Tres semanas en otoño 2
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A las siete menos veinte estoy delante de la Faema con el abrigo todavía puesto, dándole al interruptor general como quien enciende una hoguera.

La máquina hace un ruido de estómago y se pone a calentar.

Cuarenta minutos. Miro el reloj del móvil, apunto la hora en la libreta de las comandas y me siento, por un instante ridículo y completo, una profesional.

Luego subo la persiana y descubro que la parte de fuera del cristal tiene una capa de porquería que solo se ve cuando entra el sol de la mañana en un ángulo determinado, o sea, once minutos al año. Cojo el cubo.

A las ocho y cuarto en punto, Fermín empuja la puerta.

—Buenos días, criatura.

—Buenos días. Siéntese, que ya va.

Y aquí viene lo que llevo pensando desde anoche.

Saco un vaso de los pequeños, lo pongo debajo del grifo de agua caliente hasta que quema, lo vacío, lo seco por fuera, meto la cucharilla dentro y luego hago el cortado.

Me sale un café oscuro, con la crema irregular pero decente, y una leche que por fin no parece haber pasado por un accidente industrial.

Se lo llevo. Lo dejo en la mesa. Y me quedo de pie a un metro, con las manos en el delantal, como una alumna.

Fermín mira el vaso. Coge la cucharilla. Da tres vueltas, siempre tres, y las da despacio.

—Bueno —dice.

—¿Bueno bien o bueno regular?

—Bueno.

Se lo bebe. Yo vuelvo detrás de la barra a hacer cosas que no hacen falta, porque me ha subido una alegría absurda por el pecho y no pienso permitirle que se me note en la cara delante de un señor con boina a las ocho y veinte de la mañana.

—Setenta —dice al levantarse.

—Setenta.

Y me deja la moneda en el mármol, no en la mano, como se hacía antes.

Entre las ocho y media y las diez, La Castañera es otro sitio.

Yo creía que un bar de barrio a media mañana era cuatro jubilados y una radio, y resulta que es una nave industrial.

Entran de pie, piden sin sentarse, se lo beben en noventa segundos y se van: dos albañiles de la obra de la esquina, una chica con uniforme de la clínica dental del cuatro, un hombre que pide siempre «un solo doble en vaso» y paga con tarjeta un café de un euro veinte, cosa que en la agencia me habría parecido de psicópata y que aquí ya me parece normal.

Nadie mira el móvil mientras espera. Se apoyan en la barra y miran la máquina, que es una manera de mirarme a mí.

A las diez y cuarto he sacado cuarenta y un cafés y me duele un sitio de la espalda que no sabía que tenía nombre.

* * *

El de la carpeta llega a las once menos cuarto, y no trae carpeta: trae un maletín fino de esos que solo caben un iPad y la fe en uno mismo.

Traje azul marino, sin corbata, zapato bueno.

Se para en la puerta el tiempo justo para mirar el techo, la campana de la cocina y la barra, por ese orden, que es el orden en que mira un local alguien que sabe lo que cuestan las cosas.

—¿Lola Campos?

—Depende.

Sonríe. Tiene una sonrisa perfectamente calibrada, ni mucha ni poca, la sonrisa de quien ha hecho esto en cuarenta locales antes que en el mío.

—Ricardo Olmedo. —Deja una tarjeta sobre el mármol, y la deja girada, ya orientada hacia mí para que pueda leerla sin tocarla. Los hombres que orientan las tarjetas han ensayado delante del espejo—. Expansión, Granos

Hay seis más.

No te digo dónde, porque entonces las buscarías todas esta misma tarde, te las leerías del tirón como quien se come una caja de bombones enfadada, y a mí me interesa que esto vaya despacio.

Despacio se me ha dado siempre bien. Para lo demás fui una tarambana, que es palabra que ya no dice nadie y que me viene a mí como un guante.

Sé lo que estás pensando, porque lo pensé yo.

Estás pensando que veintiún días son una tontería de vieja y que en cuanto pasen esto se vende.

No me ofende. Yo también quise vender una vez.

Lo tuve decidido, y lo tuve decidido en serio, con el hombre del banco sentado donde tú te sientas ahora y una carpeta encima del mármol.

Fue en el otoño del ochenta y cuatro. El año en que conocí a M.