CAPÍTULO 41
Valeria, Gabriel y Miranda volaban sobre la ciudad tratando de encontrar el rastro de Oriol. Ya estaban perdiendo la esperanza de dar con él por lo que estaban abatidos.
—Regresemos al refugio —indicó Gabriel—, quizás Fiona o Sofía puedan aportar alguna idea. Nosotros no podemos hacer nada más. El rastro en el aire desaparece rápidamente.
—De acuerdo, asintieron ambas mujeres.
Una vez en el refugio se reunieron con Jonás y Samuel para reportar las novedades. Los cinco permanecieron en silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos.
—Voy a buscar a Fiona —se ofreció Jonás saliendo de la enorme sala. Poco después llegaron ambos.
—Hermana —saludó Samuel. —Comprendemos que tienes que estar agotada y apenada por lo que estás viviendo, pero necesitamos dar con Oriol antes de que cause más dolor.
—Samuel, no te puedes hacer una idea del sufrimiento que llena mi corazón. ¡Es mi hijo! Sé que es un monstruo, un asesino, lo vi con mis propios ojos cuando terminó con Manuel, pero tengo fe de que se pueda redimir.
—Siempre has sido la mejor de nosotros, buscando en el interior de los demás lo positivo, confiando en los humanos, alentándoles a seguir por el camino recto… Oriol no va a cambiar, hermana. Lamento profundamente hacerte daño. Es un hecho.
Fiona tomó asiento con la cabeza inclinada tratando de ocultar las lágrimas que no podía evitar derramar.
Gabriel tomó asiento junto a ella y tomó su mano con cariño.
—¿Te encuentras con fuerzas para contarnos lo que sucedió durante tu cautiverio?
Ella permaneció en silencio tratando de encontrar algo que le hubiera llamado la atención, cualquier pista que pudiera ayudarlos. Inspiró profundo y tomó aire.
—No se dejó ver en ningún momento, me abastecía de lo que necesitaba, pero lo hacía cuando yo dormía.
Lo llamé a gritos una vez tras otra, mas no conseguí que diese la cara.
Sabía que era él, que era mi hijo. Su olor me acompaña desde que nació.
Jamás podré olvidarlo —afirmó con la voz rota—.
Cuando llegó con Sofía se detuvo delante de mí y fue como si el tiempo se hubiese detenido y mi pequeño todavía no hubiese asesinado a su padre. Estaba como siempre.
La mujer se rompió y lloró desconsolada. Miranda y Valeria se acercaron a ella y con cariño la acompañaron a su habitación. La acostaron en el lecho y se tumbaron junto a ella posando sus manos en su cabeza transmitiéndola la paz que tanto necesitaba.
Fiona cayó en un profundo y reparador sueño mientras sus hermanas la velaban con cariño.
—Sofía, ¿qué nos puedes contar de Oriol? —le interrogó Samuel.
—Es un ser oscuro, lleno de rabia y dolor.
Lo ve todo desde una perspectiva diferente, culpando a los demás por las maldades que ha cometido.
Aun así… considero que conserva algo de luz.
Su aura no era negra totalmente, desprendía pequeñas iridiscencias luminosas y es posible que, si lo desea con todas sus fuerzas, pueda redimirse.
El consejo reaccionó con frases de duda e incluso de indignación.
—Sofía —aseveró Samuel. —No conoces la naturaleza de Oriol, todos los males que ha cometido de la manera más vil y retorcida.
Años atrás contra la gente del pueblo y su padre.
Actualmente es el causante de la muerte de licántropos y vampiros a los que de alguna manera convenció para cumplir sus deseos.
A los dos jóvenes licántropos que se negaron a seguirle ordenó matarlos. Y a ti…
—Samuel, sé todo lo que ha hecho y me produce tristeza que un híbrido de ángel se haya comportado como un vulgar asesino…
, pero es uno de los nuestros y por lo que me ha contado Fiona, ha pasado toda su larga vida castigado en el inframundo excepto los primeros veinte años.
Quizás ha llegado el momento de escucharle para que nos explique por qué ha obrado así.
—Pequeña —intervino Jonás—, admiro tu bondad y capacidad de perdón, pero Oriol nació enfermo y maldito. Nada ni nadie podrá recuperarle.
La sala del consejo quedó en silencio mientras los presentes meditaban sobre la decisión que debían tomar.
—Pienso como Jonás y Samuel —afirmó Miranda.
—Yo también —se sumó Gabriel.
—Aunque Fiona no está presente, no puede pronunciarse por los lazos de sangre que les une —zanjó Samuel con dureza. —Encontraremos a Oriol y esta vez el castigo no será el destierro, será la muerte.
Sofía los miraba sin dar crédito a lo que escuchaba. Eran ángeles, los seres más puros del universo. ¿Cómo podían tomar esa decisión?
Abandonó la sala y se refugió en su habitación desde donde llamó a su madre.
—Mamá, regreso a casa.
—No puedes, cariño. Allí estarás protegida de cualquier ataque que planee Oriol. Si regresas, volverá a hacerte daño.
—No voy a cambiar de opinión —replicó rotunda. —Le diré a Gabriel que me lleve. ¿Puedes hablar con Ian y Alex para avisarles?
—Está bien —accedió Carmela. —Cuando llegues me explicas lo que ha sucedido.
Gabriel rodeó a su hija con los brazos y ascendió hacia el cielo en dirección a la casa de la joven. Guardaban un incómodo silencio, pues Gabriel desaprobaba que su hija abandonase el refugio.
Cuando llegaron se miraron con intensidad, cada uno sin dar a torcer su brazo. Gabriel se acercó a ella y apoyó las manos en sus hombros.
—Hija, cuídate, no soportaré perderte como a tu madre.
—No me perderás, tengo quien cuide de mí. Tu sigue buscando a Oriol y avísame si lo encuentras.
—Lo haré.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
Gabriel se despidió y emprendió el vuelo de regreso mientras Sofía explicaba a sus padres los últimos acontecimientos.
—Quizás el consejo tenga razón, Sofía. Oriol lleva siglos demostrando lo que es, un peligro para los que le rodean —apuntó Malcom.
—Probablemente, papá, pero algo en mi interior me dice que estamos a tiempo de salvarlo.
—Por cierto —intervino Carmela cambiando de conversación—, abajo te esperan dos chicos que te han echado mucho de menos.
El rostro de Sofía se iluminó y, despidiéndose de sus padres, bajó a la calle.
Apenas habían pasado unos días, pero fueron los suficientes para darse cuenta de lo importantes que eran para ella. Abrió la puerta del portal y allí estaban los dos, uno junto al otro a pesar de que sus especies eran enemigos ancestrales. Se acercó y los abrazó a los dos al tiempo.
—No me lo puedo creer —se reía Sofía sentada en una terraza con el vampiro y el licántropo. —¿De verdad estáis haciéndoos pasar por una chica y él se lo ha creído?
—Se nos ocurrió la idea cuando interrogamos al doctor —afirmó Alex—. Parece ser que el móvil y las redes lo tienen atrapado.
—¿Qué es lo que intentáis hacer?
—Ganarnos su confianza y quedar para que “la chica” y él se conozcan personalmente. En ese momento le atraparemos.
—Me preocupa su reacción. Cuando Fiona me contó su historia vi la cara oscura de Oriol.
—Somos dos contra uno —indicó Ian—, no tiene oportunidad de escapar.
—Si fuese tan fácil no estaría causando tanto daño desde hace meses sin que nadie lo haya encontrado —aseguró Sofía.
—¿Quieres ver las conversaciones de Instagram? —se entusiasmó Alex ofreciéndola el teléfono al tiempo que los dos chicos se acercaban a ella para verlo mejor, uno en cada lado.
Sofía leyó los mensajes y no pudo evitar una sonrisa. Oriol parecía un adolescente enamorado. Aunque claro, con apenas veinte años lo mandaron al inframundo y poco o nada sabrá del amor, si su carácter era tan fuerte.
—Reconozco que parece bastante interesado. ¿Cuánto tiempo pensáis seguir así?
—Hoy pensábamos darle conversación —explicó Alex—, pero ya que has llegado échanos una mano.
—Vale, deja que piense…
Tras un rato Sofía empezó a escribir.
—Hola Oriol.
Esperó atenta a ver si respondía y apenas pasaron unos segundos cuando contestó.
—Hola Amalia. ¿Qué tal tu día?
—Los he tenido mejores.
—¿Te pasa algo?
—Estoy harta de la vida que tengo. (Carita triste).
—¿Por qué?
—Vivo en un pueblo muy pequeño, apenas somos seiscientos habitantes, y creo que jamás podré salir de aquí. (Lágrima).
Oriol se quedó pensativo tratando de decir algo que le animase.
—¿Dónde está?
—En Plent, un lugar perdido entre las montañas. ¿Dónde vives tu?
—En Bernor, una ciudad muy bonita en medio de un valle.
Los tres jóvenes se miraron sorprendidos. Oriol estaba hablando del lugar en el que vivía Sofía.
—¡Qué pena que estemos tan lejos! Me gustaría conocerte en persona.
Oriol metió el nombre del pueblo y observó que estaba a tan solo una hora y media de distancia del lugar en el que él estaba.
—No estamos tan lejos —afirmó contento—, podría ir a visitarte y así nos podríamos ver.
—No, no —respondió Sofía. —Mi padre no me deja que conozca a gente que no sea del pueblo. Si vienes, se enfadará.
—¿Por qué le dices que no? —se extrañó Ian. —Hay que aprovechar el momento.
—Si accedo rápido puede sospechar, es mejor que le ponga pegas.
—Pero que complicadas sois las chicas —dijo el vampiro encogiéndose de hombros.
—Podemos encontrarnos a escondidas —respondió el ángel tras un rato de duda.
—Me da miedo que se entere. (Carita de susto).
—No te preocupes, sé cómo vernos sin que se entere.
—Deja que lo piense. Mañana hablamos.
—Vale.
—Oriol… Muchas gracias por todo (carita feliz).
—Hasta mañana—respondió Oriol con una sonrisa.
Sofía devolvió a Alex el móvil.
—Mañana quedamos con él —aseguró—, pero pensad la manera de atraparle sin que salpique la sangre—dijo mirando a Ian con intensidad.
—¡Oye, que el lobo también la lía! —protestó el chico disgustado.
La chica negó con la cabeza murmurando.
—Chicos… son como niños.
Al día siguiente, Oriol convenció a la chica de que se acercara por la noche a las afueras del pueblo para que su padre no se enterase.