Capítulo 7 Becky #6
Descubrí que no era inusual que una chica fuera sexualmente activa a los doce años. Puede que no estuvieran teniendo sexo vaginal, pero muchas chicas de esa edad repartían mamadas sin pensárselo dos veces, según Becky.
Becky había estado con Andy muchas veces después de su primer encuentro borracho; él fue el primero en comérsela hasta hacerla llegar al orgasmo y a partir de entonces ella había exigido equidad a sus novios.
Si querían una mamada de ella, tendrían que devolver el favor.
Al parecer, hay varios chicos por ahí que ahora son excelentes lamecoños, gracias a que Becky les enseñó cómo complacer a una chica de esa manera.
Yo había tenido razón sobre el montaje de las chicas. El padre de Becky había tenido que ir a trabajar esa mañana para ocuparse de algún tipo de emergencia, y su madre había decidido en el último momento visitar a su madre, a una hora de distancia.
Becky les había dicho a sus amigas que quería estar sola conmigo, aparentemente porque solo habíamos hecho el amor una vez, mientras que Terri me había tenido varias veces toda la noche y Henderson me había tenido toda una tarde.
Supongo que debería haberme sentido un poco usado, pero para ser honesto, si Becky y sus sexis amiguitas querían pasarme de una a otra entre ellas, no iba a protestar.
Después de todo, ¿cuántos tíos de mi edad están consiguiendo toda esta jugosa carne joven?
Amarramos en el embarcadero justo a tiempo para una cena tardía con los padres de Becky y dos horas después me arrastré a casa y me quedé dormido en el sofá viendo la televisión.
Peggy no estaba y no me había dejado ninguna nota, así que no sabía si iba a volver esa noche.
Me desperté alrededor de medianoche y me fui a la cama, solo.
Genie no salió de su botella a verme y yo no la llamé. Me dormí pensando que quería integrar más plenamente a Genie en mi vida, y darle más vida en el mundo real mientras estábamos en ello. La idea de que pasara tanto tiempo sola me ofendía, y esa noche decidí cambiar las cosas un poco.
Me dormí sonriendo.
Me desperté temprano y despejado en una hermosa mañana de domingo para descubrir que Peggy compartía de nuevo mi cama.
Esto se estaba convirtiendo en un hábito, y aunque no me importaba demasiado, empezaba a preguntarme sobre ella.
Era una mujer atractiva, inteligente, vivaz, con un cuerpo de quitar el hipo.
¿Por qué no podía encontrar un novio y conservarlo?
Eché hacia atrás la sábana y contemplé pensativamente el cuerpo dormido de la mujer.
Estaba desparramada de espaldas, los pechos subiéndole y bajándole despacio al respirar.
Había suficiente luz del día para ver el fino dibujo azul de las venas en la piel blanca de sus pesados pechos.
Podía oler su perfume y su leve y fresco aroma le iba bien, pensé: realzaba su olor natural en lugar de ocultarlo.
Sentí cómo se me movía la polla al mirarla y sonreí.
Desde que Genie me había restaurado la forma física, a los cincuenta y tres años podía empalmárseme tan fácilmente como a los dieciséis.
Y todavía no había descubierto los límites de mi resistencia.
Curiosamente, ninguna de las mujeres con las que me he acostado últimamente lo ha cuestionado.
Becky, Terri y Henderson todo lo que podían comparar conmigo eran chicos adolescentes con pollas de gatillo fácil.
Pero Peggy era otra historia. Había tenido al menos tres amantes de larga duración que yo supiera y probablemente se estaría preguntando cómo el dulce primo Jerry se las arreglaba para mantenerla dura toda la noche.
Probablemente piense que uso Viagra o algo así, decidí.
«¿Genie?» Intenté susurrar mentalmente. Si estaba durmiendo, no quería despertarla.
«Estoy aquí, Amo», llegó la respuesta en mi cabeza. «¿En qué puedo servirte?»
«¿Sabes por qué está Peggy aquí otra vez?»
«No quería volver a su apartamento vacío», dijo Genie. «Está sola.»
«¿O sea que no está aquí por el sexo?» pregunté.
«No, Amo, aunque no se opondría a él», dijo Genie. «Su apetito sexual siempre está cerca de la superficie, especialmente si es contigo.»
«De acuerdo, Genie, gracias.» Fruncí el ceño.
No me gustaba la idea de que Peggy viniera aquí en lugar de salir a socializar.
Era una joven enormemente atractiva; debería estar teniendo vida social, no rondando por aquí.
Por otro lado, había muy pocos sitios a los que ir y socializar a las dos de la madrugada cuando los bares han cerrado.
Me encogí de hombros mentalmente y aparté su vida social de mi mente, por ahora.
Bajé a la cocina después de ducharme y afeitarme, y encontré a Genie allí, como ya esperaba, con otro desayuno espléndido esperándome.
—Tú —le dije—, vas a malcriarme.
—Para eso estoy —dijo, sonriéndome.
—¿Qué planes tienes para hoy? —le pregunté mientras atacaba el estupendo desayuno frente a mí.
—No tengo nada planeado, Amo —dijo.
—¿Qué tal si vienes en la barca conmigo,? Puedes buscar el equipo de pesca y veremos cómo nos va la suerte.
Sonrió ampliamente, claramente encantada con la idea.
—¡Oh, Amo, eso sería divertido!
—Bien —le sonreí—. ¿Por qué no conjuras el almuerzo mientras termino este estupendo desayuno? Probablemente también deberías cambiarte; dicen que hoy va a hacer un calor del demonio.
—Estará listo, Amo. —Una nevera apareció en la mesa y ella desapareció, solo para reaparecer unos segundos después vestida con una ligera bata de playa.
Mostraba una sorprendente cantidad de escote y le llegaba hasta justo por debajo de su hermoso culo.
Su espesa mata de pelo estaba recogida en una coleta apretada.
De cuello para arriba parecía una chica de veinte años feliz y emocionada.
Llevaba una caña de pescar en la mano derecha y una caja de aparejos considerable a sus pies.
Limpié el último sirope con el último trozo de gofre y aparté el plato.
—Joder, estaba bueno. —Me levanté y me dirigí a la puerta trasera, donde había puesto mi equipo de pesca.
Su voz me detuvo.
—Ya está en la barca, Amo, y la barca ya está en el embarcadero, llena de gasolina y lista para salir.
Me di la vuelta y le sonreí.
—Tienes muchas ganas de ir a pescar, ¿verdad? —pregunté.
Se ruborizó levemente y dijo:
—Hace mucho tiempo que no pesco en el lago Champlain.
—Me lo creo —dije. Me detuve el tiempo suficiente para garabatear una nota para Peggy, dejándola apoyada contra la cafetera, donde estaba seguro de que la vería.
—¿Qué hacías, pescar en el lago Champlain con Samuel?
—pregunté mientras bajábamos a la barca.
Me refería a Samuel de Champlain, su último Amo y el torpe que la había perdido por la borda de la canoa que usaba para explorar el lago Champlain, encerrándola en su botella durante casi cuatrocientos años.
—No, Amo —respondió—. Él estaba demasiado ocupado para dedicarle tiempo a la pesca. No, yo pescaba desde la canoa mientras él exploraba en tierra.
—¿Sí? ¿Encontraste buenos sitios de pesca por aquella época?
—Entonces no hacía falta encontrar un buen sitio —dijo—. La pesca era buena estuvieras donde estuvieras.
Arranqué la barca y me levanté a soltar las amarras.
Acababa de volver a subir a bordo cuando la puerta mosquitera se cerró de golpe contra la pared del campamento de mi hermano mientras Becky salía corriendo a la terraza.
Miré hacia el campamento y noté a Peggy saliendo a mi terraza al mismo tiempo.
«Genie, pon en pausa a Becky y a Peg, por favor.» Las dos mujeres se detuvieron a media zancada, y me volví hacia Genie.
—Van a querer venir con nosotros, ¿verdad?
—Peggy sí —dijo Genie—. Becky solo quiere que le echen un polvo.
—¿Te han visto?
—No.
Me senté en el sofá largo a su lado.
—Genie, quiero poder hacer cosas contigo, como este viaje de pesca. Quiero que me dejes presentarte a mi familia como una novia que está de visita. Estarán tan emocionados de que esté viendo a alguien que nos dejarán nuestro espacio para viajes como este. ¿Te parece bien eso?
Me dirigió una mirada indecisa.
—¿Quieres hacer cosas conmigo?
Asentí.
—No quiero ser solo tu Amo, Genie. —Le tomé la mano y la sostuve—. Me gustaría ser más que eso. Quiero ser también tu amigo, si me lo permites.
—Podrías simplemente desearlo, Amo.
Sacudí la cabeza.
—No, no es eso —dije—. Tu tiempo cuando no me estás sirviendo es tuyo. No te lo voy a quitar con un deseo de amistad. Además, no quiero un amigo así. Quiero un amigo que salga conmigo porque quiere, no porque yo lo haya hecho.
Me dirigió una mirada que no pude descifrar.
—Por todos los dioses de los cielos —dijo en voz suave—, eres un hombre raro, Amo.
Sentí un nudo en el estómago. Iba a rechazarme. Podía sentirlo.
—No me digas que ninguno de tus Amos quiso ser tu amigo.
—No lo quisieron —dijo en voz suave—. Solo querían lo que yo podía darles. Puede que hubiera sido diferente con uno o dos de ellos, si lo hubiera permitido, pero no lo hice. Los tiempos eran distintos hace tanto.
—¿Por qué no lo permitiste?
—Las mujeres eran poco más que propiedad en aquellos tiempos, Amo.
Si me hubiera presentado ante ellos como soy ahora, no habría sido más que la mujer que les calentaba la cama por la noche, o una perra para aliviar sus instintos más básicos, o eso habrían esperado.
Habría traído todo tipo de problemas con ellos.
Así que cuando se requería mi presencia, me aparecía ante ellos como una vieja bruja, una arpía vieja, fea y maloliente.
En ese momento se transformó justo delante de mí en la vieja bruja de la que hablaba. Su mano pasó de ser la mano suave y fresca de Genie a la vieja garra huesuda de la Genie de sus Amos pasados. Resistí el impulso de estremecerme y ella se transformó de vuelta.
—Entiendo por qué ellos... no habrían querido tu compañía —dije sonriéndole.
—Horrible, ¿verdad? —sonrió.
—Sí —asentí—. Pero esa no eres tú, y yo no soy tus Amos pasados. ¿Qué dices, cariño, quieres intentarlo? Por favor, di que sí.