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Julián llega a las ocho y media con su hijo, una caja de herramientas de las de metal y ochenta y dos años.
—Buenos días. ¿Y el agua?
—Buenos días. Perdone, ¿el agua?
—La llave general. —Ya está mirando el techo, la pared, el suelo, en ese orden—. Que la puso mi maestro en el setenta y cuatro y yo le pasé la rosca a los tubos, y si no la han cambiado tiene que estar detrás de esa puerta.
Detrás de esa puerta —el armario del pasillo del aseo, que yo tenía catalogado como «el armario donde hay una fregona»— hay, efectivamente, una llave general de latón con una rueda roja.
—Ahí está —dice Julián, con una satisfacción tranquila—. Cincuenta y dos años.
Su hijo, que se llama Julián también y tiene cincuenta y tantos, deja la caja en el suelo y me mira con cara de disculpa anticipada.
—Va a estar aquí todo el día —dice.
—No pasa nada.
—Va a estar aquí todo el día diciéndome lo que tengo que hacer.
—De verdad que no pasa nada.
Y no pasa nada, y esa es la historia entera del martes.
* * *
A las nueve y cuarto La Castañera está abierta, sirviendo cafés, y tiene dentro a nueve personas trabajando.
Está el Julián hijo tumbado boca arriba debajo del fregadero de la cocina, con las piernas fuera, y el Julián padre sentado en un taburete al lado dictándole la maniobra como quien narra un partido de fútbol por la radio.
Está Toño, el primo del cuñado de Dani, que ha venido a las nueve con un metro láser y que ha estado quince minutos debajo de la campana diciendo «madre mía» a intervalos regulares, lo cual no ayuda a mi tensión arterial pero que a las nueve y veinte se ha convertido en un presupuesto de dos mil ochocientos con el mismo certificado y el mismo papel sellado, mil euros menos que el otro, y en un «te lo puedo tener el viernes».
Está Dani, que ha terminado su reparto a las diez y en vez de irse a su casa se ha quedado, y que se ha nombrado a sí mismo encargado de subir y bajar cosas del almacén.
Está Marta, que libra, con el portátil en la mesa cuatro, redactando un plan de autocontroles con más orden del que ha tenido este local en su vida.
Están las hermanas Bermejo en la mesa tres, que hoy no se han ido a las doce y cuarto, y que llevan desde las diez ejerciendo de dirección facultativa de la obra.
—Eso está torcido.
—Eso no está torcido, señora, es que la pared está torcida.
—La pared la hicieron en el veintiocho.
—Pues eso.
—Ay, hijo, no te enfades.
—No me enfado.
—Se ha enfadado.
Está Nadia, que ha venido cuatro horas antes de su turno sin que yo se lo pidiera y que ha cogido la barra entera para que yo pueda estar en veinte sitios a la vez.
Está Fermín, en su mesa, con el periódico sin abrir, que es su manera de estar de guardia.
Y estoy yo, con unos vaqueros viejos, una camiseta de la agencia de un evento de 2019 y una lista de catorce puntos de la que a mediodía he tachado seis.
* * *
Lo del almacén empieza a la una y media.
Empieza porque las baldas de madera tienen que salir —«tienen que ser lavables», dijo el acta, y la madera no es lavable, y esas baldas llevan ahí desde que en este local se vendían décimos de lotería—, y para sacar las baldas hay que vaciar el almacén, y para vaciar el almacén hay que sacar a la calle, a la acera de la calle Buenaventura, delante de todo el barrio, la vida entera de una mujer que guardó todo lo que pasó por sus manos durante cuarenta años.
Sale: una caja de manteles de papel de un color naranja que ya no existe.
Sale una radio con antena. Salen cuatro sifones vacíos, seis ceniceros de publicidad de anís, dos cajas de vasos de tubo sin estrenar, un cartel de cartón de una marca de cerveza con una chica en bikini de mil novecientos noventa y algo que Dani intenta quedarse y que las Bermejo vetan por unanimidad.
Sale un futbolín desmontado. Sale, en una bolsa de basura cerrada con un nudo, un belén completo con las figuras envueltas de una en una en papel de periódico del año pasado.
Y sale, dentro de una caja de galletas de metal, un fajo de fotos.
Nos paramos todos. Es automático: en cuanto aparecen fotos en una caja de galletas, en cualquier casa de España, se para la obra.
Hay fotos del bar lleno. Hay una de la nevada del ochenta y cinco con tres tipos con bigote delante de la puerta. Hay una de un equipo de fútbol sala patrocinado por «Casa Amparo» con unas camisetas amarillas espantosas. Hay bautizos, comuniones, una boda en la que no reconozco a nadie.
Y hay una, en color, con los bordes redondeados, en la que están mi tía y mi madre.
Detrás de esta barra. Las dos. Mi tía con el pelo cardado y un delantal, y mi madre —mi madre, con veintitantos años, con una melena que yo no le he visto nunca— apoyada en el mármol, con un vaso en la mano, riéndose de algo con la boca abierta.
Riéndose. Mi madre.
—Uy, esa es del ochenta y cuatro —dice Chelo Bermejo, que ha aparecido a mi lado sin que yo la oiga llegar—. Mira, ahí está la máquina de tabaco antigua.
—¿Del ochenta y cuatro?
—Del ochenta y cuatro o del ochenta y cinco. —Y entonces se calla de golpe, se calla de esa manera que se calla la gente que se ha dado cuenta de algo un segundo tarde, y vuelve a su mesa diciendo que se le enfría el café.
Me guardo la foto en el bolsillo de atrás.
* * *
A la media hora, el barrio ha convertido mi acera en un mercadillo.
No lo ha organizado nadie. Simplemente, si sacas a la calle Buenaventura un futbolín desmontado, una radio con antena y cuatro sifones, en veinte minutos hay siete personas mirando y en treinta hay una negociación.
—Los sifones, ¿los tiras?
—Los tiro.
—No los tires.
—Es que no sé ni si funcionan.
—Los sifones siempre funcionan. —El señor del perro, que se llama Amadeo y al que llevo nueve días poniéndole un carajillo sin saber su nombre, ya tiene uno en la mano—. Lo que pasa es que la gente no sabe usarlos. ¿Cuánto quieres?
—Nada. Lléveselo.
—Eso no puede ser.
—Que sí, hombre, lléveselo.
—Eso no puede ser, criatura —dice Fermín desde su mesa, sin levantar la vista del periódico que no está leyendo—. Que te lo pague. Aunque sea un euro.
Y así es como acabo vendiendo, en la acera de mi propia cafetería, un sifón por un euro, una radio con antena por dos, seis ceniceros de anís por tres y el cartel de la chica del bikini a Dani por cinco, con el veto de las Bermejo formalmente levantado tras un debate de once minutos sobre si es machista o si es historia.
El futbolín se lo lleva un chaval que aparece con su padre y una furgoneta a las cuatro, avisados por alguien, y cuando le digo que se lo lleve gratis el padre me da veinte euros y no admite discusión.
Total del mercadillo: treinta y un euros.
Nadia los mete en la caja como si fuera una venta más y me dice, sin mirarme:
—Anota el concepto.
—¿Qué concepto le pongo?
—Almacén.
Y en el cuaderno de mi tía, debajo de una columna de números escritos por ella, escribo yo por primera vez algo con mi letra: «Almacén — 31 €».
* * *
A las cuatro y media, mientras Julián hijo purga el desagüe nuevo, me meto en el baño de personal a lavarme las manos y saco la foto del bolsillo de atrás.
La miro con la puerta cerrada, que es donde se miran estas cosas.
No es solo que mi madre se ría. Es cómo está apoyada.
Está apoyada en el mármol de esta barra con el codo, de lado, con esa postura que solo se pone cuando el sitio es tuyo.
Una clienta no se apoya así. Una visita no se apoya así.
Esa mujer de veintitrés años que hay en la foto está detrás de la barra de este bar como quien está en su casa, y es la misma mujer que el jueves pasado se quedó en el marco de la puerta con el abrigo abrochado hasta arriba.
Le hago una foto a la foto con el móvil.
Escribo «mamá, mira lo que ha salido del almacén», adjunto la imagen, y me quedo con el dedo encima del botón de enviar cuarenta segundos largos.
No lo mando. Otra vez no lo mando. Guardo la foto en el bolsillo, me seco las manos y salgo, porque en la cocina hay un señor de ochenta y dos años dando instrucciones a gritos y alguien tiene que sujetar la linterna.
* * *
A las cinco Toño se va con el pedido hecho para el viernes.
A las seis Julián hijo cierra el desagüe nuevo y su padre le hace probarlo tres veces.
A las siete Marta imprime cuarenta páginas en la papelería de enfrente y me las trae en una carpeta con separadores, y me da un beso y se va a hacer guardia.
A las ocho se van Dani y las Bermejo, cada uno por su lado, después de una despedida larguísima.
A las nueve cierro y se va Nadia.
Y a las nueve y cinco quedamos el almacén vacío, cuatro litros de pintura plástica blanca, dos rodillos, y Teo.
Porque Teo ha estado hoy aquí desde las ocho de la mañana. Todo el día. En la mesa del fondo con su libreta hasta las once, y a partir de las once cargando cajas sin que nadie se lo pidiera, con las mangas subidas, en silencio, del mismo modo que arregló la máquina el viernes.
—Yo pinto —le he dicho a las nueve menos cuarto—. Vete a cenar.
—¿Tienes dos rodillos?
—Tengo dos rodillos.
—Pues ya está.
* * *
Pintar un almacén de nueve metros cuadrados con otra persona es una cosa muy rara.
No hay manera de mirarse. Estamos los dos de cara a una pared, cada uno con su rodillo y su trozo, oyendo el ruido de la pintura, y esa disposición física —dos personas mirando lo mismo en vez de mirarse— hace algo con las conversaciones.
Lo sé porque he montado cuatrocientas mesas redondas para que la gente hable y nunca he entendido por qué se habla mejor en un coche.
Estamos veinte minutos sin decir nada. Y luego, sin ningún motivo, le pregunto.
—Teo, ¿tú por qué no te quedas nunca en ningún sitio?
El rodillo no se para. Ese es el detalle: no se para.
—Es el trabajo.
—Eso es mentira.
—¿Perdona?