Tres semanas en otoño 12 #2
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12 #2

Son sacos de yute apilados de tres en tres, en filas, formando pasillos. Es como estar en una biblioteca hecha de otra cosa. Huelen a fibra vegetal y a saco mojado y a un fondo dulce que sale del grano de dentro. Teo pasa la mano por uno.

—Cuatrocientos sacos —dice—. Este de aquí es el que compré el miércoles. Huila, Colombia. Una cooperativa de ochenta y seis familias.

—¿Y esto lo has comprado tú?

—Yo lo he catado y he dicho que sí. Lo compra la tostadora.

—Ya, pero lo has elegido tú.

—Sí.

—O sea, que este café —le doy un golpecito al saco con los nudillos, que es un gesto ridículo— llega a Bilbao, y se tuesta, y alguien se lo toma en un bar en enero sin tener ni idea de que un tío de Zaragoza estuvo un miércoles de octubre en un almacén helado en Villaverde decidiendo si sí o si no.

—Básicamente.

—Eso es bonito, Teo.

Y él se queda mirando el saco, con la mano todavía apoyada, y dice, en un tono completamente distinto:

—El uno de diciembre empiezo un trabajo nuevo. En Bilbao. Fijo.

El pasillo de los sacos es estrecho. Estamos a medio metro.

—Enhorabuena —digo.

—Ciento noventa días de viaje al año.

—Eso es mucho.

—Es mucho. —Y sigue mirando el saco—. Firmo el nueve de noviembre.

El nueve.

Y ahí, en la esquina de una nave de Fuenlabrada, a las cuatro y veinte de la tarde del viernes treinta de octubre, se nos coloca delante a los dos, sin que ninguno lo diga, la única cosa que nos importa: que él firma el nueve porque el ocho coge un tren, y que el ocho por la noche un hombre con un maletín se sienta en una mesa de mi bar con una carpeta de plástico, y que ninguna de las dos cosas se puede mover.

Nueve días.

—Teo.

—Dime.

—No lo digas.

—No iba a decirlo.

—Es que si lo dices, tenemos que hablarlo. Y yo hoy no quiero hablarlo. —Me oigo la voz, que me sale rara—. Llevo doce días hablándolo todo con todo el mundo y no quiero hablar esto hoy.

Levanta la cabeza. Y me mira de esa manera suya de atención completa, sin parpadear y sin prisa, y esta vez no aparto los ojos.

—Vale —dice.

Y lo beso yo.

Lo beso yo porque llevo desde el sábado de la lluvia sabiendo que iba a tener que besarlo yo, porque un hombre que ha hecho de no quedarse una manera de vivir no da ese paso jamás, y porque si esperaba a que lo diera él nos plantábamos en el día veintiuno con dos tazas sin fregar y una nota de cata.

Y me devuelve el beso de una manera que desmiente por completo doce días de cuatro palabras diarias.

Se me clava un saco en la espalda. Huele a yute, a café verde y al polvo de la nave.

Le tengo agarrada la solapa del abrigo con una mano y el cuello con la otra, y en algún momento él me sujeta la cara con las dos manos, y las tiene frías del almacén y ásperas de cargar sacos, y ese detalle —lo áspero de las manos— es lo que se me queda después.

Se oye a Bego, lejísimos, discutiendo en inglés con Amberes.

Nos separamos. No nos separamos del todo: nos separamos lo justo.

—Vale —dice él otra vez, con una voz que no le funciona bien.

—Vale.

Y nos empezamos a reír los dos a la vez, ahí, entre los sacos, con la frente pegada, como dos imbéciles.

* * *

Volvemos en el tren de las cinco menos veinte y no hablamos casi nada.

Voy con la cabeza apoyada en el cristal y él va al lado, y en algún punto entre Getafe y Villaverde me coge la mano y me la deja en su rodilla, y sigue mirando por la ventanilla, y así hacemos veinticinco minutos.

En todo el viaje ninguno de los dos dice ni una sola de estas palabras: ocho, nueve, noviembre, después, Bilbao, vender, cuánto, y qué hacemos.

Es un silencio muy trabajado. Y funciona, ese es el problema.

Funciona tan bien que cuando salimos de Atocha, a las seis y diez, y bajamos andando hacia Chamberí porque ninguno de los dos propone coger el metro, yo he conseguido instalarme en un sitio de la cabeza donde el ocho de noviembre no existe y solo existe una acera con hojas y un hombre al lado.

* * *

La Castañera huele a metal nuevo.

Los operarios se han ido a las seis. La campana está puesta: es de acero brillante, más grande que la otra, y encima de la plancha hay un plástico con el papel de la certificación pegado con celo, con un sello y una firma.

Nadia está detrás de la barra, sirviendo, con el pelo hecho un desastre y cara de haber librado una guerra.

—Cinco mil trescientas en tickets —dice—. Sin cocina.

—¿Cinco mil?

—Es viernes, guapa. Y medio barrio ha venido a ver la campana. —Me mira. Me mira dos segundos más de lo necesario, con esa capacidad suya de leer una barra entera de un vistazo, y luego me pone un trapo en la mano—. Tienes polvo de saco en la chaqueta.

—Hemos estado en una tostadora.

—Ya.

—En Fuenlabrada.

—Ya. —Coge la bandeja y se va a la mesa cinco, y desde allí, sin volverse—: Pues qué bien.

Tardo hora y media en preguntárselo. Se lo pregunto a las nueve menos cuarto, con el salón vacío y las dos subiendo sillas.

—Nadia.

—Dime.

—¿Qué te pasa?

—Nada.

—Nadia.

Deja la silla. Se apoya en el respaldo con las dos manos y me mira, y no está enfadada, que sería más fácil.

—Que el ocho de noviembre ese señor se sube a un tren —dice—. Y que tú el ocho de noviembre a las nueve de la noche tienes que decirle a otro señor que sí o que no. Y que hoy has ido a Fuenlabrada.

—He ido a una cata.

—Has ido a una cata. —Coge la silla otra vez—. Vale.

—Nadia, de verdad que no es...

—Mira, guapa, te lo digo una vez y no te lo repito, porque no soy tu madre ni tu amiga del alma, soy la chica que hace las tardes.

—La sube a la mesa. Sin ruido—. Yo llevo aquí tres años.

Este bar ha sido lo más estable que he tenido en mi vida, y eso te dice más de mi vida que de este bar.

Y ahora resulta que dentro de nueve días esto se decide, y la persona que lo decide lleva doce días haciendo cosas de las que se hacen cuando uno se va a quedar.

Has pagado una campana. Has mandado el pedido del lunes.

Le has puesto el precio de Fermín a Fermín.

—Eso no significa...

—Y hoy has vuelto con polvo de saco en la chaqueta.

Nos quedamos las dos calladas en un salón con las sillas medio subidas.

—Yo no te pido que te quedes —dice—. Faltaría más. Te pido que no te vayas dos veces.

—¿Qué significa eso?

—Que si vas a vender, vende ya la cabeza. —Coge la última silla—. Que no me pongas nueve días a mí, y a Fermín, y a Dani, y a las señoras, cara de que esto sigue.

Y apaga la luz del salón, y en la oscuridad, más suave:

—Y que a ti tampoco te la pongas.

* * *

Día 12. Sabe a saco de yute. A no decir la fecha en voz alta.