Tres semanas en otoño 9 #2
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—Que eso es mentira. —Sigo pintando mi trozo, con el corazón un poco acelerado, muy agradecida de estar de espaldas—.

Llevas nueve años. Tres o cuatro tostadoras.

Con esa cartera, tú te instalas en Bilbao o en Madrid, coges un piso, y haces los viajes que hagan falte y vuelves a tu casa.

Lo hace todo el mundo en todos los sectores del mundo.

Yo he trabajado con gente que va a Shanghái cuatro veces al año y tiene un gato.

Silencio. Rodillo, rodillo.

—Ya.

—Entonces no es el trabajo. El trabajo es la excusa buena.

Y ahí Teo hace la cosa que no ha hecho en nueve días, que es empezar a hablar y no parar a las dos frases.

—Nací en Zaragoza —dice—. Mi padre trabajaba en una empresa de montajes industriales.

Se fue cuando yo tenía siete años, y no fue de esas que se van y llaman los domingos; se fue del todo.

Y mi madre, que era de Soria y no tenía a nadie en Zaragoza, hizo lo que hace la gente cuando se le cae encima una cosa así, que es agarrarse a lo que va saliendo.

Mojo el rodillo. No digo nada. Llevo nueve días aprendiendo que a este hombre lo que hay que hacer es no interrumpirlo.

—Vivimos en cuatro ciudades en seis años.

Zaragoza, Logroño, Soria, Guadalajara. Y en cada sitio pasaba lo mismo: llegábamos, y ella decía «esto es provisional», y montábamos la casa a medias.

Las cajas no se deshacían del todo. Los cuadros no se colgaban, porque para qué ibas a hacer agujeros.

Yo tenía una caja de zapatos con mis cosas, y esa caja se hizo con nosotros todo el recorrido.

—Joder.

—No es una tragedia. —Y lo dice sin ninguna acritud, corrigiendo un dato—. Mi madre lo hizo lo mejor que pudo y ahora está bien, vive en Soria y tiene una vida. No es una tragedia. Es una manera de aprender una cosa.

—¿Qué cosa?

Se para. Es la primera vez que se para el rodillo, y yo sigo pintando porque me da miedo girarme.

—Que quedarse es donde te pillan las cosas malas.

La pared se está quedando muy blanca. Ese es un pensamiento que tengo mientras el otro me llega entero.

—A ver, no es que yo crea eso —dice—. Sé que es mentira.

Es una idea de un crío de once años y yo tengo treinta y seis y he ido a un psicólogo dos años, no soy tonto.

Pero es que las ideas de crío no se van porque tú les enseñes los papeles.

Se quedan ahí abajo, funcionando. Y a mí me pasa una cosa muy concreta, muy poco poética, y es que a las tres semanas de estar en un sitio empiezo a dormir mal.

Literalmente. A la tercera semana duermo cuatro horas.

Y en cuanto cojo un tren, esa noche duermo ocho.

—Y por eso el trabajo.

—Por eso el trabajo. —Vuelve a mojar el rodillo—. Yo no elegí un trabajo de tres semanas y me adapté. Yo tenía un problema de tres semanas y encontré un trabajo que encajaba. Se llama montarte la vida alrededor de la avería en vez de arreglarla, y es mucho más barato.

Me río. Me río de verdad, con el rodillo goteando en el suelo protegido con cartones.

—Perdona —digo—. Es que llevo nueve días pensando que eras un tío misterioso.

—Ya.

—Y resulta que estás igual de roto que todo el mundo, pero con un oficio muy bonito.

—Sí. —Y esto lo dice con algo en la voz que no le había oído todavía, algo casi divertido—. Ese es exactamente el resumen.

Pintamos un rato en silencio.

—Yo llevo doce años en la misma empresa —digo, y no sé por qué lo digo—. Doce. Con un piso de alquiler a veinte minutos de aquí que tiene los mismos muebles del primer día. Nunca he colgado un cuadro tampoco, ¿eh? Por no hacer agujeros. Así que ya me dirás quién está peor.

—Tú tienes un bar.

—Tengo un bar durante doce días.

Y ahí está otra vez la fecha, en el aire del almacén, entre los dos, y él no dice nada y yo no digo nada, y los dos sabemos perfectamente que el ocho de noviembre existe y ninguno de los dos lo pone encima de la mesa.

* * *

La tabla suena a hueco a las diez y cuarto.

Estamos moviendo los cartones del suelo para pintar la parte de abajo de la última pared, y al pisar con el peso en el talón, en la esquina de la izquierda, el suelo hace un ruido de madera vieja que no hace el resto del suelo.

—Ahí abajo hay algo —dice Teo.

—Eso es que está podrido.

—Eso es que está hueco.

Es una tabla del entarimado antiguo, de esas que quedan debajo cuando alguien puso baldosas en los ochenta y no levantó lo de abajo; en el almacén, donde nadie mira, la baldosa se acabó rompiendo y ahí está la madera.

Teo mete la punta de un destornillador plano en la junta, hace palanca con cuidado, y la tabla sale entera, con dos clavos oxidados y cuarenta años de porquería.

Debajo hay un hueco de un palmo.

Y dentro del hueco, envuelto en una bolsa de plástico de una farmacia, con el nombre en mayúsculas ligeramente inclinadas, hay un sobre.

LOLA .

Me quedo de rodillas en el suelo con el sobre en la mano y la pintura secándose en los brazos. Teo, a mi lado, mira el sobre y luego mira la pared y luego se levanta.

—Voy a lavar los rodillos.

—Teo.

—Los rodillos hay que lavarlos ahora o se quedan tiesos.

Y se va a la cocina, y lo oigo abrir el grifo, y se lo agradezco tanto que tengo que quedarme un momento mirando el sobre sin abrirlo.

* * *

Esta la has encontrado porque alguien ha levantado la tabla, y si alguien ha levantado la tabla es que has hecho obra.

Con lo cual, o te ha caído una inspección, o te ha dado por reformar.

Si es lo segundo, enhorabuena y ánimo. Si es lo primero, la campana.

Es la campana, Lola. Lo sé desde el diecinueve y no lo arreglé, y tuve mis motivos, que eran cuatro mil euros que no tenía, pero los motivos no son excusas y a ti te ha tocado pagarlo. Lo siento.

Ahora, lo otro.

El otoño del ochenta y cuatro se acabó un lunes. Los otoños se acaban siempre en lunes.

M. terminó su ruta, cargó la furgoneta y vino a despedirse a media mañana. Se tomó su café solo. Me dijo que volvía en primavera, que ya me llamaría, y que le guardara el sitio de la mesa del fondo. Y yo le dije que sí, que muy bien, que buen viaje.

Eso fue todo lo que le dije. «Que muy bien, que buen viaje.» Y me quedé detrás de la barra secando vasos como una imbécil hasta que la furgoneta dobló la esquina.

Yo llevaba tres semanas queriendo decirle una cosa, y la cosa cabía en dos frases. No te voy a contar cuál era hoy, porque la vas a saber, y cuando la sepas entenderás por qué no la dije y no me vas a perdonar del todo, y harás bien.

Pero eso da igual, porque el asunto no es lo que yo no le dije a él.

El asunto es que ese mismo lunes, por la tarde, subió tu madre a este bar como subía todos los lunes, y me preguntó qué tal, y yo le dije que bien.

Que todo bien. Y ahí empezó lo que empezó, y cuarenta y dos años después tú estás leyendo esto de rodillas en el suelo de mi almacén y ella no ha entrado por esa puerta desde hace treinta.

Aprende de esto, niña, que es lo único que tengo para darte que valga algo: lo que no se dice, se pudre. Y no se pudre en el que se calla. Se pudre en el otro, que no sabe ni que hay algo pudriéndose, y se pasa media vida oliendo mal sin saber por qué.

Y ahora levántate del suelo, que te vas a quedar fría.

Tu tía,

Amparo

Me levanto del suelo.

En la cocina, el grifo sigue abierto. Teo está lavando el segundo rodillo con muchísimo más cuidado del que hace falta para lavar un rodillo, dándole vueltas debajo del agua, con la espalda hacia mí.

Y yo me quedo en la puerta con la carta en la mano.

Doce días. Un tren el ocho de noviembre. Un maletín en esa mesa a las nueve de la noche. Y un hombre de espaldas al que llevo diez horas viendo cargar cajas de mi tía por una escalera y al que no le he dicho ni una sola de las cosas que estoy pensando.

—Teo.

—Dime.

Abro la boca.

—Nada. Que gracias por lo de las cajas.

Cierra el grifo. Escurre el rodillo. Y lo deja bocarriba encima del fregadero, apoyado en el mango, para que no se aplaste el pelo, que es un detalle que solo conoce la gente que ha pintado muchas paredes en muchas casas provisionales.

* * *

Día 9. Sabe a pintura fresca y a favores que no se cobran.