CAPÍTULO 48
Sofía estaba muy nerviosa. Gabriel le había hablado de su tía Meg, la hermana de su madre y habían quedado con ella para conocerse de manera oficial puesto que la vez que se encontraron, aunque Meg quedó conmocionada al ver a Cristina reflejada en su hija, la joven no se percató del parentesco que las unía.
Llamaron al interfono y la puerta se abrió. Cuando llegaron al cuarto piso, una mujer esperaba con la puerta abierta. Sofía se quedó parada frente a ella reconociendo a la persona a la que había asistido días atrás en la calle.
Permanecieron frente a frente, mirándose sin decir nada.
«¿Cómo no me di cuenta del parecido?», pensaba la joven. «Es obvio que somos familia. A veces la mente nos juega malas pasadas».
«Es igual a Cristina», pensaba Meg mirando temblorosa a su sobrina.
Gabriel rompió el silencio captando la atención de ambas mujeres.
—Os dejo a solas para que podáis hablar tranquilamente y poneros al día.
Ellas asintieron y después Meg extendió una mano invitando a la joven a entrar en su casa.
Sofía se acercó lentamente, absorbiendo cada detalle del rostro de su tía, un rostro tan parecido al de ella.
Poco después, ambas estaban sentadas en el sofá, el mismo que veintiséis años atrás las dos hermanas habían compartido viendo una película o contándose sus secretos.
Los primeros minutos resultaron difíciles, pues hasta poco tiempo atrás no habían sabido de su mutua existencia, pero después todo se desenvolvió de una manera natural y juntas rieron y lloraron recordando momentos en los que Cristina era la protagonista principal.
Era el primer paso de una amistad que debió comenzar con el nacimiento de Sofía, pero la profecía impidió que fuera así.
La ciudad había recobrado su tranquilidad, pues todos los seres que habían acudido cuando la protegida despertó, habían regresado a sus correspondientes lugares de residencia.
Después de sellar la entrada al averno, los únicos seres que poblaban la tierra eran los ángeles, los licántropos y los vampiros, y todo había vuelto a la normalidad.
En la pequeña ciudad en la que vivía Sofía tan solo se encontraban Gabriel, Ian y Alex.
Aquella mañana, Meg había ido a visitar a su sobrina y Carmela se apuntó a la reunión. Se encontraban las tres frente a un café caliente cuando Sofía salió corriendo al baño.
Carmela y Meg se miraron preocupadas al escuchar el sonido que producía la joven al vomitar. Esperaron a que regresase y Carmela se atrevió a preguntar.
—¿Qué te pasa, hija? ¿Te encuentras mal?
—No, solo han sido nauseas, ahora me encuentro bien. Algo me habrá sentado mal.
—Quizás tengas un virus —aventuró Meg. — Ya sabes que en esta época hay un montón.
—Seguro que sí. En el hospital estamos atendiendo a mucha gente con gripe, COVID y virus estomacales.
Carmela miró a su hija con el ceño ligeramente fruncido, pues no era la primera vez que Sofía había vomitado en la última semana y eso no era normal siendo un ángel que supuestamente nunca enfermaba.
—Por cierto, olvidé que tengo que salir a hacer un recado —dijo la mujer. —Os dejo solas un momento y regreso pronto.
Cogió las llaves y el bolso y salió decidida camino a la farmacia. Poco después entraba con un misterioso paquete que entregó a su hija.
La joven lo cogió extrañada, pues la bolsa en la que venía era de la farmacia de debajo de la casa. Intrigada la abrió y sacó un test de embarazo.
Los ojos de Meg y Sofía se abrieron como platos, quedándose como dos tontas mirando la barrita.
—¿Qué es esto? —preguntó la chica mirando a su madre.
—Los ángeles nunca estamos enfermos.
—Pero también soy licántropo —aseguró ella.
—Ellos tampoco enferman —rebatió Carmela.
—¿Tienes un retraso? —dijo Meg mirando a su sobrina con una pizca de esperanza.
Sofía permaneció en silencio mientras calculaba fechas y entonces afirmó con la cabeza y se dejó caer sobre el sofá.
—¿Cómo no lo he pensado yo? —se preguntó—. Claro, que cómo me iba a imaginar que siendo un híbrido podría quedarme embarazada.
Meg se puso de pie y agarrando la mano de su sobrina, la obligó a levantarse y la arrastró hacia el baño.
La joven cerró la puerta mientras las dos mujeres esperaban al otro lado conteniendo la emoción.
—Sofía, ¿te has dormido? Sal o entramos a por ti —amenazó Meg tras diez minutos de espera.
La puerta se abrió y Sofía salió en estado de shock portando el test como si fuera veneno.
Tres pares de ojos se volvieron hacia el objeto tan insignificante y a la vez tan poderoso que podía cambiar la vida de una persona con tan solo indicar en un tono más oscuro el veredicto más importante para la vida de una mujer.
—¡Positivo! —exclamaron a dúo Carmela y Meg mirándose sorprendidas.
Sofía seguía con el test en la mano sin reaccionar ante la noticia.
—Cariño, ¿acaso no estás contenta? —le preguntó Carmela preocupada.
—Mamá, es que no me lo esperaba y tengo que asimilarlo. Además, no sé lo que opinará el padre.
—¿Sabes lo que estoy recordando? —le comentó Meg con una sonrisa.
—El día que tu madre descubrió que estaba embarazada de ti.
Bajé a la farmacia y compré dos test. Cuando se hizo la prueba puso la misma cara que tú, también le preocupaba la reacción de Gabriel, pero cuando se enteró fue el hombre más feliz del mundo.
—Es que es complicado… —rebatió Sofía apesadumbrada.
—¿Qué te preocupa? —se interesó su madre.
—No sé quién es el padre —respondió avergonzada.
—Ian o Alex —afirmó Carmela, pues sabía que su hija amaba a los dos jóvenes.
La joven asintió con la cabeza.
—¿Qué voy a hacer?
—Eres médico y trabajas en un hospital. Seguro que tienes maneras de descubrirlo —aseguró su madre.
—Tienes razón —se animó Sofía. —Mañana investigaré y hallaré la solución.
—¡Ni hablar! —exclamó Carmela. —Ahora mismo vamos a averiguarlo.
—Mamá —dijo la joven riéndose—. Todavía es demasiado pequeño para poder verlo. Tendremos que esperar a que esté de seis o siete semanas.
—¿Estás segura?
—Recuerda que soy médico. Y os aviso, vais a tener la boca cerrada hasta que tengamos las cosas claras. Esto es un pacto de silencio entre mujeres. ¿De acuerdo?
—Las tres se miraron con los ojos llenos de ilusión.
Una compañera ginecóloga, entusiasmada, se ofreció a hacerle una ecografía.
—Aquí está tu diminuto bebé, apenas se aprecia nada porque estás de poco tiempo —explicaba moviendo el ecógrafo lentamente para apreciar todo. — Espera…
—¿Sucede algo? —preguntó Sofía preocupada mientras Carmela y Meg intercambiaban miradas asustadas.
—Fíjate aquí —señaló con el aparato.
—¿Eso es…?
—Efectivamente, vas a tener dos bebés.
—¡Dos bebés! —exclamaron al unísono Carmela y Meg.
—Todavía son muy pequeños y no se aprecia bien, pero apostaría a que cada uno tiene su saco amniótico.
—Las tres mujeres estaban estupefactas escuchando las explicaciones de la ginecóloga, pero cuando salieron de la consulta se fueron a celebrarlo tomando un enorme batido de chocolate cada una.
—Sofía, me perdí toda tu vida, pero ahora nadie me impedirá disfrutar de mis sobrino-nietos.
—Y yo seré abuela por duplicado —afirmaba Carmela deleitándose con el batido—. Creo que los vamos a malcriar.
Sofía las miraba con una enorme sonrisa sin poder disimular lo feliz que estaba. Tan solo faltaba una cosa, saber quién era el padre. La ginecóloga necesitaba una muestra de sangre de Sofía y una de saliva de los chicos, por lo que tenía que apañárselas para conseguirlo sin explicarles el motivo.
Al día siguiente, se presentó con dos bastoncitos y dos pequeños botes y con una enorme sonrisa les pidió la muestra.
Simplemente les dijo que quería comparar su saliva con la de ella para estudiar las diferencias y conocer mejor su naturaleza de híbrido, por lo que ninguno dudó en aportar su granito de arena.
Sofía se encargó de analizar las muestras por temor a que el técnico de laboratorio encontrase alguna diferencia genética al ser un vampiro y un licántropo.
Mezcló ambas muestras y cuando vio los resultados se quedó totalmente paralizada.
—No puede ser verdad —decía Sofía a Carmela y Meg. —Estuve con Alex un día y al día siguiente con Ian— Explicaba Sofía negando con la cabeza—¿Cómo es posible que uno sea de Alex y el otro de Ian?
Carmela se encogió de hombros y con una sonrisa le preguntó:
—Hija mía, ¿acaso hay algo normal en ti? Al fin y al cabo, los amas a los dos, luego la suerte ha querido que tengas un hijo de cada uno.
Carmela y Meg habían preparado una cena especial a la que invitaron a Gabriel, Alex e Ian.
Malcom había regresado de su viaje y también estaba presente.
Salvo Ian, todos disfrutaban del picoteo antes de la cena, mientras hablaban y comentaban las cosas que les habían sucedido.
Entonces, Carmela golpeó con un tenedor la copa de cristal en la que estaba bebiendo vino.
El silencio se hizo en la habitación y todos la miraron expectantes.
—Hoy Sofía tiene una noticia muy importante que daros. Hija, cuéntales la nueva, que seguro que se van a quedar sin palabras—. Y tras decir eso, Meg y ella empezaron a reírse.
—Malcom, Gabriel, Ian y Alex miraron a Sofía intrigados.
—Estoy embarazada —soltó de sopetón.
El salón quedó en silencio. Malcom se atragantó con el canapé y Gabriel le dio unos golpecitos en la espalda. Ian y Alex miraron a Sofía y después se miraron entre sí.
—Se que os va a parecer increíble, pero son mellizos.
—Suéltalo todo de golpe que les va a dar un síncope —rogó Meg.
—Y cada uno de vosotros es el padre de uno de ellos —remató Sofía al borde del infarto. Se quedó en silencio mirando a ambos jóvenes sin saber qué respuesta le darían.
—Estaré encantado de cuidaros a los tres —dijo Alex acercándose a Sofía y abrazándola con delicadeza.
—Yo no tengo ni idea de criar niños, pero intentaré ser un buen padre para ambos —afirmó muy serio Ian sin llegar a entender lo que sucedía, pues era muy extraño que los vampiros tuviesen descendencia. Se acercó a Sofía y reclamó a Alex un momento para poder abrazarla.
Más tarde, durante la cena, la bombardearon a preguntas, aunque algunas no tenían una respuesta clara. Pero eso quedó en un segundo plano, pues Sofía lo único que sabía era que sus dos amores no la dejarían sola, que siempre estarían ahí para protegerla y ayudarla.