Tres semanas en otoño 1
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Tres semanas en otoño

Tres semanas en otoño

Por S. Peralta

© inepub.com

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La cafetera de mi tía tiene más palancas que un avión y ningún manual, porque los manuales son para la gente que piensa morirse.

Llevo veinte minutos delante de ella y he conseguido, por este orden: un ruido de barco, medio vaso de agua turbia y que el señor de la boina me mire desde la mesa de la ventana como se mira a alguien que profana una tumba.

Ni siquiera sé cómo ha entrado. Yo he abierto a las siete y media con la llave que me dio el notario, he subido la persiana a pulso porque el motor lleva año y medio muerto, y he encendido las luces de una en una para no llevarme el disgusto de golpe.

Y cuando me he dado la vuelta, él ya estaba sentado, con el abrigo puesto y el periódico doblado por la mitad, como si hubiera brotado del suelo con la silla incluida.

—El cortado de las ocho y cuarto —dice ahora, y empuja el platillo dos dedos hacia el centro de la mesa—. Como lo hacía Amparo.

Son las nueve menos veinte.

—Ya voy.

—A mandar, criatura.

Vuelvo a la máquina. La máquina y yo llevamos desde 1983 en bandos distintos y ella lo sabe.

Es una Faema de dos brazos, cromada, con una carcasa que en su día debió de ser el orgullo de la calle Buenaventura y que ahora tiene el brillo cansado de las cosas que se limpian mucho y no se cambian nunca.

Aprieto un botón. La Faema tose. Aprieto otro y sale un chorro de vapor con una violencia completamente desproporcionada para lo que le he pedido, que era, básicamente, un café.

—Se calienta —dice el señor de la boina, sin levantar la vista del periódico.

—Perdón, ¿cómo?

—Que se calienta. Cuarenta minutos. Tu tía la encendía antes de subir la persiana.

Cuarenta minutos. Nadie me ha dicho lo de los cuarenta minutos.

En la carpeta que me dio el notario venía el título de propiedad, el certificado de defunción, el contrato de la chica de las tardes, tres pólizas de seguros y una cláusula que me ha traído hasta aquí como quien lleva un burro por el ronzal.

No venía lo de los cuarenta minutos. Lo de los cuarenta minutos viene en un hombre de ochenta y tantos años que se lo sabe porque lleva media vida sentado en esa mesa mirando cómo lo hacía otra persona.

Le sirvo lo que sale. Es un líquido oscuro, tibio, con una espuma que se disuelve mientras lo llevo en la mano, en una taza blanca de las de la balda de abajo. Lo dejo delante de él con toda la dignidad de la que soy capaz, que a estas alturas de la mañana no es mucha.

El señor de la boina mira la taza. Luego me mira a mí. Luego vuelve a mirar la taza, con una paciencia que me está poniendo de los nervios.

—Amparo lo servía en vaso —dice—. Y el vaso, calentado antes.

—Ya.

—Y la cucharilla dentro.

—Ya.

—No te lo digo por incordiar.

—No, no. Se le nota.

Se bebe el cortado entero. Cada sorbo es un pequeño acto de caridad y los dos lo sabemos. Cuando termina, deja la taza en el platillo, la gira un poco para que el asa quede a la derecha —una manía suya, deduzco, o de toda su generación—, y se levanta.

—Fermín —dice, tendiéndome la mano por encima del mármol—. Setenta céntimos.

—¿Setenta?

—Es lo que vale.

—Eso valía en dos mil ocho, don Fermín.

—Fermín. Y es lo que vale.

Le cobro setenta céntimos. Es mi primera decisión empresarial en veinte años de vida laboral en la que nadie me ha enseñado a llevar un bar, y consiste en perder dinero delante de un señor con boina a las nueve menos cuarto de la mañana.

* * *

Aquí es donde debería explicar qué hago yo detrás de esta barra, y lo voy a hacer rápido, porque si me paro me da algo.

Mi tía Amparo se murió en septiembre. En el testamento, entre el piso —que se lo deja a una fundación de perros, cosa que a mi madre le sentó como una patada— y unas participaciones de una cooperativa que ya no existe, hay un párrafo escrito por un notario que trabajaba, evidentemente, al dictado de una mujer que se aburría muchísimo.

El párrafo dice que La Castañera es para mí.

Y que puedo hacer con ella lo que me dé la gana: venderla, cerrarla, prenderle fuego si me apetece. Con una condición.

Veintiún días.

Veintiún días abriendo cada mañana a las siete y media y cerrando cada noche a las nueve, con la caja hecha y la persiana bajada.

Si el día veintidós sigo queriendo venderla, la vendo, y nadie tiene nada que objetar.

Si me salto un solo día, la cafetería pasa íntegra a la misma fundación de los perros, que a este paso va a tener más patrimonio que el Banco de España.

El notario leyó el párrafo con esa cara de mármol que ponen ellos, y luego levantó la vista y dijo: «Su tía insistió mucho en la palabra “regentar”».

Y yo pensé: pues muy bien. Veintiún días.

Tengo cuarenta y dos de excedencia pactada con la agencia, un ascenso pendiente que llevo dos años persiguiendo, un piso de alquiler en Vallehermoso con un ascensor que funciona, y ninguna intención de quedarme a envejecer detrás de un mármol en el barrio del que tardé veinticuatro años en salir.

Veintiún días. Sale a un día por cada año que tardé.

Mi madre no ha llamado desde la lectura. Le he dejado dos mensajes. El segundo, ayer por la noche, con esa voz mía de reunión de trabajo que pongo cuando algo me importa y no quiero que se me note por teléfono.

* * *

A las diez menos cuarto entran las hermanas Bermejo, y entran como entra el agua en una casa vieja: por su sitio de siempre y sin pedir permiso.

Van del brazo. Una lleva un carro de la compra vacío y la otra un bolso que podría contener un cadáver pequeño.

Se sientan en la mesa tres sin mirarla, del mismo modo que uno no mira la escalera de su casa.

—Buenos días.

—Buenos días —digo yo—. ¿Qué les pongo?

Silencio. Se miran.

—Lo de siempre.

Espero. Como no llega nada más, insisto, con la libreta en la mano, muy profesional.

—¿Que es...?

—Anda.

—Es la sobrina.

—Ya sé que es la sobrina, si tiene la misma nariz.

—La nariz es de la madre.

—La nariz es de la abuela, que en paz descanse, y la madre también la tiene, hija, no me discutas la nariz.

—Perdón —digo—. Lo de siempre, ¿qué es exactamente?

Y entonces las dos me miran a la vez, con una lástima tan sincera que me dan ganas de sentarme en el suelo.

—Un descafeinado de máquina en vaso, muy corto, con la leche templada, no caliente, templada. Y un manchado con sacarina, no con azúcar, que ella dice que con azúcar pero es con sacarina.

—Eso lo dije una vez.

—Lo dices siempre.

Lo apunto todo. Lo apunto entero, palabra por palabra, incluida la discusión, porque tengo la sensación de que la discusión también forma parte del pedido.

Tardo once minutos en sacar dos cafés. Once.

Cronometrados, porque tengo el móvil en la barra y he mirado la hora al empezar por pura vergüenza profesional.

En mi otra vida, la que tengo suspendida, monto cenas de gala para doscientas personas con un margen de error de noventa segundos.

Aquí soy incapaz de calentar leche sin que parezca que estoy soldando algo.

Cuando les llevo los vasos, ninguna de las dos comenta nada. Y eso, empiezo a intuir, es lo más parecido a un aprobado que va a darme este barrio en toda la semana.

* * *

Nadia llega a las once y media con una bolsa de tela, unas zapatillas negras en la mano y cara de quien ya se ha hecho a la idea de todo esto.

—Tú eres Lola.

—Y tú eres...

—Nadia. Tardes. Llevo aquí tres años. —Deja la bolsa detrás de la barra, en un hueco que ni siquiera he visto todavía, y se cambia de zapatillas apoyada en la nevera—. Amparo me dijo en agosto que ibas a venir tú.

Aguanto el trapo en la mano.

—¿En agosto?

—En agosto.

—Mi tía se murió el catorce de septiembre.

—Ya. —Se ata el cordón. No levanta la cabeza—. Pero te digo lo que me dijo. Que ibas a venir tú y que no te dejara tocar el molino.

—¿El molino?

—El molino. —Ahora sí me mira, y hay algo en su cara que no es antipatía, que es más bien el cansancio de tener que explicar por dónde se sale de un incendio—.

Está regulado desde hace años. Como lo toques, en tres días te salen todos los cafés amargos y nadie sabe por qué, y para cuando te des cuenta ya has perdido a la mitad del turno de la mañana.

Cambia el precio del cortado si quieres, pero el molino no.

—El cortado ya me lo han puesto en setenta céntimos.

—Ah, Fermín.

—Fermín.

—Setenta se lo cobraba tu tía desde que se quedó viudo. —Se pone el delantal, dos vueltas al cordón y un nudo por delante que le sale sin mirar—. Un mes entero le fio los cafés. Nunca se lo dijo a nadie, se lo dijo él a todo el mundo. Y desde entonces, setenta.

—Ya. Vale.

—¿Empezamos por las comandas o por la caja?

—Por las comandas —digo, con una firmeza absolutamente falsa—. Y luego por la caja.

Empezamos por la caja, claro. La caja es una registradora de teclas duras que suena como una máquina de escribir enfadada y que hay que arquear con un procedimiento de cinco pasos que Nadia me enseña dos veces y que yo apunto en el móvil como si fueran las últimas voluntades de alguien.

En el cajón, debajo del compartimento de las monedas, hay una foto pegada con celo.

Blanco y negro, torcida, con el celo amarillo de puro viejo.

Mi tía a los veinticinco años, delante de esta misma barra, el día que abrió. Detrás de ella se ve el rótulo antiguo a través del cristal, del revés. Está riéndose de algo que pasó fuera del encuadre, y tiene una mano levantada, borrosa, como si estuviera espantando al fotógrafo.

—Esa lleva ahí desde que yo entré —dice Nadia.

—Ya.

—¿La quitamos?

—No.

Lo digo demasiado deprisa. Nadia no dice nada, que es justo lo que necesito que haga, y cierro el cajón con la cadera.

* * *

Las Bermejo se van a la una menos cuarto, después de estirar dos cafés tres horas y cuarto, que es una marca que pienso vigilar de cerca. Recogen el carro, se colocan la una a la otra el cuello del abrigo, y cuando ya están en la puerta, la del bolso grande se vuelve.

—Oye, guapa.

—Dígame.

—Que no te lo tomes a mal.

—A ver.

—¿Tu madre va a venir?