7
Los domingos hay una luz rara en este local hasta las diez.
Hoy más, porque el mundo entero se ha atrasado una hora durante la noche y a las ocho de la mañana la calle Buenaventura está oscura como ayer no lo estaba.
Subo la persiana con esa sensación de haber hecho trampas.
He dormido cuatro horas y me sobra una, y las dos cosas juntas producen un estado mental que no le recomiendo a nadie el día que tiene que vender un negocio.
Enciendo la Faema a las siete y veinte. Cuarenta minutos.
Y mientras espero, hago una cosa que llevo tres días queriendo hacer: coloco las tres tazas de anoche —sucias, con el poso seco y una marca de café en la pared interior— en fila sobre el mármol, delante de la máquina, y las miro un rato largo como si fueran a decir algo.
No dicen nada. Son tres tazas sucias.
Las dejo donde están.
* * *
El domingo de La Castañera no se parece a ningún otro día.
De ocho a diez está casi vacío: cuatro personas que trabajan igualmente, un chico de una empresa de reparto que se toma un café con la mochila cúbica puesta, un señor con un perro atado fuera.
A las once empiezan a bajar las familias con el pan.
A las doce y media entra el vermú, que aquí consiste en tres botellines, dos vermús de grifo que no tenemos y una lata de berberechos que sí.
A la una y media todo el mundo se va a comer a su casa, y a partir de las tres el local se convierte en una cosa silenciosa con la tele puesta sin voz y dos jubilados jugando al dominó en la mesa cuatro, que traen ellos las fichas.
Nadia hoy libra. Estoy sola, y no me viene mal.
Teo aparece a las nueve y cuarto, ocupa la mesa del fondo, se toma un café solo, escribe una línea y se va antes de las diez con la bolsa de lona cruzada.
—¿Trabajas los domingos? —le digo desde la barra cuando pasa.
—Hoy no.
—¿Y entonces?
—Voy a andar.
Y se va a andar, así, sin explicación, un hombre solo por Madrid un domingo de octubre, y yo me quedo con una curiosidad que no me corresponde y una lista de cosas que hacer que sí.
Fermín llega a las ocho y cuarto en punto, como todos los días de su vida.
* * *
Se lo tengo hecho antes de que llegue a la mesa: vaso calentado, cucharilla dentro, la leche justo antes de que empiece a hacer burbuja.
Es el mejor cortado que he hecho en siete días y lo sé mientras lo llevo, porque esto tiene una parte de oficio que se aprende con las manos y a mí las manos ya me han aprendido esto.
—Buenos días, criatura.
—Buenos días.
Da las tres vueltas con la cucharilla. Bebe. Deja el vaso.
—Bueno —dice.
—¿Solo bueno?
—Bueno de verdad. —Y me mira por encima de las gafas, que es un gesto que no le he visto hasta hoy—. Distinto de bueno normal.
Me apoyo en el respaldo de la silla de enfrente.
—Fermín, ¿le puedo preguntar una cosa?
—A mandar.
—Lo de los setenta céntimos.
—Ah.
—Nadia me contó lo del mes que se quedó usted viudo. Que mi tía le fiaba los cafés.
Y aquí Fermín hace algo muy suyo, que es tomarse su tiempo doblando el periódico, cuadrando las esquinas, dejándolo a un lado. Un hombre de esa edad tiene todo el tiempo del mundo y lo administra con una avaricia admirable.
—Eso no fue así —dice.
—¿No?
—Yo no vine.
—¿Cómo que no vino?
—Que no vine. —Se rasca la ceja con el nudillo—.
Mi Loli se murió un jueves de febrero. Del dos mil tres.
Y yo no salí de casa en tres semanas. No es que no viniera al bar, es que no salí.
Tenía la persiana bajada y los platos de la gente que trae comida amontonados en la entrada, ¿sabes cómo es eso?
—Sé cómo es eso.
—Pues eso. —Coge el vaso, lo deja otra vez—. Y al cuarto o quinto día llamó tu tía al telefonillo. Y yo no abrí. Y volvió al día siguiente. Y tampoco abrí.
—Ya.
—Y al tercer día se quedó ahí abajo, en el portal, hasta que abrí. —Se encoge de hombros—. Tenía ese carácter.
Me siento. Me siento en la silla de enfrente, en mi propio bar, a las ocho y veinte de la mañana de un domingo, y no me importa nada porque no hay nadie.
—Subió con un termo —dice—. De los de flores, de esos antiguos.
Y con dos vasos. Y no me dijo nada del entierro, ni de Loli, ni de que tenía que salir, ni una sola de las cosas que dice la gente.
Se sentó en la cocina, me puso un café y se puso ella otro, y estuvimos ahí sentados sin hablar hasta que se le hizo tarde para abrir.
Y al día siguiente, lo mismo. Diecisiete días. Yo los conté.
El termo de flores. Está arriba, en el estante alto, al lado del bote del azúcar.
—Y el día dieciocho —sigue— me dijo: «Fermín, mañana el café me lo pagas tú, que estoy harta de ponerlo yo». Y bajé. Y me senté ahí, donde me siento.
Señala la mesa. Su mesa.
—Y le pagué setenta céntimos, que es lo que costaba entonces. Y desde ese día, setenta. Ella nunca me subió el precio y yo nunca se lo pregunté, y así hemos estado veintitrés años, y ahora ya lo sabes. —Coge otra vez el periódico—. Nadia lo cuenta como lo de los cafés fiados porque es más corto.
Miro el vaso vacío un rato largo.
—Fermín.
—Dime.
—Eso no es un precio.
—No. —Pasa una página—. Eso es un recibo.
* * *
Cuando se va, subo la escalera de dos peldaños y bajo el termo.
Es de plástico duro, beis, con florecitas naranjas y marrones estampadas, de esos que ya no se fabrican y que hubo en todas las casas de España. Está impecable por dentro. Alguien lo lavó y lo secó y lo guardó boca abajo, y luego lo puso en el estante alto y no lo volvió a usar nunca.
Lo dejo en la barra. No lo tiro, no lo guardo, no le hago una ceremonia: lo dejo ahí, al lado de la caja, y sigo con lo mío.
* * *
A las doce y veinte pasa una cosa que me deja bastante tocada, y no es una escena, es un trámite.
Entra una chica de unos treinta con un abrigo largo y cara de tener prisa.
—Hola, perdona, ¿tenéis un paquete a nombre de Sáenz?
—¿Un paquete?
—Un paquete. Del jueves. —Y al ver mi cara, con muchísima paciencia—: Aquí los dejan siempre. Cuando no estamos en casa, el repartidor lo deja aquí.
—Ah.
Y ahí empieza. Porque cuando abro el armario bajo de detrás de la barra, el que yo tenía catalogado como «el armario de los trastos», resulta que dentro hay: cuatro paquetes de mensajería con nombres escritos en un pósit, un juego de llaves con una etiqueta que pone «5.
º B — Mari», un sobre acolchado de una farmacia, y una carpeta de plástico con hojas de una asociación de vecinos que alguien pasa a recoger «los primeros de mes».
Le doy su paquete. Firma en un cuaderno cuadriculado que también está ahí y que también existía sin mi conocimiento.
—Oye —le digo, antes de que se vaya—. ¿Esto es normal?
—¿El qué?
—Esto. Lo de los paquetes.
La chica me mira como se mira a alguien que pregunta si el agua moja.
—Es que aquí siempre hay alguien —dice—. Yo trabajo de nueve a siete. Si no lo dejan aquí, me lo llevan al punto de recogida de Islas Filipinas y tengo que ir el sábado. —Se cuelga el bolso—. Oye, y siento mucho lo de Amparo. Me enteré tarde. Era un cielo.
Se va.
Me quedo delante del armario abierto, con las llaves del quinto B en la mano, pensando en que en el balance que voy a hacer dentro de un rato —caja, personal, proveedores, luz— no hay ninguna casilla donde meter esto.
No aparece en ningún sitio. No se factura, no se cobra, no se tasa, y sin embargo hay una mujer en esta calle que puede trabajar de nueve a siete porque este local está abierto.
Cierro el armario. Y por primera vez en siete días pienso, con estas palabras exactas: si esto lo compra una cadena y lo cierra cuatro meses, ¿dónde deja el repartidor los paquetes de la chica del abrigo largo?
Es la pregunta más tonta que me he hecho en mi vida profesional. Y no se me va en toda la tarde.
* * *
A la una menos cuarto, con el local lleno de familias con el pan debajo del brazo, tengo una crisis de una clase muy concreta.
No es dramática. Es una crisis de hoja de cálculo.
Porque yo he venido aquí con un plan que era bueno.
Lo repaso mientras saco cafés, en voz baja, casi moviendo los labios, como se repasan las cosas verdaderas: la oferta es buena, el negocio da poco, el sector es durísimo, yo no sé llevar un bar, tengo un ascenso en diciembre y no lo voy a tener en enero, y mi tía me dejó esto para arreglar algo suyo que no me ha explicado, no para regalarme una vida.
Todo eso es cierto. Todo eso sigue siendo cierto a la una menos cuarto de la tarde del domingo veinticinco de octubre.
Y sin embargo hay una cosa que no me entra en el plan, y es un precio de setenta céntimos que lleva veintitrés años sin subir en una máquina registradora, y que si yo firmo esta noche desaparece del mundo el martes que viene sin que nadie se entere.
Le pongo un colacao a una niña. Cobro cuatro tostadas. Y cuando me quiero dar cuenta estoy haciendo, con una libreta de comandas y un boli, lo que hago yo cuando me pongo seria de verdad: números.
Caja de la semana. Coste de personal —Nadia, y yo, que llevo siete días sin cobrar nada—.
Proveedores. Luz, que en un local con una máquina de estas debe de ser un escándalo.
Alquiler, cero, porque el local es nuestro.
Y la cifra que sale abajo del todo no es buena, pero no es lo que yo pensaba el lunes.
No es un negocio ruinoso. Es un negocio pequeño llevado durante quince años por una mujer que ya no tenía fuerzas para llevarlo bien.
Arranco la hoja, la doblo y me la meto en el delantal, con las dos cartas.
* * *
A las cinco de la tarde estoy sola con el dominó de la mesa cuatro y la tele sin voz, y llamo a Bea.
—¿Un domingo? —dice—. Ortiz, estás fatal.
—Necesito que me digas una cosa como amiga y no como jefa.
—Uy.
—Si te dijera que me quedo aquí hasta el ocho de noviembre y que vuelvo el nueve, ¿me quitas el puesto?
Silencio. Un silencio de esos de Bea, de tres cuartos de segundo, que valen por un informe.