8 #2
Salgo a la puerta con el móvil todavía encendido y me quedo mirando la calle Buenaventura, y a los treinta segundos entiendo lo que ha pasado, porque es un mecanismo tan sencillo que da vértigo: a las once y diez, dos personas con acreditación han entrado en un bar.
A las once y media, alguien lo ha contado en la peluquería.
A la una, en la peluquería ya eran «los de Sanidad, tres horas dentro».
A las dos y media, en el grupo de WhatsApp de las madres del colegio, tres horas de inspección se han convertido en un motivo, porque la gente no soporta que las cosas no tengan motivo.
Y el motivo más disponible en el imaginario español para que Sanidad esté tres horas en un bar son los bichos.
Vuelvo dentro. Nadia me mira desde la barra.
—Bichos —le digo.
—Bichos.
—En cinco horas.
—Cinco es lento. —Coge la bandeja—. Lo del divorcio del carnicero tardó dos.
Y entonces hago la única cosa que se me ocurre, que no es de manual de gestión de crisis ni de nada, y que se me ocurre porque llevo veinte años apagando fuegos en salas con doscientas personas: cojo un folio, un rotulador, y escribo, con mi mejor letra:
HOY NOS HA VISITADO SANIDAD.
ACTA A DISPOSICIÓN DE QUIEN QUIERA LEERLA, EN LA BARRA.
HAY QUE CAMBIAR LA CAMPANA Y ARREGLAR UN DESAGÜE.
NO HAY BICHOS.
El café sigue a un euro diez.
Lo pego en el cristal, por dentro, a la altura de los ojos.
—Estás loca —dice Nadia.
—Probablemente.
—Eso lo lee todo el barrio en veinte minutos.
—Ese es el plan.
A las cinco y cuarto, Chelo Bermejo está delante del cartel leyéndolo en voz alta para dos señoras que no llevaban gafas, y el acta, efectivamente, está encima de la barra, y tres personas la han cogido y la han leído y una de ellas ha comentado que la letra del inspector es muy bonita.
El del quiosco vuelve antes de cerrar y se toma un café que no necesitaba.
La caja del lunes acabará saliendo once euros por encima de la del lunes anterior.
No es una victoria. Once euros no son una victoria. Pero es la primera cosa que hago en este local que no me ha enseñado nadie.
* * *
El presupuesto llega a las cinco y media por correo electrónico, después de llamar a nueve empresas y de que me cojan el teléfono en tres.
Campana, conducto y certificado: tres mil ochocientos cuarenta euros, IVA incluido. Cuadro eléctrico: cuatrocientos veinte. Rejilla y desagüe: ciento sesenta si lo hace el fontanero cuando venga a lo otro.
Cuatro mil cuatrocientos veinte euros.
Me siento en el taburete de detrás de la barra con el teléfono en la mano y me quedo así un rato.
En la caja de esta cafetería no hay cuatro mil cuatrocientos veinte euros.
Hay la caja de la semana, que ya está ingresada, y unos pagos de proveedores que salen el día treinta.
Lo que sí hay es una cuenta a mi nombre, en otro banco, con once mil doscientos euros ahorrados a base de doce años de nóminas y de no irme de vacaciones dos veranos seguidos.
Y aquí está la cosa, y es de una simplicidad que casi hace gracia: si el ocho de noviembre firmo con Olmedo, él va a tirar esta cocina entera.
La campana la va a arrancar un operario con una radial la segunda semana de marzo.
Poner una campana nueva y certificada en un local que va a ser demolido en cuatro meses es, técnicamente, quemar cuatro mil cuatrocientos veinte euros.
Pero si no la pongo, el cuatro de noviembre me cierran la cocina. Y con la cocina cerrada, la caja de la última semana se hunde, y el día ocho, cuando ese hombre se siente en esa mesa, yo estaré vendiendo un local precintado a medias en vez de un negocio en marcha.
Es decir: pago cuatro mil cuatrocientos euros para vender bien.
Es un razonamiento impecable. Me lo repito tres veces mientras relleno el papel de la transferencia y le doy al botón, y sigue siendo impecable, y a la vez sé de sobra que si en lugar de eso me hubieran dicho que la campana no se puede arreglar hasta enero, yo ahora mismo estaría llorando en el almacén.
* * *
Lo que pasa a partir de las seis no lo tenía previsto.
Empieza con Dani, que entra con el reparto de la tarde, oye la palabra «campana» y se queda parado con una caja de leche en la cadera.
—¿Cuatro mil? Flipas.
—Cuatro mil cuatrocientos.
—Ya, pero es que ahí te están metiendo el conducto de acero y el marcado y todo el paquete. —Deja la caja—. Espera. El primo de mi cuñado monta extracción en cocinas industriales. En serio, en plan, es su trabajo, tiene la empresa dada de alta y todo. Le llamo.
—Dani, no hace falta que...
—Que le llamo.
Sigue con Fermín, que ha vuelto a las seis y media, que no hace nunca, con la boina en la mano y con Marta detrás.
—El desagüe —dice— te lo hace Julián.
—¿Quién es Julián?
—El fontanero. El de la calle Ríos Rosas. —Se sienta—. Trabajó aquí en el setenta y cuatro, cuando esto era del abuelo y se puso el agua nueva. Tiene ochenta y dos años y las manos temblonas, pero el hijo es fontanero también y hace lo que le dice el padre.
—Fermín, tengo que tener papeles. Facturas.
—Pues factura. Los papeles los hace el hijo.
Y termina con Marta, que se sienta en la barra con el ordenador portátil abierto y me hace la pregunta más útil del día.
—¿El plan de autocontroles lo tienes en papel o en digital?
—En una carpeta de plástico de dos mil catorce.
—Vale. —Se remanga—. Eso es un documento tipo. Yo te lo actualizo, que en la residencia hago los protocolos de mi servicio y esto es lo mismo pero con menos gente muerta. —Y al ver mi cara—: Perdón. Humor de hospital.
A las ocho de la tarde hay cuatro personas alrededor de mi barra, una con un portátil, otro al teléfono con el primo de su cuñado, un señor de ochenta y un años dictando el número de un fontanero de memoria y Nadia haciendo una lista de lo que hay que comprar mañana en la ferretería.
Y yo estoy detrás, sirviéndoles cafés que no me han pedido, con el acta de inspección doblada en el bolsillo del delantal junto a dos cartas de una mujer muerta, y pensando una cosa que no le voy a decir a ninguno de ellos.
Que ninguno me ha preguntado si voy a vender.
Que todos lo saben —esto es un barrio, aquí lo sabe todo el mundo antes que tú— y que ninguno lo ha sacado, y que están aquí un lunes por la noche arreglándome una campana que no van a usar.
* * *
A las nueve menos diez, cuando se van, queda él.
Ha estado toda la tarde en la mesa del fondo. En algún momento entre las seis y las ocho ha ido a por dos cafés a la barra por su propio pie en vez de esperar a que se los llevara, porque yo estaba al teléfono con la empresa de extracción, y eso también lo he visto sin tener tiempo de verlo.
Le llevo el último. Es de la máquina ya medio apagada y sale corto y turbio.
Lo prueba. Escribe.
—Va a salir bien —digo, no sé si a él o a mí—. Nueve días. Da tiempo.
—Da tiempo.
—Es que es todo subsanable. Eso es lo bueno de esto.
Lo han dicho ellos: subsanable. —Me estoy oyendo hablar demasiado rápido y no consigo pararlo—.
Es un papel. Es dinero y es un papel, y el dinero lo tengo, y en el fondo es una tontería porque de aquí a marzo esto lo tiran de todas formas, así que...
Y me callo, porque acabo de decir en voz alta «de aquí a marzo esto lo tiran de todas formas» delante de un hombre que lleva ocho días bebiéndose mi café.
Teo cierra la goma de la libreta.
—Hoy has abierto a las siete y veinte —dice.
—¿Y?
—Que la campana la vas a pagar tú.
Se cuelga la bolsa y se va, y me deja sola con la persiana a medio bajar y con la sensación exacta de que ese hombre lleva ocho días apuntando en esa libreta muchas más cosas que cafés.
* * *
Día 8. Sabe a papel oficial. Amargo, pero subsanable.