CAPÍTULO 47 #2
Llegó el amanecer y Sofía estaba tumbada en la cama mirando al techo.
No había pegado ojo en toda la noche dándole vueltas a lo que iba a hacer.
Le dolía traicionar a sus amigos, pero estaba convencida de que Oriol podía redimirse, de que en su interior todavía brillaba una tenue luz angelical.
Tenía que actuar rápido antes de que esta se apagase y por ello merecía la pena correr el riesgo.
Se levantó de la cama y se preparó un café bien cargado.
Tenía el estómago cerrado de los nervios y la bebida caliente la reconfortó.
—Buenos días —saludó Ian al entrar en la cocina. Se acercó y pillándola por sorpresa, le robó un beso.
—¿Qué estás haciendo? —lo apartó sorprendida.
—Te deseo un buen día —replicó con una sonrisa.
—No puedes… no puedes venir así y … —la joven no se atrevió a terminar la frase, pues sabía que Alex podía escuchar la conversación, aunque estuviese en otra habitación. Se puso muy seria con las manos en las caderas y le lanzó una mirada furiosa.
—Está bien —respondió el vampiro con una amplia sonrisa que derritió a Sofía—, seré más formal la próxima vez.
—¿Sabes lo que te digo? Me voy a dar un paseo.
—Te acompaño —le ofreció.
—Ni se te ocurra —le contestó señalándole con un dedo. — Una mujer necesita un poco de intimidad de vez en cuando. ¡Hasta luego! —le saludó lanzándole un beso.
Cuando llegó a un claro cercano a la urbanización en la que vivían los vampiros escuchó el ruido de un aleteo. Alzó la mirada al cielo y observó como Oriol descendía elegantemente y, sin apenas tocar el suelo, la cogía entre sus brazos y salía volando nuevamente.
Sofía hizo contacto visual con el ángel para comprobar que aún seguía ahí esa chispa de esperanza y suspiró aliviada al ver que así era.
Oriol quedó atrapado en esos ojos que contenían todo lo que él había soñado, esas lucecitas que le invitaban a soñar con una vida completamente diferente a la que había vivido.
Tener en sus brazos a Sofía le hacía dudar de la felonía que pensaba cometer, toda ella le invitaba a llevarla muy lejos, en algún lugar en el que solo estuviesen ellos dos.
Sabía que con la joven la vida sería diferente, que su presencia impediría que su lado oscuro saliese a la superficie provocándole para cometer terribles desmanes.
Pero ya era demasiado tarde para él y si quería salir del infierno al que le habían condenado, la única manera de conseguirlo era entregarla al guardián del averno.
Con el corazón encogido, llegó a la frontera donde se unían la tierra y el inframundo. Strug todavía no había hecho acto de presencia, por lo que descendió y depositó con suavidad a Sofía en el suelo.
Ella le sonrió confiada y sus ojos brillaron. Había tanto amor en ellos que apenas podía respirar al sentirlo. Se ahogaba en ese sentimiento tan puro y noble que desprendía la elegida, la cual había antepuesto su seguridad a la de ella porque confiaba en él.
Por el rabillo del ojo percibió una sombra y le sorprendió ver a uno de los seres del inframundo que tanta aversión le producía, pero lo que realmente le alertó fue ver que en sus manos portaba una espada que apuntaba a la espalda de Sofía.
No reflexionó sobre lo que hacía, fue algo instintivo, todo su ser se revolvió al imaginar a la elegida sin vida a sus pies. La sujetó por los antebrazos y la giró con fuerza, alejándola del arma que avanzaba sin piedad.
Sofía lo miró confundida sin entender lo que sucedía.
Entonces, la punta de la espada atravesó desde atrás a Oriol y apareció por su pecho, a la altura del corazón.
Él permaneció en pie mirándola con una sonrisa, luego sus piernas flaquearon y cayó lentamente al suelo seguido de ella, que lo sujetaba con los ojos llenos de lágrimas.
Sofía lo acunó en su regazo tratando de curar la herida infligida por el oscuro, pero el alma ya había abandonado a Oriol y su cuerpo era tan solo una cáscara vacía.
La elegida soltó un grito desgarrador y unas hermosas alas blancas se extendieron en su espalda. Con delicadeza arrancó la espada que había robado la vida al ángel rebelde y después, sujetando con fuerza su cuerpo, se elevó en el aire camino al refugio de los ángeles.
Cuando llegó allí, se dirigió directa al enorme salón en el que se congregaban y buscó a Fiona.
Sofía no podía hablar, su pecho se había salvado de la espada traidora, pero portaba el pesar de la pérdida de un ser que truncó su vida salvando la de ella.
Sollozaba de tal manera que los ángeles que la rodeaban se alejaban, pues su dolor era tan grande que sin darse cuenta estaba compartiéndolo con todos ellos.
Llegó hasta Fiona y cayó de rodillas ante ella.
—¡No pude salvarle! ¡No pude! Perdóname —suplicó.
—Hija mía, has hecho más que cualquiera de nosotros, deja que te alivie el dolor que cargas, me pertenece a mí —pidió Fiona arrodillándose junto a ella.
El consejo permaneció en pie impactado por la terrible imagen. Sofía tenía las alas ensangrentadas por haber envuelto con ellas a Oriol, y tanto ella como Fiona se hallaban en el suelo junto al cuerpo del ángel negro.
Entonces, Sofía se puso en pie y con resolución salió del refugio y voló hacia el cielo.
Gritó y gritó tratando de sacar todo el dolor que llenaba su pecho, pero este no quería abandonarla.
Decidida, se dirigió hacia el lugar donde Oriol había perdido la vida, el mismo donde se encontraba la entrada al inframundo.
Descendió y miró hacia abajo, hacia las entrañas del tenebroso lugar, donde los rostros de los peores seres del mundo la miraban llenos de maldad.
Vislumbró entre ellos al que había arrebatado la vida a Oriol y supo lo que debía hacer.
Aún en el aire, alzó las manos y unos rayos de luz blanca descendieron de entre las nubes y penetraron en su cuerpo, haciendo que toda ella refulgiese como un ángel luminoso. Esperó unos segundos y con toda su fuerza lanzó la luz sobre la entrada al inframundo.
—¡Sello este portal a la oscuridad y la maldad para que no pueda abrirse hasta que yo pierda la vida! ¡Que permanezca cerrado durante siglos para que su mal no transite más por la tierra!
Unos rayos tremendos descendieron como fuego hasta hacer desaparecer la puerta al inframundo. Minutos después, Sofía caía lentamente al suelo agotada por el dolor y el esfuerzo realizado.
Gabriel observó todo desde las alturas y comprendió con orgullo que todo había terminado, que la profecía se había cumplido al fin.
—Un ángel con sangre de licántropo y vampiro decidirá el destino del Mundo.
Y así había sido, el ángel de luz sacó de la oscuridad al ángel maldito, y este le regaló su vida. Ahora aquella frontera entre el bien y el mal se había cerrado y todo volvía a su lugar.
Horas más tarde, se congregaban en la ciudadela blanca los ángeles, los representantes de los licántropos y los vampiros.
Entre ellos se encontraban Ian y Alex, que miraban asombrados las alas blancas de la mujer de la que ambos se habían enamorado.
Ya no quedaban restos de sangre, solo había luz y amor.
Ella los miró con una sonrisa llena de promesas, sueños y vida.
Luego se dirigió a una enorme pila de mármol blanco sobre la que descansaba el cuerpo de Oriol.
Acarició su mejilla y besó su frente. Por último, se dirigió al consejo.
—Oriol ha regresado a donde siempre debió de estar. Su esencia de ángel ganó a la oscuridad que le rodeaba y entregó su vida por mi para purgar sus pecados. Le estaré eternamente agradecida y espero que todos vosotros lo estéis también. Fiona, tu hijo está entre nosotros por y para siempre.
El silencio se hizo en el lugar y todos inclinaron la cabeza en señal de respeto por el ángel caído.