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—Doña Rosario Campos cede su parte a doña Amparo Campos. Escritura de noviembre del noventa y seis. —Puri lo dice con la ternura administrativa de quien lee un dato cualquiera—. ¿Le mando también esa? Es del expediente antiguo, pero la tengo digitalizada.
—Sí. Mándemela.
—¿Algo más?
—No. Sí. —Me oigo la voz y la corrijo sobre la marcha—. ¿Eso es normal? Lo de ceder la parte.
—Uy, normalísimo. En las herencias entre hermanos se hace todos los días. —Una pausa de teclado—. Aunque normalmente hay una compensación económica, y aquí, mire, no consta ninguna. Se la cedió y ya está.
Le doy las gracias y cuelgo, y me quedo un rato mirando la libreta de las comandas sin apuntar nada. Mi madre tuvo la mitad de esta cafetería. Tuvo la mitad de esta cafetería durante dos años y la regaló, literalmente la regaló, en el mismo otoño en que murió mi abuelo.
Y en treinta años no me lo ha contado ni una vez. Ni ella ni Amparo. Ni siquiera para reprochárselo, que es la manera que tiene esta familia de contar las cosas.
Guardo el móvil en el delantal. Después subo dos cajas de agua desde el almacén, una en cada viaje, aunque podría subir las dos juntas.
* * *
A las siete cuadro la caja y me faltan cuatro euros con veinte.
Los cuento tres veces. La tercera con Nadia mirando por encima de mi hombro, y con esa vergüenza específica de la persona que en su vida profesional maneja presupuestos de sesenta mil euros y que ahora no encuentra cuatro veinte.
—Los cortados de Fermín —dice Nadia.
—¿Cómo?
—Setenta céntimos por seis días de la semana. La diferencia con lo que vale. Sale eso, más o menos, cada semana.
—¿Y tú cómo lo cuadrabas?
—No lo cuadraba. —Se encoge de hombros y cierra el cajón con la cadera, un gesto que le he copiado sin darme cuenta—. Tu tía metía una moneda de su bolsillo cuando no salía. La tenía en el platillo de las llaves.
Miro el platillo de las llaves. Hay dos euros y sesenta céntimos en calderilla, ahí, desde antes de que yo llegara.
—Ya —digo.
Y no cojo la calderilla. Pongo cuatro euros con veinte de mi cartera, que es la misma tontería sentimental, pero mía.
* * *
Por la tarde hago una cosa que no le pienso contar a nadie.
Me saco un café. Me lo saco corto, con el molino que no he tocado y la máquina en su punto, y en vez de bebérmelo de pie mientras cuento monedas, me siento. En la mesa dos. Con la taza delante y sin móvil.
Le doy un sorbo. Está bueno. Está bueno y ya está: caliente, un poco ácido al principio, con un fondo de algo tostado que no sé nombrar. Le doy otro sorbo, e intento, con toda la seriedad de la que soy capaz, que me sepa a algo.
No me sabe a nada. Me sabe a café.
Lo intento tres veces más y a la tercera me acuerdo, sin buscarlo, de una cocina.
La cocina de la casa de mi abuelo, en esta misma calle dos portales más allá, con hule en la mesa y una radio encima de la nevera, y mi tía Amparo de pie —siempre de pie, nunca la vi sentarse a desayunar— echándole al café un chorro de leche desde bastante alto, porque decía que así se enfriaba antes y ella no tenía tiempo.
Tendría yo seis o siete años. Mi madre no está en ese recuerdo.
Y no sé si no está porque no estaba o porque en aquella cocina, en aquellos años, mi madre ya había dejado de entrar.
Me bebo el café de golpe, con lo cual me quemo, que me está muy bien empleado. Llevo la taza al fregadero y la friego a mano aunque el lavavajillas está a medio llenar.
Después subo la escalera y paso la mano por encima del armario alto de la cocina, por si acaso. Polvo, un cable enrollado y una lata de melocotón en almíbar caducada en 2014.
Nada.
—¿Se puede saber qué buscas? —dice Nadia desde abajo.
—Un cargador.
—Ahí arriba.
—Ahí arriba.
—Vale.
* * *
Cierra a las nueve. A las nueve menos cuarto ya solo queda él, otra vez en la mesa del fondo, otra vez el último, con la libreta cerrada y la goma puesta desde hace un rato, mirando por el escaparate la calle vacía como quien espera un tren que no lleva prisa.
Subo las sillas del otro extremo del salón haciendo ruido, que es la manera universal de decirle a un cliente que se vaya y que no pienso decirle a este.
Se levanta. Deja dos euros.
—Gracias.
—Oiga.
Se para con la bolsa a medio colgar.
—¿Cómo se llama? —digo—. Es que llevo tres días refiriéndome a usted como «el del fondo» y las señoras de la mesa tres están convencidas de que es usted de Hacienda.
Algo le pasa en la cara. No sonríe, o no del todo; es más bien que se le mueve un músculo de la comisura, como si la sonrisa se le hubiera escapado por un sitio pequeño.
—Teo.
—Lola.
—Ya lo sé.
Y se va. Se va con esas tres palabras colgando en el aire de mi cafetería, y me deja a mí bajando la persiana a pulso, en la calle Buenaventura, a las nueve y cinco de la noche, pensando en cuántas maneras hay de que un hombre sepa tu nombre en un barrio como este.
Todas. Hay cuarenta maneras. Se lo ha podido decir Dani, o Chelo, o el cartel de la puerta que sigue poniendo «Casa Amparo» en letras pequeñas debajo del rótulo grande.
Todas las explicaciones son aburridísimas y ninguna me sirve.
En el móvil, camino de casa, tengo una llamada perdida de mi madre de las 20:52 y ningún mensaje.
* * *
Día 3. Sabe a estrenar zapatos.