Tres deseos Capítulo 9 Melody #2
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Capítulo 9 Melody #2

Le clavé la polla chorreante de vuelta con una embestida implacable y la mantuve ahí mientras su coño intentaba aplastársela, su coño ondulándose en mi vara de la base a la punta, ordeñando mis huevos de cada gota de semen que tenía.

Me llevó varios minutos antes de poder apuntalarme sobre ella en los codos, mirando hacia abajo su impecable cara —sus ojos vacíos sin ver por un momento antes de enfocarse en mí—. Melody sonrió la sonrisa más deslumbrante que había visto y suspiró:

—¡Vuelve a hacerlo!

Caí de lado y luego me derrumbé de espaldas.

—¡Oh, Cristo! —jadeé—. ¿Qué intentas hacer, matarme?

—Ah, Melody, sabes que no es así, chica. —La voz llegó desde el sendero, y levanté la cabeza para ver quién era. Y luego deseé no haberlo hecho.

Había un Sátiro de pie al borde del claro, apoyado en un árbol y acariciando su muy erecto miembro.

Era una criatura grande, mitad hombre mitad cabra, con un impresionante par de cuernos brotando de la frente.

Era cabra de cintura para abajo, con la excepción de su polla, que era simplemente grande.

—Lo ha hecho muy bien para ser un humano, Sileno. ¡Déjalo en paz! —dijo Melody indignada.

—¿Qué sabrás tu, mi encantadora pequeña pixie? —se rio Sileno.

—Oh, cierra ese bocaza estúpido, y trae esa polla tuya aquí —ordenó Melody.

—No sin el permiso del amo Jerry —dijo Sileno. Me miró—. Si has terminado con Melody —dijo con un alegre guiño—, te pediría permiso para follármela.

—Yo creo que no tengo voz en el asunto. Haced lo que os plazca

—Eso haré. —Me miró lascivamente mientras le decía—: Gracias, amo Jerry.

—Hace mucho tiempo que no nos vemos, Sileno —dijo Melody mientras revoloteaba en el aire.

—Así ha sido, mi buena amiga voladora. —La alcanzó, cogiéndola con las manos alrededor de su cintura. Melody abrió las piernas y agarró sus tobillos, y luego gritó mientras Sileno la empalaba en su formidable polla, clavándosela en el coño hasta sus grandes y peludas pelotas.

—Mmm. Por todos los dioses del Olimpo, te pones más apretada cada vez, mi pequeña pixie puta —gimió Sileno.

—Cierra la boca, viejo cabrón, y fóllame —ronroneó Melody. Me miró—. Gracias, Jerry. Estuviste bastante bien, para ser un simple humano.

—Oh, bueno, gracias. Supongo —murmuré.

Los dos me ignoraron mientras empezaban a follar.

Me levanté y me vestí rápidamente, mirando de reojo a los dos seres follando como animales.

Melody colgaba flácida de sus manos, perdida en sus orgasmos, corriéndose tan fuerte que había un goteo constante de sus melosos aceites cayendo desde las pelotas de Sileno al suelo.

—Tiene razón, amigo Jerry —gruñó Sileno mientras yo empezaba a marcharme. Me miró—. Lo hiciste bien, para ser un hombre.

Asentí y terminé de abrocharme el cinturón, y me largué de allí, oyendo los gritos de placer de Melody casi todo el camino de vuelta a la casa.

En el camino de vuelta, medité sobre lo que había visto.

Había conocido a lo que siempre pensé que eran dos personajes de ficción: Ariel la sirena y Campanilla, a quienes yo creía que eran creaciones literarias y del cine.

También había conocido a un sátiro, y Genie hablaba de reunirse con Pan, un dios griego.

¿Significaba todo esto que todos nuestros mitos y leyendas eran verdad, que dioses y criaturas como los sátiros habían vivido una vez en la Tierra?

¿Significaba mi encuentro con Ariel y Campanilla que la teoría del Mundo como Mito de Heinlein tiene algo de verdad?

¿Se hacen reales las criaturas imaginadas simplemente porque las imaginamos?

¿Sigue Buck Rogers persiguiendo a su némesis la princesa Ardala de Draconia por toda su galaxia? ¿Está el capitán Kirk persiguiendo faldas en el siglo veintitrés? Era un pensamiento abrumador. Si todos eran reales...

Encontrarme con personajes de ficción me sacudió más de lo que quería admitir, incluso ante mí mismo.

Cambió mi visión del mundo con muy poco aviso previo y le quitó la gracia a mi visita aquí.

Quería volver a casa. Los seres humanos hemos creado algunos villanos muy peligrosos en nuestra ficción, y si existía un Universo que contuviera a los Borg, o al Imperio malvado de George Lucas... Me estremecí ante el pensamiento.

«¿Genie?» pensé.

«¿Sí, Amo?» dijo su voz en mi cabeza.

«Me gustaría volver a casa, por favor.»

«Como desees, Amo.»

El paisaje cambió de repente y estaba en casa, de pie en el salón del campamento. «Gracias», le pensé.

«De nada, Amo. ¿Necesitas algo ahora mismo?»

«No, gracias. Solo quería volver a casa.»

«Como desees, Amo.»

Deambulé hasta la cocina y cogí una botella de agua de la nevera y miré por la ventana.

El aparcamiento del campamento de mi hermano estaba vacío, así que deduje que no había nadie en casa, pero el coche de Peggy estaba en mi camino de entrada.

Volví al salón y salí al porche, y la localicé de pie al final del embarcadero, pescando.

Llevaba un diminuto bikini de hilo, y su cuerpo brillaba bajo el sol. Hacía calor fuera y estaba sudando. Descubrí que lo que quería en ese momento era compañía, así que fui a buscarle una botella de agua, cogí una caña de pescar y fui a reunirme con ella.

Peggy era buena medicina. Siempre sabía intuir cuando alguien quería hablar, o cuando simplemente no quería estar solo.

No me costó mucho superar mi bajón en su compañía.

Y tampoco venía mal que los peces picaran.

Pescamos durante más o menos media hora antes de que ella decidiera que estaba cogiendo demasiado sol.

Sacó un pez del sedal y lo devolvió al agua, y volvimos adentro caminando. Cerré la puerta y puse el aire acondicionado.

—Necesito una ducha —dijo Peg, arrugando la nariz—. Me huelo a mí misma.

—Hueles de maravilla —dije, sonriéndole—. Marinada a la perfección.

Me devolvió la sonrisa mientras desenganchaba el top y lo dejaba caer. Los pechos salieron rodando y se quitó los cordones de cada cadera y dejó caer el bajo.

—¿Me prestas la ducha? —preguntó, con los ojos posados en mi polla que empezaba a levantarse.

—¿Prestar? —bromeé—. ¿Cómo se devuelve una ducha?

—Hmm —dijo, cruzando los brazos, lo cual lucía de verdad sus pechos—. ¡Lo sé! ¡Deja que te lave! ¿Qué te parece como pago?

—¡Vaya! —dije arrastrando las palabras—. ¿Vas a usar mi ducha en mi campamento, y me toca hacer todo el trabajo a mí? ¡Qué trato!

—Sabes que hay un lago enorme ahí fuera —respondió con altanería—. En realidad no necesito tu ducha. Tómalo o déjalo.

—¿Qué te parece —dije—, si te tomo a ti a cambio? —Extendí la mano y la atraje hacia mí.

—Mmm —suspiró, pegándose contra mí—. Joder, cuánto has tardado. —Y entonces me besó.