Tres reglas (Amor en la ciudad nº 3) Brianna
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Brianna

Algo explota al otro lado de la ventana antes de que salga el sol: tres estruendos seguidos, lo bastante cerca para hacer vibrar las contraventanas.

Estoy al otro lado de la cama antes de despertarme.

No lo decido. Un segundo antes estoy dormida, de lado, en mi mitad de la sábana, y al siguiente estoy encima de Simon, con los dos puños agarrados a la pechera de su camiseta, la cara hundida en su cuello y una rodilla en un sitio donde no la he puesto a propósito.

Cuatro estruendos más. Luego un quinto, más lejano, que retumba cuesta abajo.

Debajo de mí, Simon se ríe. Lo noto antes de oírlo: el pecho le tiembla bajo mis manos.

—Fuegos artificiales —dice con la voz pastosa de sueño—. Es el santo de alguien. Los tiran todas las mañanas que hay uno, que son casi todas.

—¿A las cinco de la mañana?

—A los santos les gusta a esa hora.

Levanto la cabeza. Tiene la cara justo ahí, arrugada y sin afeitar, con el pelo aplastado de un lado por la almohada. Tiene los ojos medio abiertos, oscuros en la luz gris que entra por las contraventanas, y no hace el menor amago de salir de debajo de mí.

Entonces me doy cuenta de dónde tengo la rodilla. Más concretamente, de qué hay justo al lado de la rodilla, y de que está completamente despierto, aunque él todavía no del todo.

—Oh.

—Sí —dice, sin moverse en absoluto.

Me quito de encima tan deprisa que casi me caigo de la cama. Me quedo boca arriba en mi lado, mirando las vigas del techo con la cara ardiendo, mientras él, a mi lado, suelta el aire despacio por la nariz.

—Voy a nadar —dice, y se levanta.

Hay una piscina en la terraza de abajo, detrás de la cocina.

Me entero diez minutos después, de pie junto a la ventana, con mi camiseta de los Steelers y la contraventana entreabierta.

Es más o menos del tamaño de mi cuarto de baño de casa, está revestida de azulejos azules y desprende vapor en el aire frío de la mañana.

Simon está dentro. Lleva un bañador negro y el tapón en el oído derecho, y nada largos de cuatro brazadas.

Toca la pared, gira bajo el agua y vuelve en dirección contraria, y los hombros le salen mojados, relucientes cada vez.

Lo veo hacer unos treinta. No sé por qué los cuento. Me obligo a cerrar la contraventana.

El desayuno es en el patio. Lupe saca chilaquiles: totopos ablandados en salsa roja, con crema y un huevo frito encima.

El café llega en una olla de barro y sabe a canela con azúcar moreno.

Me como todo lo que me pone delante, porque está en la lista y también porque es lo mejor que he comido nunca en una mesa.

Walter se sienta en un extremo con su crucigrama. Yo me siento enfrente de él. No lo miro.

Aguanta unos quince minutos. Luego deja el bolígrafo.

—Parte de una cerradura —dice, sin levantar la vista—. Cinco letras.

Todos los de la mesa dejan de comer. Allison incluso suelta el tenedor.

—¿Empieza por alguna letra?

—Por la «t».

—Traba.

La escribe con bolígrafo, sin darme las gracias. Luego me desliza la mermelada por la mesa, que, según me cuenta Simon más tarde, es lo más amable que su padre ha hecho por un desconocido en unos diez años.

Diane sale de su estudio con un pincel detrás de la oreja y pintura en la muñeca. Nos echa un vistazo y señala la puerta de la calle.

—Simon, llévala al centro. Enséñale algo que no sea mi cocina. —Me besa en la coronilla al pasar—. Whitney, Allison, os he reservado el spa esta mañana para que dejéis de pelearos por la hamaca.

Whitney me mira desde el otro lado de la mesa. Sonríe, pero la sonrisa no le llega a los ojos.

—Pásalo bien.

Llevo el vestido blanco de verano y las sandalias de tacón bajo, porque quiero estar guapa caminando a su lado. No tardo ni una manzana en entender que ha sido un error.

Las calles de San Miguel están hechas de piedras redondas clavadas de canto en el suelo, de todos los tamaños, pulidas y resbaladizas por trescientos años de gente pisándolas.

La calle que va de la casa de Diane al centro baja recta por la cuesta.

A la tercera piedra el tacón se me va de lado y me agarro a lo primero que pillo: el brazo de Simon.

No se ríe, cosa que le agradezco. Solo me pone la mano en el codo y la deja ahí.

Al final de la cuesta hay una mujer sentada en una manta, apoyada contra una pared, con sandalias de cuero puestas en filas delante de ella, de las bajas, tejidas con tiras.

Simon le dice algo en español. Ella me mira los pies, luego los tacones, después niega con la cabeza y levanta un par de mi número.

Apoyo la mano en el hombro de Simon para no perder el equilibrio y me cambio de zapatos allí mismo, en la acera, primero un pie y luego el otro.

Tiene el hombro duro y caliente debajo de la camisa.

Aguanta completamente quieto, mirando hacia abajo.

Cuando levanto la vista, está observando cómo mi pie desnudo se desliza dentro de la sandalia nueva.

Le paga antes de que yo pueda sacar la cartera.

—Regla número dos.

—Los zapatos son equipamiento. —Me coge los tacones y los lleva de las tiras el resto del día.

El Jardín es una plaza llena de árboles recortados en cuadrado por arriba, como mesas verdes, con bancos de hierro debajo llenos de viejos que leen el periódico.

La Parroquia se alza al otro lado, toda de piedra rosa, subiendo y subiendo hasta acabar en picos, como si alguien la hubiera hecho con arena mojada.

Las campanas empiezan a repicar allí arriba mientras estoy con la cabeza echada hacia atrás.

Entonces veo las puertas y me olvido de la iglesia.

Cada puerta de este pueblo es de un color distinto, y casi todas tienen una aldaba con forma de mano pequeña.

Es una mano de mujer, fundida en bronce o en hierro, con un anillo en un dedo y una bolita entre los dedos.

Algunas brillan por el uso. Otras están verdes por los años.

Le hago una foto a todas y cada una de las que pasamos.

—Hay miles —dice Simon después de unas cuarenta.

—Entonces voy a necesitar un móvil más grande.

No intenta darme prisa. Cuando me paro, él se para. Cuando me agacho a mirar un ojo de cerradura, se queda de pie encima de mí en la acera, con mis zapatos en una mano, tapándome el sol para que pueda ver.

La herrería está en una bocacalle más abajo del mercado, al final de unos escalones de piedra. La oigo antes de verla: un martillo que repica contra el metal, constante como un reloj.

Toda la fachada del taller está abierta a la calle.

Dentro está oscuro y hace calor, con las paredes negras por cien años de humo y un fuego de carbón que brilla naranja en una fragua de ladrillo al fondo.

Junto al yunque hay un anciano con delantal de cuero, bigote blanco y antebrazos como sogas que gira algo al rojo vivo con unas tenazas, lo golpea, lo gira, lo golpea.

Por todas las paredes cuelgan llaves de hierro de unos clavos.

Hay cientos; las grandes son tan largas como mi mano, negras y pesadas, y no hay dos iguales.

Me detengo en la entrada y Simon choca de lleno contra mi espalda.

—Don Aurelio —dice por encima de mi hombro.

El anciano alza la vista y se le dibuja una sonrisa de oreja a oreja.

Deja el martillo, rodea el yunque y abraza a Simon, le da tres palmadas en la espalda y le dice un montón de cosas a toda velocidad.

Simon le responde sonriendo y luego se vuelve para decir algo en lo que aparece mi nombre.

Don Aurelio me mira. Yo ya estoy mirando la cerradura que tiene sobre el banco de trabajo.

Es una cerradura de caja de hierro, como la de la puerta de Diane, pero más vieja y más tosca, con el óxido desconchándose en las esquinas. El ojo es una ranura oscura del tamaño de mi dedo meñique.

—Pregúntale cuántos años tiene —digo.

Simon se lo pregunta. El anciano responde en un español largo y cadencioso que no consigo seguir.

—Doscientos años —dice Simon—. Dice que salió de la puerta de una iglesia de Dolores. Hace mucho que perdió la llave.

—Pregúntale si puedo probar.

Simon me mira. Después se lo pregunta. Don Aurelio suelta una carcajada enorme y jadeante y hace un gesto hacia la cerradura, como diciendo: «Adelante, señorita, es toda suya».

Saco la tarjeta de ganzúas de la parte de atrás de la funda del móvil y le arranco las dos herramientas: la ganzúa y la llave de tensión.

La cerradura vieja es todo guardas, sin pitones, de las que se hacían para dejar fuera a quien no tuviera la llave con la forma correcta.

No hay que hacer filigranas. Hay que notar dónde está el hierro en la oscuridad y rodearlo.

Meto la llave de tensión por la parte baja del ojo, deslizo la ganzúa por encima y cierro los ojos.

Tardo un minuto y medio. El pestillo retrocede con un chirrido que suena a cincuenta años sin moverse.

Don Aurelio se queda mirando la cerradura. Luego golpea el banco de trabajo con la mano abierta, tan fuerte que las herramientas saltan, y suelta una andanada de español tan alta que un hombre que pasa por la calle se detiene a mirar dentro.

Después se vuelve hacia Simon, me señala con las tenazas y le hace una pregunta.

—¿Es tu esposa?

Esa sí la entiendo. Estudié dos años de español en el instituto y conozco la palabra esposa.

Simon me mira antes de responder. Solo es un segundo, pero lo veo. Después le contesta al anciano en español, una frase entera y larga, en voz baja y tranquila. Don Aurelio se ríe hasta que tiene que agarrarse al yunque.

El anciano levanta el brazo hacia la pared y descuelga una llave.

Es de hierro, negra, tan larga como la palma de mi mano, con una anilla redonda arriba y el extremo de la hoja recortado como un banderín, igual que una corona pequeña.

Se acerca, me coge la mano, me la vuelve con la palma hacia arriba y deja la llave en ella.

Después me cierra los dedos sobre ella con los suyos, callosos, y los mantiene apretados mientras me habla directamente, despacio, mirándome a los ojos.

Miro a Simon.

—Dice que es para la buena suerte —me dice Simon.