EPÍLOGO
Habían pasado varias semanas durante las que Sofía fue curando sus heridas.
Había regresado a casa con sus padres y ese fue el mejor bálsamo para la joven.
Quería recuperar su vida, aquella que parecía que había sido siglos atrás.
Su trabajo en el hospital, Alfonso, su querido y fiel amigo, al que siempre llevaría en el corazón, sus padres, sus compañeros de trabajo, el maravilloso doctor Avellaneda, su recién descubierta tía Meg que la llenaba el corazón de historias sobre su madre… y sus chicos: Ian y Alex…
El otoño había llegado y Sofía salió de casa decidida a solucionar el dilema. ¿A quién iba a elegir? No tenía ni idea. Los quería a los dos y era incapaz de tomar una decisión.
Salió del portal y allí estaban, Alex, moreno, caliente, medio humano… Ian, rubio, con los ojos verdes más intensos que había visto jamás, frío, sin corazón, tan hermoso que no podía dejar de mirarlo.
Caminó decidida hacia el bosque que rodeaba la ciudad, ese que le había traído tantas alegrías y tristezas, y ellos la siguieron como si fuese su aire, la energía vital que necesitaban para seguir viviendo.
Se detuvo en el mismo lugar en el que Martina la había atacado y se llevó las manos a su vientre.
Sabía que en su interior dos bebés estaban creciendo, y milagrosamente uno era de Alex y otro de Ian.
¿Cómo fue posible? Sofía ya no se lo preguntaba, para ella no tenía importancia.
Simplemente sabía que en su interior portaba el fruto del amor por ambos jóvenes.
Para su sorpresa Ian se acercó y la abrazó como si fuese a perderla para siempre.
—Sabes que te amo —la dijo sumergiéndose en los inmensos ojos azules llenos de chispas de luz.
—Sabes que te amo —respondió ella cautiva de los ojos de él, llenos de promesas de futuro.
—Voy a marcharme —le dijo acariciando su mejilla.
—No, no, por favor…
—No es una despedida —prometió él destrozado—, solo es una pausa.
—¡No podré vivir sin ti!
—Lo harás, vivirás plenamente con Alex y lo amarás con todas tus fuerzas, como solo tú sabes hacer. Ojalá sean muchos años y tengáis muchos hijos. De vez en cuando vendré a ver a mi pequeño y lo amaré tanto como a ti. Y cuando Alex abandone este mundo, vendré a buscarte y nada nos separará.
—Ian, no puedes hacerme esto —rogó Sofía sintiendo que se le desgarraba el corazón. —Eres parte de mí. No concibo mi vida sin ti —le dijo lanzándose a sus brazos desconsolada. —Os necesito a los dos —suplicó mirando a ambos muchachos.
Ian abrazó con fuerza a la mujer a la que amaba de tal manera que era capaz de renunciar a ella durante un tiempo que se le haría eterno.
Ian y Alex intercambiaron miradas en las que transmitían la fuerte amistad que habían forjado durante los intensos meses en los que todo fue un caos.
El licántropo sabía el gran sacrificio que su sorprendente y generoso compañero estaba realizando. No hubo palabras entre ellos, se entendían sin decir nada. El amor de ambos por Sofía era tan grande que eran capaces de compartirlo para no hacerla sufrir.
Y de esta manera, se cumplió la profecía que siglos atrás un oráculo había narrado al consejo angelical y que tanto dolor y destrucción había traído.