CAPÍTULO 42
Veinticinco años atrás.
Cristina murió atacada por un ser del inframundo, pero los ángeles ocultaron a sus padres y a su hermana Meg la realidad de lo sucedido.
Con su magia angelical hicieron creer tanto a ellos como a la policía que había sido un allanamiento de morada y que tanto su hija como el bebé habían muerto accidentalmente.
Asimismo, cuando miraban a su hija la veían hermosa y con color en el rostro, sin apreciar el horror que había sufrido antes de morir en manos del asesino, ni de la cesárea improvisada que habían realizado para extraer a Sofía.
El dolor era tan grande que no soportaban permanecer en la ciudad que le había visto nacer y crecer, por lo que meses después, William, el padre, conseguía un traslado en el trabajo y se mudaron lejos de allí con su otra hija, Meg.
Época actual.
Meg había regresado a su ciudad natal tres semanas atrás. Hacía meses que se había divorciado y como no habían tenido niños decidió comenzar una nueva vida.
Melancólica, recorrió los sitios a los que su hermana Cristina y ella habían ido de niñas primero y de jóvenes después. Antaño, un profundo dolor llenaba su corazón cuando la recordaba, ahora la herida había cicatrizado y aunque la añoraba, lo hacía con amor.
Aquella tarde, mientras paseaba, sus ojos se encontraron con los de una joven que le quitó la respiración. Se quedó de pie frente a ella mirándola como si viese a un fantasma.
—¿Se encuentra bien? —se acercó solícita la joven.
—Sí…sí… —respondió Meg llevándose la mano al pecho.
—Tiene mala cara —afirmó la joven—, deje que le acompañe a ese banco —le propuso.
Meg se dejó ayudar sin apartar la mirada de la chica.
«Esos ojos», pensó la mujer observando con fijeza los ojos azules de la joven. «Son como los de Cristina, pero en su interior tiene las lucecitas de Gabriel. Eso es imposible. Me estoy volviendo loca».
—Espere aquí que voy al bar de allí a por un poco de agua —se ofreció la muchacha saliendo rápidamente a buscar algo para aliviarla.
Meg seguía sentada sin dar crédito a lo que veía. Su corazón se volvió loco y pensó que iba a morir. Su vista no se apartaba del bar al que había entrado la desconocida. En pocos minutos, esta había regresado y se sentaba junto a ella ofreciéndola un botellín de agua.
—Está usted muy pálida, permita que le tome el pulso. Soy médico.
Meg observó el rostro que tenía ante ella. El pelo negro como la noche, la piel blanca, los labios generosos y rojos… y los ojos.
Ian y Alex se encontraban cerca vigilando como siempre. Al ver como Sofía se acercaba a la mujer se les encendieron todas las alarmas, pero gracias a su excepcional oído podían escuchar la conversación. Alex miró a la mujer y frunció el ceño.
—¿Sucede algo? —se preocupó Ian.
—Fíjate en la mujer.
—Vale, qué tengo que… ¡Espera! —exclamó sorprendido. —Volvió a mirarla y posteriormente hizo lo mismo con Sofía.
—¿También te has dado cuenta?
—Su parecido es asombroso —confirmó Ian.
—Quizás la mujer se ha percatado de ello. Por eso se ha indispuesto. ¿Crees que puedan ser familia?
—Apostaría algo a que sí.
—Cuando se vaya, la seguiré para investigar y tu protegerás a Sofía.
—Está bien.
Más tarde Alex había tomado fotos de la mujer con el móvil y descubría donde residía. Sacó el teléfono y llamó a Gabriel.
—Te envío unas fotos y una dirección. Dime si la reconoces.
El ángel abrió la galería y cuando vio la imagen que aparecía en la pantalla sintió que su corazón se detenía.
—¿Cuándo la has visto? —preguntó exaltado mientras comprobaba la dirección y palidecía al verla.
—Hace unos minutos. Se cruzó con Sofía y casi le da algo. Ian y yo creemos que pueden ser familia.
—Así es —dijo Gabriel con la voz quebrada—. Es Meg, la hermana de Cristina. He de hablar con ella. Por ahora mantened la información en secreto, Sofía no debe enterarse hasta que conozca los motivos por los que ha regresado.
Poco después, Gabriel llamaba a la puerta de la casa de su cuñada. Cuando la abrió, la mujer se quedó paralizada frente a Gabriel. Ambos permanecieron en silencio sin poder hablar de la emoción.
—¡Gabriel! —rompió a llorar Meg lanzándose a sus brazos.
El ángel la estrechó con fuerza mientras las lágrimas se deslizaban por sus mejillas. El tiempo se detuvo mientras dos corazones malheridos se reconfortaban uno con el calor del otro.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó Meg cuando se calmó. —No te lo vas a creer, pero hoy… espera… tú sabes algo… Entra en casa —le ordenó con firmeza.
Apenas se cerró la puerta, lo arrastró hasta el sofá que tan bien conocía. El ángel se tambaleó como si le hubieran golpeado y se agarró al respaldo. Inspiró profundamente y trató de controlar sus emociones. Luego, se sentó junto a su cuñada, que lo miraba incrédula.
—Gabriel… ¿Por qué no has envejecido? Sigues tan joven y guapo como siempre —se extrañó. —Algo está sucediendo y necesito que me digas que no estoy loca. Hoy me he cruzado con una joven… una joven que era tan parecida a mi hermana… Gabriel… ¿Sabes de qué te hablo?
El ángel se acercó a ella y tomando sus manos la miró a los ojos.
Meg reconoció las estrellas de luz que siempre habían llamado su atención y también sintió la paz que el joven transmitía.
Gabriel reconoció a Cristina en la imagen de su hermana recordando el vacío que le dejó su ausencia.
Pensó en cómo explicarle la existencia de Sofía, su esencia, lo que estaba sucediendo y decidió que Meg se merecía conocer toda la verdad.
—Voy a explicarte todo, pero antes quiero que me prometas que lo que te cuente no saldrá de aquí.
—Lo prometo.
Cuando Gabriel terminó la historia, Meg inspiró profundamente y asintió con la cabeza.
—Recuerdo el día que te conocí —sonrió con melancolía. —Cristina me preguntó si te veía. Siempre me pregunté el porqué de esa extraña pregunta, pero era algo que simplemente había quedado en lo profundo de mi mente y relegué al olvido. Ahora lo comprendo todo. ¡Un ángel! Estás como siempre.
Gabriel sonrió mirándola con ternura. La mujer que se sentaba junto a él había sido cómplice de la relación que su hermana y él habían tenido, ayudando en todo lo que le pedían.
—Gabriel, debiste contármelo cuando te conocí —aseveró con tristeza—. Nunca os habría traicionado.
Él se encogió de hombros.
—Quizás.
—En cuanto a mi sobrina… ¡Qué extraño se me hace decir esa palabra!
No puedo odiarte por ocultarme su existencia, lo hiciste por su seguridad y es lo que más me importa, pero me has robado parte de mi vida al impedir que la conociera.
Y lo que es peor, me dices que está en peligro y que se ha convertido en un ser excepcional capaz de cambiar la historia de los hombres.
Durante unos instantes permanecieron en silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos.
—Quiero conocerla, no como esta mañana, quiero conocerla de verdad. Soy su tía, sangre de su sangre y tengo derecho.
—Lo sé —asintió Gabriel. —Primero hablaré con ella, pues no conoce tu existencia. —Dime tu número de teléfono y te llamaré en cuanto esté preparada.
—Gracias, Gabriel.