Capítulo 10 Peggy
Nos pasamos mucho tiempo en la ducha. Cuando empecé a lavarla, Peg me quitó la toallita de la mano y la colgó en mi polla.
—Usa las manos, campeón —se rio—. Y tómate tu tiempo. Soy una chica muy sucia.
Y eso fue exactamente lo que hice, lavando cada centímetro cuadrado de su piel con amoroso cuidado.
—Jerry... —gemía. Sus manos se amasaban sus propios pechos, tentando sus pezones rígidamente erectos mientras su culo golpeaba contra mi entrepierna mientras yo le lavaba el coño chorreante por quinta vez aproximadamente.
Para cuando terminé con ella, era un desastre jadeante y tembloroso que hacía todo lo que se le ocurría para que yo la follara.
Pero yo era un cabrón de corazón duro. Me negué a darle lo que quería, haciéndola quedarse quieta mientras yo la secaba de pies a cabeza.
La llevé de vuelta al dormitorio y la observé mientras se subía a la cama y se tumbaba de espaldas.
Abrió las piernas y empezó a masturbarse, abusando groseramente de su clítoris mientras la mano libre pellizcaba y hacía rodar sus pezones.
Jadeaba, el labio inferior apresado entre los blancos dientes mientras luchaba por su orgasmo, retorciéndose en la cama delante de mí. Podía oler su excitación, y oír el húmedo sonido de sus dedos hundiéndose en su empapado coño.
Puse una rodilla en la cama y ella cerró las piernas, mirándome con ojos entornados de lujuria y sacudió la cabeza.
—Uh huh —gimió, sus dedos acelerándose en su coño—. Ahora no te necesito, campeón. —Arqueó la espalda y los ojos se le cerraron al aproximarse su orgasmo.
—¡Voy a correrme! —jadeó, la palma de su mano golpeando húmedamente contra su monte mientras se follaba con los dedos—. ¡Oh, joder! ¡Voy a correrme tan bien!
Me puse en la cama y ella rodó lejos de mí, tumbándose boca abajo —el culo levantado en el aire mientras sus dedos brillaban entrando y saliendo de su enrojecido coño—.
—¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! —cantaba, su cara empezando a ruborizarse mientras se masturbaba frenéticamente.
Escupí en mi polla y me uní a ella, masturbándome mientras la observaba, ordeñando un saludable pegote de presemen fuera de mi polla y extendiéndolo en mi rígida vara para lubricarme la mano.
—¡Oh, Dios! —gimió, observándome por entre los párpados entornados—. ¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios! ¡Me corro! ¡Me corroooo! —Apretó los dientes y llegó al orgasmo, el cuerpo entero retorciéndose mientras martilleaba los dedos en su chorreante coño.
—¡Oh, zorra caliente y follable! —gemí. Y entonces estaba detrás de ella. Me arrimé a las mejillas temblorosas de su culo y la tomé, clavándole la polla en su convulsionante coño hasta la raíz.
—¡Aaargh! —gritó—. ¡Oh, joder! ¡Sí! —La agarré de las caderas y empecé a follarla, clavándosela lo más fuerte que podía.
La sólida carne de su culo ondulaba y se sacudía mientras mi vientre la golpeaba —la cabeza abultada de mi polla presionándole el cérvix mientras la enterraba tan profundamente como podía en ella, una y otra vez—.
Gritó y se irguió frente a mí, corriéndose por segunda vez mientras la follaba.
Sus manos convulsivamente agarraban las sábanas mientras la clavaba, y activamente me follaba de vuelta —las caderas arremolinándose en pequeños círculos y enroscando su apretado coño arriba y abajo por mi polla—. Apretó los ojos fuertemente y jadeó:
—¡Me corro! ¡Ohh, joder, me estoy corriendo otra vez!
Gritó en el colchón mientras llegaba al orgasmo, los puños golpeando contra la cama mientras el clímax rugía por ella.
Su coño se cerró sobre mí, sus músculos ondeándose por toda mi longitud mientras yo seguía follándola.
Jadeó para recuperar el aliento mientras su orgasmo se desvanecía lentamente, y se habría derrumbado de no ser por mi agarre en sus caderas.
—¡Venga, Peg! —jadeé—. ¡Aún no he terminado contigo!
¡Mueve ese culo! —Gimió y se apoyó en los codos, la cabeza cayendo entre los hombros.
Y luego se arrastró hacia delante y se dio la vuelta, me empujó hacia abajo, pasó la pierna por encima de mí y se sentó en mi polla.
Suspiró al hundirse en mi rígida lanza, y mis ojos se cerraron mientras saboreaba la sensación de su caliente y apretado coño envainando mi turgentemente erecta polla.
—¡Oh, joder, eso es, nena! —gemí. Mis manos encontraron sus pechos, mis dedos se apretaron en sus pezones y tiraron de ellos, Peggy jadeaba mientras sus pechos se estiraban hacia afuera en gordos y abultados conos. Dejó que su cuerpo se hundiera contra el mío y nos besamos.
Gimió en mi boca mientras yo embestía hacia arriba en ella, y empezó a arremolinar el culo alrededor de la dura vara de mi polla, agitando su coño y restregando el cérvix contra la cabeza de mi polla.
Empezó a moverse más rápido, las caderas bailando sobre mí mientras trabajaba los músculos de su coño, apretando y masajeando mi gruesa polla enterrada hasta los huevos en su vientre.
—¡Oh, joder! —gemí, las manos en su revolviéndose culo, ahuecando las musculosas nalgas—. ¡Justo así, nena! —Jadeó y gimió mientras dos de mis dedos invadían su coño atestado, y volvió a jadear mientras los sacaba de su rebosante coño y los hundía en el esfínter.
Empujé contra mi polla a través de la delgada pared de su recto y empezó a cabalgar un poco más pesado contra su punto G. Gimoteó y luego se puso rígida al sentir mi polla deslizándose contra el sensible conjunto de nervios en su coñito.
—¡Voy a correrme! —jadeó con voz ronca—. ¡Cabrón! ¡Vas a hacerme correr otra vez!
Planté los pies en el colchón y me embestí aún más duro hacia arriba en su caliente y húmedo coño.
—¡Córrete para mí, Peg! —gruñí—. ¡Córrete para mí!
Gritó mientras rebotaba frenéticamente en el grueso tablón de mi polla —su orgasmo brotando como un géiser, los melosos jugos de su clímax empapando mi polla y mis huevos—. Su cuerpo se relajó despacio mientras su orgasmo se desvanecía y la besé apasionadamente, mi lengua bailando contra la suya.
Gimoteó mientras yo sacaba mi polla de su todavía tembloroso coño.
La puse a cuatro patas al borde de la cama, manejándola hasta tenerla en posición.
Se estremeció cuando mis manos se posaron en sus caderas y gritó cuando le hundí la polla, mis huevos golpeando su clítoris mientras llegaba al fondo de su empapado coño.
Volví a follarla, casi teniendo que prenderla al suelo mientras le hurgaba mi enorme polla en su calado y chorreante coño. Apreté la mandíbula mientras absorbía la visión enloquecedora de mi increíblemente sexy prima agachada frente a mí, la firme carne de su culo estremeciendo mientras la follaba.
Peggy gemía continuamente y jadeó fuerte mientras la jalé contra mí —su cabeza cayendo hacia atrás contra mi hombro mientras le clavaba la polla, llevándola literalmente despegada de la cama con la fuerza y el poder de esa embestida en su apretado canal—.
Y luego agarré sus muslos, y le abrí las piernas ampliamente y empecé a rebotarla, follándola tan profundamente como podía meterla. Su cabeza se echó hacia atrás en mi hombro mientras su orgasmo empezaba a construirse, y nos observamos follando en el espejo sobre mi cómoda.
Sus pechos botaban arriba y abajo al ritmo de mi rebote de ella, y sus manos aferraban convulsivamente el aire mientras su orgasmo la tomaba. Se convulsionó poderosamente en mis brazos —su apretado coño aferrándose y masajeándome mientras aullaba su placer en mi polla martilleante—.
Apenas podía sujetar a la mujer resbaladiza, empapada de sudor, mientras botaba contra mí, así que la tumbé boca abajo en el respaldo del sofá, la prendí al suelo con una mano en el centro de su espalda y volví a follarla.
Peg gritó mientras hurgaba en su magullada raja, enfundando mi dura polla profundamente en su vientre y hundiéndola en otro orgasmo titánico. Estaba empapada de sudor —habíamos estado follando durante más de veinte minutos— y estaba llegando al límite de su resistencia.
Se retorció débilmente debajo de mí mientras su orgasmo la sacudía. Su coño contrayéndose poderosamente en mi polla devastadora, y rugí mientras cedía al increíble aprieto y calor de su apretado pasaje, bombeando mi carga profundamente en su vientre.
El silencio descendió en la habitación al terminar lentamente nuestros orgasmos.
Mis rodillas golpearon contra la suave alfombra mientras me derrumbé de agotamiento.
Peggy gimió mientras mi polla se ablandaba y salía de su coño bien follado con un lascivo sonido, y rodó del respaldo del sofá, cayendo boca arriba en los suaves cojines, apenas capaz de moverse después de la paliza que yo le había dado.
Gimió al oírme arrastrarse por el sofá y sentir que le abría las flácidas piernas.
Gimió de nuevo mientras mi boca se anclaba a su coño, mis manos ahuecando su culo y levantándola a mi boca.
Se agitó débilmente en el sofá mientras mi lengua ensartaba su coño, y me sonreí a mí mismo mientras la voluptuosa joven se estremecía en otro orgasmo —su grito sin aliento desvaneciéndose mientras se convulsionaba en mi lengua—.
Peggy estaba en mi cama, durmiendo y recuperándose de nuestro atlético acoplamiento. Yo estaba sentado en la terraza exterior de mi dormitorio, viendo ponerse el sol y disfrutando de una copa y un cigarro, cuando Genie apareció de repente frente a mí.
Di un salto de sorpresa y apenas logré salvar mi copa de caerse al suelo.
—¡Joder, Genie! Avísame antes de... —Mi voz se fue apagando al ver su cara. No tenía buena pinta.
—Amo, ¿hiciste el amor con una Pixie mientras estabas en mi mundo?
—Sí —respondí con cautela—. Una cosita encantadora llamada Melody. ¿Por qué?
—¡Maldición! —dijo Genie, frunciendo el ceño. Eso me preocupó más que un poco. Nunca le había oído maldecir y parecía incluso más disgustada que antes.
—¿He... hecho algo mal?
—Sí —respondió, dirigiéndome una mirada preocupada—. Pero no es culpa tuya. Tendría que haberte avisado.
—¿Avisarme de qué? —pregunté—. Genie, ¿qué pasa? ¿Te he... metido en algún problema?