4 #2
Se acaban de golpe, como se acaban las cosas en un bar: hay diez y de pronto hay cero. Rebusco en el cajón, en la caja de las servilletas, debajo de la máquina de hielo.
—Arriba hay del de antes —dice Nadia desde el fregadero.
—¿Del de antes?
—Del a granel. En el bote grande del estante alto. Tu tía lo compraba en sacos porque salía a la mitad y luego lo rellenaba. —Se seca las manos—. Está caducado, seguro. Pero es azúcar. El azúcar no caduca, ¿no?
—El azúcar no caduca.
—Pues eso.
Cojo la escalera de dos peldaños, la abro delante del estante alto y subo.
Ahí arriba está la arqueología de esta casa: una fiambrera sin tapa, un termo de los de flores, una caja de puros vacía, tres botes de cristal de conserva con la tapa de rosca y, al fondo, un bote grande de plástico blanco con una etiqueta escrita a mano que pone AZÚCAR .
Pesa poco. Pesa muchísimo menos de lo que pesa un bote grande de azúcar.
Lo bajo. Lo pongo en el mármol. Dentro hay dos dedos de azúcar apelmazada, un puñado de terrones que se han hecho piedra, y un sobre blanco de pie, apoyado en la pared del bote, con las mayúsculas ligeramente inclinadas.
LOLA .
Nadia mira el bote. Me mira a mí. Coge un paño y se va al otro extremo de la barra a limpiar algo que no está sucio.
Me siento en el taburete.
La primera te la dejé fácil. Esta la has encontrado porque se te ha acabado el azúcar un jueves por la tarde, que es así es como se encuentran las cosas en un bar: sin buscarlas y con prisa.
Ahora te toca escucharme un rato.
En el otoño del ochenta y cuatro yo tenía veintiséis años, este local llevaba abierto uno, y estaba tan cansada que me dormía de pie. Tú eso lo entiendes ahora mejor que hace una semana.
M. entró un martes de octubre a media mañana, pidió un café solo y se sentó en la mesa del fondo, la de la pared.
No te voy a describir cómo era, entre otras cosas porque no me acuerdo bien, y el que te diga que se acuerda bien de una cara de hace cuarenta años te está vendiendo algo.
Me acuerdo de otras cosas. De que dejaba siempre la propina debajo del platillo y no encima.
De que no hablaba por hablar. De que la primera semana vino seis días y a mí me dio por planchar el delantal, cosa que no había hecho en mi vida y que no volví a hacer nunca más.
Era viajante. Trabajaba para una torrefactora de Vigo y hacía la ruta de Madrid dos veces al año: tres semanas en primavera y tres semanas en otoño.
Un hombre de temporadas. Llegaba, hacía lo suyo, y se iba, y volvía cuando le tocaba volver, y a mí eso al principio me pareció lo más cómodo del mundo.
Una se hace muy lista a los veintiséis años.
Una piensa: mira qué bien, un hombre que ocupa justo el hueco que yo tengo libre.
No te digo más de él por hoy. Te digo lo que aprendí, que es lo único que se hereda de verdad: que a los hombres de temporadas no hay que medirlos por lo bien que están las tres semanas. Hay que medirlos por lo que hacen el último día.
Y ahora deja de leer y ve a poner el azúcar, que tendrás gente esperando.
Tu tía,
Amparo
Tiene razón. Tengo dos señoras esperando y un chaval con un táper de cocido que ha venido a que se lo caliente, cosa que aquí, por lo visto, se hace.
Vuelvo a doblar la carta y me la meto en el delantal, junto a la otra. Relleno el azucarero con el azúcar de piedra, machacándolo con el mango de una cuchara, y sirvo dos manchados y caliento un cocido.
Y mientras el cocido da vueltas en el microondas, con la cabeza en cuarenta sitios a la vez —mi madre en el marco de la puerta, la escritura del noventa y seis sin abrir, el domingo, quinientos diez mil euros—, se me pasa por delante, un instante, la frase de las tres semanas.
Tres semanas pagadas por adelantado en el Hostal Delia.
Y me río sola, con la puerta del microondas en la mano, porque hay que ver lo que hace la cabeza cuando le dejas un rato libre: coge la historia de una mujer muerta y te la coloca encima de un señor que se bebe el café frío sin quejarse.
Ridículo. Un hombre de treinta y tantos que ha pagado un hostal por semanas porque es lo que hace la gente que está de paso, en una ciudad de tres millones de personas, en una calle donde hay dos hostales.
Saco el cocido. Está ardiendo por los bordes y frío en el centro, como todos los cocidos del mundo.
* * *
A las ocho y media él sigue en el fondo.
Es el último otra vez. Empiezo a subir sillas, y cuando llego a la mesa cuatro, la de al lado de la suya, lo oigo cerrar la goma de la libreta.
—Tu madre —dice.
Y yo sigo con la silla en el aire, esperando el resto, que no llega. Ni «lo siento», ni «no es asunto mío», ni ninguna de las once cosas que dice la gente.
—Mi madre —confirmo.
Él se levanta. Se pone el abrigo, se cruza la bolsa, y deja los dos euros en la mesa. Y ya con la mano en el respaldo de la silla, sin ningún énfasis, como quien comenta el tiempo:
—Ha venido hasta la puerta.
Se va. Yo me quedo ahí de pie con una silla en el aire.
Porque llevo desde las once y veinte contándome que mi madre no ha entrado, y resulta que hay otra manera de contarlo, y que la ha dicho en cinco palabras un hombre que no sabe nada de mi familia.
Bajo la silla. La subo bien. Termino el salón, hago la caja, y esta vez cuadra.
* * *
Día 4. Sabe a discusión en la puerta.