Tres reglas (Amor en la ciudad nº 3) Simon #2
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Simon #2

—Vale. Enciéndela. Después empuja el carro para que el original se apoye en la guía y desplázalo despacio.

La máquina arranca con un zumbido. Empujo el carro y el latón choca con la rueda con un chillido agudo.

Un fino polvo dorado salta sobre el banco y el dorso de mis manos.

Lo desplazo más despacio que despacio. Cuando el motor se va apagando, saco la llave nueva de la mordaza y la sostengo junto a la suya.

Está mal. Hasta yo veo que está mal. Los cortes tienen la forma correcta, pero todos están demasiado desplazados hacia la punta.

—El hombro —dice, sin acritud.

—Coinciden.

—A simple vista. Házlo con los dedos. —Coge otra pieza en bruto de la pared y me la da—. Papá, eso es un dólar y medio.

—Lo he oído —dice Gene desde la tienda.

La segunda la aprieto demasiado y la hoja se dobla un poco en la mordaza. Ella se ríe de mí, y descubro que no me molesta en absoluto.

Con la tercera se pone detrás de mí, muy cerca, y me cubre la mano con la suya sobre el carro.

Tiene la palma caliente y áspera en la base de los dedos.

Tiene el cuerpo pegado a mi espalda, a través del jersey, la barbilla casi a la altura de mi hombro, y cuando habla me habla justo al oído bueno sin saberlo.

—Siente cómo toca —dice—. No lo mires. Siente que el original toca primero la guía y entonces avanza.

Siento el contacto. Avanzo. Su mano se mueve con la mía a lo largo del corte, firme, y no la retira cuando el motor se va apagando. Ninguno de los dos se mueve durante un segundo. Noto su respiración contra mi brazo.

Luego da un paso atrás, saca la llave de la mordaza y le sopla el polvo de latón de un soplido corto. Se acerca a una cerradura de prácticas atornillada a la pared, junto al panel de herramientas, mete la llave y la gira.

Se abre.

—Mira eso —dice, y se vuelve levantándola, con una sonrisa de oreja a oreja y polvo dorado en las yemas de los dedos—. Has hecho una llave.

Hace cuatro años me senté a la cabecera de una mesa de juntas y les dije a nueve personas que iba a dejar de fabricar la cerradura de mi abuelo sin que se me alterara el pulso ni una vez.

Ahora estoy en la trastienda de una cerrajería de Bloomfield, con polvo de latón en las manos y orgulloso de una llave de treinta centavos. Es patético. Me da igual.

—Las reglas dos a cuatro —digo— se dicen en un bar.

El bar está dos manzanas más abajo, en Liberty: un local estrecho que se llama Lou’s, con techo de hojalata prensada, una gramola que nadie toca y un partido de los Penguins en silencio sobre la caja registradora.

Pide una Iron City y un plato de pierogis sin mirar la carta.

Yo pido lo mismo, porque quiero ver qué le gusta.

Nos ponemos en un reservado del fondo. Me siento yo primero y espero a ver qué lado elige. Se sienta enfrente de mí, justo donde puedo oírla. Los pierogis llegan fritos en mantequilla, con un montón de cebolla por encima. Se come dos antes de decir nada.

—Regla dos —dice—. La ropa me la compro yo y nadie más.

—Whitney llevará tres conjuntos al día.

—Entonces yo llevaré dos, y serán monos. —Me señala con el tenedor—. Lo digo en serio. Si me encuentro un vestido encima de la cama con las etiquetas puestas, cojo un avión y me vuelvo a casa.

—Vale.

—Regla tres. No nos besamos en la boca a menos que haya alguien mirando. En la mejilla sí. En la mano también. La mano en la espalda, también. Más abajo, no.

—¿Cuánto más abajo?

—Sabes de sobra cuánto más abajo. —No se ruboriza.

Da un trago a la cerveza y me sostiene la mirada por encima de la botella—.

Regla cuatro. No me mientas. Voy a mentir a toda tu familia durante cuatro días, y se me va a dar bien, ya lo he decidido.

Pero entre nosotros no hay mentiras. Si pasa algo, me lo cuentas. Si estoy metiendo la pata, me lo dices.

El sobre de mi guantera está a dos manzanas de aquí, bajo llave, donde lo dejé.

—Vale —digo.

—Dilo como una persona.

—No te mentiré.

Me estudia la cara un segundo. Luego asiente, satisfecha, y me roba el último pierogi del plato.

Montamos la historia. Nos conocimos cuando vino a echar un vistazo a mis cerraduras, que es verdad, solo que lo situamos un mes antes.

Le pedí que se quedara a tomar una cerveza, que no es verdad, pero ella dice que debería haberlo hecho.

Llevamos un mes, lo que me hace parecer rápido, porque por entonces Whitney solo llevaba dos semanas fuera, y Brianna dice que da igual, que ir deprisa resulta creíble.

Nadie se inventa algo que lo deje en mal lugar.

Luego me pone a prueba. Me pregunta qué desayuno. Le digo que huevos, y lo apunta en una servilleta como si fuera a salir en un examen. Me pregunta qué pinta mi madre.

—Óleos —le digo—. Sobre todo el mismo naranjo, una y otra vez. Dice que todavía no ha conseguido pintarlo bien.

—¿Cuántas veces lo ha pintado?

—Unas cuarenta.

Se ríe y lo apunta también.

—Vale, te toca. Pregúntame algo que me vaya a preguntar tu madre.

Le pregunto dónde se crió y me dice que en el piso de encima de la tienda. Le pregunto por su familia.

—Somos mi padre y yo —dice—. Mi madre se marchó cuando yo tenía doce años.

Conoció en el casino a un hombre que vende piscinas y se mudaron a Tucson.

Casi todos los años me manda una tarjeta por mi cumpleaños.

Suele llegar tarde. —Se encoge de hombros—.

Esa es mi familia. No hace falta que pongas esa cara. Fue hace diecisiete años.

Sé que fue hace diecisiete años. Sé el apellido de casada de su madre y la calle donde vive en Tucson. Sé lo del hombre de la foto, con los ojos puestos en la cámara y no en ella.

—Lo siento —digo. Lo digo de verdad, y no basta.

—No lo sientas. Del trato me quedé con mi padre. Me enseñó a forzar una cerradura a los nueve años. —Rasca con la uña del pulgar la etiqueta de la botella—. Te toca. ¿Cuál es la verdadera historia con Whitney? No la versión que le cuentas a tu hermana.

Se lo cuento. Dos años; empezó en una fiesta en casa de mi hermana.

Le digo que Whitney quería un anillo y que yo seguía sin comprárselo.

Hace seis semanas se sentó a la mesa de mi cocina y me dijo que no iba a esperar a que yo decidiera si merecía la pena.

Después se marchó y esperó a que yo fuera tras ella.

—Y no fuiste.

—No.

—¿Por qué no?

Me lo he preguntado una o dos veces, sobre todo en el fondo de la piscina.

—No la echaba de menos —digo—. Esperaba y esperaba a que me pasara. No pasó nunca.

Me mira un rato desde el otro lado de la mesa, con la barbilla apoyada en la mano y la gramola encendida a su espalda. Luego asiente.

—Vale —dice—. Eso sí me lo creo.

La acompaño de vuelta a la tienda cuando acaba el partido. La campanilla de la puerta suena cuando abre con la llave; Gene ya se ha ido a casa y el televisor está apagado. Ella se queda en el umbral, con la llave todavía en la cerradura.

—Gracias por la cerveza —dice.

—Buenas noches, Brianna.

—Aún le debes a mi padre cuatro cincuenta por las llaves vírgenes.

—Ponlo en la factura.

Eso le arranca una sonrisa de verdad, de las que le llegan a los ojos. Luego entra y cierra la puerta. Oigo el cerrojo de mi abuelo encajar al otro lado del cristal.

Voy a medio camino del puente Liberty cuando el teléfono se ilumina en la consola. Es mi hermana.

—Whitney dice que tienes novia —dice Allison antes de que me dé tiempo a saludar—. Dice que es cerrajera.

—Es verdad.

—Mamá está encantada. Ya ha llamado dos veces a Lupe. —Oigo a su marido decir algo de fondo—. Tom te saluda. Mamá dice que os va a poner en la habitación azul.

La habitación azul está al final de la galería, sobre el patio. Tiene chimenea, contraventanas de madera y una cama de madera, maciza, que salió hace doscientos años de una hacienda a las afueras de Guanajuato.

El suelo es de baldosa de piedra. Ahí no va a dormir nadie.