4
No lo abro. Y no lo abro por una razón que reconozco de sobra porque llevo veinte años viéndosela hacer a los clientes: cuando abres el documento, la conversación ya no la eliges tú.
Guardo el móvil en el delantal.
—Setenta —dice Fermín.
—Setenta.
Hoy le he sacado el cortado sin mirar el reloj, a las ocho y catorce, y he acertado el punto de la leche a la primera. Nadie me ha dado una medalla. Me he dado yo una medalla interior de tamaño discreto y he seguido con lo mío.
Teo llega a las nueve menos veinte, deja la bolsa en la silla de enfrente y saca la libreta. Le llevo el café sin que levante el dedo, lo cual es una información que le estoy dando y que él recibe sin comentarla, porque coge la taza, se la bebe despacio y vuelve a lo suyo.
Vuelvo a la barra. A los tres minutos, y contra todo criterio profesional, cruzo el salón otra vez con la bayeta.
—¿Y hoy?
Él mira la taza. Se toma su tiempo. Ese hombre se toma su tiempo para todo, incluso para decidir si algo merece que se lo tome.
—Todavía no.
—¿Todavía no qué?
—Es pronto. —Deja la taza en el borde de la mesa, para que me la lleve, que es un detalle que no le había visto hacer a nadie más en cuatro días—. Suele venir a mitad del día.
—¿El qué suele venir?
Pero ya ha vuelto a la libreta, y yo me llevo la taza y una pregunta sin contestar, que empiezo a sospechar que es la unidad de medida con la que este hombre paga los cafés.
* * *
Mi madre aparece a las once y cuarto.
La veo antes de que llegue, porque la calle Buenaventura hace una curva suave y desde la barra se ve venir a la gente desde el semáforo, y porque a mi madre la reconocería yo andando entre cuatro mil personas: camina con los codos pegados al cuerpo, como si en cualquier momento fuera a tener que pasar por un sitio estrecho.
Se para en la puerta.
No en la acera: en la puerta. Con un pie dentro y otro fuera, la mano en el tirador, el abrigo abrochado hasta arriba y el bolso delante como quien se protege el estómago.
—Lola.
Todo el bar la ha visto. Las Bermejo llevan cuarenta minutos en la mesa tres y han bajado la voz de golpe, en ese silencio que ellas creen que es discreción.
Fermín, que hoy se ha quedado más de la cuenta con el periódico, no levanta la vista, y no la levanta con una intención tan clara que es casi un saludo.
Salgo de detrás de la barra secándome las manos en el delantal.
—Mamá. Pasa.
—Estoy bien aquí.
—Que pases, anda. Te hago un café.
—He dicho que estoy bien aquí.
Lo dice sin subir la voz, con las frases completas y bien terminadas, cada palabra en su sitio. Mi madre nunca ha gritado. A mi madre no le hace falta gritar; construye la frase de tal manera que no queda hueco para responder, y luego espera.
Me quedo a metro y medio de ella, dentro de mi propio bar, y de repente soy una mujer de treinta y tres años que no sabe qué hacer con las manos.
—Tenías el hombro mal —digo.
—Tengo el hombro mal.
—Vale.
—Me llamaste dos veces y anoche te llamé yo y no lo cogiste.
—Estaba bajando la persiana.
—Ya.
Un albañil de la obra de la esquina entra, ve el panorama, mira a mi madre en el hueco de la puerta, mira la barra, y se va a la barra a esperar de pie como una persona educada. Tengo un cliente esperando y una madre en el marco de la puerta y no puedo mover ninguna de las dos cosas.
—Ha venido un hombre de una cadena —digo, más bajo—. Han ofrecido quinientos diez mil.
Y ahí, por primera vez en cinco semanas, mi madre me mira a la cara.
—¿Y qué vas a hacer?
—Firmar. El domingo.
Cierra los ojos un segundo. Es un gesto pequeñísimo, de esos que se le escapan a la gente que controla todo lo demás, y cuando los abre tiene la misma cara de antes, pero algo se le ha soltado por dentro y ha vuelto a su sitio.
—Bien —dice—. Véndela.
—Mamá...
—Véndela y termina lo que tu tía no tuvo el valor de terminar.
Las Bermejo no respiran. Fermín pasa una página del periódico, despacio, y el ruido del papel se oye en todo el salón.
—¿Qué significa eso? —digo.
—Significa lo que he dicho.
—No, no significa lo que has dicho. Eso es una frase de las tuyas.
—Y me oigo la voz, y me oigo subirla, y no me da tiempo a impedirlo—.
Llevo cinco semanas llamándote. Cinco. Y apareces en la puerta de esta cafetería, que ni siquiera pisas, para decirme una frase de once palabras que no significa nada.
—No la piso porque no quiero pisarla.
—¿Y por qué?
—Porque no.
—Ayer hablé con la notaría, mamá.
Y esto lo digo sin haberlo decidido. Sale solo, como salen las cosas que llevas veinticuatro horas sujetando con la mano.
Mi madre no se mueve. Ni un músculo. Pero cambia algo en cómo tiene agarrado el bolso.
—Me dijeron que tú tuviste la mitad de esto. Del noventa y cuatro al noventa y seis. Y que se la cediste a la tía Amparo sin cobrar nada.
—Eso es un dato del registro.
—Es un dato del registro que nadie me ha contado en treinta años.
—No hay nada que contar. —Y por fin, por fin, la voz le hace algo. Es una cosa mínima, un temblor en la juntura de dos palabras, y se le pasa enseguida—. Yo no quería mi parte. Se la di. La gente le da cosas a su familia, Lola, no todo es una intriga.
—Vale.
—Y ahora la tienes tú entera, que es lo que ella quería.
—Mamá, pasa dentro y hablamos.
Y entonces mi madre hace la única cosa que le he visto hacer en toda mi vida que se parezca a huir. Suelta el tirador de la puerta, da medio paso atrás, hacia la acera, y se recoloca el bolso.
—Tengo la revisión a las doce.
—Son las once y veinte.
—Ya. —Se da la vuelta. Y desde fuera, sin volverse del todo, con la voz otra vez perfectamente construida—: El domingo me llamas y me lo cuentas. Y come, que estás muy delgada.
La veo alejarse hacia el semáforo con los codos pegados al cuerpo.
* * *
Dentro, La Castañera hace lo que hacen los bares de barrio cuando ha pasado algo: seguir igual, con un cuidado exagerado.
Las Bermejo comentan el precio del pescado con un interés que no puede ser sincero.
El albañil me pide un cortado y me da el importe justo, sin monedas de veinte céntimos, que es un gesto de compasión de un hombre que no sabe cómo decir otra cosa.
Fermín dobla el periódico, se levanta, deja los setenta en el mármol y, al pasar por mi lado, se para.
—Tu madre era muy guapa de joven —dice.
—Ya.
—Muy seria. Pero muy guapa.
Y se va, y esa es toda la ayuda que va a darme el barrio hoy, y curiosamente me sirve.
Me voy detrás de la barra. Cojo la jarra, la lleno, la vacío. Coloco los platillos de la balda de abajo, que ya estaban colocados. Y entonces me acuerdo de que Teo lleva media hora sin café.
Le hago uno. Me tiembla el pulso al prensar, así que lo tiro y hago otro. El segundo sale, no bien, sale raro: un poco corto, con la crema fina, algo se ha ido de sitio en el molido o en mí. Se lo llevo igual.
Lo prueba.
No dice nada. No me mira con esa cara de compasión que llevo veinte minutos esquivando en tres direcciones distintas. Se bebe el café entero, coge el lápiz y escribe seis palabras, y después hace la única cosa que podía hacer para caerme bien del todo, que es seguir con lo suyo.
O eso creo, hasta que a la una menos cuarto voy a recoger la mesa tres y me encuentro a las Bermejo esperándome con las manos cruzadas encima del bolso, las dos a la vez, como un tribunal pequeño y bien intencionado.
—Guapa.
—No quiero hablar de eso.
—Nadie ha dicho nada de eso.
—Yo iba a decir del pescado.
—Tú ibas a decir de la madre.
—Yo iba a decir que la madre y la tía se llevaban muy bien de jóvenes. Eso iba a decir.
Me quedo con los dos vasos en la mano.
—¿Muy bien?
—Uy, iban a todos lados juntas. —La del carro se remueve en la silla, encantada de que se lo pregunten—. Aquí, cuando esto abrió, servían las dos. Yo me acuerdo como si fuera ayer. Tu madre echaba una mano los sábados.
—Los sábados y las fiestas.
—Y las fiestas.
—Hasta que se dejaron de hablar.
—Chelo.
—¿Qué? Si lo sabe todo el barrio.
—Una cosa es que lo sepa el barrio y otra es que se lo cuentes tú a la hija en su propia casa.
Silencio. Y en ese silencio yo no digo nada, que es lo único inteligente que he hecho hoy, porque he aprendido en cuatro días que a estas dos mujeres se les saca más información callándose que preguntando.
—Fue por lo de la boda —dice al final la del bolso grande, bajando la voz sin bajarla nada.
—No fue por lo de la boda.
—Fue por lo de la boda, Maruja.
—Tu madre se casó en el ochenta y siete —me dice a mí, ignorando a su hermana con la práctica de sesenta años—. Y para entonces ya no se hablaban, o sea que no pudo ser por la boda. Eso viene de antes.
—¿De cuánto antes?
Las dos se miran. Y es una mirada que ya conozco, la de dos personas que están calculando en tiempo real cuánto se puede decir sin que luego les caiga encima.
—De antes —dice una.
—Nosotras teníamos entonces nuestras cosas —dice la otra, y se levanta, y esa frase, «nosotras teníamos entonces nuestras cosas», es la manera más elegante de cerrar una puerta que he oído en mi vida.
Se van del brazo. Y yo me quedo con los dos vasos, mirando cómo cruzan el semáforo, pensando en que mi madre echaba una mano aquí los sábados y que en treinta y tres años no me lo ha dicho nunca.
* * *
A la una y media pasa una cosa pequeña que apunto sin saber por qué.
Teo se va. Se va a la una y veinticinco, que no ha hecho ningún día, con la bolsa cruzada y sin decir nada, y vuelve a las tres y diez con una bolsa de papel marrón, de esas de asa retorcida, que lleva agarrada por el fondo con las dos manos como se lleva algo que pesa más de lo que parece.
La deja en la silla de al lado, se sienta, saca la libreta.
Y no pide café.
En hora y media no pide café, que en cinco días tampoco ha pasado, y se queda ahí escribiendo con la bolsa de papel al lado como si estuviera de guardia.
—¿Le pongo algo?
—Ahora no.
Y ya está. Vuelvo a la barra y apunto mentalmente, en la lista de cosas raras de este señor, la número cuatro.
* * *
A las cinco se acaban los sobrecitos de azúcar.