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A las siete y cuarto de la mañana, con la máquina calentando y el local todavía a oscuras, abro el correo de la notaría.
Son once páginas escaneadas, torcidas, con el sello de la notaría en diagonal.
La lengua de las escrituras es la lengua más aburrida del mundo, y aun así tardo cuarenta minutos en leer once páginas, porque cada tres líneas tengo que parar.
La donación es de abril de mil novecientos noventa y cuatro. Don Venancio Campos Alcaide, viudo, dona a sus hijas doña Amparo y doña Rosario, por mitades indivisas, el local de la calle Buenaventura número doce. Se reserva el usufructo. Muere en septiembre de mil novecientos noventa y seis.
Y el catorce de noviembre de mil novecientos noventa y seis, dos meses después del entierro de su padre, doña Rosario Campos Ribas cede su mitad a su hermana.
Sin contraprestación. Así lo pone: «sin contraprestación de ninguna clase, manifestando la cedente que lo hace por su libre y espontánea voluntad».
Y hay una cosa más, en la comparecencia, donde vienen los datos de las partes. Estado civil, domicilio, profesión.
Doña Amparo Campos Ribas: comerciante.
Doña Rosario Campos Ribas: empleada de hostelería .
Me quedo mirando esas tres palabras hasta que la Faema pita.
Mi madre, que se jubiló hace tres años de administrativa en una gestoría de la calle Bravo Murillo.
Mi madre, que corrige el uso del gerundio.
Mi madre, que en noviembre del noventa y seis, con treinta y cinco años, seguía dada de alta como empleada de hostelería, y el mismo día que constó eso en un papel firmó que regalaba la mitad de la hostelería en cuestión y no volvió a pisarla nunca más.
Subo la persiana a pulso. Abro. Y a las ocho y cuarto le pongo un cortado a Fermín.
* * *
A las nueve y media, entre el segundo y el tercer servicio, hago dos cosas.
La primera es mandarle a mi madre la foto.
La saco del bolsillo de atrás de los vaqueros de ayer, la coloco en el mármol, le hago una foto con el móvil, y esta vez le doy a enviar antes de pensarlo, que es la única técnica que me funciona.
«Mamá. Ha salido esto del almacén.»
Se entrega. Se lee a los cuatro minutos. No contesta.
La segunda cosa es más pequeña y no me doy cuenta de lo que significa hasta mucho después. Toño, el primo del cuñado de Dani, ha venido a las nueve a dejar unos papeles del viernes, y al salir se para en la puerta y mira hacia arriba.
—Oye, ¿y el motor de la persiana?
—El motor está muerto.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de que yo llegara. La subo a mano.
—¿A mano? —Se ríe—. ¿Todos los días?
—Todos los días. Dos veces.
—Eso es que se ha quemado el condensador, o que se ha soltado el fin de carrera. —Ya está bajando la caja de herramientas de la furgoneta—. Cinco minutos.
—Toño, mañana tienes la campana, no hace falta que...
—Cinco minutos, mujer.
* * *
A las once y media pasa una cosa de cuatro minutos que me deja peor que la escritura.
Teo lleva desde las ocho en la mesa del fondo.
Hoy no ha cargado nada porque no hay nada que cargar; ha estado escribiendo, y a las once y veinte Dani y Nadia se ponen a subir las baldas nuevas de acero al almacén y se quedan a mitad de escalera con una atrancada en el marco de la puerta, y Teo se levanta y va a echar una mano.
Y se deja la libreta en la mesa.
Abierta no. Cerrada, con la goma puesta, en el centro exacto de la mesa del fondo, con el lápiz de carpintero al lado en paralelo.
Yo estoy limpiando la mesa cuatro. La mesa cuatro está a un metro y medio.
Y me quedo ahí, con la bayeta en la mano, mirando una libreta negra de tapas blandas durante un tiempo que no es normal.
Llevo once días viendo a ese hombre escribir en ese cuaderno.
Once días. Escribe cuando le sirvo el café y escribe cuando se lo termina; escribió el día que me tembló el pulso, escribió el día de la inspección, escribió el sábado de la lluvia después de decir lo que dijo.
Escribió cuatro palabras el primer día, y yo las conté desde la barra sin querer contarlas.
Cuatro pasos. Quitar la goma. Cuatro segundos.
En la agencia he leído documentos que no me correspondían. Lo digo sin orgullo: he leído un correo abierto en un ordenador ajeno, he mirado una carpeta encima de una mesa en una reunión y me he aprendido el presupuesto del competidor del revés. Eso lo he hecho. Se me da bien y no me quitó el sueño.
No me muevo.
Y no me muevo por una razón que descubro ahí de pie, con la bayeta goteando en el suelo, y que no tiene nada que ver con la ética: es que si abro esa libreta y dentro hay puntuaciones y altitudes y nombres de fincas, me voy a llevar un disgusto tan grande que voy a tener que preguntarme por qué.
Vuelvo a la barra. Aclaro la bayeta.
Teo vuelve a los dos minutos, se sienta, coge la libreta, quita la goma y escribe.
—Gracias por lo de las baldas —le digo desde la barra.
—Pesaban.
—Ya.
Y ya está. Y me paso el resto de la mañana con una cosa muy tonta en el pecho, que es no saber si estoy enfadada con él, conmigo, o con la mesa del fondo.
* * *
Mi madre llega a las cinco y veinte de la tarde.
Y esta vez entra.
Lo hace de una manera tan poco espectacular que casi se me pasa: empuja la puerta, da tres pasos y se queda de pie en medio del salón, con el bolso delante, mirando.
Y lo que hay para mirar, esta tarde de jueves, es esto: Toño encima de una escalera con la caja de la persiana abierta y medio brazo dentro.
Julián padre sentado en un taburete diciéndole a Toño cómo se hace, a pesar de que Julián es fontanero y aquello es eléctrico.
Dani en la barra comiéndose un bocadillo que le ha hecho Nadia.
Las hermanas Bermejo en la mesa tres. Fermín en la suya.
Y todo el local oliendo a pintura plástica y a desengrasante, con las baldas nuevas de acero apoyadas en la pared del fondo esperando a que las suban.
—Rosario.
Lo dice Fermín. Y no se levanta, porque tiene ochenta y un años, pero dobla el periódico y lo deja encima de la mesa.
—Fermín.
—Cuánto tiempo.
—Cuánto tiempo.
Y entonces, desde la mesa tres, las Bermejo se ponen las dos a la vez, con esa energía terrible de las mujeres que llevan cuarenta años esperando un acontecimiento.
—¡Rosarito!
—Ay, hija, si estás igual.
—Igual no, Chelo, que han pasado treinta años.
—Está igual. La cara la tiene igual.
—Buenas tardes —dice mi madre.
Y las trata de usted. A dos mujeres que la conocen desde que tenía quince años, con las que compartió portal y colegio y verbena, mi madre las trata de usted, y las dos lo encajan como quien recibe una bofetada muy educada y se sientan otra vez.
—Mamá, pasa, siéntate. ¿Quieres un café?
—No.
—¿Una infusión?
—He venido a hablar contigo.
Miro alrededor. Hay siete personas en este local y todas están haciendo un ruido exagerado con lo que sea que tengan en las manos.
—Vamos al almacén —digo.
* * *
En el almacén huele a pintura y no hay nada. Está vacío, blanco, con las baldas nuevas todavía sin montar y una bombilla sin pantalla que hemos colgado ayer.
Mi madre lo mira desde la puerta y no entra del todo. Ya no me sorprende.
—Has pintado.
—Hemos pintado.
—Ya. Hemos.
Y ahí, en esa palabra, en ese «hemos» repetido con dos gramos de veneno, empieza lo que va a pasar.
—Me has mandado una foto —dice.
—Sí.
—¿Para qué?
—Para nada, mamá. Porque salió de una caja de galletas y en esa foto estás tú riéndote detrás de esta barra, y yo no te he visto reírte así en mi vida. —Me apoyo en la pared recién pintada, cosa que estropea la pintura y me da igual—. Y porque he leído la escritura del noventa y seis.
—Ya me lo dijiste.
—La he leído entera. En la escritura pone que tu profesión era empleada de hostelería.
Mi madre no dice nada.
—En el noventa y seis, mamá. Con treinta y cinco años. Tú trabajabas aquí.
—Yo trabajé aquí once años.
Lo dice sin ningún énfasis y me deja sin aire.
—¿Once?
—Del ochenta y tres al noventa y cuatro. Desde que abrió. —Se recoloca el bolso—. Yo hacía las mañanas y ella las tardes. Y los sábados los dos turnos, las dos.
—Nadie me ha dicho eso nunca.
—No.
—Nadie. Ni tú, ni ella, ni Fermín, ni las Bermejo, y las Bermejo me han contado hasta lo de Torrevieja.
—Porque no se cuenta —dice mi madre—. En los barrios no se cuenta lo que puede hacer daño a la gente que sigue viva. Se cuenta lo de Torrevieja.
Y entonces mira por encima de mi hombro, hacia la puerta del almacén, hacia el salón, donde se oye a Toño diciendo «ya está» y a Julián diciéndole que no está, y algo se le rompe por dentro con un ruido muy pequeño.
—Ella también hacía esto —dice.
—¿El qué?
—Esto. —Y hace un gesto con la barbilla que abarca la escalera, el barrio, el bocadillo de Dani, el olor a pintura—.
Esto exactamente. La gente venía a arreglarle las cosas gratis.
Los proveedores le fiaban. Los del banco le daban prórrogas.
Aquí entraba todo el mundo a contarle su vida y salía todo el mundo encantado, y en cuarenta años nadie, nadie, le dijo nunca que no a nada.
—Mamá...
—Encantar a todo el mundo. —Ya no está mirando el salón. Me está mirando a mí, y tiene los ojos secos y la voz perfectamente construida, y por eso da tanto miedo—. A todo el mundo menos a mí.
Se hace un silencio en el que se oye la nevera de las bebidas.
—Yo trabajé once años en este bar —dice—.
Once. Yo abría a las seis y media, cuando esto tenía churros y yo los freía.
Yo llevaba las cuentas, porque tu tía no sabía sumar dos números, eso te lo puede decir cualquiera.
Y en el noventa y cuatro tu abuelo nos lo dio a las dos, y en el noventa y seis yo firmé un papel y me fui, y todo el mundo en esta calle sabe por qué me fui, y todo el mundo ha decidido durante treinta años que era mejor no contártelo. Incluida ella. Sobre todo ella.
—Pues cuéntamelo tú.
—No.
—Mamá.