Tres almas y una profecía CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39

Sofía estaba con un paciente cuando entró en la habitación el doctor Pelayo. El hombre traía la cara congestionada y llamó a la joven con urgencia.

—Sofía, te necesito.

Ella alzó la cabeza y lo miró preocupada.

—¿Qué sucede?

—Tengo un paciente que necesita tu ayuda.

—¿Mi ayuda? —se sorprendió.

—Parece ser que te conoce y me ha pedido que vayas tú. No quiere que le mire otro médico. Me ha pedido que te diga que es Alex y con eso comprenderás el motivo por el cual solo tú puedes ayudarle.

—¿Alex? —se volvió hacia el paciente. —Volveré dentro de un rato. Tengo un caso urgente.

Salió de la habitación y miró al doctor.

—¿Dónde está y qué le ocurre?

—Está escondido esperando a que te lleve con él. No sé lo que sucede, pero sangra abundantemente por el cuello y está bastante pálido. Apenas he podido ver dos pequeños orificios, pero no me ha permitido examinarlo.

—Lléveme con él, por favor.

Ian se dispuso a seguirla guardando las distancias. El hombre la guio hasta el ascensor y entraron cuando las puertas se abrieron. Ian dudaba entre colarse en él o hacer el recorrido a pie, cuando Sofía negó con la cabeza.

Esperó a que las puertas se cerrasen y se fijó en el sentido que tomaba el ascensor y comprobó que descendía. Fue hasta las escaleras y bajó uno a uno hasta llegar a la planta en la que se había detenido.

El pasillo estaba vacío, pero el olor de la joven le guiaba hacia el fondo y allí se dirigió. La puerta estaba cerrada pero no tuvo problema en abrirla. Sentado cómodamente tras la mesa se encontraba el médico con el que la joven se había ido.

—Buenas tardes, joven. ¿Desea algo?

Ian miró por todo el despacho buscando a la chica, pero no estaba allí.

—¿Dónde está Sofía?

—¿Sofía?

—La doctora con la que estaba hace un momento.

—No tengo ni idea de lo que me habla.

—No mienta —le soltó cabreado acercándose a él.

—Como te acerques un poco más llamo a seguridad.

Ian ignoró la amenaza y se acercó hasta agarrar al hombre por la camisa y ponerle en pie.

—Le voy a repetir la pregunta una sola vez. Si no responde lo haré a la fuerza. ¿Dónde está Sofía?

—No lo sé.

Ian lo dejó caer sobre la silla y se acercó a su rostro mirándole fijamente a los ojos.

—Sofía —preguntó.

—Se la ha llevado —respondió el hombre como si estuviera en trance.

—¿Quién?

—El ángel.

Ian retrocedió como si le hubieran golpeado.

—¿Qué ángel? —insistió a punto de estallar.

—Oriol.

—¿Por dónde?

El hombre señaló hacia la ventana como si fuese un robot.

El vampiro lo golpeó dejándolo inconsciente y salió corriendo, marcando el número de Gabriel.

—Se la ha llevado —gritó cuando el hombre cogió la llamada.

—¿A quién?

—A Sofía.

—¡Sofía! Ian, tranquilízate y dime quién se la ha llevado y a dónde.

—No puedo, Gabriel. —murmuró con la voz rota. —Se la llevó Oriol, pero no puedo seguir su pista. Salió volando desde una ventana del hospital.

—Ahora mismo vamos a buscarlo. Miranda y Valeria me ayudarán.

—No vuelvas sin ella.

Alex se extrañó al no encontrar a Ian vigilando a Sofía. Él se había ausentado porque recibió una llamada de Carmela pidiéndole que bajase a recepción para ayudarla en algo y avisó al vampiro para que supiese que se encontraba solo.

—Sofía me dijo que no montase en el ascensor. Bajé por las escaleras, pero cuando llegué al despacho ya no estaba —explicaba Ian mesándose el pelo con desesperación.

—No le des más vueltas —le animó Alex —, tú hiciste lo que te pidió.

—Debí negarme, ese hombre tenía un aspecto que no inspiraba confianza.

— No te mortifiques podría haberme sucedido también a mí.

— Pero he sido yo el responsable de que ella haya desaparecido y me temo lo peor.

Ambos jóvenes permanecieron en silencio y abandonaron preocupados el hospital.

Oriol llegó a la gruta con su prisionera y la dejó en compañía de Fiona. La mujer por fin pudo ver el rostro de Oriol y unas lágrimas rodaron por sus mejillas.

— Oriol, por fin nos vemos de nuevo, acércate y habla conmigo por favor.

—Tú y yo no tenemos nada que decirnos. Mi vida ha sido un infierno por tu culpa y te lo haré pagar con creces.

—Oriol —dijo Sofía mirando al joven ángel. —No sé quién eres y por qué estás tan enfadado, pero me sorprende que un ángel actúe de esta manera. Algo horrible te ha tenido que suceder para que te comportes así.

—Pregúntale a ella — indicó indignado.

—Hijo, sabes que tuvimos que tomar esa medida porque estabas descontrolado.

— No me llames hijo. Jamás

Sofía miró a la mujer y después al joven, sorprendida por lo que acababa de escuchar. ¿Era realmente Oriol el hijo de Fiona? ¿Por qué odiaba tanto a su madre?

El ángel se acercó a Sofía y la ató con una cadena de oro. Después se giró con el ceño fruncido y desapareció entre las sombras.

Las dos mujeres se mantuvieron en silencio durante un rato. El rostro de Fiona expresaba tristeza y dudas. No sabía si podía confiar su secreto a Sofía.

—Fiona, no comprendo lo que está pasando, pero creo que ha llegado el momento de que me lo cuentes. No solo corren peligro tu vida y la mía, sino la de muchos otros seres que nos apoyan.

El ángel asintió con la cabeza y comenzó a contarle su historia.

—Hace mucho tiempo me enamoré de un humano.

Su nombre era Manuel y por él estuve viviendo en la tierra.

Cuando Manuel y yo llevábamos veinte años casados, me sorprendió saber que estaba embarazada.

Mi marido ya tenía cuarenta años y se puso muy feliz con la noticia.

Disfrutamos del embarazo porque era un bebé deseado.

Aunque no era habitual que un ángel y un humano procrearan, tampoco era imposible.

En aquella época no existía la prohibición de relacionarnos con los humanos.

Cuando nació Oriol, se convirtió en nuestra luz, en nuestra alegría, en lo más bonito del mundo.

Pero a medida que crecía, nuestro hijo fue cambiando.

Desde pequeño comenzó a pegar a otros niños, capturaba animales y los mataba por el mero placer de disfrutar.

De joven siempre llegaba borracho y con señales de haberse peleado.

En el pueblo la gente no lo quería, incluso lo temían.

Su padre y yo tratamos de ayudarle y orientarle por el buen camino, pero parecía que algo oscuro se había apoderado de él y no nos hacía caso.

Fiona tomó aire temblando, cogiendo fuerzas para seguir con la historia.

—Cuando nuestro hijo tenía veintidós años, llegó a la cabaña de madera en la que vivíamos.

Estaba absolutamente borracho y llegaba muy muy enfadado.

Manuel y yo intentamos hablar con él, mas fue imposible, no quería escucharnos.

Por algún motivo su corazón estaba lleno de odio.

Se acercó a su padre y con fuerza lo agarró de la ropa lanzándolo contra una pared.

La voz de Fiona se quebró y se detuvo mientras lágrimas de tristeza se deslizaban por sus mejillas.

Sofía esperó en silencio con el corazón roto ante la historia que le estaba contando.

—No contento con eso —continuó narrando Fiona—, me arrojó contra la mesa dejándome semiinconsciente, regresó junto a Manuel y comenzó a propinarle patadas y puñetazos hasta que terminó con su vida —finalizó la mujer destrozada al evocar ese momento de su vida.

Sofía no pudo evitar soltar una exclamación. Se removió y comenzó a quitarse la cadena de oro con la que Oriol la había atado.

—Pero ¿cómo puedes quitarte las cadenas? —se asombró Fiona.

—Apenas las apretó, son simples cadenas de oro —aseguró.

—¿No sabes que el oro, dependiendo de cómo lo utilicen, sirve para encadenar a un ángel?

Ella negó con la cabeza.

—Soy nueva en esto y tengo mucho que aprender.

—Ha sido una suerte que él no lo sepa —se felicitó Fiona. —Intenta soltar las mías para que salgamos de aquí.

La joven se acercó al ángel y con delicadeza fue retirando la cadena, ya que comprobó que el roce del oro le producía terribles dolores. Una vez estuvo libre, Fiona agarró de la mano a Sofía y alzando la cabeza hacia la cúpula dijo.

— Vamos allá.

— No sé volar, no tengo alas —explicó la joven.

Sorprendida, Fiona abrazó a Sofía y extendiendo sus alas salió volando hacia el orificio que había en la parte superior de la cúpula, dirigiéndose a la ciudadela blanca.

Sofía cerró los ojos recordando la conversación que estaba teniendo con Fiona y deseo conocer el resto de la historia.

—Pequeña — le susurró Fiona al oído—, tienes que estar precavida, Oriol volverá y tratará de hacerte daño.

Es mi hijo y lo amo con toda mi alma y, aun así, me aterra su presencia.

¿Deseas conocer el final de la historia?

—Sí.

—Tras el asesinato de Manuel, mi mundo se hundió.

El hombre que era toda mi vida ya no estaba junto a mí.

Nuestro hijo era un asesino y comprendía que tenía que pagar por lo que había hecho.

Mis hermanos acudieron a mi llamada y lo apresaron.

Tras un juicio en el que se me partió el corazón, decidieron que sería enviado al inframundo donde recibiría el castigo que se merecía.

Desde entonces Oriol estuvo retenido en la oscuridad purgando sus pecados, y cada día, he derramado lágrimas por él.

Sé que es malvado, un asesino, la antítesis de lo que debe ser un ángel… , pero Sofía, es mi hijo…

Sofía alzó la mano y la apoyó en la mejilla de Fiona, dejando salir un rayo de luz angelical. La mujer suspiró como si el dolor que le oprimía el pecho hubiera desaparecido por encanto. Sorprendida miró a la joven y besó su mano.

—No comprendo lo que eres ni lo que nos depara el destino, pequeña Sofía. De lo que estoy segura es de que serás capaz de doblegar a mi hijo.

Divisaron el refugio de los ángeles y Fiona descendió dejando a Sofía en el suelo con delicadeza.

El consejo, alertado de su llegada, salió a recibirlas con emoción. Abrazaron a su hermana desaparecida durante tanto tiempo comprobando su estado y posteriormente se dirigieron a la joven.

Informaron a Gabriel de las buenas nuevas y pidieron a las recién llegadas que descansaran un rato, en especial a Fiona.

Ian y Alex estaban con los padres de Sofía cuando recibieron la noticia. Los muchachos se abrazaron con entusiasmo dejando estupefactos a Carmela y Malcom.

«Quién los ha visto y quién los ve», pensaba la mujer. «Toda la vida enemigos y ahora unidos por el amor a Sofía, pues está claro que ambos están locos por ella».

—¿Qué va a hacer ahora? —preguntaba Malcom a Gabriel, que les había telefoneado. — ¿Vamos a buscarla?

—Consideramos que es mejor que permanezca con nosotros. ¿Recordáis a Oriol? Nació más o menos cuando vosotros —indicó a los dos ángeles híbridos.

—Nunca coincidimos —dijo Carmela—, pero su historia llegó a todos los rincones. No dábamos crédito a lo que sucedía y tuvisteis que tomar medidas. Lo que no comprendemos es cómo ha escapado del inframundo.

—Es una de las cosas que tenemos que averiguar —aseveró Gabriel—, pero primero tenemos que encontrarlo.

—¿Tenéis alguna idea? —se interesó Alex.

—Conocemos su refugio y hemos estado allí, aunque dudamos que regrese.

—¿Se os ha ocurrido hablar con el médico que le ayudó a secuestrar a Sofía? Pienso que es un buen lugar para empezar—apuntó el licántropo.

—Buena idea, Alex, quizás ese hombre pueda darnos alguna pista.

—Podemos interrogarle Alex y yo —intervino Ian.

Un enorme silencio llenó la habitación. Gabriel carraspeó al otro lado de la línea telefónica y con tacto le sugirió.

—Sería conveniente que fuesen Alex y Malcom.

—¿Qué problema tienes conmigo? —se sulfuró el muchacho consciente de que el ángel no quería que fuese.

—Convendrás conmigo en que tienes una… ejem… ligera tendencia a arrancar corazones… —alegó Gabriel tímidamente.

Ian tomó aire tratando de relajarse antes de contestar.

—Os doy mi palabra de que ese médico mantendrá su corazón en el pecho cuando terminemos de hablar con él.

—Como tu veas, muchacho. Por favor, no le intimides más de lo necesario.