10
Teo
El almacén de Villaverde estaba a nueve grados y olía a saco mojado.
Teo llevaba allí desde las ocho. Había tostado veintidós muestras en la tostadora de laboratorio, las había molido en el orden correcto y las tenía delante en veintidós vasos de cristal, alineados en dos filas sobre una mesa de acero.
Rompió la costra de cada uno con la cuchara y olió el vapor.
Luego retiró la espuma. Luego esperó a que bajaran a temperatura de cata, que era el único momento del día en que no se podía hacer nada.
A las diez y cuarto empezó a sorber.
Trabajaba deprisa y sin hablar. El chico del almacén, que se llamaba Yeray y tenía veinte años, le sostenía la tablilla y apuntaba lo que él iba diciendo, y lo que él iba diciendo eran números: siete y medio, seis y cuarto, siete setenta y cinco.
Los números eran para el cliente. Al lado de los números, en su libreta, Teo escribía otra cosa.
Muestra 9. Sabe a manta guardada.
Muestra 14. Defecto. Sabe a agua de fregar los cacharros el día siguiente.
Muestra 17. Sabe a cocina de casa de alguien que cocina bien.
Yeray le miró la libreta de reojo, como llevaba haciendo tres días.
—¿Eso lo entiende alguien?
—Yo.
—¿Y el cliente?
—El cliente recibe los números. —Teo escupió en el cubo y pasó al siguiente vaso—. Los números se los da cualquiera.
La diecisiete era buena. Era muy buena, de hecho: un lote pequeño de Huila, cuatrocientos sacos, con un precio que iba a subir en cuanto lo catara alguien más.
Teo cerró la compra a las doce y veinte con una llamada de cuarenta segundos y ni siquiera se alegró, porque alegrarse por eso le parecía una cosa de aficionados.
Mientras recogía los vasos, le preguntó a Yeray una cosa que llevaba dos días queriendo preguntar.
—¿Vosotros servís a hostelería de barrio?
—Poco. —Yeray apilaba las bandejas—. Nosotros somos almacén, tío. Los bares los llevan los torrefactores.
—¿Cuáles, por aquí?
—Los grandes, los de siempre. Y luego hay dos o tres pequeños.
—Se paró a pensar—. En Vallecas está Hermanos Nieto, que son dos hermanos que ya no son dos, se murió uno.
Esos tuestan para veinte bares y no quieren más.
Mi jefe dice que ese hombre tuesta como en los ochenta, muy oscuro. Que está loco.
—¿Y está loco?
—Yo qué sé. —Yeray se encogió de hombros—. Mi jefe dice que la mitad de esos bares cierran cada año y que el día que se muera el Nieto ese, la mezcla se va con él, porque no está escrita en ningún sitio. La tiene en la cabeza.
Teo no dijo nada. Guardó la cuchara en la funda de tela, la enrolló y se la metió en la bolsa.
Llevaba nueve días sabiendo qué café servían en La Castañera.
Lo había sabido el primer día, en el segundo sorbo: tueste alto, de los de antes, con mucho robusta en la mezcla, hecho por alguien que no había cambiado la fórmula desde hacía décadas y que la clavaba.
Era una manera de tostar que a él, profesionalmente, le parecía anticuada.
Y era también, y esto no se lo había dicho a nadie, uno de los mejores cafés de bar que había tomado en su vida, porque estaba hecho para lo que servía: para bebérselo de pie a las ocho y cuarto de la mañana con un vaso caliente y una cucharilla dentro.
Terminó a la una y media. Se lavó las manos con agua helada. Salió al aparcamiento del polígono, con el sol de octubre dándole en la cara por primera vez en cinco horas, y fue entonces cuando le sonó el móvil.
Bilbao.
* * *
Idoia Elorriaga hablaba deprisa y decía las cosas una sola vez.
—Teo. Ya está.
—¿Ya está qué?
—El consejo. Aprobado ayer por la tarde. Jefe de compras de origen, contrato indefinido, y no es un cargo inventado para ti: es un departamento que creamos porque nos hace falta. —Un ruido de puerta al fondo—. Te mando el borrador esta tarde. Necesitamos la firma el nueve.
—El nueve.
—Lunes nueve de noviembre, aquí, en Bilbao. La incorporación es el uno de diciembre. —Idoia hizo una pausa de dos segundos, que en ella era una eternidad—. ¿Sigues ahí?
—Sigo.
—Teo, esto es lo que querías.
—Ya lo sé.
—Pues dilo con la voz de las cosas que uno quiere, hombre.
Se rio, y él dijo algo que la hizo reír otra vez, y colgaron.
Teo se quedó en el aparcamiento con el móvil en la mano.
Era lo que quería. Eso era objetivamente cierto y no admitía discusión.
Nueve años de facturas de autónomo, de perseguir pagos a sesenta días, de dormir en hostales que pagaba él, y ahora un departamento, un equipo de tres personas, un presupuesto de compra de cuatro millones y su nombre en el organigrama de la mejor tostadora del norte.
Y ciento noventa días de viaje al año.
Eso venía en el correo que Idoia le había mandado en septiembre, en una tabla, con toda la naturalidad del mundo: origen dos veces al año —Colombia, Etiopía, Brasil—, ferias, auditorías, visitas a clientes.
Ciento noventa días. Y los otros ciento setenta y cinco, en Bilbao, en una oficina, en un piso que tendría que alquilar y en el que no iba a estar nunca más de doce días seguidos.
Teo hizo la cuenta apoyado en el capó de un coche que no era suyo.
Doce días. Nunca más de doce días en el mismo sitio.
Se le ocurrió, con una claridad desagradable, que en toda su vida no le habían ofrecido nunca nada tan bien diseñado para él.
No un trabajo bueno: un trabajo que encajaba en el hueco exacto de su avería, milimétricamente, como una pieza de repuesto.
Le estaban ofreciendo doscientos setenta mil euros de presupuesto y la garantía de no tener que quedarse en ningún sitio nunca más, y encima lo llamaban estabilidad.
Se subió al metro en Villaverde Alto y se durmió dos paradas.
* * *
Llegó a La Castañera a las cuatro y veinte y no entró.
Se quedó en la acera de enfrente, con la bolsa cruzada, mirando por el escaparate como quien mira un acuario.
Dentro había obra. Había un hombre mayor sentado en un taburete señalando el techo con un destornillador, y un hombre más joven encima de una escalera haciéndole caso.
Había dos señoras en la mesa tres opinando.
Había una chica joven con un portátil. Había un chaval con una caja de leche en la cadera, parado, hablando con las manos.
Y detrás de la barra estaba Lola, con el pelo recogido de cualquier manera y una camiseta con el logotipo de una empresa, sacando cafés y contestando a cuatro personas a la vez, y en un momento dado se rio de algo que dijo el hombre de la escalera y siguió sacando cafés sin dejar de reírse.
Teo llevaba diez días viendo aquel local.
El lunes diecinueve, cuando entró por primera vez, eran las ocho y media de la tarde, no había un alma, la persiana estaba a medio bajar y una mujer contaba monedas de veinte céntimos detrás de la barra con cara de llevar trece horas de pie.
Le había puesto un café que no valía nada. Diez días.
Cruzó la calle. Tocó el tirador. Y se quedó ahí, sin abrir, cuatro o cinco segundos.
Después se metió en un bar de la esquina de Vallehermoso, uno con luz de quirófano y vasos de cartón, pidió un café que estaba malo y sacó la libreta.
* * *
La libreta tenía dos partes.
La de delante era el trabajo. Ciento y pico páginas de fichas: fecha, almacén, origen, procesado, altitud, número de muestra, puntuación, notas.
Once años haciéndolo igual. Cuando se llenaba una, la guardaba en una caja de zapatos que tenía en casa de su madre, en Soria, porque era el único sitio del mundo donde tenía una caja.
Y la de atrás era otra cosa.
Había empezado el lunes diecinueve, la noche del primer día, en el Hostal Delia, sentado en el borde de una cama con una colcha de flores. Había abierto la libreta por el final, había puesto la fecha, y había escrito cuatro palabras.
Día 1. Sabe a nervios. Prometedor.
No lo había pensado. Fue un gesto de oficio: había tomado un café que le había hecho una persona, y a los cafés que le hacían las personas él les ponía ficha.
Lo raro no fue el día uno. Lo raro fue el día dos, y el tres, y que el día seis, la noche de la lluvia, hubiera vuelto andando hasta el hostal con el abrigo empapado pensando en cómo escribir una cosa para que fuera exacta y no fuera una declaración.
Pasó las páginas hacia atrás, en el bar de la esquina, con el vaso de cartón al lado.
Día 3. Sabe a estrenar zapatos.
Día 4. Sabe a discusión en la puerta.
Día 7. Sabe a hora de más. A domingo que no quiere acabarse.
Día 9. Sabe a pintura fresca y a favores que no se cobran.
Diez páginas. Diez días. Y ninguna de ellas hablaba del café.
Esa era la cuestión y Teo la vio entera de golpe, con una honestidad que no le gustó nada: que las fichas de la parte de delante describían un café, y las de atrás describían un día de la vida de una mujer que él había estado mirando desde una mesa.
Que llevaba diez días escribiendo el diario de otra persona sin permiso.
Que si Lola abriera esa libreta por detrás, tendría todo el derecho del mundo a asustarse, y también —esto era lo peor— a entenderlo todo a la primera.
Cerró la goma.
Pidió otro café, que estaba igual de malo, y se lo bebió entero por costumbre.
* * *
Teo tenía un ritual para irse de las ciudades y no se lo había contado nunca a nadie porque contado sonaba a enfermedad.
El penúltimo día pagaba lo que debiera y devolvía lo que hubiera pedido prestado.
El último día hacía la maleta por la mañana, antes de trabajar, para no tener que hacerla por la noche.
Y no se despedía de nadie salvo de la gente con la que había trabajado, a la que daba la mano y a la que decía «hasta la próxima», que era verdad, porque a los almacenes se vuelve.
De los bares no se despedía. De los bares se iba.
En nueve años había tenido cuatro sitios así: uno en Valencia, uno en Oporto, uno en Trieste y una gasolinera de la A-2 que no contaba pero contaba.
En los cuatro había ido cada día, en los cuatro había habido una persona detrás de la barra que al tercer día ya le ponía lo suyo sin preguntar, y de los cuatro se había marchado sin decir nada, y no había vuelto a ninguno.
La de Trieste se llamaba Vanna. Le había puesto un café todas las mañanas durante veintiún días y él, el día veintiuno, había dejado el dinero encima de la mesa y se había ido a la estación, y desde entonces habían pasado seis años.
No es que se sintiera culpable. Era otra cosa, más difícil de nombrar: era que aquello le parecía normal, y llevaba desde el sábado —desde una cocina con tres tazas en fila y una mujer diciéndole «esto es un examen»— sospechando que no lo era.
Aquella noche, la del sábado, había hecho una cosa poco profesional.
Había acertado los tres cafés en cuarenta segundos y luego se había tomado su tiempo, mucho más del necesario, girando la primera taza entre las manos, buscando la palabra.
Cualquier catador honesto habría dicho «tueste alto, cuerpo largo, poco ácido, muy buen café de bar».
Él había dicho otra cosa. Y sabía de sobra por qué la había dicho, y sabía de sobra que no era una nota de cata: era lo que a él le habría gustado que le pasara alguna vez en veintiún días en Valencia, en Oporto o en Trieste.
* * *
A las seis y media escribió un correo.
Lo escribió en el móvil, apoyado en una mesa alta, con dos dedos, y lo escribió con muchísimo cuidado, que era lo que hacía siempre que iba a pedir algo.
Idoia:
Gracias, de verdad. Es una noticia estupenda y la acepto.
Quería preguntarte una cosa sobre el calendario. Sé que la firma es el nueve y la incorporación el uno de diciembre, y no quiero complicar nada. Me preguntaba si habría alguna posibilidad de retrasar la incorporación a enero, o incluso de firmar unos días más tarde. Tengo un asunto en Madrid que
Se paró ahí.
Leyó las trece palabras últimas cuatro veces.
Tengo un asunto en Madrid que. Que qué. Que se está resolviendo.
Que no puedo dejar. Que no sé lo que es.
Que consiste en una mujer que en diez días ha aprendido a hacer un cortado como lo hacía su tía y que el ocho de noviembre, muy probablemente, va a vender su bar y volver a su trabajo y a su vida de siempre, y que ni siquiera le ha dicho a él que existe una fecha.
Teo borró la última frase.
Después borró el párrafo entero.
Después borró el correo.
Y escribió otro, de tres líneas, que decía que era una noticia estupenda, que la aceptaba, que allí estaría el nueve, y le dio a enviar antes de tener tiempo de leerlo.
Cuando levantó la vista, en el bar de luz de quirófano de la esquina de Vallehermoso, eran las siete menos veinte y tenía la libreta encima de la mesa con la goma puesta, y por primera vez en once años le pareció un objeto peligroso.
* * *
Llamó a su madre desde el portal del hostal, a las ocho.
—Hijo.
—Hola, mamá.
—¿Comes?
—Como.
—Eso lo dices siempre.
Le contó lo de Bilbao. Le contó lo del contrato, lo del departamento, lo del uno de diciembre, y su madre dijo lo que decía siempre, que era «qué bien, hijo», y luego se quedó callada más tiempo del que se quedaba callada normalmente.
—¿Y eso está en Bilbao?
—Eso está en Bilbao.
—Entonces te mudas a Bilbao.
—Bueno. —Teo se cambió el móvil de oreja—. Alquilo algo. Pero voy a estar fuera medio año.
—Ya.
Pasó un coche por la calle. En Soria, al otro lado, se oía la tele de fondo.
—Teo, ¿tú te acuerdas de la casa de Logroño?
—Me acuerdo.
—Yo estuve dos años sin colgar el espejo del pasillo.
—Su madre lo dijo sin ninguna carga, como quien recuerda una tontería—.
Lo tenía apoyado en la pared del cuarto, y cada vez que pasaba pensaba: para qué, si nos vamos.
Y estuvimos dos años. Dos años pasando por delante de un espejo apoyado en el suelo.
—Mamá.
—Que no te estoy diciendo nada, hijo. Que me he acordado.
Colgaron a los cinco minutos, después de hablar del tiempo y de una prima.
Teo subió los tres pisos del Hostal Delia andando, se sentó en el borde de la cama con la colcha de flores y se quedó ahí un rato con las manos entre las rodillas.
* * *
Aquella noche durmió ocho horas seguidas.
Se despertó a las siete, descansado, sin haber abierto los ojos ni una vez, y se quedó tumbado mirando la grieta del techo del Hostal Delia con una sensación fría en el estómago.
Día diez. En el día diez de una temporada él dormía bien: eso era normal. Lo que no era normal —lo que no le había pasado en nueve años— era que la idea de que quedaran once le produjera lo contrario del alivio.
Se levantó. Se duchó. Se afeitó delante de un espejo colgado con dos tornillos por alguien que no era él.
Y a las ocho menos veinte cruzó la calle Buenaventura, empujó la puerta de La Castañera, se sentó en la mesa del fondo y levantó un dedo.
* * *
Día 10. Sabe a algo que no debería estar apuntando.