6
El sábado La Castañera es un sitio completamente distinto, y a las diez de la mañana ya me han pisado el pie dos niños.
No entran de pie ni se van en noventa segundos.
Entran familias enteras, se sientan, piden churros que aquí no hay y aceptan tostadas con la resignación de quien lo intenta todos los sábados desde hace años.
Hay carritos aparcados en diagonal, hay una señora que ha traído su propio té en una cajita porque «el vuestro es muy flojo», y hay, en la mesa cinco, un cumpleaños de una niña de seis años con seis colacaos y una vela metida en un bollo.
La Faema va como un reloj.
Esto es lo primero que hay que decir del sábado: que la máquina va como no ha ido en cinco días.
La leche monta en la mitad de tiempo, el chorro sale parejo por los dos lados, y a las once y media llevo ciento veinte cafés y ni un solo desastre.
En algún momento, entre el cuarto colacao y un cortado, me doy cuenta de que estoy tarareando.
—Anda —dice Nadia, que hoy entra a las diez porque el sábado se dobla—, si sabes cantar.
—No estaba cantando.
—Estabas cantando la de los anuncios de la lotería de Navidad.
—Eso es mentira.
—Es octubre, guapa. Estás cantando la lotería de Navidad en octubre.
Fermín llega a las doce, que es su hora del sábado, y no llega solo: llega con una chica de veintitantos con un abrigo verde y unos auriculares colgando del cuello, que lo lleva del brazo con la naturalidad de quien lo ha hecho toda la vida.
—Mi nieta —dice él, plantado en medio del salón, con esa satisfacción de los abuelos que presentan a la familia como quien presenta una obra terminada—. Marta. Está de médico.
—Estoy de residente, abuelo.
—Está de médico.
—Encantada. —Me da dos besos por encima de la barra—. Perdona el numerito. Lleva desde el lunes contándome que la sobrina de Amparo ha vuelto.
—Yo no he vuelto. Yo estoy de paso.
—Ah. —Marta lo dice sin ninguna intención, colocándole a su abuelo la silla—. Vale.
Y me quedo con el trapo en la mano, porque acabo de decir «yo estoy de paso» en voz alta en mi propia cafetería un sábado a las doce del mediodía, y por primera vez me ha sonado a excusa.
Les llevo el cortado de él y un cappuccino de ella, y Marta me para con dos dedos en la muñeca cuando voy a irme.
—Oye. Sin agobiar. —Baja la voz, con esa manera de hablar de la gente joven que trabaja en hospitales, muy rápida y muy tranquila a la vez—. Yo la llevé a la primera consulta, a tu tía. En marzo.
No me muevo.
—Ah.
—Vino aquí a que le mirara una cosa que le dolía, porque tenía a mi abuelo delante y no quería preocuparlo, y yo le dije que eso no se mira en un bar. La acompañé al centro de salud el jueves siguiente. —Se encoge de hombros—. Después ya la llevó ella sola.
—No lo sabía.
—No lo sabe nadie. —Le da vueltas al cappuccino sin beberlo—.
Te lo digo por una cosa nada más. Cuando salimos de la consulta de marzo, con el papel del volante en la mano, yo esperaba que dijera cualquier cosa, y lo que dijo fue: «Marta, hija, ¿tú a qué hora entras hoy?
». Y le dije que a las tres. Y me dijo: «Pues te da tiempo a comer, anda, come».
Y se vino andando al bar y abrió a las cuatro.
—Ya. Es que era...
—Era eso, sí.
Fermín, al otro lado de la mesa, dobla la servilleta en cuatro y no dice nada, y por la manera en que no dice nada entiendo dos cosas: que lo sabía, y que su nieta cree que no.
Me vuelvo a la barra con la bandeja vacía.
En marzo. En marzo mi tía ya sabía que algo iba mal, y en agosto le dijo a Nadia que iba a venir yo, y entre marzo y agosto, en algún momento, se sentó en algún sitio de esta casa a escribir siete cartas y a esconderlas por los rincones como quien esconde huevos de Pascua.
Miro el estante alto. Miro el hueco de detrás de la cafetera.
Y por primera vez desde el lunes se me ocurre que las cartas no son un juego de vieja. Son el trabajo de una mujer enferma que sabía muy bien cuánto tiempo le quedaba y decidió gastarlo en esto.
* * *
A las dos y media el local se vacía de golpe, como se vacían los bares el sábado, y Nadia y yo nos quedamos las dos apoyadas en la barra comiéndonos un bocadillo de pie, que es la comida oficial de este oficio.
—Mañana es domingo —dice.
—Mañana es domingo.
—A las nueve.
—A las nueve.
Mastica. Se limpia con una servilleta. Y entonces me hace la pregunta que llevo seis días sin hacerme, y me la hace sin rencor, que es lo peor de todo.
—¿Y yo qué?
Dejo el bocadillo.
—Nadia...
—No, si es una pregunta de trabajo, no me pongas esa cara.
—Se encoge de hombros—. La cadena esa se subroga o no se subroga.
Si compran el local y cierran, yo tengo tres años de antigüedad y un finiquito de risa.
Si abren ellos, contratan a chavales de veinte con una nómina de treinta horas.
Yo tengo veintisiete años y un contrato de cuarenta horas que hoy en día no lo firma nadie.
—No lo había pensado.
—Ya lo sé que no lo habías pensado. —Y le da otro mordisco al bocadillo—. No pasa nada. Es tuyo, haz lo que quieras. Pero pregúntalo mañana, cuando estés firmando. Pregunta qué pasa con la empleada. Aunque sea por saberlo.
Me quedo mirando la barra.
—Se lo voy a preguntar.
—Vale.
—Nadia, de verdad que...
—Que sí, guapa. Que te vas a poner tonta y todavía queda media tarde.
* * *
A las cuatro y media, entre dos clientes, escribo un mensaje.
«Mamá, mañana firmo. Te llamo el lunes y te cuento.»
Lo leo. Borro «y te cuento», que sobra. Lo leo otra vez y borro «mañana firmo», y me quedo con «Mamá, te llamo el lunes», que no dice nada y que por eso mismo es lo único verdadero que he escrito hoy.
Tampoco lo mando.
Me guardo el móvil y voy a cambiar el barril, que pesa cuarenta y ocho kilos y tiene la ventaja incomparable de no requerir ninguna decisión.
* * *
Empieza a llover a las cinco y media. Es una lluvia sin espectáculo, de las de octubre en Madrid: constante, fina, sin viento, la clase de lluvia que no moja de golpe pero que a los veinte minutos te ha calado el cuello del abrigo.
La calle Buenaventura se queda vacía en un cuarto de hora. Pasan paraguas.
A las seis y veinte quedan tres clientes. A las siete, ninguno.
—Vete —le digo a Nadia.
—Faltan dos horas.
—No va a entrar nadie. Vete, que cierro yo.
Discute lo justo, coge la chaqueta, se para en la puerta, mira la lluvia con desprecio y sale corriendo hacia el metro con el bolso sobre la cabeza.
Y me quedo sola en La Castañera con la persiana subida, la lluvia en el cristal y el ruido de la nevera de las bebidas, que es un ruido que ya no oigo salvo cuando no hay ningún otro.
Hago la caja. Sale bien. Sale muy bien: es la mejor de la semana con diferencia, y en cualquier otro momento eso sería una buena noticia y hoy es justo lo contrario, porque mañana a las nueve tengo que decirle a un señor con un maletín que sí, y resulta que hoy este sitio ha ganado dinero.
Cuento las monedas de veinte céntimos y me acuerdo de la cifra escrita a pluma en una servilleta. Quinientos diez mil.
Con el sobre del banco en la mano, miro alrededor.
Seis mesas. El mármol. La foto del ochenta y tres pegada con celo dentro del cajón. Los azulejos verdes hasta media pared, que ya no se hacen. La Faema encendida.
Y me sorprendo pensando, muy despacio: es bonito. Está sucio en las esquinas, la carta está plastificada del año catapún y el váter no cierra bien, pero es bonito.
Cierro el sobre y lo meto en el cajón, y en ese momento suena la campanilla.
* * *
Entra empapado.
Trae el pelo pegado a la frente, el abrigo gris oscurecido en los hombros y la bolsa de lona apretada contra el costado, y se queda en el felpudo escurriendo, con esa cara de disculpa que pone la gente al mojar el suelo de otro.
—Está cerrado —digo.
—Vale.
Y se da la vuelta. Y le da tiempo a tocar el tirador, porque este hombre no discute nada, jamás, y por eso tengo que decirlo deprisa.
—Que está cerrado para los demás, Teo.
Se para.
—Pasa, anda. Que te estás poniendo perdido.
Le doy un rollo de papel de cocina, cierro la puerta con el pestillo por dentro y bajo la persiana hasta la mitad, con lo cual La Castañera se convierte en una cueva iluminada con la luz de la barra y la de la nevera, y en la calle solo se ven pies pasando.
Se sienta en la barra. Se seca el pelo con el papel, que es un gesto ridículo en cualquier hombre de treinta y seis años y que a este le sale bien porque lo hace sin ninguna gracia.
—¿Dónde estabas?
—En Villaverde. —Deja la bolsa en el taburete de al lado—. En un almacén sin calefacción, ocho horas.
—¿Y eso es tu trabajo?
—Eso es mi trabajo.
—Qué glamour.
—Muchísimo.
Y me río, y él no, pero tuerce un poco la boca, y algo se ha soltado en el aire de mi cafetería sin que ninguno de los dos haya hecho nada.
* * *
Es entonces cuando se me ocurre.
—Espera ahí.
—¿Adónde voy a ir?
Saco tres tazas iguales, blancas, de las de la balda de abajo. Y hago tres cafés.
El primero, el de la casa: el que compraba mi tía, el que sale del molino que no he tocado, hecho en la Faema recién curada.
El segundo, con los mismos granos, pero en la italiana pequeña que hay en la cocina, la que usaba ella para sí misma a media tarde.
Y el tercero, del paquete de café de supermercado que compré yo el primer día, en un momento de pánico, porque no sabía si el de la casa llegaría hasta el viernes; un brick que lleva desde el lunes escondido detrás de las cajas de infusiones como una vergüenza.
Los pongo delante de él en fila. Sin decir cuál es cuál.
—¿Qué es esto?
—Un examen.
—No hago exámenes.
—Este sí. —Me apoyo enfrente, con los codos en el mármol—. Llevo seis días oyéndote decir que el café te sabe a zapatos nuevos y a cosas raras, y la mitad del barrio piensa que estás mal de la cabeza y la otra mitad piensa que eres de Hacienda. Así que dime cuál es cuál.
Y Teo hace algo maravilloso, que es tomárselo completamente en serio.
Se coloca las tres tazas delante. Coge la primera con las dos manos, no bebe, huele.
Deja. Coge la segunda, huele, deja. La tercera.
Después vuelve a la primera y da un sorbo corto, ruidoso, absorbiendo aire con el café, un ruido de sorber sopa que en cualquier otra circunstancia me haría gracia y que aquí, viéndolo hacer, resulta que es una técnica.
—Este es el de la máquina. El de la casa.
—¿Seguro?
—Es el único que tiene cuerpo. —Pasa al segundo. Sorbe—. Este es el mismo café pero hecho de otra manera. En italiana. Más quemado, y le falta el final.
Se me seca un poco la boca.
—Y este —dice, con la tercera taza a medio camino— es el de la bolsa que tienes escondida detrás de las infusiones.
—¿Cómo sabes que...?
—Porque lleva ahí seis días y se ve desde la mesa del fondo.
Me río. Me río con ganas por primera vez en una semana, con ese ruido feo que hago cuando me pillan, y él bebe el tercero entero de todas formas, cosa que dice de él más que cualquiera de las otras dos catas.
—Vale —digo, cuando me recupero—. Vale, eres bueno. ¿Y a qué saben?
—Ese no sabe a nada. —Aparta el tercero—. Ese es café de gasolinera con opiniones.
—El segundo.
—El segundo sabe a media tarde de alguien que no tiene tiempo de sentarse. —Y lo dice sin ninguna solemnidad, mirando la taza, como quien lee una etiqueta—. Café de trabajar de pie.
Me apoyo en la máquina, porque me hace falta apoyarme en algo.
Ese es el café que se hacía mi tía a media tarde. En esa misma italiana. De pie, en esa cocina, siempre de pie.
—¿Y el primero? —digo.
Coge la primera taza otra vez. Ya está fría, se la ha dejado para el final a propósito, y la gira despacio entre las manos. Fuera, la lluvia hace ese ruido de fondo que hace la lluvia cuando lleva tres horas cayendo y ya no es noticia.
Bebe.
—Este sabe a que alguien te espere despierto.
No dice nada más. Deja la taza en el mármol, saca la libreta de la bolsa, quita la goma y escribe, y yo me quedo de pie al otro lado de la barra de mi cafetería sin ser capaz de contestar absolutamente nada, con las dos manos apoyadas detrás de mí en el borde de acero de la Faema, que está caliente y me quema un poco y me da igual.
Porque es el café de mi tía. Es el que ella eligió, el que lleva cuarenta años saliendo de esa máquina, el que se ha bebido Fermín todas las mañanas desde antes de quedarse viudo. Y un desconocido acaba de decir en voz alta, sin saber nada, sin querer decir nada, lo que era este sitio.
—¿Estás bien? —dice.
—Sí. —Cojo las tazas. Las llevo al fregadero de una en una, que es una manera absurda de hacerlo—. Es que mañana vendo esto.
Se hace un silencio.
—A las nueve de la noche —añado, de espaldas, con el agua corriendo—.
Viene un señor de una cadena y firmamos la intención.
Quinientos diez mil euros. Es una buena oferta.
Es una oferta muy buena, de hecho, y yo tengo un trabajo en diciembre y un piso de alquiler y una vida a veinte minutos de aquí.
El grifo hace mucho ruido. Lo cierro.
Detrás de mí no se oye nada durante unos segundos.
—Vale —dice Teo.
Y ya está. Ni «no lo hagas», ni «piénsalo», ni «pero este sitio es especial», ni ninguna de las catorce frases que habría dicho cualquier persona normal, y que yo, ahora me doy cuenta, estaba esperando con toda mi alma.
Me doy la vuelta, con el paño en las manos.
—¿Ya está? ¿«Vale»?
—No es mío.
—Pero tendrás una opinión.
—Tengo una opinión. —Cierra la goma de la libreta y se pone de pie, y se cuelga la bolsa, y por un momento pienso que se va a ir sin decirla, que es justo lo que este hombre haría—.
Pero si te la digo yo, mañana firmas por llevarme la contraria o por darme la razón, y las dos cosas son igual de tontas.
—Eso también es una opinión.
—Esa te la regalo.
Va hacia la puerta. Descorro el pestillo, subo la persiana lo justo para que pueda pasar por debajo, y él se agacha y sale, y ya en la acera, bajo la lluvia, con los hombros encogidos, se vuelve.
—Lola.
—Qué.
—Guárdate esas tres tazas —dice—. Sin fregar. Por si mañana quieres acordarte.
Y se va calle Buenaventura abajo, mojándose, sin correr.
* * *
Esa noche no duermo.
Y no duermo de una manera muy concreta, que es la peor: no doy vueltas ni me angustio; me quedo boca arriba haciendo cuentas con una claridad absoluta.
La caja de hoy. El finiquito de Nadia. Diciembre.
Marcos ocupando mi mesa. La cifra de la servilleta convertida en piso, en tranquilidad, en no volver a pedir nada a nadie.
Y la frase del hombre de la mesa del fondo, que no tiene nada que ver con nada y que se me pone delante cada vez que cierro los ojos.
A las tres de la mañana miro el móvil y son las dos.
Se me había olvidado por completo: esta noche cambia la hora. El teléfono se ha atrasado solo mientras yo hacía cuentas y me acaba de regalar sesenta minutos que no le he pedido a nadie.
Sesenta minutos más de esta noche. Ni uno menos. Ni uno más de las tres semanas.
* * *
Día 6. Sabe a que alguien te espere despierto.