Tres almas y una profecía CAPÍTULO 45
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CAPÍTULO 45

El consejo, los licántropos, los vampiros…, todos los seres buscaban desesperados a Sofía presintiendo que el fin de la profecía estaba cerca.

Gabriel rogaba a sus hermanos pidiéndoles que interviniesen en el enfrentamiento, que no se mantuviesen como meros espectadores de lo que estaba a punto de suceder.

—El futuro de la humanidad está en nuestras manos, no podemos permitir que Sofía esté sola en la batalla, nuestro deber es protegerla.

—Estabas presente cuando el oráculo nos narró la profecía. ¿Recuerdas lo que nos dijo? Nuestro deber es permanecer al margen —aseveró Samuel con firmeza.

—No puedes ignorar lo que está sucediendo —suplicó Gabriel. —Debemos actuar y proteger a Sofía, tú mismo viste la luz que desprendía, jamás habíamos visto algo igual.

—Samuel, Gabriel tiene razón —intervino Miranda—, esa niña ya ha sufrido mucho y ha llegado el momento de tomar partido. El libre albedrío está sobrevalorado. Los humanos, en ocasiones, necesitan algo de ayuda angelical. Estoy cansada de ver su sufrimiento sin poder intervenir.

—Gabriel, cuenta conmigo —aseveró Fiona. —Iré contigo a donde haga falta. Intentaré proteger a Sofía y redimir a mi hijo.

—Os acompañaré —respondió Jonás poniéndose en pie. —Ha llegado el momento de proteger a nuestros pupilos y terminar de una vez con la profecía que lleva años robándonos el sueño.

Samuel inclinó la cabeza en señal de asentimiento y se unió a sus hermanos. Los cinco salieron volando en busca del rastro de la joven a la que custodiaban desde el día de su nacimiento.

Sofía seguía en la cabaña a pesar de que podía haber huido.

Esperaba el regreso de Oriol y deseaba con todas sus fuerzas convencerle de que aún estaba a tiempo de cambiar su vida.

Entró en el baño y se refrescó la cara y la nuca.

El golpe que recibió cuando se estrelló contra el árbol podría haberla matado, pero ahora que compartía sangre de seres que jamás soñó que existían, parecía que esa opción era imposible.

—¿Cómo pensará arrebatarme la vida? —se preguntó intrigada. —Mi sangre de vampiro me hace inmortal…o quizás si me arranca el corazón como hace Ian pueda terminar conmigo, puesto que no soy un vampiro original.

Entonces recordó a sus amigos y a sus padres y fue consciente de lo preocupados que debían de estar. Por primera vez desde que escapó se sintió culpable por hacerles pasar por esto.

Imaginó cómo estarían Malcom y Carmela, que la habían cuidado desde que nació inculcándole el amor y el respeto a los demás, regalándole cada día una sonrisa y acompañándola en su camino por la vida como si realmente fuesen sus padres.

Pensó en Gabriel, su auténtico padre, que renunció a ella por amor, para que no le sucediese nada.

Y luego cerró los ojos y vio el rostro de Ian y Alex, los dos jóvenes que habían entrado en su vida y le habían robado el corazón.

No pudo evitar que unas lágrimas rodasen por sus mejillas marcando en su cara el dolor que su corazón sentía.

Se tumbó en la cama exhausta por todo lo vivido en los últimos meses y se quedó profundamente dormida.

Horas después, abrió los ojos y comprobó que la noche había cubierto todo con su manto de oscuridad. Encendió la lampara de la mesita y se puso en pie. No sabía cuánto tiempo tardaría Oriol en regresar, porque pensaba regresar ¿o no?

Las tripas le rugieron recordándole que llevaba más de un día sin comer.

Paseó por la casa buscando algo que comer cuando sus ojos se toparon con un teléfono móvil.

Se acercó y comprobó que era el suyo. La pantalla tenía un buen golpe, pero quizás todavía funcionaba.

Apretó el botón de encendido y la pantalla se iluminó indicando que metiese el pin.

Pulsó las teclas correspondientes y el teléfono se activó.

Inmediatamente comenzaron a llegar avisos de llamadas y mensajes de todas las personas que estaban preocupadas por ella.

Se sintió fatal por el mal trago que les estaba haciendo pasar y buscando el wasap de Gabriel le envió la ubicación de la cabaña.

Gabriel volaba desesperado intentando encontrar un rastro que sabía que sería prácticamente imposible de hallar, pues el olor en el aire se difuminaba a gran velocidad y era consciente de que jugaba en su contra.

Entonces escuchó un tintineo en el móvil. Lo sacó y cuando vio quién lo enviaba, su corazón saltó de alegría. Reenvió la ubicación a sus hermanos y a Ian y Alex y se dirigió hacia el lugar que Sofía le había marcado.

Como un solo ser, todos se dirigieron en dirección al punto de destino que la joven había marcado.

Oriol llegó a la cabaña, y se detuvo en el exterior. Inspiró profundamente y entró decidido a cumplir los deseos de su mentor.

Sofía le recibió con una hermosa sonrisa.

—Creí que no volverías —le dijo en tono alegre.

—Creí que te habrías marchado —respondió él, sorprendido de verla allí.

—Todavía no hemos terminado de hablar —aseguró ella mientras masticaba una galleta. —Por cierto, me he tomado la libertad de hurgar en tu despensa. Estaba muerta de hambre.

Oriol la miraba incrédulo mientras ella hablaba y comía como si fuesen amigos de toda la vida.

«Me imagino que el golpe en la cabeza la ha dejado desorientada», pensó para sí. «Porque si se encontrase bien, habría salido disparada en cuanto me fui».

—Oriol, mis amigos saben dónde estoy y me imagino que no tardarán en llegar. Fiona los acompañará y está deseando verte. Quédate y escucha lo que tiene que decirte.

—¿Cómo han sabido…? ¡El teléfono! —maldijo. —Lo olvidé sobre la mesa.

El ángel se puso rígido y se enfrentó a Sofía, que tranquilamente había cogido otra galleta del paquete.

—¿Estás loca o qué? —le escupió enfadado. —Esto no es un juego. No pienso volver al inframundo ni por ti ni por nadie. No imaginas lo que supone esa oscuridad constante y lo negros que son los pensamientos de los seres que se alojan allí. A su lado yo soy un santo.

—Oriol, si confías en mí, podemos solucionarlo todo. Tu esencia de ángel todavía está ahí escondida. Por favor, quédate —le rogó.

—¿Qué te hace pensar que te voy a dejar escapar? Tengo que llevarte ante Strug. Él confía en mí y me ha protegido durante todo este tiempo de lo que hay en El averno.

—Strug te está manipulando y utilizando para que me lleves ante él. ¿Qué crees que vas a conseguir con eso?

—Cumplir la profecía —afirmó rotundo.

—¡Qué! —se asombró Sofía, pues que ella supiese ninguna parte de la profecía hablaba de un ángel caído ni nada parecido. —No sé a qué te refieres —aseguró ella—, pero creo que Strug te está engañando.

—Estás equivocada, él me ha salvado.

—Estás hablando del guardián del inframundo, el ser más vil y despreciable de todos los que están allí abajo. Embustero, manipulador y malvado. Oriol, quédate conmigo —suplicó nuevamente.

El ángel la miraba indeciso. Jamás nadie lo había tratado así, excepto sus padres cuando era pequeño.

Ella no parecía tenerle miedo y sus ojos decían la verdad cuando hablaba, pero estaba equivocada en todo.

Si se quedaba, su vida corría peligro. Inspiró profundo y se dio la vuelta para salir de la cabaña.

—Oriol —le llamó.

—Adiós, Sofía, volveremos a vernos.

—Te esperaré.

Poco después los alrededores de la casa se llenaron de gente que venía en busca de la elegida.

Fiona se acercó a ella y sujetó sus manos.

—¿Le has visto? —preguntó esperanzada.

—Sí —contestó con dulzura.

—¿Cómo está?

—En su interior todavía detecto un pequeño flujo de esencia angelical. Su idea era matarme o llevarme con el guardián del inframundo, pero no lo ha hecho.

—Gracias, Sofía. No sabes lo que te agradezco que confíes en él.

El consejo escuchó las explicaciones de la joven y escépticos regresaron a su hogar, salvo Gabriel y sus padres, que se quedaron con ella a esperar la llegada de Alex e Ian, que al no tener alas tardaron un poco más.

Cuando estos aparecieron, los tres ángeles abandonaron la casa dejando solos a los jóvenes.

—Sofía —sonrió Alex acercándose a ella, abrazándola y girando con ella en brazos. —Estaba muy preocupado por ti.

—Lo siento, no era mi intención, pero sabía que vosotros no le daríais una oportunidad a Oriol.

—Por supuesto —intervino Ian muy serio. —Si he de elegir entre tú y ese asesino, tengo claro a quién elegiría.

Sofía se deshizo del abrazo de Alex y se acercó a Ian.

—He echado de menos tu compañía —le dijo abrazándolo y besando su mejilla.

Ian olvidó sus temores y las horas de angustia y preocupación que había pasado, simplemente la rodeó con los brazos y la estrechó contra su pecho.

Cuando llegó a casa, estaba extenuada. Su cuerpo le avisaba de que llegaba nuevamente el momento de la transformación, pero ella lo único que quería era meterse en su cama y dormir.

Pensó en su trabajo en el hospital y las frecuentes ausencias sin disculpas justificadas.

El doctor Avellaneda era un hombre justo y generoso que la había apoyado desde el primer momento sin pedir ni una sola explicación, pero la última desaparición había colmado el vaso y no creía que la admitiesen nuevamente.

Miró por la ventana y vio la luna brillar con intensidad. Pronto volvería a ser un lobo.

Por la mañana se dio una larga ducha y se vistió para ir al hospital. Quería disculparse con su mentor y agradecerle su paciencia.

Lo encontró solo en su despacho leyendo concentrado un informe médico.

—Doctor, ¿dispone de un momento para hablar conmigo?

—Adelante, Sofía, siéntate y cuéntame.

—Siento haber vuelto a faltar sin previo aviso.

Sé que le estoy decepcionando, pero de verdad que no he podido evitarlo.

No puedo explicarle lo que está sucediendo en mi vida, aunque le aseguro que en cuanto vuelva a la normalidad, regresaré y le pediré que me readmita.

Por desgracia, ahora no voy a poder comprometerme a no faltar y pediré una excedencia.

Si para entonces considera que me puede dar otra oportunidad, le aseguro que no le defraudaré.

—Sofía, eres el médico residente que más me ha sorprendido desde que estoy en el mundo de la medicina, tanto por tu calidad humana como por tu profesionalidad, aunque es cierto que algo de ti me tiene…

inquieto, por decirlo de una manera suave.

Ambos sabemos que eres diferente, aunque no puedo determinar el motivo.

He estado observándote y he comprobado que por el hospital han estado moviéndose personas ajenas a nosotros, personas que parecían vigilarte.

No sé si estás metida en problemas o si necesitas mi ayuda.

Puedo hablar con seguridad si lo deseas para que impidan su entrada o te acompaño a la policía si lo consideras necesario.

—Luis —respondió ella con ternura—, es usted una persona maravillosa y me siento orgullosa de estar en su equipo. Gracias por estar pendiente de mí, pero no se preocupe. Esas personas me están protegiendo de algo que no puedo explicarle. Quédese tranquilo que todo irá bien.

—Sofía, eres una fuente inagotable de sorpresas.

Jamás pensé que diría esto en voz alta. Desde que te conozco mi vida ha cambiado y gracias a ti sé que los ángeles existen.

Hugo tenía razón, eres un ángel. No sé por qué estás aquí, en medio del caos y del dolor cuando podrías estar en un lugar que seguro destila paz por todos los lados.

Lo que tengo claro es que tu presencia me hace sentir mejor.

Vete y soluciona lo que te perturba. Te estaré esperando.