Tres semanas en otoño 7 #2
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—El puesto es de diciembre. Si estás aquí el nueve, no pasa nada. —Un ruido de plato al fondo, porque está comiendo—. Ahora, si me dices que igual te quedas hasta enero, entonces sí pasa. ¿Me estás diciendo eso?

—No.

—Lola.

—No te estoy diciendo eso.

—Vale. —Y luego, en otro tono—: ¿Tú sabes que llevas dos llamadas seguidas contándome ese bar como si me estuvieras vendiendo una casa que quieres que compre?

Cuelgo, y me quedo mirando a los dos señores del dominó, que llevan cuarenta minutos sin decirse una palabra y que están, evidentemente, pasándoselo muy bien.

* * *

Olmedo llega a las nueve menos cinco, con paraguas aunque no llueve, y esta vez sí se sienta.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

Pone el maletín en la silla de al lado, saca una carpeta de plástico transparente con tres folios grapados y la deja en la mesa. No la abre. Ese hombre sabe de sobra que un documento sin abrir encima de una mesa trabaja solo.

—¿Le pongo algo?

—Un cortado, si es tan amable. Y luego me lo cobra usted, que ya van dos.

Se lo hago. Se lo hago bien, con el vaso calentado y la cucharilla dentro, porque a estas alturas no sé hacerlo de otra manera.

—Antes de nada —digo, sentándome enfrente—, tengo una pregunta.

—Adelante.

—Tengo una empleada. Nadia Cortés, veintisiete años, contrato indefinido de cuarenta horas, tres años de antigüedad. Si ustedes compran, ¿qué pasa con ella?

Y ahí Olmedo hace lo único que podía hacer para que yo lo respetara del todo, que es no mentirme.

—Depende de la fórmula. —Le da vueltas al cortado, despacio—.

Si compramos el local y cerramos la actividad, no hay subrogación: hay extinción y su indemnización legal, que en su caso serán unos cuatro mil euros.

Si compráramos el negocio en marcha, sí habría subrogación.

—Bebe—. Pero no vamos a comprar el negocio en marcha.

Nosotros vamos a tirar esto entero, incluida la barra, y a montar lo nuestro, que tarda cuatro meses. Así que no.

—Así que no.

—Así que no. —Deja el vaso—. Se lo digo claro porque si se lo dijera de otra manera se enteraría igual en marzo y entonces tendría usted razón para estar enfadada.

Fuera pasa un autobús. Dentro, la Faema hace ese ruido bajo suyo, el nuevo, el de la máquina curada.

—Necesito más tiempo —digo.

Olmedo no cambia la cara. Ni un milímetro. Pero deja el vaso en el platillo y coloca las dos manos en la mesa, y entiendo que acabamos de pasar a otra parte de la noche.

—El domingo era el domingo.

—Ya.

—Se lo expliqué el martes y no era una técnica de venta: el comité cierra el trimestre.

—Lo sé.

—¿Cuánto tiempo?

—Hasta el ocho de noviembre. —Y lo digo entero, para no dejarme una puerta—.

El testamento de mi tía me obliga a llevar esto veintiún días.

Se cumplen el domingo ocho. No puedo firmar antes ni queriendo, y he estado a punto de firmar antes, se lo digo de verdad.

Pero si firmo hoy, firmo por miedo a lo que pueda pasarme en catorce días. Y a mí no me han educado para eso.

—¿Y qué puede pasarle en catorce días?

—No lo sé. Ese es el problema.

Olmedo me mira. Es una mirada larga, profesional, sin ninguna hostilidad, la mirada de alguien que está recalculando cuatro cosas a la vez y que va a decir la que menos le cueste.

—Dos condiciones —dice.

—Diga.

—La primera: el precio se queda como está, quinientos diez, y no lo vuelvo a tocar ni al alza ni a la baja.

No quiero que dentro de dos semanas piense usted que la he estado apretando.

—Junta las manos—. La segunda: el ocho de noviembre a las nueve de la noche, en esta mesa, me dice que sí o me dice que no.

Y si me dice que no, no vuelvo. No hay tercera visita, no hay «déjeme pensarlo hasta enero», no hay llamada en Navidad. Esa esquina la necesitamos este año.

—Hecho.

—Hecho.

Nos damos la mano por encima de la mesa. Guarda la carpeta sin abrirla, se levanta, se pone el abrigo y coge el paraguas que no ha necesitado.

—Una cosa más, señora Campos, y esto ya se lo digo yo, no la empresa. —Se ajusta el cuello—. Catorce días le van a parecer muy pocos ahora y muchísimos el día ocho. La gente que pide prórroga casi siempre acaba firmando lo mismo, pero con peor cara.

—¿Casi siempre?

—Casi.

Y se va, y en la puerta hace un gesto pequeño con dos dedos hacia la Faema, como quien saluda a un caballo.

* * *

Bajo la persiana a las nueve y veinte. Apago las luces de una en una.

Y cuando llego a la de la barra, con la mano en el interruptor, me quedo parada delante del calendario de pared que hay junto a la puerta del almacén, uno de esos de propaganda de una empresa de refrescos, con los meses en columnas y los domingos en rojo.

Cojo un boli.

Rodeo el domingo ocho de noviembre. Y me quedo mirando el círculo un rato tonto, porque ese día, dentro de catorce días justos, pasan tres cosas: se cumple el plazo del testamento de mi tía, un señor con un maletín se sienta en esa mesa a las nueve de la noche a que le diga que sí o que no, y un hombre que cata café por temporadas se sube a un tren.

Tres relojes distintos, puestos por tres personas que no se conocen, dando la hora a la vez.

Apago la luz. Y antes de salir, con la llave ya en la mano, vuelvo a la barra en la oscuridad, cojo las tres tazas sucias de anoche y las meto en el armario de arriba, cerrado, donde no las vea Nadia mañana.

* * *

Día 7. Sabe a hora de más. A domingo que no quiere acabarse.