Capítulo 6 Peggy #5
Genie se erizó y yo le puse una mano en el brazo y pensé: «Tranquila, nena. Es lo que le pagan por hacer.»
—Sí, creo que puede —dije, examinándola. Era una pelirroja muy apetecible y, a juzgar por su escote, llevaba unos cuantos miles de dólares de silicona en las tetas—. La señora vio ese vestido cruzado del escaparate. ¿Podemos verlo, por favor?
La señorita Gélida se dio la vuelta y cogió uno de una percha y nos lo mostró, asegurándose de que la etiqueta estuviera bien visible. Ponía dos mil trescientos dólares.
—¿Qué te parece, nena? —le pregunté a Genie— ¿Te gusta?
—Es precioso —dijo Genie en voz suave, palpando la tela.
—¿Por qué no te lo pruebas? Veamos cómo te queda.
La señorita Gélida frunció el ceño, y pude verla buscando a toda prisa la manera de deshacerse de nosotros sin tener realmente que atendernos.
—¿Señorita? —dije, chasqueando los dedos frente a su nariz—. ¿Nos ayuda? Hoy si puede ser, por favor.
Sorbió por la nariz, echó un vistazo al generoso busto de Genie y cambió el vestido que tenía por otro de la percha.
—Por aquí —dijo, como si esas dos palabras le causaran un inmenso dolor.
Una segunda mujer vio nuestra pequeña procesión y se apresuró a interceptarnos. Era mayor que la señorita Gélida, muy atractiva y, a juzgar por el bote y meneo de sus pechos, completamente naturales. Se acercó a nosotros y pude verla evaluando mi ropa y encontrándola deficiente.
Me puso una mano fresca en el brazo y me llevó aparte. Antes de que pudiera hablar, dije en voz baja:
—No me acabo de caer del guindo, señora, sé leer y todo. Vi la etiqueta en ese vestido y estoy aquí para comprar. Puedo comprar aquí o en la tienda de al lado. ¿Nos entendemos?
Me dedicó una sonrisa incómoda.
—Le sorprendería la cantidad de gente que viene aquí solo para probarse algo, sin intención de comprar. Mi nombre es Michelle, y siento si le he ofendido.
—No hay problema. —Le eché un vistazo a la pelirroja—. ¿Le importaría atendernos usted misma? La señorita Gélida de ahí es un pelín condescendiente para mi gusto, y me temo que mi acompañante va a partirle la cara si sigue con su actitud estirada.
—Por supuesto. —Cogió el vestido a la pelirroja y la despachó, miró la etiqueta y luego miró a Genie—. Disculpe un momento, señorita —dijo, y se apresuró de vuelta a la percha y cambió el vestido.
—Por aquí, señorita —dijo, e hizo pasar a Genie a los probadores. Unos minutos después, Genie salió del probador y se detuvo frente a mí.
—¿Te gusta, Amo? —preguntó en voz queda.
Me quedé mirándola y tragué saliva. Era un sencillo vestido cruzado que se le pegaba a la figura como una lapa a una roca.
El vestido resaltaba su cuerpo, y se había soltado el pelo de la coleta para que le cayera suelto por los hombros.
Estaba impresionante. Tenía un aspecto fresco, joven e inocente, y enormemente follable.
—Estás fantástica, nena —dije con voz temblorosa—.
Absolutamente preciosa. —Miré a Michelle y dije—: Tiene un ojo excelente; parece que ese vestido le hubiera sido hecho a medida.
—Volví a mirar a Genie, que se admiraba en el espejo—.
Supongo que tiene otros modelos que le quedarán igualmente bien, ¿verdad?
—Oh, desde luego —sonrió—. Varios.
—Tráigalos todos, Michelle. El dinero no es problema. —Volví a mirar a Genie y vi que me miraba en el espejo—. Quiero que sea feliz —dije.
—En seguida —dijo, sonriendo ampliamente.
Nos pasamos el resto de la mañana y una buena parte de la tarde en esa tienda, y salí con unos cuarenta mil dólares menos y cargado con como mil bolsas. Genie parecía caminar en el aire, luciendo el primer vestido que se había probado y disfrutando de lo lindo. Me tomó del brazo y dijo:
—Michelle dijo que deberíamos ir a una tienda llamada Victoria's Secret. Dijo que tienen cosas allí que te volverán loco. —Se rio y me miró de reojo.
Me reí y dije:
—¿Por qué no? De todas formas ya estoy harto de estar cuerdo.
Genie entró sola esta vez mientras yo me tomaba un café de siete dólares. Salió bastante rápido, pensé: solo había estado ahí poco más de una hora.
Le cogí las bolsas y paseamos por la calle hacia mi coche.
—¿Te lo estás pasando bien, nena?
—¡Oh, sí, Amo! ¡Lo he pasado fenomenal!
—Suena a que ya tienes bastantes compras por hoy —observé.
—Sí —dijo—. Quiero ir a casa y ponerme algunas de las cosas que he comprado para ti. —Me apretó el brazo con fuerza, y pude sentir el peso esponjoso de su pecho en mi bíceps—. ¿Te importa?
—No —dije—. Siempre podemos repetir esto otro día. —La sentí contener el aliento y sonreí para mí. Si era todo lo que hacía falta para hacerla feliz, me daría por afortunado.
Llegamos al coche y cargué todas las bolsas en el maletero y me puse al volante.
—De vuelta a casa, por favor, nena. —Agitó la mano y estábamos sentados en mi camino de entrada—. ¿Por qué no haces aparecer todas tus cosas en mi habitación? Quiero ver lo que me perdí.
Sonrió feliz e hizo un segundo gesto con la mano.
—Tú también, cielo —me reí—. Voy en un minuto. Quiero ver el correo.
—¡Sí, Amo! —Y desapareció. Salí del coche y me dirigí al porche delantero, obligándome a ir despacio.
Me moría de ganas de ver qué había comprado en Victoria's Secret y saboreaba la anticipación.
Aguanté hasta que entré en casa, y luego subí corriendo los dos tramos de escaleras hasta mi habitación.
El autocontrol tiene un límite.
Estaba sentado al borde de mi asiento, mirando la puerta del tocador.
Genie estaba dentro, poniéndose el último conjunto que había comprado en Victoria's Secret.
Había sobrevivido a un pequeño desfile de moda mientras Genie modelaba todos sus vestidos nuevos y varios conjuntos de sujetador y braguitas.
Estaba tan duro como una barra de acero y había una mancha oscura en el frente de mis shorts, justo donde la cabeza de mi polla chorreaba presemen.
—¿Estás listo, Amo? —gritó Genie.
—Listo y esperando, nena —respondí.
Salió por la puerta y me quedé paralizado, los ojos clavados en ella.
Llevaba algo como un camisón baby doll que apenas parecía estar ahí.
Pero había suficiente para esconder las partes buenas.
Llevaba lo que ella llamaba unas braguitas de tiro bajo que hacían cosas fabulosas con el aspecto de su culo firme y redondo.
Las largas piernas estaban enfundadas en medias hasta el muslo y llevaba zapatos con lo que parecían tacones de diez centímetros.
Era un sueño húmedo con patas y ella lo sabía.
Me lanzó una sonrisa pícara mientras desfilaba por la habitación y gemí.
Creo que nunca había deseado tanto a una mujer como la deseaba a ella en ese momento.
Se acercó a mí y se sentó en mi regazo, y le puse el brazo alrededor, descansando la mano sobre su cadera.
Su piel se sentía suave como la seda más fina cuando la acaricié.
—Gracias, Amo —dijo en voz suave—. Ningún otro Amo había hecho nunca nada así por mí.
—Entonces eran todos unos idiotas —dije con voz ronca.
—Mmm —suspiró Genie—. En fin, gracias. —Y luego sus labios estaban en los míos y nos besábamos. ¡Dios mío, vaya beso! Mi cerebro se cortocircuitó y lo siguiente que recuerdo fue que tenía a Genie boca arriba mientras yo me inclinaba sobre ella, la lengua en su boca y la teta izquierda en mi mano.
Rompimos el beso y Genie murmuró con voz baja y ronca:
—Mmm, eso ha estado bien, Amo. —Y luego se incorporó y continuó—: Tengo que guardar todo esto en mi habitación. Llámame si me necesitas. —Me lanzó una sonrisa diabólica y desapareció, junto con toda su ropa nueva.
Noté que tenía la boca abierta de asombro, y entonces gemí y me desplomé de espaldas en la cama.
No podía creerlo. La había tenido justo ahí en mis brazos, habíamos compartido un beso que me había rizado los dedos de los pies, y se va a colgar la ropa.
Empezaba a pensar que era consciente de mi determinación de seducirla y hacerle el amor, y creo que ella estaba decidida a que yo tendría que decirle expresamente que la deseaba si quería tenerla.
Y quería. Oh, Dios, cómo quería. Mi entrepierna estaba empapada de presemen, tanto que me chorreaba.
Reprimí el impulso de llamarla y suspiré mientras me ponía de pie y me quitaba la ropa.
Estaba desnudo y entrando en mi vestidor cuando sonó el teléfono. Cogí unos shorts y corrí de vuelta a la cama, desenterré el móvil de entre la ropa sucia y contesté.
Era Becky, y tenía un problema. Estaba en su barcucha, a medio camino de Woods Island, con el motor muerto y sin poder localizar a su padre. Perfecto. Sencillamente perfecto.
Iba en mi barca, navegando a motor frente a la isla Burton y escudriñando el lago hacia el noroeste en busca de la pequeña lancha de diez pies de mi sobrina.
Le había dicho por teléfono que era una niña con mucha suerte, que acababa de llegar al campamento y que estaría allí en unos veinte minutos.
Y luego le había pedido a Genie que me teletransportara a mí y a mi coche hasta allí.
Estaba bastante seguro de que a su barca simplemente se le había acabado la gasolina.
Normalmente, su pequeña embarcación funcionaba a las mil maravillas; su padre y yo la cuidábamos bien.
Después de la mía, su pequeña lancha era el que más uso tenía.
Alcanzaba apenas los treinta millas por hora, pero uno se sentaba tan cerca del agua que parecía ir a sesenta.
Y era una gozada de conducir. Era casi tan maniobrable como una moto acuática, pero uno se mantenía más seco que en una moto acuática.
Y era imposible volcarla. Ningún giro era demasiado cerrado; podías hundir una borda bajo el agua y ese era el mayor peligro que presentaba.
Becky casi siempre se olvidaba de comprobar si tenía gasolina. Calculé que pasar media hora sentada en el lago bajo el sol de media tarde probablemente le recordaría que debía comprobarlo la próxima vez.