CAPÍTULO 46 #2
—Gracias, acepto tu invitación, me temo que soy un desastre en todos los sentidos.
Han sido tantos cambios que todavía no alcanzo a comprender las capacidades que poseo.
Alex —señaló a su amigo— me está enseñando a desarrollar mi esencia de lobo, pero me vendrá bien que un vampiro me enseñe a desenvolverme.
El tiempo discurría lento pero apacible. Salvo algunos de los sangre nueva, que tenían que controlarse ante la presencia de Sofía y Alex, el resto los acogió con cordialidad.
En ocasiones era Alex el que la llevaba al bosque para instruirla, otras era Ian. Ella era feliz en ese remanso de paz, alejado del peligro, al menos por el momento.
Estaba atardeciendo y Alex llamó a la joven.
—Vamos a correr un poco, tienes que aprovechar ahora que la transformación no te produce dolor para acostumbrarte a tu forma lobuna y aprender a controlar al animal que llevas dentro.
Sofía asintió y despidiéndose de Ian con una mirada, siguió al licántropo hasta la moto, se pusieron los cascos y pronto circulaban por la carretera, ya que Adara les había pedido que cuando se convirtieran en lobos estuviesen lejos de la urbanización para evitar que los vampiros nuevos se volvieran locos.
En el otro extremo del valle, Alex aparcó la moto y guardó los cascos.
La noche ya había llegado y aunque no había luna llena, el cuerpo de Sofía quería transformarse.
Los jóvenes se miraron a los ojos y quitándose la ropa, se convirtieron en lobos.
Lobo negro, loba blanca. Sangre caliente. Corazones sonando al unísono.
Sofía salió despedida como una flecha gozando de la libertad que le proporcionaba su forma animal.
Si los lobos sonrieran, la loba blanca estaba sonriendo.
Alex la seguía con la lengua fuera tratando de alcanzarla, pero la velocidad de la licántropa era extraordinaria y el joven comenzó a preocuparse al comprobar que la distancia que los separaba era cada vez mayor.
Continuó corriendo tras ella durante unos minutos, pero hacía tiempo que no la veía.
Siguió su rastro y se topó con ella. La loba había encontrado a un hombre paseando, apoyándose en un bastón.
Era un lugareño de edad avanzada, que recorría tranquilamente el bosque disfrutando del silencio, las estrellas y la luna.
Sofía se había detenido frente a él mirándole como si fuese un bocadillo de jamón. El hombre permaneció inmutable devolviéndole la mirada. Los ojos azules de la loba percibieron el interior del hombre, un corazón noble, una vida pacífica.
Inclinó la cabeza y frotó sus patas delanteras en el suelo, indecisa sobre cómo debía comportarse. Su mente humana doblegó al animal, y lanzando un aullido, salió corriendo en busca de Alex.
Llegaron juntos hasta las motos y recuperaron su forma humana.
Los ojos negros quedaron atrapados por los ojos azules.
Sus cuerpos desnudos relucían bajo la noche estrellada temblando de deseo.
Alex rompió la distancia que los separaba y rodeó el cuerpo de Sofía estrechándola en sus brazos.
Sus labios buscaron los de ella, que respondió con avidez, como si cada beso, cada caricia, estuvieran esperando el momento idóneo para ser compartidos.
—Te amo, Sofía, desde el primer momento que te vi —declaró Alex separándose de ella. —Me has embrujado con esa mirada cargada de ternura e inocencia.
—Te amo, Alex, desde el día que entraste en el hospital cuando me mordió Martina y me sonrojé como una adolescente.
El licántropo alzó la mano y acarició con delicadeza la mejilla de Sofía, colocando después la mano en su nuca y acercando nuevamente su rostro al de ella.
Los besos cada vez eran más exigentes, provocando que un intenso calor recorriese sus cuerpos, que temblaban de deseo.
Alex apretó a Sofía contra él, mientras sus manos descendían por su espalda hasta la cintura lentamente, hasta llegar a sus nalgas.
Sofía sentía que una debilidad se apoderaba de todo su cuerpo y lo único que podía ayudarla era la manera con la que Alex la sujetaba, con fuerza y delicadeza al mismo tiempo.
Alex la alzó y ella enroscó sus piernas sobre la cintura de él, sintiendo cómo su sangre corría velozmente por su organismo, latiendo locamente, buscando más de él.
Lentamente, hicieron el amor en el bosque que les hacía sentirse libres, saboreando cada instante, sonriéndose, acariciándose, besándose…
Llegó la hora de regresar y tomaron sus ropas y se las pusieron entre risas y besos. Una vez en la moto, se dirigieron a la urbanización de los vampiros.
Se alojaban en la casa de Ian, que disponía de varias habitaciones, aunque él jamás las había usado hasta ahora. El primer día les dio a elegir y cada uno escogió la suya, de tal manera que la de Sofía quedaba entre la de Ian y la de Alex.
Cuando el vampiro los vio, no necesitó palabras.
El aroma de sus cuerpos era inconfundible.
Sintió que su corazón, el que no latía, se le desgarraba.
Quería gritar, aullar, salir corriendo lejos de ellos, pero la amaba demasiado como para abandonarla a su destino.
Tarde o temprano Oriol volvería y él estaría ahí para protegerla.
Esa noche, Sofía se acostó con sentimientos encontrados.
Amaba con locura a Alex y era feliz por haber hecho el amor con él.
Pero también sintió una inmensa tristeza cuando Ian la miró y comprendió lo que había sucedido.
Esa mirada que la hipnotizaba le había partido el corazón, porque, aunque quisiera negarlo, también amaba a Ian, y se sentía terriblemente culpable del dolor que le había provocado.
Se quedó mirando al techo iluminado tenuemente por la luz que se filtraba a través de las cortinas.
¿Qué podía hacer? Tenía que elegir a uno, aunque hiciese daño al otro, pero… ¿A cuál?