Tres almas y una profecía CAPÍTULO 43
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CAPÍTULO 43

Oriol estaba nervioso. Nunca había quedado con una chica y le sorprendía que quisiera conocerlo, aunque claro, ella pensaba que era Alex o Ian, puesto que su foto no aparecía en el Instagram, y los dos chicos eran guapos a rabiar.

«¿Qué dirá cuando me vea?», se planteó. «Quizás no me dé una oportunidad. De todas formas, tengo que intentarlo».

Extendió sus alas y salió volando en dirección al pueblo en el que vivía.

Ian y Alex no querían poner en peligro a Sofía y tuvieron una fuerte discusión con ella.

—No vas a venir —afirmó rotundo el vampiro.

—Por supuesto que iré.

—Ni hablar —se negó el licántropo.

—Veo que tanto estar juntos os está sentando bien, aseguraría que incluso os tenéis cariño. Pero pienso ir.

Alex sacó el móvil y llamó a Gabriel.

—Dime, Alex.

—Habla con tu hija. Vamos a reunirnos con Oriol y se ha empeñado en que quiere venir con nosotros.

—¿Dónde estáis?

—Te envío la localización, no tardes.

Minutos más tarde Gabriel descendía con suavidad junto a los tres jóvenes. Replegó sus alas y se hizo visible.

—Sofía, ven conmigo. Tengo algo importante que contarte.

—Lo que sea puede esperar, ahora me voy con ellos —señaló a los chicos.

—No puede esperar, una persona muy importante está deseando conocerte.

—Iré cuando terminemos con Oriol. Quiero intentar hablar con él antes de enviarle al consejo para que lo juzguen.

—No pondrás tu vida en riesgo una vez más.

Sofía lo miró irritada y deseó perderles de vista a los tres. Entonces, su deseo se cumplió.

—¿Dónde está? —inquirió Alex estupefacto mirando alrededor.

—No la veo—aseveró Ian.

—Sofía, esto no tiene gracia —intervino Gabriel nervioso.

—¿Qué sucede? —preguntó Ian preocupado. —¿Cómo ha podido desaparecer?

—¿Qué está pasando? —se dijo Sofía sorprendida. —¿No me ven? ¿Cómo es posible?

—Creo que acaba de activar su faceta de ángel, la invisibilidad.

—Pero tú deberías verla, eres un ángel.

—Ella es diferente a todo lo que conocemos —aseguró Gabriel pensativo. —Sofía, esto no tiene gracia. Déjate ver ahora mismo.

Pero la sorprendida Sofía aprovechó la ventaja para ponerse en marcha. Fue a casa, cogió las llaves del coche de sus padres y una vez arrancado el motor, recuperó su forma física y condujo hacia el lugar al que Oriol acudiría.

Activó Waze, el navegador, que fue guiándola y aceleró con la intención de llegar antes que sus amigos.

— ¿Qué hacemos? —preguntó Ian nervioso. —¿Crees que ha decidido ir por su cuenta?

—No me extrañaría —asintió Gabriel disgustado.

—¿A qué esperamos entonces? —intervino Alex. —Tengo la moto cerca, vamos a buscarla.

—Yo iré volando. Llegaré antes que ella, salvo que ahora también tenga alas. Nos vemos allí.

Sofía estaba nerviosa porque sabía que Gabriel la seguiría desde el aire, por eso, pisó el acelerador y el coche alcanzó los ciento cincuenta kilómetros en la carretera comarcal.

Faltaba poco para llegar a su destino cuando un jabalí se cruzó en su camino haciendo que girase el volante precipitadamente para evitar la colisión, de tal manera que el coche perdió el control y salió de la carretera dando una vuelta de campana.

En ese mismo instante, Oriol sobrevolaba la zona y escuchó el chirrido de los frenos y el ruido que produjo el vehículo al volcar.

Estuvo a punto de no detenerse porque, realmente, ¿qué le importaba a él lo que le pasase a un simple humano? Pero algo lo atraía al lugar sin saber por qué.

Descendió y acercándose asomó la cabeza por la ventana, encontrándose con una joven inconsciente cuyo cabello negro como la noche colgaba en el aire al estar boca abajo. Su olor le alertó.

La miró fijamente y con una mano apartó el pelo.

—¡Es Sofía! —se sorprendió. —¿Qué hace ella aquí? Sea como sea, el destino la ha puesto en mi camino y voy a aprovecharlo.

Abrió la puerta con dificultad, pues el golpe la había desencajado, y soltando el cinturón de seguridad, la tomó en brazos y desapareció volando.

Durante toda la noche, Gabriel y los dos jóvenes la buscaron desesperados, pero no fue hasta el amanecer cuando encontraron el coche de Carmela volcado en la cuneta.

—Demasiado tarde —se lamentó Gabriel con angustia. —Oriol ha estado aquí, percibo su olor.

—Yo también —asintió Alex pálido como un muerto.

—¡Me cago en el maldito ángel…! —estalló Ian dando tal golpe a un árbol cercano que quebrando el tronco lo tumbó.

Gabriel ascendió siguiendo el aroma de Oriol, pero por desgracia habían pasado horas y el ligero viento lo había difuminado hasta borrarlo.

Los tres se miraron sobrecogidos sin saber qué hacer.

—Sofía no está segura con Oriol, siempre ha sido su objetivo. Como no demos pronto con ella… —aventuró Gabriel con temor.

—No podemos perderla —respondió Alex con un hilo de voz.

Ian no dijo nada, simplemente desapareció a tal velocidad que lo perdieron de vista en un instante.

Oriol llegó a su nuevo refugio, una cabaña en medio de la montaña sin vecinos ni nadie que le pudiera molestar. Entró llevando en brazos a Sofía, que todavía estaba inconsciente. Miró su rostro y pensó que era realmente hermosa.

Tenía que hablar con Strug, el guardián del inframundo y su jefe, para decidir qué hacer con ella.

La depositó sobre la cama y fue a por el botiquín que había en el cuarto de baño.

Cuando alquiló la casa y lo vio, le dio la risa pensando en que él no lo necesitaría al ser híbrido de ángel, pero ahora que veía a la elegida sangrando por la sien decidió darle utilidad.

Arrimó una silla y se acercó con un algodón y algo llamado Betadine que decía que era un antiséptico para limpiar las heridas. Lo aplicó con cuidado y comprobó que efectivamente había tenido una brecha, pero ya solo quedaba la sangre, pues la herida había cerrado.

«Tendré que esperar a que despierte», pensó mirándola con detenimiento. «Parece mentira que esta chica sea tan peligrosa como dice Strug. Es tan pequeña y frágil… Pero si representa un peligro para nosotros solo hay una manera de acabar con él».

La joven se movió un poco y el pelo se deslizó sobre su rostro cubriéndolo. Oriol acercó la mano para retirárselo, pero lo pensó mejor y se levantó de la silla abandonando la habitación.

Poco después, Sofía abría los ojos lentamente. Tenía un fuerte dolor de cabeza y el estómago revuelto. Miró a su alrededor y frunció desconcertada el ceño.

«¿Dónde estoy?», pensó incorporándose lentamente. «Lo último que recuerdo es el accidente. Alguien me encontró y me trajo a su casa. Qué raro que no haya llamado a una ambulancia. ¡Qué dolor de cabeza!».

Se levantó con cuidado y caminó hasta la puerta con la intención de agradecer a su salvador la ayuda prestada.

«Ese olor… me recuerda a… Oriol. ¿Está aquí? ¿Cómo me ha encontrado?».

Entonces el ángel giró la cabeza y sus miradas se cruzaron. Los ojos color miel y los azules color cielo. Sofía retrocedió ante la intensidad de esa mirada que debería haber sido pura y que destilaba tanta oscuridad.

—Has despertado —comentó él encontrando en la mirada de ella luz y pureza—. Te diste un buen golpe.

—¿Cómo me encontraste?

—Ha sido el azar. Se ve que el destino quiere que nos encontremos.

—Yo te estaba buscando.

Oriol la miró intrigado al escuchar la confesión de la chica.

—¿Por qué me buscas? ¿No te preocupa lo que te quiero hacer?

—¿Piensas hacerme algo malo?

—Haré lo que tenga que hacer por seguir viviendo y no regresar al inframundo. Si tengo que terminar con tu vida, lo haré. No serás la primera ni la última.

—Lo sé. Tu madre me contó cómo eras y lo que habías hecho y a pesar de todo te sigue amando.

Descubrió que eras el responsable de las desapariciones de los licántropos y los vampiros y no se lo dijo al consejo.

Abandonó el refugio y fue en tu busca. Si ella piensa que estás a tiempo de redimirte, yo también.

—Mi madre lo que quiere es limpiar su conciencia por encerrarme durante siglos en el inframundo.

—Cometiste un terrible crimen, Oriol. Mataste a tu propio padre y sabes que no fue un accidente. Lo hiciste deliberadamente.

—La gente del pueblo me trataba como a un bicho raro. Me cabreaban y sacaban lo peor de mí. Mi padre pensaba lo mismo.

—La gente del pueblo te temía porque eras cruel y retorcido —alegó Sofía.

—Eres hermoso por fuera pero tu interior es negro y los asustabas.

Tu padre te amó hasta el último minuto de su vida, ni siquiera te devolvió un golpe cuando le diste la paliza que terminó con su vida. Siempre tuvo fe en ti como tu madre.

—No me conoces, no estabas allí —se revolvió Oriol con los ojos turbios llenos de furia.

—Pero veo tu interior y sé que tu madre no miente. Todavía estás a tiempo de…

—¡No estoy a tiempo de nada! —la interrumpió, acercándose furioso a ella. Le había sacado de quicio y lo único que quería era golpearla una y otra vez hasta dejarla sin vida.

Sofía temió que el joven le hiciese daño, pero mantuvo su cuerpo firme y su mirada fija en él.

En el último instante, Oriol se detuvo como si un hilo invisible lo hubiera sujetado al suelo y su rostro quedó frente al de la elegida.

Algo en los ojos de la chica lo tenía hechizado, no sabía si el increíble color azul o las chispas que brillaban en su interior, pero no pudo terminar lo que pensaba hacer.

«¿Qué me sucede?», se preguntó paralizado junto a ella, tan cerca que sus narices podrían tocarse. «¿Es que tiene poder mental? ¿Puede doblegarme con tan solo mirarme?».

—Oriol —susurró ella con dulzura—, no te dejes llevar por la ira y el dolor. —Alzó la mano y acarició su mejilla con delicadeza—. Tienes esencia de ángel, lucha por ella, deja que salga al exterior y domine a tu parte humana.

—¡Déjame! —explotó separándose de ella rompiendo el contacto físico. —Estoy perdido desde que era un niño y así seguiré por los siglos venideros.

—No lo permitiré —insistió ella sin asustarse. —¿Sabes una cosa? Jamás supe que era un híbrido de ángel. Siempre he sido una persona normal, con mis sueños y mis ilusiones. Toda la vida deseé ser médico para ayudar a los demás, es lo que más feliz me hacía.

Entonces, una loba me atacó y casi me mata.

Y descubrí que mi vida estaba llena de secretos.

Mis padres no eran mis padres, a mi madre verdadera la había asesinado un ser del inframundo y mi padre era un ángel.

La loba me convirtió en licántropo y los vampiros me convirtieron en uno de ellos.

Algunos piensan que soy una aberración, que no debería existir…

Sé que no es así, sigo siendo la misma chica que soñaba con curar a los que sufren y nadie me va a arrebatar eso.

Mi esencia sigue siendo la misma y tengo la certeza de que lucharé por ella me cueste lo que me cueste.

—Eres tan diferente a lo que me dijo Strug —murmuró el chico bajando la mirada al suelo.

—¿Quién es Strug? —se interesó Sofía.

—El guardián del inframundo, mi carcelero.

En algún momento de los cientos de años que permanecí allí, vio mi potencial y me acogió bajo su sombra.

Me habló de la profecía y de ti. Tú serías la causante del fin de todo y nosotros no podríamos permitirlo.

Solo tu muerte impedirá que se cumpla lo que dijo el vidente.

—¿Realmente crees que sería capaz de hacer algo así?

Mírame, Oriol. He hecho el juramento hipocrático por el cual me comprometo a salvar la vida de mis pacientes, a luchar contra viento y marea para conseguir ayudarles a sufrir menos o hacer que, si han de morir, sea de la manera más apacible posible.

Cuando alguien sufre yo sufro con él, como me está pasando ahora contigo.

Tu dolor es tan profundo que me llega aquí—le dijo llevándose una mano al corazón—y quiero mitigarlo aun a costa de mi vida.

Los ojos de Sofía se llenaron de lágrimas conmoviendo a Oriol como nadie lo hizo jamás. Luchó por separarse de ella, de los sentimientos que le provocaban y, con gran esfuerzo, abandonó el dormitorio y cerró la puerta.

Ella se dejó caer en la cama sin fuerzas, agotada por el enfrentamiento que acababa de mantener con el ángel oscuro.

Oriol paseaba por la sala como un animal furioso, confuso y cabreado. Su cabeza parecía que iba a estallar y no tenía fuerzas para seguir escuchando al ángel más hermoso y puro que jamás había visto.

Salió de la casa, extendió las alas y se alzó hacia el cielo.