Tres semanas en otoño 5
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Los viernes esto es otra cosa.

Me lo avisó Nadia el miércoles, de pasada, mientras cargaba el lavavajillas: «El viernes prepárate».

Y yo, que he montado la entrega de premios de una farmacéutica para cuatrocientas personas en un hangar, sonreí por dentro con una condescendencia que a las nueve menos veinte de esta mañana ya se me ha pasado del todo.

Hay ocho personas de pie en la barra. Ocho.

Los dos albañiles, la chica de la clínica dental y una compañera suya, el del solo doble en vaso, dos señores que no había visto nunca y que piden con la seguridad de quien lleva viniendo veinte años, y una mujer con un carrito de bebé aparcado en diagonal en mitad del paso.

En las mesas hay seis más. Fermín está en la suya con el periódico.

Teo está en la del fondo desde las ocho y media, con la libreta abierta y la bolsa de papel marrón de ayer a los pies.

Yo tengo dos manos.

Y estoy, contra todo pronóstico, bien. Hay un momento en el servicio, cuando llevas veinte minutos sin levantar la cabeza, en que dejas de pensar y el cuerpo funciona solo: portafiltro, golpe, prensa, enroscar, dos tazas, leche, marcha.

Es el mismo estado que me entra en el minuto ochenta de un evento, cuando ya no queda nada que decidir y solo hay que ejecutar.

Se me ha olvidado el domingo. Se me ha olvidado mi madre.

Estoy sacando cafés a una velocidad que ayer me habría parecido imposible y llevo cuarenta segundos sonriendo sin motivo.

Y entonces la Faema hace un ruido.

No es el ruido de barco del primer día. Es un chasquido seco, corto, de cosa metálica que se rinde, seguido de un silbido, y por el borde del portafiltro empieza a salir agua a presión hacia los lados, en abanico, mojándome el delantal, el mármol y el brazo de uno de los albañiles.

—¡Ay!

—Perdón, perdón, perdón.

Suelto el mango. Aprieto el botón de parada. Sale más agua. Aprieto otro y la máquina hace un gorgoteo largo y se queda callada.

Un silencio de esos que solo se dan en los bares. Catorce personas mirando una cafetera.

—Se ha muerto —dice uno de los señores nuevos.

—No se ha muerto —digo yo.

—Eso ha sonado a muerto.

—Que no se ha muerto.

La toco. Está caliente. Le doy al interruptor general, cuento hasta diez, la vuelvo a encender. La máquina se ilumina, calienta, y en cuanto le pido agua vuelve a escupirla por donde no debe, con el mismo silbido, y esta vez con un olor raro, a goma quemada y a cal.

Miro la cola. La chica de la clínica dental mira el reloj. Uno de los albañiles ya se está subiendo la cremallera.

—Cinco minutos —digo—. Dadme cinco minutos.

* * *

En cinco minutos consigo lo siguiente.

Uno: hablar con el servicio técnico oficial, que me informa de que la máquina no está en garantía desde hace treinta y un años, cosa que ya sospechaba, y de que el primer hueco es el martes por la tarde.

—¿El martes?

—El martes.

—Es viernes. Es viernes por la mañana y yo tengo un bar.

—La entiendo, señora, señora. El martes por la tarde.

Dos: llamar al número escrito a rotulador dentro de la puerta del armario de la barra, debajo de las palabras «RAFA MÁQUINAS», que resulta ser el número de la casa de Rafa, y que descuelga la mujer de Rafa, que me dice con toda la amabilidad del mundo que Rafa se jubiló en 2021 y se fue a Gandía y que a esa máquina, textualmente, «ya no le queda nadie».

Tres: perder cinco clientes. Los cinco se van a la cafetería de la esquina de Vallehermoso, que es un sitio con luz de quirófano donde ponen el café en vasos de cartón aunque te lo tomes allí.

Cuatro: sacar tres cafés de un cazo, hirviendo agua y usando el filtro de tela de mi tía que encuentro colgado detrás de la puerta del almacén, con lo cual invento el peor café de la historia de Chamberí y lo cobro a un euro con la cara muy seria.

—Está malísimo —dice la del carrito.

—Lo sé.

—No, si me lo tomo igual. Digo por informarte.

—Se agradece.

A las diez menos cuarto, La Castañera se ha quedado con cuatro personas y una cafetera muerta, y yo estoy detrás de la barra con las manos apoyadas en el mármol y la cabeza haciendo la única cuenta que sabe hacer: martes.

El martes es el veintisiete. Y el domingo es pasado mañana, de manera que, si esto no funciona antes del martes, el domingo firmo con la caja de la peor semana de la historia de este local, cosa que a Olmedo, que ya me ha mandado esta mañana un mensaje muy educado recordándome que sigue en el barrio, le va a venir de maravilla.

—Criatura.

Fermín está de pie al otro lado de la barra con la boina en la mano.

—Ahora no puedo, Fermín.

—Que tu tía tenía cosas.

—¿Cómo?

—Cosas. De la máquina. —Señala con la boina hacia el fondo del local, hacia el almacén—. Piezas y eso. Rafa se las dejaba compradas para no tener que venir.

Y se pone la boina y se va, porque el hombre ha dicho lo que tenía que decir y a él las escenas no le gustan.

* * *

A las diez y veinte, cómo no, entra Olmedo.

Entra con el maletín fino y un abrigo de entretiempo, y lo primero que hace es mirar el local: cuatro mesas vacías a media mañana de un viernes, un cartel escrito por mí en un folio con rotulador que dice «AVERÍA — DISCULPEN», y una cafetera de dos brazos apagada con un charco de agua debajo.

—Buenos días. —Ni una sombra de sonrisa de más—. ¿Problema?

—Una tontería.

—¿La junta del grupo o la bomba?

Lo miro. Este hombre lleva cuarenta y un locales.

—La junta, creo.

—Menos mal. La bomba, en una máquina de esa edad, no se encuentra. —Deja el maletín en un taburete, sin sentarse—. Nosotros tenemos técnico propio. Si quiere le mando a alguien esta tarde, sin compromiso y sin factura.

Y ahí está el momento del día.

Porque sería facilísimo decir que sí. Es un ofrecimiento razonable, hecho por un profesional razonable que además tiene razón, y un técnico esta tarde son ochenta cafés el sábado por la mañana y una caja decente para la semana que él mismo va a comprar el domingo.

No hay trampa. Ese es el problema: que no hay trampa.

—Se lo agradezco —digo—. Ya está solucionado.

—¿Ah, sí?

—Ya está solucionado.

Olmedo mira la máquina apagada, y luego a mí, y no dice nada de la contradicción evidente entre las dos cosas, y esa es su manera de ser educado y también de ganar un punto.

—Perfecto. —Coge el maletín—. El domingo, entonces. A las nueve.

—A las nueve.

En la puerta se para.

—Por cierto, la de este verano en Prosperidad tenía una máquina así, del ochenta y uno. —Se ajusta el cuello del abrigo—. Preciosa. Al final la compramos y la pusimos en la entrada, sin conectar, con unas plantas. Queda muy bien.

Se va.

Y yo me quedo mirando la Faema de mi tía y pensando en una máquina igual que esta, en un local a veinte minutos de aquí, apagada para siempre, con un potos dentro.

* * *

Estoy de rodillas en el almacén, con la caja de cartón que he encontrado en el estante de abajo —una caja de zapatos con «MÁQUINA» escrito en rotulador— cuando oigo la voz detrás de mí.

—¿Puedo?

Teo está en el vano de la puerta, sin abrigo, en camisa, con la libreta en la mano y esa cara suya de no estar pidiendo permiso para nada importante.

—¿Puedes qué?

—Mirarla.

Me levanto con la caja. Dentro hay un manojo de juntas de goma negras en una bolsa de plástico, dos ducha-filtros, un muelle, tres tornillos allen sueltos y un manómetro de repuesto con el cristal roto.

Todo comprado hace años por una mujer que sabía muy bien que un día la máquina iba a fallar y que no habría nadie.

—¿Sabes de cafeteras?

—Un poco.

—¿Un poco cuánto?

—Suficiente.

Y ahora me toca decidir en dos segundos si dejo que un desconocido con una libreta le meta mano a la única fuente de ingresos de un negocio que no es mío del todo y que voy a vender el domingo. Lo pienso durante uno.

—Vale.

* * *

Lo que pasa a continuación es una de las cosas más raras que he visto en mi vida profesional, y he visto a un cocinero con dos estrellas llorar por unas gambas.

Teo se remanga. Se lava las manos en el fregadero sin que nadie se lo diga, se seca con papel, y se pone delante de la Faema como quien se pone delante de un caballo grande y conocido.

Apaga el interruptor general. Espera. Pone la mano abierta sobre la carcasa, en dos sitios distintos, y no sé qué está midiendo pero está midiendo algo.

Después desmonta el grupo. Lo desmonta con una llave allen de la caja de zapatos, sin forzar nada, dejando cada pieza en la barra en el orden exacto en que la va sacando, en fila, como un cirujano ordenado. Saca la junta del grupo y me la enseña.

Es un aro de goma negra que se ha quedado gris, aplastado por un lado y agrietado por el otro, con una costra blanca de cal pegada.

—Esto lleva así año y medio.

—¿Y por eso ha reventado hoy?

—Ha reventado hoy porque hoy has hecho ochenta cafés en dos horas. —Coge una junta nueva de la bolsa, la mira al trasluz, la unta con un poco de grasa de un botecito minúsculo que saca de su propia bolsa de lona—. La goma no avisa. Se cansa.

Y ahí, con la junta en la mano, hace algo que no le había visto hacer nunca: se para y dice tres frases seguidas.

—El caudal te iba bajando desde hace días. Por eso el café te salía largo unas veces y corto otras y tú creías que era tu pulso. No era tu pulso.

Me quedo mirando la nuca de un hombre que lleva cinco días sentado en la mesa del fondo apuntando cosas en una libreta.

Detrás de mí, las Bermejo han llegado y se han sentado en la mesa tres sin pedir nada, igual que se sienta la gente en el cine.

* * *

Tarda cuarenta minutos. En el minuto veinte descubre que el filtro de la ducha está tan cegado que hay que sustituirlo, y hay uno en la caja de zapatos, claro que hay uno.

En el minuto treinta desmonta también el otro grupo, el que no ha reventado, «porque el segundo siempre está igual que el primero pero todavía no lo sabe».

En el treinta y cinco me hace descalcificar el vaporizador con un vinagre que yo no sabía que teníamos.