13
Me despierto a las seis menos diez, doce minutos antes de la alarma, y lo primero que hago es sonreír a un techo.
A un techo. Sola, en mi cama, en un piso de Vallehermoso con los muebles del primer día, una mujer de treinta y tres años con dos hipotecas emocionales y un negocio que vender, sonriéndole al gotelé como si tuviera diecinueve años y acabara de volver de una verbena.
Me lo permito once segundos. Después me levanto, me ducho, y en el autobús me hago la única promesa razonable del día, que es no comportarme como una imbécil.
La promesa dura hasta las nueve y veinte.
* * *
Porque a las nueve y veinte, cuando salgo del almacén con una caja de servilletas, Chelo Bermejo está de pie en medio de mi bar con un cuaderno.
Un cuaderno cuadriculado, de los de la papelería, con una hoja doblada por la mitad y una raya en el centro.
—Buenos días, guapa.
—Buenos días.
—Nada, que estábamos aquí Maruja y yo apuntando una cosa.
—Ah.
—Una cosita nuestra.
—Ya.
—Es una porra —dice Maruja desde la mesa tres.
—¡Maruja!
—¿Qué? Si se lo iba a decir igual, mujer, que le estás enseñando el cuaderno.
Dejo la caja de servilletas en la barra. Muy despacio.
—¿Una porra de qué?
—De nada.
—De si el chico de la libreta y tú —dice Maruja.
—Ay, hija, qué poco aguante tienes.
Y me enseñan el cuaderno. Me lo enseñan de verdad, con la naturalidad de dos mujeres que llevan setenta años en este barrio y a las que la vergüenza les parece una pérdida de tiempo.
Hay una columna con nombres y otra con fechas.
Hay once nombres. Está Dani. Está Amadeo, el del perro.
Está Toño, que solo ha venido tres veces a este local en su vida y que ha apostado igual.
Está Nadia, con una fecha escrita y luego tachada y luego escrita otra vez.
Y está Fermín, el último, con una letra temblona y una fecha que es la de ayer.
—Fermín.
Fermín cuadra las esquinas del periódico y me mira por encima de las gafas con una serenidad absoluta.
—Yo he apostado por el viernes —dice.
—Fermín, tiene usted ochenta y un años.
—Ochenta y uno.
—¿Y no tiene nada mejor que hacer?
—No. —Y vuelve a abrir el periódico—. Y me debes dos euros, Chelo.
* * *
Teo llega a las diez menos veinte.
Y ahí está el problema de haber besado a un hombre en un almacén de sacos de yute a cuarenta minutos en tren de tu puesto de trabajo: que al día siguiente hay que volver a verlo delante de once personas que han apostado dinero.
Entra. Se para dos pasos dentro. Y todo el bar —todo, incluidos dos albañiles que no tienen ni idea de nada— se calla.
—Buenos días —dice.
—Buenos días —contesta el bar entero, con una unanimidad de misa.
Teo mira a un lado. Mira a otro. Y hace lo único inteligente que se puede hacer en esa situación, que es ir hasta la mesa del fondo, sentarse, sacar la libreta y ponerse a escribir como si acabara de entrar en una biblioteca.
Le llevo el café.
—Buenos días —le digo, en voz baja.
—Buenos días.
—Hay una porra.
—Ya lo he visto.
—¿Cómo lo has visto?
—Porque hay un cuaderno encima de la mesa tres con dos columnas y una señora tapándolo con el bolso. —Coge la taza. Y por debajo de la mesa, sin que se vea desde ningún ángulo del salón, me engancha el meñique con el meñique durante un segundo y medio—. Estás muy guapa hoy.
—Cállate.
—Vale.
Me vuelvo a la barra con la bandeja vacía y la cara ardiendo, y las hermanas Bermejo están las dos mirando al techo con una inocencia criminal.
A las once y veinte, cuando bajo al almacén a por una caja de agua, oigo la puerta detrás de mí.
—Perdona —dice Teo—. Es que ahí fuera hay once personas.
—Doce, con Amadeo.
—Doce.
El almacén está blanco y huele todavía a pintura, y las baldas nuevas de acero están montadas y llenas, y aquí dentro cabemos los dos y una caja de agua.
—¿Estás bien? —dice.
—Estoy bien.
—Porque si esto es un problema para ti, en tu trabajo, con toda esa gente...
—Teo.
—Es un sitio pequeño y tú vas a seguir aquí.
Y ahí me paro, con la caja de agua a medio levantar, porque acaba de decir «tú vas a seguir aquí» y no lo ha dicho como una pregunta ni como una trampa: lo ha dicho porque es lo que se dice, porque en la cabeza de cualquier persona normal el bar sigue y él se va, y porque ninguno de los dos ha hablado nunca de la otra posibilidad.
Dejo la caja en el suelo.
—Yo no voy a seguir aquí.
—Ya. Lo sé. —Se pasa la mano por la nuca—. Perdona, lo he dicho fatal.
—Lo has dicho perfectamente.
Nos quedamos un momento callados en un almacén de nueve metros cuadrados.
—¿Sabes lo que pasa? —digo, y me sale sin ninguna gracia—. Que llevo catorce días haciendo cosas que solo se hacen si te vas a quedar. Y ninguna la he hecho por quedarme. Cada una tenía su motivo, y los motivos eran buenos, y si me los pones en una fila...
—Sale una mujer que se queda.
—Sale una mujer que se queda.
Teo mira las baldas nuevas. Alarga la mano y endereza dos paquetes de servilletas que ya estaban derechos.
—A mí me pasa una cosa parecida —dice—. Pero al revés.
—¿Al revés cómo?
—Que llevo catorce días haciendo cosas de las que hace uno cuando se va a ir. —Se frota las manos, que las tiene frías—. Y no me había pasado nunca que me molestaran.
Cojo la caja de agua. Él coge la otra sin que se lo pida.
Y subimos los dos a un salón lleno de gente que ha apostado dinero.
* * *
El sábado se me pasa en cuatro minutos y en catorce horas a la vez.
Vienen niños disfrazados, porque es treinta y uno, y a las once ya he dado ochenta caramelos de una bolsa que ha traído Nadia por su cuenta y sin decírmelo.
Hay un vampiro de cinco años que se ha bebido medio colacao y ha decidido que quiere otro.
Hay una calabaza de tres años dormida en un carrito.
Y a las doce y media entra Amadeo, el señor del perro, con un carro de mano y un bulto de metal envuelto en una manta.
—¿Y esto?
—El puesto.
—¿Qué puesto?
Amadeo me mira. Luego mira a Nadia. Luego vuelve a mirarme a mí.
—El de las castañas, criatura —dice Fermín desde su mesa.
Y me lo cuentan entre cuatro, pisándose, con esa manera que tiene este barrio de contar las cosas como si yo tuviera que saberlas de nacimiento: que mañana es uno de noviembre; que en la calle Buenaventura se corta el tráfico desde la esquina hasta el semáforo desde hace cuarenta y tantos años; que la asociación de vecinos pone dos mesas y el ayuntamiento no pone nada; que hay churros de la churrería de Ríos Rosas, y que el puesto de castañas —el puesto, este bulto de metal envuelto en una manta que Amadeo guarda en su trastero once meses al año— se pone en la puerta de La Castañera.
—Desde el ochenta y tres —dice Amadeo—. Lo ponía tu tía. Y antes lo ponía tu bisabuela en esta misma esquina, que por eso el bar se llama como se llama.
—Yo no sé asar castañas.
—Nadie sabe asar castañas. Se asan solas.
—Amadeo, es que yo no...
—El sábado que viene lo devuelvo al trastero —dice, y ya está desenvolviendo la manta, y debajo hay un cilindro de chapa negra con una chimenea corta y una bandeja perforada, con las asas atadas con alambre y una capa de hollín de cuarenta años—. Tú dime dónde lo dejo.
Y ahí, en la puerta de mi cafetería, un sábado por la mañana, con un vampiro de cinco años tirándome del delantal para pedir otro caramelo, digo:
—Ahí a la izquierda de la puerta, que no moleste al paso.
Amadeo lo pone a la izquierda de la puerta.
* * *
A las dos menos cuarto viene la asociación de vecinos, que resulta ser una señora que se llama Puri —otra Puri— y un hombre con una carpeta de anillas.
Traen el reparto de mañana escrito a mano.
Las mesas las pone la asociación. Los churros los trae la churrería de Ríos Rosas a las seis y media y hay que devolver las bandejas el lunes.
La música la pone el bar, que es lo que ha puesto siempre, con un altavoz que hay en el almacén y que efectivamente encuentro, debajo de donde estaba el futbolín, con un cable enrollado en la propia asa.
—Las castañas las trae Amadeo del mercado a las cinco —dice Puri—. Diez kilos. Ese es su gasto y no admite que se lo paguemos, así que hay que dejarle.
—Vale.
—Y el bar pone el vino y el moscatel para los mayores. Eso lo ponía Amparo.
—El bar pone el vino y el moscatel —repito, apuntándolo.
—Y no cobra —dice el hombre de la carpeta, con cierta cautela.
—Y no cobra —apunto.
Puri me pone una mano en el brazo.
—Es un día bueno, hija. Es de los pocos que quedan.
Cuando se van, me quedo con la libreta de comandas en la mano, calculando por encima lo que valen diez litros de vino, cuatro botellas de moscatel y cuatro horas de barra sin caja. Cuarenta euros de género, quizá cincuenta. Y toda la calle en la puerta.
Voy a la mesa tres.
—Chelo, Maruja. Una cosa de mañana.
—Dinos.
—¿Cómo era esto? La castañada.
Y se lanzan las dos a la vez, encantadas, y me cuentan cuarenta y tres años en once minutos: que antes había baile; que el año de la nevada se hizo dentro del bar y no cabía nadie; que hubo una época en que venía una charanga y se dejó de hacer porque un vecino del cuatro se quejó; que las Bermejo llevan desde el ochenta y seis encargándose del bizcocho y que el bizcocho es innegociable.
—Y tu tía siempre en el puesto —dice Maruja—. Siempre, siempre. Cuarenta años ahí de pie con el hierro ese, con los guantes, dándole vueltas.
—Siempre menos un año —dice Chelo.
Y Maruja hace algo con la cara.
—Bueno, un año.
—¿Un año? —digo.
—Un año que se puso mala.
—No se puso mala.
—Chelo.
—Que no se puso mala, mujer, que no salió y ya está. —Chelo coge el vaso, se da cuenta de que está vacío, lo deja—. Se quedó dentro toda la noche, detrás de la barra, y estuvo el puesto sin encender hasta que lo cogió mi padre a las ocho.
—¿Qué año fue eso?
Las dos hermanas Bermejo, que en catorce días no han dejado sin contestar ni una sola pregunta mía sobre ningún tema del universo, se miran.
—Uy, hija, de eso hace la tira.
—¿Los ochenta?
—Por ahí.
—¿Ochenta y cuatro?
—Guapa —dice Maruja, y me coge la mano encima de la mesa, y es la primera vez que me toca—, ¿tú te acuerdas de lo que pasó hace cuarenta y dos años?
—Yo no había nacido.