Tres reglas (Amor en la ciudad nº 3) Brianna #2
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Brianna #2

Está de pie en el callejón, bajo la única farola. Se ha cambiado el traje por unos vaqueros y una chaqueta oscura. Lleva una carpeta apretada contra el pecho, y no es una carpeta fina. Es tan gruesa como una guía telefónica.

—¿Qué es eso?

—Mío —dice.

—¿Tu qué?

—Mi expediente. Dale lo ha hecho esta noche. No le ha hecho ninguna gracia. Le dije que buscara todo lo que encontraría sobre un desconocido y después todo lo que encontraría si me odiara. —Me lo pasa por la rendija de la puerta—. La última página la he escrito yo.

Lo miro a él y después miro la carpeta, que lleva su nombre mecanografiado en una etiqueta en la portada: Pryor, Simon A.

Quito la cadena de la puerta.

Nos quedamos de pie en la trastienda, con la lámpara del banco de trabajo encendida. Él se apoya en la pared, junto a la máquina de hacer llaves. Abro la carpeta bajo la luz y la leo de pie, porque estoy demasiado enfadada para sentarme.

Está todo ahí. Simon Arthur Pryor. Treinta y seis años.

Nació en el Magee-Womens Hospital, tres kilos seiscientos exactos.

Hay una página sobre la empresa con un número tan largo que tengo que contar los ceros con la punta del bolígrafo.

Suelto una carcajada, una sola, en el silencio de la tienda.

Él ni siquiera parece avergonzado. Hay un arresto de cuando tenía diecinueve años, con el expediente sellado, por una pelea en Carson Street.

Un hombre le puso las manos encima a su hermana a la salida de un bar y Simon le rompió la nariz.

Ahí está su primer coche, un Volvo familiar del noventa y ocho que fue de su abuela.

Es alérgico a la penicilina. Hay una página en la que solo figuran el nombre de Whitney y las fechas: dos años, casi día por día.

Luego llego a la última página y no está escrita a máquina.

Es su letra, pequeña, inclinada y muy pulcra, en tinta azul sobre una hoja de papel normal.

Soy sordo del oído izquierdo. Me pasó a los ocho años, por una meningitis.

Mi familia lo sabe. Nadie más. Whitney no.

Pongo a la gente a mi derecha para no tener que pedirles que repitan lo que han dicho, porque odio decir «¿qué?

» más que casi cualquier otra cosa. Nado con un tapón en el oído derecho porque es el único que tengo.

Creo que ya te has dado cuenta, así que es justo que sepas el motivo.

Lo leo y luego me quedo ahí de pie, con la mano sobre la página.

El porche. Él agachándose a mi izquierda, y no donde había estado de pie. La cocina, la acera, la máquina de hacer llaves; cada vez, siempre, se movía para que yo acabara del mismo lado de él. Pensé que era cosa de ricos. Pensé que simplemente le gustaba ponerse donde le daba la gana.

Cierro la carpeta. Luego rodeo el extremo del banco de trabajo, paso junto a él y me coloco a su derecha, tan cerca que mi hombro le roza el brazo.

—¿Así está mejor? —pregunto.

Gira la cabeza y tiene la cara justo ahí, a unos centímetros de la mía, y la lámpara le ilumina un lado. De cerca sus ojos son más oscuros de lo que pensaba. Tiene una pequeña arruga entre las cejas que solo le he visto cuando le da vueltas a algo.

—Sí —dice en voz baja.

—¿Whitney nunca te lo preguntó? ¿En dos años?

—Pensaba que me gustaba sentarme en el lado izquierdo del reservado.

—Yo pensaba que eras raro con el sitio donde te colocabas.

—Lo soy. —Mueve la boca, casi una sonrisa—. Ahora ya sabes por qué.

Doy un golpecito con la punta del dedo en la etiqueta de la carpeta, su nombre escrito a máquina en mayúsculas.

—Son muchas páginas para decir «lo siento».

—Lo siento de verdad. —No aparta el hombro del mío—. No se lo pedí a Dale por el avión. Se lo pedí porque quería saberlo todo de ti y era la manera más rápida que tenía.

—Hay una manera más lenta. —Le doy un golpecito en el pecho con la carpeta—. Tú preguntas, yo respondo y eso lleva años.

Me sostiene la mirada y, durante un segundo, ninguno de los dos dice nada. Al otro lado de la cortina oigo el tictac del viejo reloj que cuelga sobre la caja, en la parte de delante.

—Regla cinco —digo—. No más expedientes.

—Hecho.

—Y destruyes el mío.

—Esta noche.

—Vale. —Suelto el aire—. Entonces el trato sigue en pie.

Saca un talonario de cheques del bolsillo de la chaqueta, un talonario de papel de los de verdad, y vuelvo a reírme de él, porque no he visto en mi vida a un hombre de menos de sesenta años extender un cheque. Se inclina sobre el banco de trabajo, bajo la lámpara, y lo rellena.

—Ocho mil —dice.

—Siete mil novecientos veinte.

Levanta la vista hacia mí.

—Cuatro días, doce horas, ciento sesenta y cinco la hora —le digo—. Esa es la cifra. No redondeo.

Escribe las palabras con esa misma letra pequeña: Siete mil novecientos veinte y 00/100.

Después lo firma y lo arranca. Lo doblo por la mitad y lo meto dentro de la tapa de mi agenda, que sigue en el banco, donde la dejé esta mañana.

No voy a cobrarlo hasta que estemos de vuelta en casa.

Papá también tiene una regla para eso, la más antigua de todas: nunca se acepta dinero por un trabajo que todavía no has hecho.

Lo acompaño hasta la puerta trasera, yo a su derecha. En el umbral se detiene y se vuelve. Tengo que alzar la vista para mirarlo, porque en calcetines es mucho más alto que yo.

—Buenas noches, Brianna —dice.

Me pongo de puntillas y se la digo pegada al oído bueno, bajito, para que no se le escape.

—Buenas noches, Simon.

Alza la mano hacia mi cintura. Se queda a un centímetro y vuelve a caer a su costado. Baja el escalón al callejón, se mete en el Volvo y sale marcha atrás despacio.

Cierro la puerta con llave. Arriba saco la bolsa de viaje de debajo de la cama y empiezo a hacer el equipaje: el vestido color óxido, el blanco, el vestido verde de Monica, las sandalias, el bañador negro con las etiquetas todavía puestas.

Lo último, saco el pasaporte del cajón de la mesilla y lo meto en el bolsillo interior de la bolsa.

Todavía conserva el doblez del sobre en el que llegó.