Tres deseos Capítulo 7 Becky #5
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Capítulo 7 Becky #5

—No juguemos a hacernos los inocentes, cariño —dije—. Sé que tengo una polla grande y que te la tragaste entera sin ningún problema. Sé que soy entrometido, pero tengo curiosidad. ¿Dónde aprende una chica de tu edad a chupar una polla que asustaría a la mayoría de las mujeres maduras?

—¿Me vas a delatar? —preguntó—. ¿Si te lo cuento?

La miré frunciendo el ceño.

—Vamos, Beck, usa la cabeza. —Flexioné la polla, enterrada en sus profundidades, y observé cómo sus ojos parpadeaban un instante—. ¿Qué voy a decir? «Oye, por cierto, mientras me follaba a tu hija, descubrí que sabe chupar pollas.» Vamos, eres más lista que eso.

Sonrió.

—No lo había pensado desde ese ángulo —admitió. Miró hacia abajo, donde estábamos unidos, y dijo—: Me enseñó Andy.

—¿Y ese Andy quién es?

—Ya sabes, el tío que vivía al lado de casa. Cuidaba a sus perros cuando estaba fuera de la ciudad. ¿Lo recuerdas?

Lo recordaba. Había cuidado a los perros de un vecino desde que tenía nueve años, hasta que él se mudó hace un año o así.

Yo había ido con ella varias veces cuando los sacaba a hacer ejercicio, yendo a un parque de la ciudad calle abajo de su casa y lanzando pelotas de tenis con una raqueta vieja para los dos perros hasta que los dos teníamos el brazo molido y los perros jadeaban de tanto ir a buscarlas.

Asentí y ella continuó con su historia.

—Bueno, una noche me olvidé de sacarlos, así que fui hacia las diez para hacerlo. Mientras hacían sus cosas, abrí la nevera para coger una botella de agua y encontré una jarra de té helado. Olía un poco raro, pero bien también, ¿sabes?

—¿Qué era? —pregunté.

—Después me enteré de que era Long Island Iced Tea —dijo Becky.

Me encogí y Becky se rio. El Long Island Iced Tea es una bebida alcohólica que es casi todo licor.

Una variante popular mezcla a partes iguales vodka, ginebra, ron, tequila y triple seco con una parte y media de mezcla agridulce y un chorro de té helado de verdad.

Un Long Island Iced Tea bien hecho sabe exactamente como el té helado.

—Sí —se rio Becky—. Me tomé un buen vaso mientras esperaba a los perros. Me sentí rara cuando me levanté para dejarlos entrar, toda mareada y acalorada, ¿sabes?

—No me extraña —dije—. Probablemente ibas bastante puesta.

Se encogió de hombros y siguió con su historia.

—Bueno, el caso es que me senté después de meterlos en casa para pasar la noche, porque me sentía muy rara, y fue entonces cuando llegó Andy.

Estaba borracho perdido, y supongo que no me vio sentada en su sillón grande.

Entró por la puerta principal y subió corriendo las escaleras.

Se cayó al menos una vez en las escaleras, creo.

Lo oí maldecir cuando se levantó y cojeó el resto del camino hasta el baño.

Sonreía mientras lo recordaba.

—Lo oí vomitar, y luego no oí nada durante mucho tiempo, así que pensé que era mejor ir a ver si estaba bien. No estaba en el baño cuando miré, pero había pota por todo el suelo y el asiento del váter. Lo encontré en su dormitorio.

Volvió a sonreír y me di cuenta de que lo que había pasado aquella noche le había gustado.

—Sigue —dije—. Me muero de ganas de saber qué pasó después.

—Eres un viejo verde, ¿lo sabías? —preguntó.

Me incliné hacia delante y la besé.

—Si no lo fuera, no estaríamos haciendo esto, ¿verdad?

Sonrió y asintió y volvió a su historia.

—Bueno, el caso es que Andy estaba en su dormitorio. Estaba tumbado de espaldas y estaba desnudo y tenía la polla dura. Y se la estaba tocando.

Se me cayó la mandíbula y me reí.

—Sí —dijo Becky con ironía—. Yo también me sorprendí bastante. Le estuve mirando un rato. Había oído hablar de tíos que se la meneaban pero no pensaba que llegaría a ver a un hombre hacerlo, ¿sabes? —Asentí.

—Al principio me pareció gracioso, un hombre adulto haciéndose una paja.

Pero mientras lo miraba, mi coño empezó a sentirse un poco caliente.

Y cuanto más lo miraba, peor se ponía. No tenía ninguna luz encendida, así que solo entraba la luz de la calle por la ventana.

Tenía los ojos cerrados la mayor parte del tiempo y de todos modos miraba al techo, así que me puse a gatas y me arrastré hasta el pie de la cama para mirarlo desde allí.

—Desde allí debiste de ver bastante —dije.

—Podía verlo todo —confirmó—. Tenía las piernas bien abiertas y usaba las dos manos, meneándosela con una y jugando con los huevos con la otra. Gemía y suspiraba, pero aún no estaba del todo duro, no como tú.

—El alcohol hace eso —dije—. Te pone cachondo y dificulta ponerse duro.

—Bueno, la parte de ponerte cachondo funcionó de maravilla conmigo —dijo con ironía—.

Estaba tan mojada que no veas. Bueno, el caso es que unos minutos después de empezar a mirarle, dejó de tocarse.

Me quedé muy decepcionada; de verdad quería verle correrse.

Ya estaba muy cachonda y metí la mano dentro de los shorts para hacerme una paja yo también.

—¿Te estabas masturbando mientras le mirabas?

—Sí —asintió—. Lo hacía por fuera de los shorts hasta que él dejó de meneársela, así que me metí dentro para correrme antes de irme.

Y entonces empezó a roncar, muy fuerte, ¿sabes?

Como si estuviera muy grogui. Casi me fui entonces, pero luego pensé que era un momento perfecto para ver bien su polla de cerca.

Quiero decir, estaba borracho y dormido, y calculé que probablemente nunca tendría otra oportunidad tan buena de ver su polla de cerca.

Volvió a guardar silencio hasta que pregunté:

—¿Y qué hiciste?

—Junté el valor al cabo de un rato, y me arrastré a la cama entre sus piernas.

—Sacudió la cabeza al recordarlo—. No podía creer que lo estuviera haciendo, ¿sabes?

Pero era emocionante también. El coño se me había puesto empapado y estaba toda temblorosa por dentro.

Le di sin querer un golpe en la pierna al subirme a la cama, pero no reaccionó para nada, así que supuse que estaba muy grogui.

Y cuando extendí la mano y le agarré la polla, tampoco hizo nada.

—Empecé a mirarla bien de cerca, girándola de un lado al otro, examinando todo, y se le puso dura en mi mano. Me acerqué mucho, para poder ver todo lo que pasaba, tan cerca que pude olerle. —Me miró—. Olía bien, tío. Muy bien. Su olor me puso aún más mojada de lo que ya estaba.

—Feromonas —dije. Ella puso cara de no entender, así que expliqué—: Las feromonas son un producto químico que los animales secretan para atraer a una pareja.

—Ah —asintió Becky—. Pues las suyas eran buenas, entonces.

Me chorreaba en las braguitas. Empecé a jugar con su polla y sus huevos como había hecho él, y al cabo de un par de minutos estaba duro como una piedra.

Empezó a chorrear, y aquello olía aún mejor.

Algo me cayó en la mano mientras le sacudía la polla, y antes de darme cuenta de que lo iba a hacer, me lo lamí de la mano.

Se estremeció en mis brazos y sentí su apretado coñito palpitar alrededor del grosor de mi polla.

—Sigue —dije en voz suave—. ¿Y qué hiciste entonces?

Se ruborizó, el color subiéndole por la cara.

—Bueno, lo... lo lamí—admitió, con la cara ardiendo—. Sabía tan bien y estaba tan jodidamente cachonda que lo hice antes de pensarlo siquiera. —Se revolvió en mi regazo, el coño palpitando sobre mi polla un poco más mientras recordaba.

—Él ni se inmutó. No paró de roncar ni nada.

—Becky lo admitió—. Y era algo que me excitaba mucho, lamerle la polla así.

Y lo siguiente que recuerdo es que se la estaba chupando.

Lo único es que no sabía lo que estaba haciendo.

De verdad estaba soplando, ¿sabes? No le estaba chupando la polla; estaba intentando soplar sobre ella.

Bueno, él se despertó y dijo algo así como: «Eso es, nena, chúpamela.

» Así que empecé a chupársela. Luego me puso las manos en la cabeza y me empujó sobre su polla.

Probablemente solo pasaron un par de minutos antes de que se corriera en mi boca.

—¿Y qué te pareció? —pregunté. Tuve que resistir el impulso de ponerla de espaldas y follármela, su historia me ponía tan caliente.

—Por un segundo me dio asco, pero luego lo saboreé con más calma.

Sabía tan bien que empecé a ir a por ella en serio.

Le bombeaba la polla con las manos y chupaba tan fuerte como podía la cabeza.

Él se corrió y se corrió y se corrió, gruñendo y retorciéndose y empujando mi cabeza más abajo sobre su polla.

Cuando por fin paró de correrse y me soltó, se asustó mucho al verme.

Dijo que era demasiado joven para hacer eso y que si alguien se enteraba, lo encerrarían y tirarían la llave.

—Sin duda —estuve de acuerdo—. ¿Cuántos años tenías, por cierto? ¿Catorce? ¿Quince?

—No —dijo—, tenía dieciséis.

Noté que la polla me daba una sacudida al decirlo y ella también lo notó. Me miró y sonrió despacio.

—Eso te excita, ¿a que sí, tío? —dijo suavemente—. Pensar en tu sobrina de dieciséis años chupándosela a un hombre te pone, ¿eh?

Me rodeó el cuello con los brazos y me besó apasionadamente, gimiendo cuando metió la lengua en mi boca y yo chupé la suya.

—Vamos, viejo verde —susurró cuando terminó el beso—. ¡Fóllame! ¡Ponme de espaldas y fóllame!

—Eres un coñito muy cachondo, ¿verdad? —susurré mientras hacía lo que me pedía. Mi única respuesta fue un aullido creciente mientras yo empezaba a dársela.

Becky y yo nos quedamos en el lago hasta que anocheció, haciendo el amor y hablando. Me sorprendió lo poco que sabía en realidad sobre ella. Supongo que era porque era una cría y yo asumía que su infancia no había sido muy diferente a la mía.

Me equivocaba, claro. Yo había crecido en los años setenta, con dos hermanos y una madre que se quedaba en casa.

Becky había crecido como hija única yendo a la guardería.

Yo había tenido un pequeño círculo de amigos en la escuela; ella tenía un círculo enorme y seguía en contacto con todos ellos a través del chat y las redes sociales.