatismo— y porque usted es de las que no firman por dinero. Lo supe el domingo cuando me pidió catorce días. La gente que solo quiere dinero no pide tiempo: pide más dinero.
—Ya.
—El precio sigue siendo el mismo, por cierto. Quinientos diez. Se lo dije y lo mantengo.
—Ya.
—Y la campana le ha quedado muy bien.
Y lo dice así, de pasada, cerrando la carpeta, con la naturalidad de quien comenta el tiempo.
No me muevo.
—¿Cómo sabe usted lo de la campana?
—Porque se ve desde la puerta de la cocina.
—No. —Y me apoyo con las dos manos en el mármol—. Digo cómo sabe usted que había que cambiar la campana. Esa campana la cambié el viernes. Usted no ha entrado aquí desde el domingo pasado.
Olmedo no parpadea. Pero hace una cosa mínima, una cosa de medio milímetro, que es dejar de mover el pulgar sobre el borde de la carpeta.
—Me lo imaginaba —dice.
—¿Se lo imaginaba?
—El martes veinte le dije que esa campana estaba fuera de norma desde una modificación de dos mil diecinueve. Se lo dije yo, aquí, delante de esa máquina. Es lógico suponer que una inspección la vería.
—Yo no le he dicho que haya habido una inspección.
Silencio.
Un silencio de dos segundos en la barra de mi bar un sábado por la tarde, con Nadia en el otro extremo colocando vasos muy despacio y las Bermejo, en la mesa tres, congeladas.
—Señora Campos. —Olmedo se pone de pie y se abrocha el abrigo—. Lo del día ocho sigue en pie exactamente como quedamos. A las nueve. Que tenga buena tarde.
—Espere.
—Le voy a decir una cosa y luego me voy, porque esta conversación no le conviene ni a usted ni a mí.
—Coge la carpeta—. En mi trabajo hay gente que hace esas llamadas.
No es una leyenda urbana, es un hecho, y yo he despedido a dos personas por eso en once años.
Y también hay algo que es más frecuente todavía, y es que en un barrio donde una cadena va a abrir un local haya cuarenta vecinos cabreados con esa cadena y con la señora que se lo va a vender, y que uno de esos cuarenta llame al ayuntamiento pensando que le hace un favor a la cafetería.
Se ajusta el cuello.
—Piense en eso también. Y no me lo pregunte otra vez, porque le voy a contestar lo mismo y ninguno de los dos vamos a saber si es verdad.
Se va.
Nadia deja de colocar vasos.
—Guapa —dice Chelo Bermejo, desde la mesa tres, con una vocecita—. ¿Eso qué ha sido?
—Nada.
—Porque a mí me ha parecido...
—Nada, Chelo. De verdad.
* * *
A las siete le enseño el papel a Nadia.
Lo lee de pie, junto a la nevera, dos veces. Después lo dobla y me lo devuelve.
—Vale —dice.
—¿Vale?
—Es un buen papel. Cea Bermúdez está a dos paradas de mi casa y son cuarenta horas. —Se guarda las manos en el delantal—. Si vendes, cojo eso y les doy las gracias, y no te voy a hacer sentir mal ni un solo día.
—Nadia.
—Y ahora, si no te importa, no volvemos a hablar de este papel hasta el nueve. —Coge la bandeja—. Porque este papel lo que quiere es entrar en tu cabeza a currar, y ya tienes ahí a bastante gente.
* * *
A las ocho y media, con el local medio vacío y el puesto de castañas de Amadeo apoyado en la fachada como un animal dormido, hago dos cosas.
La primera es escribirle a mi madre.
«Mamá. Mañana es la castañada. Ponemos el puesto en la puerta, el de Amadeo. Vente a las siete y nos tomamos algo. No hace falta que hablemos de nada.»
Lo mando sin releerlo, que es la única técnica que me funciona.
Y a los cuatro minutos, cosa que no ha pasado en trece días, aparece el «escribiendo». Aparece, desaparece, vuelve a aparecer. Dura casi un minuto.
Y al final llega esto:
«Ya veremos.»
Dos palabras. En mi familia, «ya veremos» es prácticamente una declaración de amor, así que me guardo el móvil con el corazón haciendo cosas raras.
La segunda cosa la hago a las nueve menos cuarto, cuando ya solo queda él.
Me siento enfrente. En su mesa, en la silla de la bolsa de lona, por primera vez en trece días.
—Mañana es la fiesta —digo—. Cortan la calle. Hay castañas y churros y viene medio barrio.
—Ya lo he visto. Hay un puesto ahí fuera.
—Ese puesto lo ponía mi tía. Y antes mi bisabuela. Y mañana, por lo visto, lo pongo yo, y no tengo ni idea de asar una castaña.
—Se les hace un corte antes.
—¿Qué?
—Que hay que hacerles un corte en la piel antes de asarlas. —Cierra la goma de la libreta—. Si no, explotan.
—¿Y tú cómo sabes eso?
—Porque he vivido en Soria.
Me río. Y él me mira y no se ríe, pero se le afloja algo en la cara, y después dice, así, sin ninguna solemnidad:
—¿A qué hora empieza?
—A las seis.
—Vale.
Y ya está. No dice «voy a ir». No dice «cuenta conmigo». Dice «vale», y ese hombre, a estas alturas, ya sé que en su idioma es lo mismo.
* * *
Día 13. Sabe a víspera.