Tres semanas en otoño 11 #2
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11 #2

—No. —Y se pone bien el cuello del abrigo, ese abrigo que no se ha quitado en veinte minutos, en un almacén con la calefacción puesta—.

Yo no voy a ser la que te cuente eso, Lola.

Yo llevo treinta años siendo la hermana rara, la seca, la que no viene, la que no habla con nadie.

Y como te lo cuente yo, seré además la que va por ahí hablando mal de una muerta.

—¡Es que se ha muerto! —Y me sale la voz de golpe, más alta de lo que quiero, en un almacén de nueve metros—. ¡Se ha muerto y me ha dejado esto a mí y no tengo ni idea de por qué!

Mi madre me mira.

—¿No?

—No.

—¿Y esas cartas que llevas en el delantal?

Me quedo helada. Me llevo la mano al bolsillo sin pensarlo, que es la manera más idiota de confirmar una cosa.

—¿Cómo sabes tú...?

—Porque te he visto tocártelo cuatro veces desde que he entrado.

—Y por primera vez, por primerísima vez, algo que se parece muy remotamente a una sonrisa, y que es la cosa más triste que he visto hoy—.

Y porque la conozco. Ella no te iba a dejar una cafetería.

Ella te iba a dejar una explicación en siete plazos, para que la fueras leyendo tú sola, sin nadie que la contradijera, y para quedar al final como a ella le diera la gana quedar.

—Son seis. He encontrado tres.

—Pues sigue buscando. —Se da la vuelta—. Y cuando las tengas todas, si te apetece, me llamas y hablamos. Pero yo no voy a competir con una carta.

—Mamá.

Se para en la puerta del almacén.

—Come —dice—. Y quítate esa camiseta, que está llena de pintura.

Y sale, y cruza el salón entero, y al pasar por la mesa de Fermín le pone dos dedos en el hombro un segundo, y no se despide de nadie más.

* * *

Salgo del almacén a los cinco minutos, cuando ya se me ha pasado lo de la cara.

En la mesa tres, las hermanas Bermejo están calladas. Calladas de verdad, las dos, mirando sus vasos, y en once días es la primera vez que las veo así.

—Lo siento —digo.

—¿El qué, hija?

—Lo del usted.

—Ay, eso. —Chelo hace un gesto con la mano, como quien espanta una mosca, y no le sale del todo—. Eso es cosa suya.

—Es que ella es así —dice Maruja.

—No es que sea así.

—Chelo.

—Que no es que sea así, que se volvió así.

—Y le da un golpecito al platillo con la cucharilla, y me mira—.

Yo iba a su casa a estudiar, guapa. A tu madre le hacía yo las trenzas los domingos.

Y un día dejó de saludar y ya no volvió a saludar en treinta años, y nosotras nunca le hemos preguntado nada, ni una vez, porque aquí las cosas no se preguntan.

—Chelo, deja a la chica.

—Si no digo nada malo. —Coge el bolso, lo deja, lo vuelve a coger—. Digo que a tu madre la queríamos. Y que llevamos treinta años echándola de menos y ella cree que le estamos haciendo el vacío, y a lo mejor las dos cosas son verdad y esto es un barrio de tontos.

Se levantan las dos. Y en la puerta, Maruja se vuelve.

—Dile que un día se pase a tomar café. Sin más. Que no le vamos a preguntar nada.

—Se lo diré.

—Y que sigue igual —dice Chelo—. Que la cara la tiene igual.

Fermín, desde su mesa, dobla el periódico por segunda vez esta tarde, que en él equivale a un discurso.

* * *

Toño baja de la escalera a las seis y diez.

—Era el condensador —dice, muy satisfecho—. Diecisiete euros. Prueba.

Le doy al botón que lleva diez años siendo un adorno en la pared. Y la persiana de La Castañera baja sola, con un zumbido sano, por primera vez desde vete tú a saber cuándo.

—¡Anda! —dice Chelo Bermejo.

—Eso hacía un ruido horroroso antes —dice Maruja.

—Eso no hacía ruido.

—Hacía un ruido horroroso, y Amparo lo apagó por eso.

—Amparo lo apagó porque se rompió.

—Se rompió porque lo apagó.

Y mientras las dos discuten sobre el orden de los acontecimientos, Toño me llama desde arriba de la escalera.

—Oye, Lola. Hay una cosa aquí dentro.

* * *

Está encajado entre el eje y la pared de la caja, dentro de una funda de plástico transparente de las de los albaranes, con cuatro dobleces de cinta aislante. Lleva ahí el tiempo suficiente para que el plástico se haya vuelto amarillo.

LOLA .

—Vaya con tu tía —dice Toño, y me lo da, y baja de la escalera, y tiene el enorme tacto de irse a recoger las herramientas.

Me meto en el almacén blanco y vacío y me siento en el suelo, que es un sitio donde ya me he sentado antes esta semana.

Si esta te llega, es que has arreglado el motor. Enhorabuena. Yo lo dejé para el mes siguiente durante nueve años.

Voy a escribir esta carta deprisa, porque llevo tres días dándole vueltas y sé de sobra que si la pienso más no la escribo. Ya me conoces un poco a estas alturas. Bueno, no. No me conoces. Ese es justamente el asunto de hoy.

Tu madre trabajó once años detrás de esta barra. Once. Empezó conmigo el día que abrimos, en el ochenta y tres, y las mañanas eran suyas. Yo no habría podido sacar esto adelante sin ella y lo sabe todo el mundo en esta calle, incluidos los que ahora no lo dicen.

En el otoño del ochenta y cuatro le conté una mentira.

No fue una mentira grande. Duró treinta segundos y no la preparé; me salió sola, un martes, aquí mismo, secando vasos. Y con esos treinta segundos me quedé una cosa que no era mía.

No te voy a decir hoy cuál fue. Te vas a enfadar, y con razón, y me vas a llamar cobarde, y también con razón.

Pero es que hay un orden. Si te lo cuento ahora, tú lo lees, te escandalizas media hora, decides que tu tía era una mala persona y cierras el asunto, que es lo que hacemos todos con las cosas que nos caben en un titular. Y esto no cabe en un titular.

Lo que sí te voy a decir hoy es lo que vino después, porque eso es lo que de verdad hice mal y lo que nadie me ha reprochado nunca, ni siquiera ella.

Después de la mentira, seguí. Le puse el café todas las mañanas durante doce años.

Le llevé las cuentas de la casa cuando se casó.

Estuve en tu bautizo, con un vestido azul, y te cogí en brazos y le dije a tu madre que eras preciosa, que lo eras.

Doce años poniendo cara de hermana, sabiendo lo que sabía.

Eso no es una mentira de treinta segundos. Eso es una mentira con horario de apertura.

Y por eso cuando en el noventa y seis se murió tu abuelo y ella me dijo lo que me dijo en el cementerio, yo no discutí. Firmé lo que me puso delante y me quedé el bar, que era exactamente lo que yo merecía: quedarme sola con lo que me había quedado.

Y ahora ve a cerrar, anda, que ya es tarde y mañana te viene el de la campana.

Tu tía,

Amparo

Doblo la carta. Me quedo un rato sentada en el suelo del almacén, con la espalda contra la pared recién pintada, estropeándola del todo.

Hay una cosa que no se me va de la cabeza, y no es la mentira, ni el bautizo, ni el vestido azul.

Es que mi madre, hace media hora, de pie en la puerta de este mismo almacén, ha dicho: «Ella te va a dejar una explicación en siete plazos».

Siete.

Yo le he dicho que son seis, porque son seis las que dijo Amparo en la primera carta: «hay seis más». Uno más seis, siete en total, y eso es lo que yo llevo diez días contando.

Pero mi madre no ha contado nada. Mi madre ha dicho siete a secas, sin sumar, y lo ha dicho con la seguridad con la que se dicen los números que uno ya sabe.

* * *

Día 11. Sabe a visita que no se quita el abrigo.