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Hoy aparece por la mañana.
Son las ocho menos diez, llevo cuarenta minutos de máquina caliente y nueve cafés servidos, y cuando levanto la vista de la jarra de la leche él ya está cruzando el salón hacia la mesa del fondo con el abrigo gris al brazo.
Deja la bolsa de lona en la silla de al lado.
Se sienta de cara a la barra. Saca la libreta negra y el lápiz de carpintero, y los coloca en paralelo al borde de la mesa, no encima del todo, con una precisión que me molesta sin saber por qué.
Levanta un dedo.
Un café solo.
—Buenos días también a usted —digo, en voz alta, desde la barra.
—Buenos días.
Y ahí se acaba la conversación, porque el hombre abre la libreta y se pone a leer lo que sea que tenga escrito ahí como si fuera el parte de defunciones.
Le hago el café. Y ahora me toca confesar una cosa: se lo hago mejor.
No un poco mejor; se lo hago con el cuidado con el que montaba yo los cinco primeros platos de una cena de gala, tirando el primer chorro, secando el portafiltros con el paño, prensando con la muñeca recta como me enseñó Nadia ayer y contando los segundos con los labios cerrados.
Veinticinco. Sale una crema color avellana, densa, con una manchita más clara en el centro que Nadia llama «el ojo» y que, según ella, significa que la cosa va bien.
Se lo llevo. Lo dejo. Y me quedo un segundo de más.
Un segundo de más es el tiempo justo que necesita una mujer de treinta y tres años para sentirse imbécil delante de un desconocido en su propio bar.
Vuelvo a la barra.
* * *
—Es de Hacienda.
Las Bermejo han llegado a las nueve y media, veinte minutos antes que ayer, y han pedido lo de siempre sin que yo tuviera que preguntar, cosa que me ha producido una satisfacción desproporcionada. Llevan desde entonces con la cabeza torcida hacia el fondo del salón.
—No es de Hacienda.
—Es de Hacienda, Chelo. Va apuntando.
—También apunta el del gas.
—El del gas viene con una máquina, no con una libretita. Y va solo. Los de Hacienda van siempre solos, eso lo sabe todo el mundo.
—Los de Hacienda no vienen a tomarse un café a las ocho de la mañana tres días seguidos.
—¿Y tú qué sabes lo que hacen los de Hacienda?
—Sé lo que hacen los hombres. Y ese no está apuntando cuentas.
—¿Y qué apunta?
—Yo qué sé. Pero mírale la mano cuando escribe.
Las dos se callan a la vez. Es un silencio con una calidad especial, el silencio de dos señoras que están mirando descaradamente a un hombre a nueve metros y que van a seguir haciéndolo hasta que él se vaya o se muera.
Fermín, desde su mesa, dobla el periódico por la mitad.
—Es un chico que se sienta a tomarse un café —dice.
—Ay, Fermín, tú es que no participas.
—Yo participo cuando hay algo.
Y se levanta, deja la moneda en el mármol y se va a lo suyo, dejándome sola con una cosa nueva y curiosa en el pecho, que es querer defender a alguien de quien no sé ni el nombre.
* * *
Dani entra a las diez y veinte con el pan, media hora antes que ayer, y trae una cara que le conozco desde hace dos días.
—Tengo información.
—No quiero información.
—Sí quieres. —Deja las bolsas en la barra y baja la voz, con el resultado de que ahora lo oye todo el mundo—. Está en el Hostal Delia. El de la esquina de Vallehermoso, el de la señora Delia, que es prima segunda de mi madre.
—Dani.
—Paga por semanas. Tres semanas pagadas por adelantado, en efectivo, el viernes pasado.
—Dani, que no.
—Y no ha dado empresa. —Levanta las manos como si esto fuera el dato definitivo, la prueba que hunde al acusado—. Cuando vas por trabajo, das empresa, porque luego te lo desgravan. Este ha dado el DNI y ya.
Detrás de mí, las Bermejo han dejado de fingir que hablan entre ellas.
—¿Lo veis? Hacienda.
—Hacienda te paga el hotel bueno, mujer, no una pensión.
—Eso antes.
—Eso siempre.
—Pues entonces es de una inmobiliaria —dice la del carro, y me señala a mí con la barbilla—. Como el del traje de ayer. Está tasando la calle.
Y ahí, por un segundo, se me para algo. Porque es la explicación que encaja: un hombre que llega el mismo viernes, se sienta tres días seguidos en el mismo local, mira, apunta, no dice a qué se dedica, y aparece en el barrio la misma semana que un director de expansión con una servilleta y una cifra.
Miro hacia el fondo. Él está pasando una página de la libreta con el dedo índice, despacio.
—Firma aquí, anda —le digo a Dani.
—Es que además no me has preguntado lo mejor.
—Es que no te lo voy a preguntar.
—Le pregunté a Delia qué había puesto en la ficha, en lo de la profesión. —Dani se apoya en el mármol con los dos codos, victorioso—. Puso «comercial».
—Todo el mundo pone «comercial».
—Ya. —Se yergue, coge el albarán firmado y se lo mete en el bolsillo—. Por eso lo digo.
* * *
A las once y media el local se queda vacío. Nadia todavía no ha llegado. Y yo hago lo que llevo desde ayer queriendo hacer, que es sentarme en el taburete de detrás de la barra con el móvil y el café que me he sacado para mí.
Busco: «cuánto se tarda en escriturar la venta de un local comercial».
Cuatro semanas si el comprador tiene el dinero, dice un foro.
Seis a ocho, dice un despacho de abogados con una web muy fea.
Depende de las cargas, dice un tercero, y yo no sé si esto tiene cargas, y anoto mentalmente que hay que preguntárselo al notario, y luego busco «impuesto plusvalía municipal local heredado Madrid» y llego a una calculadora del Ayuntamiento que me pide seis datos que no tengo.
Después busco, porque soy humana: «Granos & Co opiniones».
Cuarenta y un locales. Buen café, dicen.
Muy buen café, dicen algunos. Uno de los fundadores da una charla en un congreso y sale la palabra «experiencia» once veces en el subtítulo del vídeo.
Miro las fotos de un local suyo en Malasaña: madera clara, plantas colgadas, una barra larguísima, gente joven con portátiles.
Es bonito. Es objetivamente bonito, y me fastidia que sea bonito, y me fastidia más darme cuenta de que llevo cuatro minutos buscando algo feo en las fotos.
Levanto la vista. Él sigue en la mesa del fondo, con el segundo café ya frío desde hace media hora, escribiendo.
Y de pronto me oigo hacerlo. Me oigo cruzar el salón con la jarra del agua en la mano como excusa, que es el truco más viejo del oficio y que llevo tres días viendo hacer a Nadia.
—¿Le pongo otro?
—No, gracias.
Bien. Perfecto. Ahí podría acabar todo, y sería un miércoles como otro cualquiera, y sin embargo me quedo de pie al lado de la mesa con la jarra en la mano.
—¿Y bien? —digo.
Él levanta la cabeza.
—¿Y bien qué?
—El café. —Señalo la taza vacía con la barbilla—. Lleva tres días viniendo y no ha dicho nada del café. Y lleva tres días escribiendo, así que, o está haciendo una novela, o algo pensará.
Deja el lápiz sobre la libreta. Lo alinea con el borde. Y entonces levanta la vista y me dedica una atención completa, sin parpadeo y sin prisa, para la que no estoy preparada a las once y cuarenta de la mañana de un miércoles.
—Sabe a estrenar zapatos.
Espero. No llega nada más.
—¿Perdón?
—Que sabe a estrenar zapatos. —Y coge la taza vacía y la gira un poco, como si el asa tuviera que quedar en su sitio—. El de ayer sabía a otra cosa.
—A ver, espere. —Dejo la jarra en la mesa de al lado, que no es mi mesa y me da igual—. ¿Eso es bueno o es malo?
—Ni bueno ni malo.
—Ya, pero es que «estrenar zapatos» es, o sea. —Y aquí me pasa una cosa rara, que es que empiezo a hablar con las manos, cosa que hago cuando algo me interesa y que en las reuniones tengo prohibida a mí misma—. Estrenar zapatos es incómodo. Estrenar zapatos es ir todo el día pensando en los pies.
—Sí.
—Pues eso es malo.
—Es lo primero que haces bien.
Y ahora sí que me quedo callada, porque tengo que desmontarlo entero para entenderlo. Estrenar zapatos. Duele un poco, no del todo bien, pero es que son nuevos y son tuyos y el día que estrenas zapatos vas mirándote los pies por la calle.
—Sí que apunta cuentas —digo, para no decir otra cosa.
Él no lo pilla, claro. Vuelve a la libreta. Y yo vuelvo a la barra con la jarra vacía, y en el camino, catorce pasos, decido dos cosas: que ese hombre no es de Hacienda, y que a partir de hoy tengo un problema.
* * *
—¿Qué te ha dicho?
Nadia ha entrado por detrás y se ha atado el delantal en el tiempo que yo he tardado en no contestar.
—Nada.
—Estabas de pie ahí en medio con la jarra.
—Le he preguntado por el café.
—¿Y?
—Ha dicho que sabe a estrenar zapatos.
Nadia se para. Con el cordón a medio nudo, se para de verdad, y me mira con una cara nueva.
—¿Eso ha dicho?
—Eso ha dicho.
—Vale. —Termina el nudo—. Está mal de la azotea.
—Eso pensaba yo.
—Pero mira. —Señala con la barbilla hacia el fondo—. Lleva tres días bebiéndose todo lo que le sacas, incluido el bodrio del primer día, que yo lo vi y aquello era agua sucia. La gente que está mal de la azotea de la manera buena es la única gente interesante que entra aquí.
—No he dicho que me interese.
—Yo tampoco he dicho nada, guapa. —Y se pone a cargar el lavavajillas—. Es un cliente. A las nueve cierra y se va a donde se vaya, y el domingo tú firmas y santas pascuas.
Nadia sabe lo del domingo porque se lo conté ayer al cerrar, y me lo acaba de devolver ahora mismo, sin levantar la voz, envuelto en papel de regalo.
* * *
A las cuatro llamo al notario, que no se pone, y me atiende una señorita que se llama Puri y que resulta ser mucho más útil que cualquier notario.
—A ver, Campos, Lola. Sí. —Tecleo al otro lado—. Dígame.
—Quería saber si el local tiene cargas.
—El local está libre de cargas. Se lo miro y se lo confirmo por correo, pero de memoria le digo que sí, que libre. Es de propiedad familiar desde el sesenta y uno.
—¿Del sesenta y uno?
—Del sesenta y uno. Escritura a nombre de don Venancio Campos Alcaide. Después la donación del noventa y cuatro a las dos hijas, y luego, en el noventa y seis, una de las hermanas cede su parte a la otra.
Me quedo con el boli en el aire.
—¿Cuál de las dos?