Tres deseos Capítulo 6 Peggy #4
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Capítulo 6 Peggy #4

Peggy yacía desparramada en mi cama, una sábana ligera cubriendo su voluptuoso cuerpo y profundamente dormida. Yo estaba en la terraza, desnudo y tirado en la tumbona, disfrutando de la leve brisa de la cálida noche de julio, sorbiendo una copa y pensando.

Había metido más polvos en los últimos dos días de los que había tenido en los dos años anteriores, y no podía evitar preguntarme si tendría algo que ver con encontrar a Genie.

Además, no parecía importarme demasiado haber roto algunas reglas bastante estrictas al acostarme con cualquiera de las tres mujeres que habían ocupado mi cama estos últimos dos días.

Las amigas de Becky, aunque de edad legal en Vermont, bueno...

yo seguía considerándolas simples crías, a pesar de la evidencia en contrario.

Casi todo el mundo que conocía no aprobaría que me las follara, y sospechaba que sus padres vendrían a buscarme con una escopeta si se enteraran de lo que había hecho con sus hijas.

Y la dulce y lujuriosa Peggy era familia —solo prima segunda, y legal en Vermont—, pero familia de todos modos.

Terminé soñoliento mi copa y decidí hacerle a Genie más preguntas por la mañana. Me fui a la cama a pasar lo que quedaba de la noche en brazos de la dulce y voluptuosa prima Peggy.

Me desperté el viernes por la mañana habiendo tomado una decisión. Llamé a mi jefe al trabajo y le dije que lo dejaba. No le di ninguna explicación y le dejé pensar lo que quisiera sobre qué haría para ganarme la vida.

Tener a Genie hacía que trabajar para vivir fuera un punto completamente irrelevante.

El dinero ya no era una preocupación. Podía tener todo el que quisiera, cortesía de la rubia explosiva que en ese momento vivía en una botella de cerámica en mi mesilla de noche. No iba a necesitar seguro de salud ni dental, seguro de hogar ni de coche: Genie era todo el seguro que ahora precisaba.

Me levanté de la cama, me duché y me afeité, me puse unos shorts cómodos y una camiseta, y bajé a hacer el desayuno. Encontré a Genie en la cocina, muy apetecible con unos shorts minúsculos y un top de tirantes que básicamente no existía.

Después de conseguir apartar los ojos de su abundante escote, me senté ante un desayuno digno de un rey —si es que el rey vivía en Vermont y le gustaban las cosas sencillas de la vida—.

Huevos revueltos y salchicha con una pila de tortitas bañadas en sirope de arce, una ensalada de frutas frescas, zumo de naranja recién exprimido y café que estaba tan bueno que valía la pena morir por él.

Para mi sorpresa, Genie estaba cocinando. Pensé que había conjurado mi desayuno, pero las sartenes sucias y la mancha de mezcla de tortitas en su frente contaban otra historia. Se sentó conmigo y tomó un té, picoteando de mi plato.

—No sabía que cocinaras, nena —dije, atacando los manjares de mi plato.

—Oh, me gusta cocinar, Amo. Disfruto viendo comer a la gente lo que cocino.

—¿Qué más te gusta hacer? —pregunté. De verdad quería saberlo. Quería conocer a esta mujer que ya era una parte tan grande de mi vida.

—Cualquier cosa creativa —respondió, robándome una salchicha del plato—. Me da mucha satisfacción crear algo con mis propias manos y hacerlo bien.

—¿O sea que pintas, coses, tejes, cocinas?

—Sí. —Me sonrió mientras me sisaba otra salchicha.

—¿Cuál de las cuatro?

—¡Pues todas! Y otras también. —Me hizo una mueca—. Suelo tener mucho tiempo libre.

—Bueno, ¿te apetece usar parte de ese tiempo libre para reabastecer la nevera y la despensa? A juzgar por este desayuno, debes de habernos dejado sin provisiones para el desayuno.

—Por supuesto, Amo. Solo piensa en lo que quieres.

Le sonreí y dije:

—No, nena, me refiero a reponer yendo al supermercado a comprar.

Me miró con las cejas a punto de desaparecer en el nacimiento del pelo, atónita.

—¿Quieres decir ir de verdad al mercado a comprar comida?

—Exacto. Me gusta hacer la compra. Me gusta ver todas las cosas ricas en la panadería, y pasear entre las frutas y las verduras, eligiendo las que quiero.

Es divertido. Al menos yo creo que es divertido.

—Lo que no decía era que también me gustaba mirar chicas, una razón que de repente me pareció completamente idiota a la luz de la rubia explosiva que estaba sentada conmigo en mi cocina.

—Hace mil años que no voy a un mercado —suspiró Genie.

—Pues termínate el desayuno y nos vamos.

Su sonrisa iluminó toda la habitación.

Paramos en una plaza de aparcamiento del supermercado del barrio y bajamos del coche. Genie ni había cerrado la puerta cuando un tipo se dio de morros con el lateral de una minivan, la cabeza girada para mirarla.

Me apoyé contra el coche y me partí de risa. Era de lo más cómico, pero al mismo tiempo sabía que tenía un problema. Genie era una mujer deslumbrantemente hermosa con un cuerpo absolutamente de quitar el hipo, y le gustaba vestir para lucirlo.

Eché un vistazo al aparcamiento y vi al menos cinco tipos —algunos con sus mujeres o novias— que probablemente nos seguirían con la lengua por el suelo antes de que llegáramos siquiera a la entrada del supermercado.

Me giré hacia ella y dije:

—Ah, Genie... Tienes que... bajar un poco el pistón.

Me miró confusa.

—¿Bajar el pistón?

—Cielo, eres una mujer preciosa. Si entras ahí vestida así, todos los tíos de la tienda nos seguirán babeando.

—Como usted diga, Amo —dijo con tono de duda—. Piensa en lo que querrías que me pusiera.

La puse en unos pantalones de sastre, una bonita blusa de algodón estampada y unas sandalias de tacón bajo. Sin maquillaje y con el pelo en una coleta sujeta con una goma.

Seguía estupenda, pero al menos ese cuerpazo estaba más o menos cubierto. Pensé que seguía estando de lo más sexy, pero claro, yo tenía una idea muy buena de lo que había debajo de la ropa.

—¡Perfecta! —dije, mirándola y asintiendo. Pareció contenta.

—¿Esto evitará que los hombres se me queden mirando? —preguntó.

—Lo dudo bastante, cielo. Probablemente podría ponerte un saco de arpillera y seguirías levantando pollas por donde pasaras.

Sonrió y me tomó del brazo, y entramos a la tienda. Hice acopio de todo, llenando dos carritos de cosas buenas. Ahora podía comer como me apeteciera sin preocuparme de la salud ni del peso. Me acerqué a las cajas con los carritos y saqué la cartera del bolsillo trasero.

«Nena», le pensé a Genie, «quiero que arregles mi cartera para que siempre haya cincuenta dólares más de lo que necesito cuando voy a pagar algo. Deben ser billetes pequeños, nunca mayores de cincuenta y usados, no nuevos. ¿De acuerdo?»

«Está hecho, Amo.»

«Gracias, cielo.»

Cuando llegamos a la caja, había un chico adolescente —de unos dieciséis años— empaquetando bolsas. Pensé que se le iban a salir los ojos de las órbitas cuando vio a Genie por primera vez.

Se puso colorado como un tomate cuando lo pillé mirándola. Le guiñé el ojo y dije:

—Tranquilo, chico. Concéntrate en el trabajo, ¿de acuerdo? —Asintió y, a menos que tuviera ojos en la coronilla, no volvió a mirarla.

Cargó los carritos con nuestras cosas y cogí uno, mientras él cogía el otro.

Me aseguré de que Genie y yo camináramos delante de él, y cuando eché un vistazo atrás, sus ojos estaban clavados en el bello meneo del culo de Genie mientras andaba.

Me ayudó a cargar las cosas en el coche y le di veinte pavos de propina antes de mandarlo de vuelta al trabajo.

Nos metimos en el coche y Genie dijo:

—Gracias, Amo, por dejarme venir contigo. ¡Ha sido divertido!

—¿Qué parte ha sido más divertida? —pregunté, sonriéndole—. ¿La compra o poner a prueba a todos los tíos?

—¡Las dos! —exclamó, y me reí—. No puedo creer el número de tiendas que tenéis —dijo—. ¡Nunca había visto nada igual!

—Ya. Bueno, supongo que en 1609 no había centros comerciales.

—Le hice un gesto al centro comercial relativamente pequeño que estábamos abandonando—.

Pero esto no es nada comparado con algunos de los megacentros comerciales que tenemos ahora.

Hay un centro comercial en China con más de mil tiendas, y aquí hay uno con más de quinientas.

Casi todos los pueblos tienen calles enteras bordeadas solo de tiendas y restaurantes, algunos de ellos muy exclusivos y caros.

—La miré y le hice una pregunta sobre algo que me había estado rondando—.

¿Alguna vez tuviste oportunidad de ir de compras, para ti misma, quiero decir?

—No —respondió—. Mis Amos nunca gastaban dinero en mí, y ¿por qué habrían de hacerlo? Puedo conseguir lo que necesito con mis poderes.

—Ya, pero eso no tiene ninguna gracia.

Se encogió de hombros.

—Los sirvientes no tienen gracia —dijo.

Entré en el camino de acceso a casa, apagué el motor y me giré hacia ella.

—¿Te apetece divertirte un poco hoy? —pregunté.

—Lo que usted desee, Amo.

—De acuerdo, ¿por qué no mandas estas cosas donde corresponden? —Las bolsas de la compra desaparecieron del asiento trasero y ella me miró—. Bien, ahora vayamos a Rodeo Drive, en California.

El paisaje cambió y de repente estábamos sentados en una plaza de aparcamiento en Rodeo Drive.

—Aquí hay algunas de las tiendas más exclusivas del mundo —dije—. Vamos de compras.

Bajamos del coche y empezamos a pasear por la calle, mirando escaparates.

Miré atrás cuando llevábamos media manzana y me divirtió enormemente ver un coche de policía atravesado frente a mi coche, con el agente hablando por la radio.

Al parecer, los coches viejos son sospechosos en este exclusivo barrio.

Nos detuvimos al ver Genie algo que le gustó en el escaparate de una tienda.

—¿Te gusta eso? —pregunté.

—¡Oh, Amo, es precioso! —dijo con la nariz pegada al escaparate.

—Entremos, a ver si lo tienen en tu talla. —Me lanzó una mirada sorprendida—. Vamos, cielo, lo pasarás bien, te lo prometo.

Una vendedora nos interceptó en la puerta con una sonrisa glacial.

—¿Puedo ayudarles? —preguntó, y por el tono de su voz era más que obvio que pensaba que deberíamos estar comprando en el Zara en lugar de en su elegantísima boutique.