Capítulo 5 ¡Mierda! #2
—Venga, nena. Este hombre raro quiere ir a terminar nuestra nueva casa.
Se le abrieron los ojos de par en par y se le cayó la mandíbula al soltarle la mano y bajarme del coche.
Se reunió conmigo en la acera y subimos juntos las escaleras hasta el porche delantero.
Abrí la puerta y me hice a un lado para indicarle que pasara primero, y la seguí adentro, los ojos divididos entre mi renovada casa y el delicioso meneo del culo formidable de Genie en sus ajustados shorts mientras entraba.
—¿Estás lista, nena? —pregunté mientras inspeccionábamos el salón.
—Sí, Amo. Estoy lista —dijo, toda profesional ahora.
Fui visualizando cómo quería que fuera cada habitación mientras recorríamos la casa y Genie hacía realidad mis pensamientos. Estábamos en la segunda planta, habiendo terminado con el segundo de los dos dormitorios que iban a ser habitaciones de invitados.
Entré en el que había sido el dormitorio principal y me volví hacia Genie.
—Esta habitación —dije mirándola—, la dejo enteramente en tus manos. Decórala como quieras.
Me lanzó una mirada sorprendida. Le sonreí y dije:
—Bueno, pensé que te gustaría decorar tu propia habitación como quisieras.
Se le abrió la boca y luego su cara se volvió inexpresiva, una máscara impenetrable. Todas mis alarmas se dispararon a la vez: sabía que la había cagado de alguna manera, aunque no sabía exactamente cómo. Solo me llevó unos segundos averiguarlo.
—Cielo, no quiero... quiero decir, eres más que bienvenida... Ah, ¡mierda! —La miré y dije—: Solo pensé que te gustaría tener tu propio espacio en la casa, nena. Eso es todo. No quería decir ninguna otra cosa, te lo juro.
Me observó un momento y luego preguntó:
—¿Quieres decir que puedo quedarme contigo...?
—Bueno, sí. —Estaba un poco desconcertado— A menos que prefieras vivir en tu botella... —Fruncí el ceño y pregunté—: ¿No vivías... con tus otros Amos?
—No —dijo en voz suave—. No. La mayoría eran un hatajo de brutos, hombres bastos y codiciosos, despreocupadamente egocéntricos y egoístas. Cuanto menos tiempo pasaba con ellos, mejor.
Me estiré y la atraje hacia mí, y luego le levanté la cara hacia la mía con un dedo bajo la barbilla y la miré a sus ojos azul cielo.
—Yo no soy nada de eso —dije en voz queda—. Al menos, eso espero. Esta es tu habitación, cariño, tu propio espacio en la casa para hacer con él lo que quieras. Puede ser tu retiro privado o un dormitorio de invitados. Es tu elección.
—¡Dios mío! —suspiró. Su mano se agitó y la habitación se transformó en una lujosa y cómoda combinación de dormitorio y saloncito, con un marcado sabor francés.
No noté el cambio de inmediato, porque la mano que acababa de agitarse terminó en la nuca de mi cabeza, atrayéndome hacia un beso vertiginoso.
Los dos jadeábamos cuando acabó, y luego ella se fue de mis brazos, yendo de aquí para allá e inspeccionando la habitación como si no la hubiera visto antes.
Ya me había más o menos rehecho para cuando terminó, y ella me tomó de la mano y me arrastró fuera de la habitación hacia las escaleras que llevaban a la nueva suite del dormitorio principal.
—Ven, Amo, hagamos tu habitación ahora. —La seguí subiendo las escaleras, mirando cómo su culo perfecto se flexionaba y se movía, y recuerdo haber pensado que subiría una barbaridad de escaleras solo por el placer de mirarle el culo mientras las subía delante de mí.
Entramos en la suite del dormitorio principal y señalé la puerta que daba a mi nuevo balcón.
—Vamos a cambiar esa puerta por unas puertas francesas que se abran hacia adentro y hacer el resto de la pared de cristal, cristal tintado. No quiero que nadie pueda mirar desde fuera.
Un gesto de su mano y listo.
—De acuerdo, aquí quiero un baño, como el del campamento pero no tan grande. —Le sonreí—. Que tenga solo tres alcachofas de ducha en lugar de seis, y el jacuzzi solo lo suficientemente grande para dos. —Ya estaba hecho antes de que terminara la frase.
—De acuerdo, un armario vestidor aquí, con ropa de mi gusto y hecha a mi medida. No olvides mucha ropa cómoda, vaqueros y camisetas y zapatos, incluidos un par de botas camperas hechas a medida, todas ya domadas y tan cómodas como unos calcetines.
Aparecieron perchas y cajones, todos llenos con una variedad de ropa para cualquier ocasión, desde la más formal hasta para trabajar en el jardín. Noté que la ropa que yo ya tenía también estaba ahí, un bonito detalle de su parte.
—Muy bien —dije, sonriéndole—. Añadamos una pequeña lavandería justo aquí, solo lo bastante grande para la lavadora y la secadora. —Apareció, asentí con aprobación y seguí por el espacio restante.
—Mmm, pongamos un rincón íntimo de estar aquí, justo delante de la pared de ventana, con una chimenea de gas, un par de sillones cómodos, una tumbona con cabida para dos y un minibar.
Pon un televisor allí —añadí, señalando la pared norte—, y una cadena de música al lado.
Que sea de primera calidad, pero sin exagerar.
No necesita ser un monstruo de un millón de vatios; solo quiero que suene bien.
Genie agitó de nuevo la mano y todo apareció exactamente donde yo quería. Le sonreí y pregunté:
—¿Qué tal lo voy haciendo?
Me lanzó una pequeña sonrisa y simplemente arqueó una ceja. Me reí y sacudí la cabeza.
—De acuerdo, nena, ya debes de tener una idea bastante clara de mis gustos. Tú termina el resto de la habitación como creas que me gustaría.
Sus ojos se entornaron y me miró de nuevo, mordiéndose el labio.
Después de unos momentos, agitó la mano y apareció un dormitorio suntuoso.
Había una moqueta gruesa y tupida en el suelo, cortinas ricamente bordadas flanqueaban la pared de ventana, y toda la iluminación pasó a ser indirecta, haciendo que el espacio pareciera más íntimo.
La vista desde la habitación hacia el oeste era un espectacular panorama del lago Champlain, sin que lo estropeara el árbol de ramas irregulares que solía estar en mi jardín delantero.
Se había ido, junto con los cables eléctricos y la farola que habían estado frente a la casa toda la vida que yo podía recordar.
La cama era enorme, de cara a la ventana del oeste y paralela a las ventanas de la buhardilla.
La flanqueaban dos mesillas de noche que hacían juego con la cómoda y el armario ropero.
Un vistazo más de cerca me dijo que todos eran de fabricación artesanal, pulidos con un acabado sedoso y reluciente.
La ropa de cama era de algodón finísimo e increíblemente suave al tacto, y la propia cama era pecaminosamente cómoda.
El ruido del tráfico al que había estado acostumbrado toda mi vida en esta casa había desaparecido; había un silencio casi inquietante en la habitación, salvo por el suave susurro del aire acondicionado y nuestra respiración.
—¿Qué te parece? —preguntó Genie—. ¿Está bien?
Me volví hacia ella y la abracé, sonriéndole a sus ojos azul cielo.
—Nena, está más que bien. ¡Es perfecta! —Y entonces la besé y ella me devolvió el beso. Con entusiasmo.
Y entonces sonó mi maldito teléfono.
¡Mecagüen todo!
Un largo momento después solté a Genie y rebusqué el maldito cacharro en el bolsillo. Genie se dejó caer contra un sillón, con una mano entre sus pechos de pezones duros y jadeando, mientras yo miraba la pantalla. Era mi prima política Peggy, de veintiséis años.
Aparté mi mente a la fuerza del sabor y la sensación de los labios de Genie en los míos y contesté.
Peggy era un poco atolondrada y solo llamaba cuando necesitaba ayuda.
Se estaba pagando la carrera trabajando a tiempo parcial de camarera en un bar llamado McCoy's, a unos diez minutos de mi casa en Winooski, el pueblo colindante hacia el noreste.
Estaba terminando una licenciatura en Contabilidad, la asignatura más aburrida que yo podía imaginar.
—Jerry —susurró cuando contesté el teléfono—Hay un tío aquí que ha espantado a todos mis clientes y quiere que cierre para invitarme a salir. Me da miedo, Jerry. ¿Puedes venir?
—Estoy a un minuto, cariño —dije—. Quédate tranquila e intenta no provocarle. ¡Ahora mismo voy!
Cerré el teléfono y miré a Genie. Ella me tomó la mano y dijo:
—Piensa en dónde está ese sitio, como si estuvieras planeando ir en coche. —Asentí y unos segundos después agitó la mano y estábamos de pie fuera del bar.