8
Empiezo la segunda semana con una lista.
La escribo en el autobús, a las siete menos veinte, en la aplicación de notas del móvil, y la escribo con la misma cabeza con la que preparo un evento: no «mejorar el bar», sino catorce puntos concretos con verbo y plazo.
Cambiar la carta plastificada, que tiene tres platos que ya no existen.
Preguntar a Nadia por qué compramos las servilletas al doble de lo que cuestan.
Poner un cartel de precios legible. Fregar los azulejos verdes con desengrasante y no con lo que sea que estemos usando.
Mirar la factura de la luz, que sospecho que es un crimen.
Y el punto catorce, escrito al final y en minúscula, como se escriben las cosas que uno no piensa enseñarle a nadie: que la caja de este domingo salga mejor que la del anterior .
No es sentimentalismo. Es que si vendo el ocho, quiero vender un negocio que funciona, no una cafetería vieja con la caja hundida. Eso me digo en el autobús, a las siete menos veinte, y es la primera mentira del día y todavía no ha salido el sol.
Enciendo la Faema. Subo la persiana. Y a las ocho y cuarto entra Fermín y el lunes empieza en serio.
* * *
Llegan a las once y diez.
Son dos. Un hombre de unos cincuenta y muchos con una carpeta rígida y una cazadora impermeable, y una chica joven con una mochila y unas zapatillas blancas impolutas, que es lo primero en lo que me fijo porque en este oficio ya me fijo en los zapatos de la gente.
—Buenos días. Inspección de Sanidad del Ayuntamiento. —El hombre saca la acreditación y la sostiene el tiempo justo, ni más ni menos—. ¿Es usted la titular?
—Soy la titular.
Y en ese momento La Castañera hace una cosa preciosa y horrible, que es callarse entera.
Las Bermejo, en la mesa tres, dejan las cucharillas en el platillo a la vez, con un tintineo perfectamente sincronizado.
Los dos albañiles se miran. La chica de la clínica dental paga y se va.
Teo, en la mesa del fondo, no levanta la cabeza de la libreta, y esa es la única normalidad que queda en el local.
—Pase, pase —digo, con esa voz de anfitriona que llevo veinte años poniendo y que hoy no me sirve absolutamente de nada.
—Gracias. Venimos por una denuncia.
Lo dice sin ninguna intención. Lo dice como quien dice que ha aparcado en doble fila. Y a mí se me pone algo frío en la nuca.
—¿Una denuncia?
—Una comunicación de un particular, sí. Es lo habitual. —Abre la carpeta—. No le puedo decir de quién, y le adelanto que en el noventa por ciento de los casos es un vecino, un exempleado o un competidor. Nosotros venimos igual: si hay comunicación, hay visita.
—Ya.
—Empezamos por la cocina, si le parece.
* * *
Lo que viene después son dos horas y cuarto que no le deseo a nadie.
Empiezan por la cámara. La chica saca un termómetro con sonda de la mochila y lo mete entre los paquetes: cuatro coma dos grados, correcto.
Anota. Pasa al congelador: menos dieciocho, correcto.
Anota. Miran el envasado, las fechas, la separación entre crudo y elaborado, y me hacen la primera pregunta con trampa sin ninguna trampa:
—¿Dónde tiene el registro de temperaturas?
—El registro.
—El registro diario. Las lecturas.
Y es aquí donde empiezo a entender lo que va a ser mi lunes.
Porque el registro de temperaturas existe, lo encuentro, es un cuaderno cuadriculado con tapas de plástico rojo que está en el mismo cajón que el cuaderno de los paquetes de los vecinos.
Y está rellenado con la letra de mi tía, dos veces al día, todos los días, sin fallar uno, hasta el veintinueve de julio.
Después está en blanco.
El veintinueve de julio. Tres semanas antes de que dejara de venir. El inspector mira las páginas vacías, mira la fecha, y no dice nada, y a mí me sube un calor a la cara que no tiene nada que ver con la inspección.
—Anótalo como no cumplimentado desde julio —le dice a la chica.
—Es que mi tía estuvo enferma —digo.
—Lo sé. —Y por primera vez me mira a la cara de verdad—.
Yo vine aquí en el dieciséis, señora. Con ella.
Le pusimos una deficiencia en el desagüe y la subsanó en cuatro días.
—Vuelve a la carpeta—. Le anoto lo del registro porque tengo que anotarlo.
Es de las que se arreglan solas: empieza usted hoy y en dos semanas está el papel al día.
* * *
Lo siguiente ya no se arregla solo.
La campana.
Se ponen los dos debajo, con una linterna, y estén un rato largo hablando en un idioma de filtros y caudales y de una modificación que alguien hizo en su día para cambiar la salida de sitio. La chica hace tres fotos con el móvil.
—¿Esto quién se lo hizo?
—No lo sé. Yo he heredado esto hace cinco semanas.
—Ya. —El hombre saca un metro y mide la distancia entre la boca de la campana y la plancha—. Esto se modificó y no se legalizó. El certificado que tiene usted en el cuadro es de dos mil ocho y no corresponde a esta instalación.
—¿Y eso qué significa?
—Que a efectos de papel, esta campana no existe. —Cierra el metro con un chasquido—. Y como no existe, ni el sistema de extinción ni el conducto están certificados, y eso, con plancha y freidora funcionando, es deficiencia grave.
Detrás, en el salón, Chelo Bermejo le dice a su hermana «grave, ha dicho grave» con un susurro que se oye hasta en Cuatro Caminos.
* * *
Terminan a la una y veinte.
El acta tiene dos páginas y once puntos.
Ocho son leves y me los sé todos de memoria antes de que acabe de leerlos: falta el dosificador de jabón en el aseo del público, hay que sustituir el secamanos, faltan las etiquetas de alérgenos en la carta, el registro de temperaturas, dos baldas de madera en el almacén que tienen que ser lavables, la separación del cubo de residuos, el certificado de formación de manipulador de alimentos —el mío, que caducó cuando yo tenía veinticinco años y trabajaba de camarera un verano—, y el plan de autocontroles, que existe, que es una carpeta gorda de 2014, y que hay que actualizar.
Tres son graves. La campana, el cuadro eléctrico del almacén sin protección, y una rejilla de desagüe rota que lleva rota, calculo yo, desde que Rafa Máquinas se fue a Gandía.
—Le doy siete días hábiles —dice el inspector, mientras firma—.
Hasta el miércoles cuatro de noviembre. Si el cuatro está subsanado lo grave, se archiva y no pasa nada.
Si no lo está, propongo cierre cautelar de la actividad de cocina, que en la práctica significa que aquí solo puede usted servir bebidas.
—El cuatro.
—El cuatro. —Me pasa el acta y un boli—. Firme aquí abajo. Firmar no es reconocer nada, es que se ha enterado.
Firmo. Me tiembla la mano y firmo igual.
—Una cosa. —Se guarda la carpeta bajo el brazo, y en la puerta se para—. Lo de la campana no me lo arregla un manitas. Necesita empresa instaladora con certificado y el papel sellado. Y esas empresas, en noviembre, van llenas. Yo si fuera usted llamaba esta tarde y no mañana.
—Gracias.
—Y felicidades por la máquina —dice, ya en la acera, sin volverse—. Suena muy bien.
* * *
Se van, y La Castañera exhala.
—¿Qué te han puesto?
—¿Es grave?
—Ha dicho grave, yo lo he oído.
—Yo también lo he oído, no eres la única que tiene orejas.
—Señoras, por favor. —Me apoyo en el respaldo de una silla—. Está todo bien. Hay cosas que arreglar.
—¿Te cierran?
—No me cierran.
—Porque a la panadería de Genaro le pasó...
—Que no me cierran, Chelo.
Y entonces, con el acta en la mano y catorce personas mirándome, se me cae encima toda de golpe la única idea que llevo veinte minutos empujando hacia abajo.
Una denuncia. Un particular. Un vecino, un exempleado o un competidor.
Hace cuatro días, un hombre con un maletín fino se plantó debajo de esa campana, la miró, y me dijo con toda la amabilidad del mundo que estaba fuera de norma desde una modificación de dos mil diecinueve.
Lo dijo de pasada, como quien te avisa de que llevas la etiqueta fuera.
Me lo dijo el martes veinte a las once menos cuarto de la mañana.
Y hoy es lunes y hay dos inspectores midiendo mi campana con un metro.
Saco el móvil. Le tengo el número guardado desde el domingo, con dos apellidos y la palabra «Granos» detrás, y tengo el pulgar encima del botón verde durante cuatro segundos largos.
—No —dice Nadia detrás de mí.
—No he hecho nada.
—Ibas a llamarlo.
—Iba a preguntarle una cosa.
—Ibas a llamarlo, a acusarlo sin una prueba, y él te iba a decir que no ha sido y tú te ibas a quedar igual pero encima habiendo quedado como una loca.
—Me quita el trapo de las manos, que no sé ni cuándo lo he cogido—.
Y quedan doce días. Doce días vendiéndole tú a él o comprándote él a ti, como quieras verlo, y no te conviene empezar la semana como la histérica.
—Es que ha sido él.
—A lo mejor.
—Nadia.
—A lo mejor ha sido él, a lo mejor ha sido el del quinto que lleva dos años quejándose del ruido de la extracción, y a lo mejor ha sido el de la cafetería de Vallehermoso, que nos ha ganado cinco clientes el viernes y le encantaría ganarnos cuarenta.
—Se guarda el trapo en el delantal, y por primera vez la veo un poco enfadada—.
Aquí lo único que sabemos es que la campana está mal desde el diecinueve.
Y eso no lo ha puesto ahí nadie del traje: eso lleva ahí siete años y lo sabíamos.
Se hace un silencio bastante feo.
—¿Lo sabíais?
—Lo sabía tu tía. —Nadia empieza a subir sillas que no hay que subir—. Y no tenía el dinero.
* * *
A las tres y media entra una señora que no había visto nunca, pide un descafeinado, y antes de sentarse me pregunta si es verdad que nos cierran.
A las cuatro y diez entra el del quiosco de la esquina, que tampoco había venido nunca, y me pregunta lo mismo con más tacto.
A las cinco menos cuarto, la madre de una de las niñas del cumpleaños del sábado me manda un mensaje al móvil del bar —un número que yo no sabía que existía y que está impreso en las servilletas— preguntando, textualmente, «si es cierto lo de los bichos».
Los bichos.