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No te voy a contar eso hoy. Hoy te cuento nada más una cosa, y es la única que me interesa que aprendas antes de firmar nada: en este oficio, lo único que se vende de verdad no es el local.
El local se tasa y punto, y el que te dé un buen precio no te está engañando.
Lo que no se tasa es el otro asunto. Es que a las ocho y cuarto entre un hombre por esa puerta y sepa que alguien le va a poner el vaso caliente sin preguntárselo.
Eso no está en ningún papel. Y el día que se acaba, no se acaba con estruendo; se acaba un martes, sin que nadie se entere, y a los dos meses ya nadie se acuerda de que existió.
Yo no te pido que no vendas. Te pido veintiún días, que ya me los estás dando porque no te queda otra, y que en esos veintiún días abras los ojos. Después haz lo que te dé la gana, que para eso te lo he dejado a ti y no a tu madre.
Ah, y otra cosa: no muevas el molino.
Tu tía,
Amparo
Leo la carta dos veces. La segunda, de pie, porque hay cosas que sentada no se pueden. Luego la doblo por sus mismos pliegues, que ya vienen aprendidos, y me quedo un rato mirando el hueco de la pared, los azulejos con la marca del polvo donde estuvo el sobre.
Después hago lo que haría cualquiera. Miro debajo del fregadero.
Miro detrás de la nevera. Abro los tres armarios de arriba y bajo la caja de las servilletas y el tarro de las pajitas y una lata de galletas de 2011 que tengo que tirar.
Me subo a la escalera y paso la mano por encima de la campana.
Nada. Muevo la máquina de hielo, que tiene ruedas y no lo sabía, y encuentro un billete de metro de 2016 y una pinza del pelo.
Nada.
—¿Buscas algo? —dice Nadia desde la puerta, con el boli en la mano y cara de haber perdido contra la máquina de tabaco.
—No.
—Vale.
—Sí.
—Vale.
—Nada, déjalo.
Me apoyo en el mármol y me río sola un segundo, con un ruido corto y feo, porque acabo de entender que mi tía sabía de sobra lo que iba a hacer yo esta tarde.
Lo sabía cuando escribió la frase de los bombones.
Lo escribió para que yo la leyera, me diera por aludida, dijera «yo no soy así» y me pasara media hora buscando por los armarios como una tonta.
Guardo la carta en el bolsillo del delantal. Vuelvo a colocar la cafetera contra la pared, con muchísimo esfuerzo y ninguna elegancia, y la enchufo.
Y mientras espero a que caliente pienso, muy despacio y muy claramente, esto: el domingo firmo. Quinientos diez mil euros. Yo no le debo veintiún días a nadie más que al notario.
* * *
A las siete menos cuarto salgo a la puerta con el móvil y llamo a mi madre.
Salgo a la puerta porque dentro está Nadia y porque hay conversaciones que no se pueden tener con alguien colocando vasos a cuatro metros.
Fuera hace un frío seco, de los que todavía no obligan a nada, y la calle Buenaventura a esta hora es un desfile de gente con bolsas del súper y niños con mochilas más grandes que ellos.
Un tono. Dos. Cinco.
«Este es el contestador automático del...»
Cuelgo antes del pitido. Aguanto el móvil en la mano, mirando la pantalla como si fuera a hacer algo, y luego vuelvo a marcar, porque quinientos diez mil euros es una noticia y las noticias hay que darlas, y porque llevo cinco semanas construyendo la teoría de que mi madre no me coge el teléfono por el hombro.
Un tono. Dos.
—Mamá, soy yo. —La voz me sale con ese registro mío de reunión, plano y competente—. Nada, que hoy ha venido un hombre de una cadena de cafeterías a hacer una oferta por el local y es una oferta muy buena. Muy buena de verdad. Quería contártelo. Ya está, era eso. Nada más. Un beso.
Cuelgo. Repaso el mensaje entero mentalmente y lo único que se me queda es «quería contártelo», que ha sonado igual que lo que es.
Entonces hago lo que hago siempre que una llamada me sale mal, que es hacer otra llamada.
—¡Ortiz! —Bea coge al primer tono, con ese ruido de fondo de oficina a las siete de la tarde—. ¿Estás viva? ¿Hay wifi en el pasado?
—Hay wifi. Lo que no hay es cobertura en la cocina.
—Cuéntame algo. Aquí sin ti es todo muy eficiente y muy aburrido.
—Bea, ¿el puesto sigue?
Un silencio de tres cuartos de segundo. Los conozco todos.
—El puesto sigue. Diciembre. —Baja la voz—. Pero te lo digo como amiga: en enero ya no. En enero Marcos lleva seis meses haciendo tu trabajo y para el comité eso es un hecho consumado, no una sustitución.
—Ya.
—¿Vuelves?
—Vuelvo. —Y añado, porque necesito oírmelo—: Esto lo vendo, Bea. Me han hecho una oferta hoy.
—¿Buena?
—Muy buena.
—Pues ya está. —Bea se ríe—. ¿Y por qué me lo cuentas con esa voz?
—¿Qué voz?
—La de cuando el cliente ha dicho que sí y a ti no te gusta el sitio.
Le digo que tengo que colgar porque tengo cliente, y es mentira, porque el local está vacío y por el cristal solo se ve a un señor esperando a que su perro termine de olisquear el alcorque.
* * *
A las ocho y media, la campanilla.
Es él. El abrigo gris, la bolsa de lona, la libreta negra con la goma. Cruza el salón hacia la mesa del fondo, deja la bolsa en la silla de enfrente y me mira desde allí, y como no digo nada porque tengo la cabeza en otro sitio, levanta un dedo. Uno.
Un café solo.
Se lo hago con la máquina bien caliente esta vez, y me sale mejor que ninguno de los treinta y tantos que he sacado hoy, y no le digo que es el mejor de la jornada porque decírselo sería reconocer que llevo la cuenta.
Se lo bebe entero. Escribe en la libreta. Cierra la goma. Deja dos euros y se levanta.
—Gracias.
Es lo único que dice hoy. En la puerta, con medio cuerpo fuera, se para un segundo delante del cristal, mira el rótulo desde dentro —igual que Olmedo lo miró esta mañana desde fuera, pero no igual— y sale a la calle Buenaventura sin prisa.
Recojo la taza. Debajo del platillo hay una servilleta doblada en cuatro, como las de las Bermejo, y por un momento pienso que se ha dejado algo escrito. La abro.
Está limpia.
* * *
Día 2. Sabe a decisión tomada demasiado pronto.