Tres semanas en otoño 5 #2
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Cuando lo enciende, la máquina hace un ruido nuevo. Un ruido continuo, sin silbidos, con un tono más grave que el de estos cinco días.

—Ahí está —dice.

Tira los tres primeros cafés. El cuarto lo saca él, con una soltura de brazo que ya no admite discusión, y lo pone en el mármol entre los dos.

Sale con una crema color avellana, densa, con el ojo en el centro.

—Prueba tú —dice.

Lo pruebo. Y no sé decirlo de otra manera: sabe limpio. Sabe como si alguien le hubiera quitado de encima una manta.

—Madre mía.

—Ya.

—Es que lo llevo bebiendo cinco días y creía que era así.

—Era así. —Recoge las piezas sobrantes y las va metiendo en la caja de zapatos, cada una en su sitio—. Ahora es de otra manera.

Detrás, las Bermejo aplauden. Aplauden de verdad, las dos, en un bar, a las once y media de la mañana de un viernes, y una de ellas dice «este chico no es de Hacienda» con la solemnidad de un tribunal que retira los cargos.

* * *

Le pongo un café y una tostada y le digo que no me discuta, y no me discute, y se sienta en la barra por primera vez en cinco días en vez de en la mesa del fondo.

—Bueno —digo, apoyada enfrente, con el trapo al hombro—. Ya está bien.

—¿El qué?

—Que quién eres.

Se limpia las manos en el papel. Se toma su tiempo, cómo no.

—Compro café.

—Eso lo hace todo el mundo.

—Compro café para tostadores. —Le da un mordisco a la tostada, traga—. Cato lotes y decido cuáles compran.

Y ahí, a base de preguntas, en un interrogatorio de bar con una tostada de por medio, saco lo siguiente en veinte minutos: que es de Zaragoza; que lleva nueve años en esto; que trabaja por su cuenta para tres o cuatro tostadoras del norte; que no compra en las fincas, eso lo hacen otros, él trabaja aquí, con las muestras que llegan a los almacenes; que la bolsa de papel marrón de ayer eran muestras de un almacén de Villaverde, verde, sin tostar, y que las llevaba con las dos manos porque pesan cuatro kilos y las asas de esas bolsas son una estafa; que la libreta es de trabajo, ficha por muestra, y que lleva once años haciéndolo así porque una vez perdió el móvil con doscientas catas dentro.

Y que trabaja por temporadas.

—¿Temporadas cómo?

—Tres semanas por ciudad. —Se termina el café—. Llego, cato lo que hay, cierro las compras y me voy.

Se me para algo en el pecho, muy pequeño, un cuarto de segundo.

—Tres semanas.

—Tres semanas.

—¿Siempre?

—Siempre.

Cojo el trapo del hombro y limpio el mármol, que está limpio.

—¿Y cuándo te vas? —digo.

—El veintiuno.

—¿El veintiuno de noviembre?

—El veintiuno mío. —Y levanta un poco la barbilla hacia el escaparate, hacia la calle, como si el calendario estuviera ahí fuera—. El día veintiuno de la temporada. Llevo cinco.

—Cinco.

—Llegué el viernes pasado, pero yo cuento desde la primera cata. Y la primera cata fue el lunes.

Aguanto el trapo en la mano.

—¿El lunes diecinueve?

—El lunes diecinueve.

Hago la cuenta. La hago dos veces, con los dedos por debajo del mármol, como una cría, y me sale la misma fecha las dos veces, porque no puede salirme otra: si él empezó a contar el mismo lunes que yo y los dos contamos veintiuno, entonces su último día es el mío.

Domingo, ocho de noviembre.

Este hombre lleva cinco días sentado en la mesa del fondo de mi cafetería tachando los mismos días que yo, con el mismo número al final, y ninguno de los dos lo sabía.

Podría decírselo. Está aquí, delante de mí, con media tostada, y sería la conversación más fácil del mundo: «Qué casualidad, yo también termino ese día, tengo veintiún días para decidir si vendo esto y me quedan dieciséis». Cuatro segundos de mi vida.

—Pues muy bien —digo—. ¿Quieres otra tostada?

—No, gracias.

* * *

Por la tarde, con la máquina ronroneando y el local lleno otra vez, Nadia me pilla mirando la Faema.

—Me lo ha contado Chelo por la calle —dice—. Que ha venido un ángel del cielo con una llave allen.

—Ha sido Teo.

—Ya. —Se ata el delantal—. ¿Y qué le has cobrado?

—Nada, ¿qué le voy a cobrar? Le he dado una tostada.

—Bien. —Coge la bandeja—. Porque el técnico oficial son ciento ochenta más desplazamiento, y el domingo eso lo habrías tenido que descontar de la caja de la semana, y la caja de la semana es lo único que ese señor del traje no ha podido tasar todavía.

Me quedo con eso un rato.

A las siete, mientras hago el pedido del lunes, me doy cuenta de que estoy haciendo el pedido del lunes. Del lunes veintiséis. Un pedido de leche, de pan, de servilletas y de dos cajas de agua para un local que, si todo va según el plan, el domingo por la noche va a estar firmado y vendido.

Lo mando igual. Me digo que es prudencia. Uno manda el pedido y luego lo anula, que para eso está el teléfono.

* * *

A las nueve menos diez, con el salón vacío, Teo se levanta de la mesa del fondo y se acerca a la barra con la taza en la mano en vez de dejarla ahí, cosa que tampoco había hecho hasta hoy.

—Mañana le pasas un paño al portafiltro cuando cierres —dice—. Seco, no mojado.

—Vale.

—Y si vuelve a silbar, apágala y no seas valiente.

—Vale. —Cojo la taza—. Gracias, en serio. Me has salvado el día y probablemente la semana.

Y él hace algo con la boca, ese movimiento pequeño de la comisura que no llega a nada, y se cuelga la bolsa.

—Era una buena máquina.

—Es.

—Es —concede.

Se va. Bajo la persiana, Voy apagando luces y, ya con la llave metida, vuelvo a entrar para pasarle un paño seco al portafiltro.

En el autobús, camino de casa, hago lo que llevo doce horas sin hacer, que es coger el móvil y buscar «Teo Aranda catador café».

Sale poco. Una mesa redonda de un congreso de tostadores en Bilbao en 2023, con su nombre el cuarto de cinco en un cartel.

Una entrevista en el boletín de una asociación del sector, sin foto, en la que contesta seis preguntas de las cuales cinco son técnicas y la sexta es «¿el mejor café que has probado nunca?

» y él contesta cuatro palabras que el entrevistador ha puesto entre comillas: «Uno malo, en Palencia».

Y ya está. Ni redes, ni web, ni nada.

Amplío la foto del cartel del congreso hasta que se pixela, que es una cosa que hace la gente de veinte años y no una mujer con un local a su nombre, y luego bloqueo el móvil y miro por la ventanilla la Castellana pasando.

Ocho de noviembre.

Yo firmo el domingo veinticinco, dentro de dos días, así que la fecha esa no significa nada. Es un número que coincide con otro número. Lo pienso con esas palabras exactas, en ese orden, y me bajo dos paradas antes para andar un rato.

* * *

Día 5. Sabe a máquina recién curada. A segunda oportunidad.