Tres deseos Capítulo 6 Peggy #3
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Capítulo 6 Peggy #3

—¡Oh, joder! —gimió, su mano cubriendo la mía. Supe entonces que estaba despierta, y la hice rodar boca abajo, montándola, mi larga y gruesa vara apuntando hacia abajo y desapareciendo entre sus muslos, la cabeza en forma de ciruela encajada en la boca de su coño.

La hice ponerse a cuatro patas y empecé una embestida larga y lenta dentro de ella, sus nalgas aplastándose contra mis abdominales duros cuando le hundía la polla profundamente en el vientre.

Me incliné sobre ella y la besé entre los omóplatos, y luego llené las manos con sus pechos, apretando los lujuriosos globos y pellizcándole suavemente los pezones hinchados.

Arqueó la espalda, empujando las tetas más profundamente en mis manos, su respiración acelerándose al excitarse más y más su cuerpo.

Luego la erguí contra mi pecho y le besé el cuello.

Ella le puso la mano a un lado de mi cara y giró la cabeza, y nos besamos, y me chupó la lengua al hundírsela yo profundamente en su boca.

Rompimos el beso y ella levantó el culo, dándome mejor acceso a su coño, y dijo:

—¡Fóllame, Jerry! ¡Hazme correrme con esa polla grande que tienes!

La volví a empujar de rodillas, la agarré de las caderas y le hundí la polla turgentemente erecta, enterrándole todos los veinticinco centímetros gruesos en el coño empapado de un golpe salvaje.

Soltó un sonido burbujeante extraño y sus brazos se desplomaron.

Dejó que la espalda se hundiera y eso le posicionó las caderas, levantándole el coño hacia mí, y me puse a trabajar, follándola tan rápido como podía.

La monté así durante más de diez minutos, percutiéndole el coño fuertemente mientras ella se corría y se corría y se corría.

Nunca había tenido una mujer que llegara al orgasmo con tanta fuerza o tanta frecuencia como Peggy.

Y también era vocal, animándome con el monólogo más deliciosamente obsceno que había oído nunca.

Después de su cuarto o quinto orgasmo, la puse boca arriba, su suntuoso culo en el borde del colchón, y le metí la polla, ensartándosela profundamente en su coño caliente y apretado.

Le puse las piernas contra el pecho y me incliné sobre ella, llenándome las manos de sus tetas grandes y firmes y amasándolas mientras la follaba.

La cama estaba casi a la altura de la cintura, y en consecuencia mi polla rozaba contra la pared frontal de su vagina, raspando su punto G.

Peg gritó cuando el orgasmo del punto G la golpeó, su coño contrayéndose sobre mi polla, sus manos arañando la cama mientras el orgasmo le machacaba el lujurioso y joven cuerpo.

Su coño maltratado convulsionaba sobre mi polla, sus aceites gorgoteando empapándome y chorreando sobre mis huevos mientras llegaba al orgasmo.

Solo aguanté unos instantes en el molinillo de terciopelo de su caja antes de correrme yo también, rugiendo mientras mis pelotas se contraían y empezaban a escupir su carga profundamente en su vientre.

Gritó de nuevo al sentir mi leche caliente chorreando contra su cérvix y se empujó contra mí cuando otro orgasmo la sacudió.

Le clavé la polla hasta el fondo a esta mujer jadeante, moliéndosela dentro de ella todo lo que podía mientras yo me corría.

Estábamos en el jacuzzi —o más bien, Peggy estaba en él—.

Yo estaba sentado en el borde mientras ella me hacía una larga y dulce mamada.

La miraba desde arriba, con creciente deseo al ver cómo sus labios se estiraban apretadamente alrededor de mi vara gruesa en la bajada de cada embestida y cómo se deslizaban tan resbaladizamente sobre la cabeza ancha y acampanada al subir.

Lenta y constantemente seguía moviéndole la cabeza arriba y abajo por la longitud de mi vara carnosa, tomándose largos segundos para cada estimulante embestida.

Quería que me la chupara despacio y con suavidad.

Quería que se tomara su tiempo, y quería correrme en su boca dulce y absorbente.

Nunca perdió el ritmo. Estaba tan absorta y excitada por su tarea que nunca se detuvo, nunca perdió una embestida.

Hacía largas y lujosas inmersiones por mi vara —la lengua restregándose contra la vena gorda de abajo mientras sus uñas me rascaban los huevos colgantes, justo como a mí me gustaba—.

Y luego hacía retiradas aún más largas, hasta tener solo la cabeza de mi polla en su boca caliente, la lengua jugando y explorando la ranura.

Miré el reloj de la mesilla mientras Peggy me hacía el favor dulcemente, y me sorprendió ver que llevaba casi media hora.

La baba le corría de la boca, empapando el vello de mis huevos y goteándole en los imponentes montículos de sus pechos.

Arriba y abajo, succionando suavemente y girando la lengua, me la chupaba incansablemente, deslizando su boca caliente hasta tener la nariz contra mi barriga, manteniéndome enterrado en su garganta durante un momento agonizante.

Y luego movía la cabeza en círculos alrededor de la base de mi polla y volvía a subir despacio hacia la cabeza, los labios aferrándosele al cilindro nudoso.

Gemí al darme ella placer suavemente, los dedos enredados en su pelo.

Nunca cambió de ritmo y mi polla dolorida siguió deslizándose dentro y fuera de su boca mientras sus manos acariciaban mis huevos agitados.

Y de repente, estaba ahí. Las pelotas estaban llenas y apretadas contra la ingle.

Mi polla creció en la boca suave y dulce de Peggy y me corrí.

—Cómetela, nena —gemí con los dientes apretados—. Oh, joder, sí, chúpamela.

Ella me hundió la polla en la boca y la garganta hasta los huevos cuando el primer chorro de mi carga espesa y caliente brotó —los músculos de la garganta trabajando contra mi polla al tragar, gimiendo alrededor de ella porque mi orgasmo había desencadenado uno propio—.

Y luego se echó hacia atrás y yo eyaculaba en su boca, largos y gruesos chorros de leche llenándosela y chorreándole por los labios, envueltos tan apretados alrededor de mi polla.

—Trágala, nena —gemí, y con pequeños maullidos, empezó a tragar mi carga espesa. Su lengua masajeaba obscenamente la cabeza de mi polla mientras obedientemente tragaba cada gota.

Peggy estaba boca abajo en la cama grande, con unas almohadas apiladas bajo las caderas.

Jadeó cuando le metí la lengua en el apretado recto y cuando le follé el coño con los dedos se corrió, empujando el culo hacia mi cara y gruñendo en las sábanas mientras el orgasmo le rugía por el cuerpo.

Mantuve vivo su orgasmo, con los dedos en su clítoris turgentemente erecto mientras me ponía de rodillas.

Abandoné su clítoris y rápidamente la hice ponerse a cuatro patas, se corrió y sus brazos se desplomaron de inmediato, la parte superior del cuerpo sobre las almohadas apiladas y el culo exuberante en alto.

Le pasé la polla por el apretado surco de sus labios —lubricando mi polla con sus aceites—, aposenté la cabeza en su ano relajado y se la metí despacio, empalándola mientras se agitaba por su orgasmo.

Se le echó la cabeza hacia atrás y soltó un grito plañidero mientras mi polla le llegaba al fondo del culo, los huevos golpeándole el coño.

Jadeé al cerrarse el esfínter sobre mi polla —su musculoso tubo ondulándoseme por toda la longitud con fuertes y sedosas contracciones—.

Empecé a follarla antes de que su orgasmo terminara de verdad, encorvándome sobre ella y encontrándole los pechos.

Le pellizqué suavemente los pezones erectos con los dedos, y luego le rodeé con las manos y erguí a la aturdida mujer y encontré los labios con los míos.

Sus brazos rodearon la cabeza y sus manos me encontraron, su posición empujando sus pechos hinchados hacia mis manos y su culo redondo más profundamente sobre mi polla.

Se retorció entre mis brazos cuando volvió a correrse, y bajé una mano a su coño apretado —los dedos en el clítoris hundiéndola más en el orgasmo— mientras la otra mano le amasaba suavemente los pechos temblorosos.

Al convulsionarse su esfínter sobre mi polla, la tumbé y empecé a follarla de nuevo, mi polla invasora deslizándose maravillosamente por el apretado anillo de su ano.

Rápidamente cambié de postura: de pie en el suelo al lado de la cama, con Peggy boca arriba ahora, el culo sobre el borde del colchón y las largas piernas abiertas y extendidas a lo largo de mi frente.

Me gustaba más esta postura porque le dejaba todo el cuerpo descubierto para que lo tentara y jugara, además de permitirnos besarnos.

Y quería poder besarla. Los besos que habíamos compartido habían sido más calientes que el infierno y quería más.

Le clavé de nuevo la polla en el recto y empecé a bombearla de nuevo, su esfínter caliente y apretado en mi polla.

Le rodeé las tetas fantásticas con las manos —maravillándome de su tamaño—, y luego pasé las manos por sus costados, sintiendo su piel suave como de bebé, y le rodeé el culo maduro con las manos, meciéndola adelante y atrás sobre mi polla mientras le chupaba un pezón gordo y se lo azotaba con la lengua.

Gimió mientras la sodomizaba, sus brazos envolviéndoseme la cabeza y pegándome a sus pechos llenos mientras sus caderas empezaban a moverse, su apretado esfínter apretando y masajeando mi polla.

—¡Oh, Dios! —jadeó—. ¡Oh, Dios! ¡Me estás follando el culo! ¡Oh, Dios, se siente tan bien! ¡Oh! ¡Me estás follandoooo!

Su voz subió a un agudo chillido y el esfínter se le cerró sobre mí al llegar al orgasmo con fuerza, el cuerpo entero temblando al correrse sobre mi polla.

Su apretado ano me estranguló y rugí al correrme yo también, mi polla escupiendo mi carga en su recto, el calor húmedo de mi leche intensificando su orgasmo.

Mis manos amasaron su culo convulsivamente, y me doblé sobre ella, besándola fuerte mientras su culo me ordeñaba el semen de la polla.