1 #2
Detrás de la barra, Nadia se pone a colocar vasos que ya están colocados.
—Está mala del hombro —digo.
—Ah, el hombro.
—Que se lo mire, que eso son los nervios.
—Es el hombro —repito.
—Claro, hija, el hombro. —Se ajusta el bolso—. Es que en el entierro no la vimos, y digo yo, mira, por preguntar.
—Ya.
—Por preguntar, nada más.
—Ya.
Se van del brazo, calle abajo, y las oigo discutir hasta el semáforo, aunque no distingo sobre qué.
Me quedo mirando la mesa tres, con los dos vasos y las dos servilletas dobladas en cuatro, y tardo un rato largo en ir a recogerlos.
Cuando por fin voy, los llevo al fregadero de uno en uno, que es una manera absurda de hacerlo, y friego el primero con muchísimo esmero, como si se fuera a exponer en algún sitio.
—El del hombro es bueno —dice Nadia, sin mirarme.
—Es que le duele de verdad.
—No he dicho que no.
La una y media. Hora de los menús que aquí no existen, porque La Castañera no da comidas, solo bocadillos y tostadas y unas croquetas congeladas que Amparo compraba a un proveedor de Villaverde y que, según Nadia, son «peores que las de casa y mejores que las de casa de cualquier otro», frase que llevo pensando desde entonces sin resolverla.
Se me juntan seis comandas. Seis. He organizado la boda de un consejero delegado en una finca sin luz eléctrica y me pongo nerviosa con seis comandas, y me pongo nerviosa porque no es lo mismo servir a doscientos desconocidos que a nueve personas que llevan cuarenta años sabiendo cómo quiere el café el de al lado.
Aquí no se sirve: se acierta o se falla. Y hoy fallo bastante.
Hago lista mental mientras corto pan, que es lo que hago siempre que quiero sentir que controlo algo:
Uno, aguantar veintiún días.
Dos, no cambiar nada, porque lo que se cambia hay que explicarlo y lo que hay que explicar cuesta tiempo.
Tres, no encariñarme con nadie, que para eso hace falta tiempo y yo tengo tres semanas.
Cuatro, llamar otra vez a mi madre.
Cinco, no llamar a mi madre, que ya he llamado dos veces y hay un punto en el que llamar deja de ser cariño y empieza a ser suplicar.
Corto el pan un poco más fuerte de lo necesario.
* * *
Dani entra a las cuatro con las cajas de leche al hombro y hablando desde la puerta, porque es de esos que empiezan la conversación en la acera y la terminan dentro sin cambiar de tono.
—¿Tú eres la nueva? Perdona, la sobrina. Eres la sobrina. Te digo la nueva y me matas. —Suelta las cajas detrás de la barra con un golpe que hace vibrar los vasos—. Dani. Reparto y lo que surja. Oye, ¿tú sabes lo del tío ese?
—¿Qué tío?
—El de la carpeta. —Se apoya en el mármol como si el mármol fuera suyo, que a estas alturas empiezo a pensar que este mármol es de todo el mundo menos mío—.
Vino dos veces la semana pasada. Traje bueno, ¿eh?
Del bueno bueno, no del de bautizo. Preguntando quién había heredado el local.
Se lo preguntó a Chelo, que ya sabes que Chelo se lo cuenta todo a todo el mundo.
—¿Y qué le dijo Chelo?
—Que la sobrina. Que tú. Y él, en plan muy amable, le pidió el teléfono.
—¿Y Chelo se lo dio?
—Chelo no tiene tu teléfono. —Dani se ríe con toda la boca—. Chelo le dio el de la parroquia.
Firmo el albarán. Le pregunto, así como quien no quiere la cosa, si el de la carpeta dijo de parte de quién venía, y Dani se encoge de hombros y dice que esas cosas nunca las dicen, y se va silbando, y a mí me queda en el estómago una cosa pequeña y fría que no es miedo, que es la sensación exacta de cuando en una reunión alguien ha visto los números antes que tú.
Que venga. Yo también quiero vender. Es lo único que quiero.
* * *
A las ocho y media apago la plancha, subo las sillas de la mitad del salón y me pongo con el arqueo.
La calle está negra desde hace rato, con esa negrura de octubre que todavía sorprende porque hace un mes a esta hora había luz.
Por el escaparate pasa gente que vuelve a casa deprisa, y de vez en cuando alguien echa un vistazo hacia dentro y sigue, y yo, que llevo trece horas de pie, tengo la cabeza en un sitio muy raro, entre el sueño y esa euforia tonta de haber sobrevivido.
Y entonces suena la campanilla.
—Cerramos a las nueve —digo, sin levantar la vista de las monedas de veinte céntimos, que se me acumulan hasta un punto que empiezo a considerar un problema estructural.
—Vale.
Levanto la vista. Es un hombre de treinta y tantos, con un abrigo gris que ha viajado y una bolsa de lona cruzada.
No es de aquí. Lo sé por cómo mira el local antes de decidir dónde sentarse, que es una cosa que solo hacen los que entran por primera vez; el resto de la humanidad de este barrio se sienta en su sitio como Fermín, sin mirar nada.
Se sienta en la mesa del fondo, junto a la pared, de espaldas a la cocina y de cara a la barra.
—Un café solo.
—Le aviso de que la máquina lleva media hora bajando de temperatura.
Él asiente. Saca de la bolsa una libreta pequeña, negra, con una goma, y un lápiz de esos cortos de carpintero.
Abre la libreta. No mira el móvil. En trece horas no he visto a una sola persona que se siente en una mesa sin sacar el móvil, y ahora estoy haciendo un café solo con más cuidado del que he puesto en ningún café en todo el día, y no me apetece nada preguntarme por qué.
Sale lo que sale. Un café corto, un poco pálido en la crema, con ese olor a papel quemado que le queda a la máquina cuando ha estado sin trabajar un rato.
Lo llevo a la mesa del fondo. Lo dejo. Me quedo un segundo de más, por si dice algo, y como no dice nada, me vuelvo a la barra y sigo con las monedas.
Lo prueba.
Y se lo bebe. Entero. Sin gestos, sin muecas, sin ese teatro de los que saben de café y necesitan que se note; se lo bebe como se bebe uno el café de una casa donde le han invitado. Después deja la taza, se limpia la comisura con el dorso del pulgar y coge el lápiz.
—Gracias —dice.
Y lo dice de una manera que me obliga a mirarlo, porque nadie da las gracias así por un café malo. Lo dice como quien devuelve algo prestado.
Escribe cuatro palabras en la libreta. Cuatro, las cuento desde la barra sin querer contarlas. Cierra la libreta con la goma, deja dos euros en la mesa aunque el café vale uno diez, y se va con la bolsa cruzada por la calle Buenaventura hacia abajo, sin prisa, con el cuello del abrigo subido.
Me quedo con la taza vacía en la mano. Ni siquiera le he preguntado cómo se llama.
Bajo la persiana a pulso, voy apagando las luces, y me acuerdo, ya con la llave metida, de que mañana hay que encender la Faema cuarenta minutos antes.
* * *
Día 1. Sabe a nervios. Prometedor.