CAPÍTULO 47
Oriol vagaba por el inframundo como alma en pena. Strug parecía desconfiar de él y no le permitía salir a la tierra. Tenía que convencerle de que todavía era digno de ser su aprendiz y que era el más competente para llevar a cabo la misión. Tomando aire se acercó a él y le habló con humildad.
—Mi señor, déjame ir a buscar a la elegida, ella me conoce y confía en mí. Si envías a cualquier otro, ella no acudirá a la llamada. Soy tu mejor opción y sé que quedarás satisfecho con mi servicio.
Strug lo miró divertido ante las palabras que le había expuesto y su actitud sumisa. Comprendía que el híbrido tenía razón y que ya no podía dilatar más tiempo la tarea.
—Voy a darte una segunda oportunidad, si consigues terminar con la chica, permitiré que te quedes en la tierra y no regreses jamás al inframundo. Pero si fracasas nuevamente, me encargaré personalmente de enterrarte en el pozo más hondo y oscuro de mi reino y no saldrás jamás.
Oriol comenzó a temblar descontroladamente solo de imaginar lo que sería el resto de su vida en ese terrible lugar y, sin dudarlo, asintió con la cabeza.
—¿Cuándo quieres que vaya a por ella?
—Ahora mismo, pero antes explícame cuál es tu plan.
Oriol expuso la idea que tenía en mente mientras Strug asentía repetidamente con la cabeza.
—¿Realmente los humanos utilizan ese tal Instagram para comunicarse?
—No solo eso, también lo usan para exponer sus vidas, para ligar, para vender sus productos… sirve para todo lo que quieras.
—¡Cómo han cambiado los tiempos! En fin, vete ya y tráela lo antes posible. Y recuerda, esta vez no admitiré un fracaso.
En el Valle del Silencio, Sofía aprovechaba cada momento para aprender de los vampiros. Ian le estaba enseñando a hipnotizar a la gente a través de la mirada. Habían salido al bosque y estaban sentados en un enorme tronco que en algún momento se había quebrado y había caído al suelo.
—Esto es absurdo —se oponía ella a aprender a hipnotizar. —¿Para qué voy a querer robarle la voluntad a una persona? No me parece ético.
Ian se reía paciente intentando convencerla de que le podía servir para conseguir información y para hacer olvidar.
—¿Qué tipo de información?
—Del tipo que le sacamos al imbécil del doctor cuando Oriol te secuestró. Gracias a eso pudimos localizarle.
Sofía permaneció pensativa asimilando la información.
—¿Y lo de hacer olvidar?
—Imagina que bebes la sangre de un humano sin su consentimiento. Es primordial que le borres el recuerdo para que no pueda delatarte y para que no tenga pesadillas —respondió burlón.
—Está bien, me has convencido —accedió—. ¿Qué tengo que hacer?
—Mírame a los ojos y concéntrate en lo que quieres que haga.
Sofía inclinó la cabeza mientras pensaba en algo cuando frunció los labios poniendo cara de pilla. Alzó la mirada y la enfrentó a la de Ian.
Trató de concentrarse en sus ojos verdes, los más bonitos que había visto en toda su vida. Sin querer desvió la vista hacia sus labios y suspiró pensando en cuánto le gustaría que la besase. Entonces Ian se acercó y la besó.
—¿Qué haces? —le preguntó retrocediendo.
—Lo que me has pedido —contestó el vampiro como si estuviese en trance.
—No te he pedido un beso.
—Si lo has hecho —aseguró con un tono de voz monocorde.
«¡Puf!», pensó Sofía. «Sí que le he pedido un beso, aunque no he sido consciente de ello. ¿Qué hago ahora? ¿Cómo le deshipnotizo?».
—Despierta—ordenó en voz alta.
Ian la miró sin parpadear.
—Regresa —pidió agitándole con energía.
Pero el vampiro seguía en estado de trance.
—¡Maldita sea!, vuelve o te pego un puñetazo.
Ian comenzó a reír a carcajadas mirando burlón a la chica.
—Por fin —suspiró aliviada. —Se te olvidó decirme que tenía que hacer después de hipnotizarte.
—Sofía, no me has hipnotizado. Soy un vampiro original y nadie puede hacerlo.
—¿Estabas fingiendo?
—Por supuesto, tenías que haber visto tu cara. Pero sí que me pediste el beso —se burló acercándose mucho a ella. ¿Sabes que no me tienes que hipnotizar para que te bese? Te besaría a todas horas y todos los días. Lo sabes —repitió con énfasis.
Sofía palideció y evitó su mirada.
—Sé lo que ha pasado entre Alex y tú —afirmó dolido—, pero te amo tanto que todavía tengo la esperanza de que me correspondas.
—Ian, también te amo, os amo a los dos. Es una locura, pero no puedo evitarlo y sé que os estoy haciendo daño. Cuando estoy contigo, sé sin duda que eres tú con quien quiero estar, pero cuando estoy con Alex, creo que es a él al que quiero. No sé cómo gestionarlo.
Ian se quedó mirándola pensativo y entonces se decidió.
—Muérdeme —le pidió ofreciéndole su cuello.
—¿Qué? ¡Ni hablar!
—Te he dicho que me muerdas.
—Y yo te he dicho que no.
—¿Por qué no quieres hacerlo?
—Ni siquiera tengo colmillos y además me da miedo.
—¿A qué tienes miedo?
—A probar la sangre y que me guste demasiado. Hasta ahora no he tenido ese problema y no me gustaría añadir uno más a la lista.
—Hazlo —ordenó nuevamente. —Has venido a mis tierras para aprender a ser un vampiro.
Lo máximo que puede suceder es que te vuelvas adicta a mi sangre y eso es algo con lo que puedo vivir —le dijo con una sonrisa torcida mientras se acercaba peligrosamente a ella.
Sus rostros estaban tan juntos que apenas sus narices se tocaban.
Él había inclinado la cabeza y la miraba a los ojos de tal manera que sintió que su sangre ardía.
Sofía le miraba con el corazón latiendo a mil por hora.
Desvió la mirada hacia su cuello y entonces sus colmillos salieron y los clavó en la yugular de Ian.
Una vorágine desordenada de imágenes pasó por su mente asustándola. Trató de separarse, pero Ian la apretó contra su cuerpo impidiendo que ella soltase su cuello.
—Mira —ordenó mientras ambos cerraban los ojos.
Las imágenes empezaron a ser más claras y se sucedieron más lentas dando forma a una historia, la historia de Ian.
Un bebé de ojos verdes en brazos de una mujer sin rostro, ese bebé abandonado en la puerta de una casa de madera en medio del bosque, un niño de ocho años con ropas humildes en esa misma casa, un adolescente mirando enamorado a una muchacha vestida con ropas de una época lejana, un joven de veintipocos años que despierta en la noche y descubre que ya no es el que era.
Su vida cambia y se asusta. Los colmillos, la visión nocturna, la velocidad, la fuerza…
la sed de sangre… Sin poder evitarlo se lanza sobre la familia que lo acogió, los que fueron sus padres, la que fue su hermana y a la que amó en secreto…
Todos muertos mirándolo con ojos vacíos.
Él vagando sin rumbo durante años buscando una explicación a lo que le estaba sucediendo, tratando de no sucumbir a la sed de sangre, al horror de asesinar a más gente, pero sin poder evitarlo una y otra vez.
Una mujer que le mira de frente, Sofía reconoce a Adara, vestida con prendas de cientos de años atrás.
Adara sonríe al chico y le ofrece su mano.
La transformación del joven tras aceptar su condición de vampiro y comprender lo que es.
Su nueva vida. Su nueva familia… Y después está ella, Sofía.
Solo ella. El día que se conocieron, el día que la salvó de la caída desde la azotea de su casa, el día que la convirtió en vampiro, cuando arrancó el corazón a los que habían atentado contra ella…
Los ojos de la joven se abrieron y soltando el cuello de Ian lo miró con una inmensa ternura.
El vampiro frio y salvaje había compartido con ella lo más valioso, demostrándole la inmensidad de su amor, dejando su alma a descubierto.
Con los labios rojos de sangre, se acercó a él besándolo como si fuera lo último que haría en su vida, con deseo, pasión, amor, ternura…
—Te amo —susurró en su oído provocando que Ian rompiese todas las barreras y la envolviese en sus brazos mientras respondía a sus besos.
Poco a poco se fueron quitando la ropa, saboreando el uno el cuerpo del otro, comprendiendo que el amor que sentían era mutuo y que sucediera lo que sucediese, tarde o temprano estarían juntos.
Yacían sobre un lecho de hierba mirándose con intensidad, sabiendo que tenían que regresar con los demás, pero retrasándolo por temor a perder lo que tenían.
Ambos sabían que Alex estaba allí y que formaba parte de la ecuación, pero sin saber cómo resolverla de manera que los tres pudiesen ser felices.
Oriol llegó a la tierra atravesando el velo que la separaba del inframundo y sacando el móvil puso un mensaje en Instagram a Sofía.
—Sé que la última vez las cosas no fueron muy bien, pero quizás quieras darme una segunda oportunidad.
Sofía escuchó el sonido de su móvil y lo miró. Llevaba tanto tiempo desconectada de las redes, que apenas recibía notificaciones, así que lo miró con curiosidad.
Al comprobar quién era, apagó la pantalla para que sus amigos no lo vieran y se metió en su cuarto.
—¿Cómo sé que no vienes en son de guerra? —escribió.
—No lo sabes, simplemente tienes que confiar en mí.
—Te he demostrado que confío y a pesar de todo casi me vendes.
—Esta vez será diferente.
—No sé cómo lo vamos a hacer, me protegen los vampiros y los licántropos. Es difícil escapar y si lo consigo, me pueden rastrear.
—No lo podrán hacer si te recojo y nos vamos volando.
Sofía dejó de escribir y se quedó pensativa. Podría ser una buena idea. ¿Pero cómo alejarse de todos sin que se dieran cuenta?
—Oriol, ahora vas a tener que confiar tú en mí.
—???
—Tendrás que acercarte a los alrededores de donde estoy alojada y venir a buscarme.
—¿Quieres que me meta voluntariamente en la boca del lobo?
—Quiero que confíes en mí. ¿Lo harás?
Entonces fue Oriol el que permaneció en silencio.
—Lo haré —afirmó. —¿Cuándo quieres que vaya y a dónde?
—Mañana por la mañana. Saldré a pasear con la disculpa de que necesito un poco de espacio. Te mando la ubicación.
—Allí estaré.