Tres almas y una profecía CAPÍTULO 38
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CAPÍTULO 38

Siglos atrás.

Una pequeña ciudad con calles polvorientas y casas humildes. En el centro, una enorme iglesia de piedra y casas señoriales con escudos nobiliarios.

Fiona descendió y caminó entre sus habitantes sin que fuesen conscientes de ello gracias a su invisibilidad.

Se acercó a sus protegidos y comprobó que todo iba bien.

Sonrió satisfecha, pues para ella los humanos eran seres con cuerpos frágiles, pero espíritus fuertes.

Disfrutaba mucho de sus visitas a la tierra y le gustaba pasar el rato junto a ellos para aprender sus costumbres, sus deseos, sus relaciones y, sobre todo, le fascinaba como se amaban.

El rostro de una madre meciendo a su bebé en brazos, el de una abuela riendo con sus nietos, el loco amor adolescente, el apasionado amor de pareja y el dulce sentimiento de los ancianos que han compartido su vida durante tantos años que ya parece que se han convertido en uno solo.

Fiona suspiró embargada de un gran regocijo.

Entonces escuchó voces que se fueron transformando en gritos y se dirigió hacia el lugar del que procedían. Una pareja de unos cuarenta años discutía acaloradamente delante de su hijo de trece años.

El niño los miraba con cara asustada y los ojos llenos de lágrimas, viendo como el padre levantaba la mano para pegar a su madre.

Con un gesto, Fiona detuvo el golpe e hizo tropezar al hombre, que cayó de bruces al suelo sin comprender qué le había hecho caer, puesto que el ángel no se había hecho visible.

Atónito por lo sucedido, se incorporó ágilmente y miró a su alrededor.

Varios transeúntes se habían detenido al ver lo que sucedía, pero ninguno se había atrevido a intervenir.

Cabreado y avergonzado, se largó dejando a su esposa e hijo en medio de la calle.

Fiona vio entre la gente a una mujer con un aura que reflejaba bondad que se acercaba a la pareja.

—¿Estáis bien? —se preocupó. —¿Queréis que lo denunciemos a la autoridad?

—No ha pasado nada —respondió asustada la madre. —Todo está bien.

—Cariño, me temo que las cosas no están bien. Por ti y por tu pequeño debes tomar medidas. Este tipo de hombres, tarde o temprano, terminan haciendo un daño irreparable a su esposa o a sus hijos —explicó mirando al niño.

—No puedo —susurró asustada. —Me ha dicho varias veces que, si lo denuncio, me matará.

—Si no vas, te matará —afirmó la mujer. —¿Cómo te llamas?

—Rosario.

—¿Y tú? —interrogó al pequeño.

—Manuel.

—Me llamo Cecilia. Vamos—le pidió con una sonrisa tranquilizadora extendiendo la mano.

Fiona los siguió, observando lo que sucedía. El cuartelillo era apenas una habitación y los guardias miraron con lástima a la madre y al chico.

—Señora, lamentamos mucho no poder ayudarla. Su marido es el cabeza de familia y por desgracia la ley lo ampara.

Rosario asintió cabizbaja y agarrando a Manuel salió a la calle y se quedó temblorosa mirando al suelo.

—Rosario, ¿qué sucede? —se preocupó Cecilia.

—¿Qué hago ahora? No puedo regresar a casa.

Cecilia se quedó pensativa un instante y después le ofreció con una sonrisa.

—Mi casa no es grande ni lujosa, pero puedo haceros un hueco hasta que decidas qué quieres hacer. Me encantaría compartirla con vosotros. ¿Qué te parece?

Rosario la miró con agradecimiento y asintió.

Convivieron varios meses hasta que encontraron unos parientes que accedieron a acogerles en un pueblecito lejano.

Fiona fue acompañando desde la distancia a la pareja durante años comprobando como recuperaban la felicidad y como Manuel se convertía en un hombre.

Manuel había cumplido veintidós años, tenía la mirada limpia y un gran corazón. Quería a su madre con locura y la acompañaba con cariño sabiendo todo lo que había sufrido. Las jóvenes del pueblo suspiraban por él, pues era apuesto y siempre ayudaba a los demás.

Su pelo castaño y rebelde caía en ondas perfectas sobre los ojos del mismo color, tenía la piel curtida de trabajar en el campo, las manos fuertes con callos, el cuerpo grande pero proporcionado.

Fiona sentía como poco a poco el joven le robaba el corazón, y aunque las relaciones entre ángeles y humanos en esa época estaban permitidas, sabía que sufriría mucho si era correspondida.

Una mañana decidió que hablaría con él y permitió que viese su aspecto.

—Buenos días, Manuel —le interceptó mientras se dirigía a trabajar las tierras.

—Buenos días, señora —saludó jovialmente regalándola una sonrisa.

—¿Cómo va todo?

Manuel se detuvo y la miró a los ojos, descubriendo en su interior unas extrañas luces que lo atraparon al instante.

—Disculpe si no la recuerdo, pero creo que no nos habíamos visto antes.

—Así es, nunca me viste, aunque he permanecido mucho tiempo por la zona. Has crecido mucho y te has convertido en un hombre de provecho.

«Qué mujer más extraña», pensó Manuel mientras la repasaba con la mirada. «Es muy hermosa y parece que brilla con luz propia. ¿Qué edad tendrá? Apostaría que unos cuarenta…».

—Me llamo Fiona ¿Te importa que camine junto a ti?

—Será un placer.

Y así, durante semanas, Fiona y Manuel caminaban juntos hasta las tierras cada mañana.

Un día Manuel habló con su madre.

—He conocido a una mujer que nunca había visto en el pueblo y me tiene intrigado. Quizás tú la conozcas.

—Qué extraño —se sorprendió Rosario. —Este pueblo es pequeño y todos nos conocemos.

—Pensé lo mismo cuando la vi por primera vez, pero debe vivir cerca, pues coincido con ella cuando voy a trabajar.

—¿Cómo es? —se interesó la mujer.

—Es muy hermosa y su rostro desprende bondad. Sus ojos son… no sé cómo describirlos, pero es como si pudiese leer mi alma.

—Por como hablas de ella parece que te ha impactado —sonrió la mujer.

—No es lo que crees, es mayor que yo, calculo que tendrá unos cuarenta años.

—Pues ya me tienes intrigada —manifestó la madre con gesto pensativo. —Si tanto aprecio sientes por ella, no me importaría conocerla. Invítala un día a casa.

Cuando amaneció, Manuel se arregló y salió caminando hacia las tierras. Encontrarse con Fiona cada mañana se había convertido en un hábito muy agradable e inconscientemente, la buscaba con la mirada.

—¿Dónde estará? No la veo por ningún lado. ¿Estará bien? ¿Le habrá sucedido algo?

Llegó hasta las tierras sin cruzarse con ella y mientras usaba la azada pensaba en ella, mientras descansaba comiendo queso y bebiendo de la bota de vino, pensaba en ella. Al anochecer cuando guardaba las herramientas en la caseta de madera, pensaba en ella…

Y así sucedió durante un par de semanas, durante las cuales Manuel no se podía quitar de la cabeza a la misteriosa mujer que durante semanas lo había acompañado.

Fiona sentía que su corazón estaba cada día más atrapado por la personalidad del muchacho y tenía miedo de lo que pudiese suceder.

Quizás él no sintiese nada más que una simple amistad.

Era joven y guapo y sabía que varias jóvenes del pueblo estaban enamoriscadas de él.

Cualquiera de ellas le podría hacer feliz y darle una vida plena, le ayudaría en sus cosas, tendrían hijos…

Ella, en cambio, tenía miedo de ser correspondida.

Al fin y al cabo, era un ángel y su vida sería diferente. Ella era inmortal. Él humano.

—No volveré a verlo. Es tan feliz que no puedo robarle sus sueños.

Pero dos semanas después regresó para verlo de nuevo, aunque en esta ocasión no permitió que pudiera verla.

Caminó junto a él y se dio cuenta de que el joven miraba alrededor como buscando a alguien.

—¿Dónde estará? —murmuró él en voz alta.

Fiona se detuvo emocionada. ¿Era a ella a quién buscaba? ¿La echaba de menos?

Extendió las alas y salió volando con el corazón lleno de alegría.

Al día siguiente, se encontró con él en el camino.

—Fiona —gritó él cuando la vio en la distancia, alzando la mano para saludarla.

—Manuel, ¿qué tal va todo?

—Eso me pregunto. Llevo dos semanas sin verte y estaba preocupado.

—Todo está bien, tuve que salir de viaje inesperadamente.

—Me alegro mucho de volver a verte. Me has acostumbrado a tu compañía y te he añorado —confesó el chico.

Y de nuevo cada día se encontraban en el camino y paseaban hasta llegar a las tierras.

—Quédate hoy conmigo —le rogó Manuel. —He metido queso y pan para dos y también tengo vino en la bota. ¿Te apetece?

Fiona asintió con la cabeza mientras su corazón galopaba en el pecho como si fuese a estallar.

—¿Sentirá lo mismo que yo? —pensaba. —¿O simplemente le agrada mi compañía? Sea como sea, soy feliz a su lado.

El joven estaba en casa con su madre devorando un copioso desayuno.

—Manuel, hijo, ya tienes edad de casarte. ¿Hay alguna chica del pueblo que te guste?

—Madre, no tengo ninguna prisa, estoy bien aquí.

—Pero tienes que buscar tu propio destino, no puedes sacrificarte por mí. Yo estoy bien y sé que, aunque te cases no me olvidarás. Incluso puedes vivir aquí con tu esposa si os apetece.

—En serio, mi vida ahora mismo es perfecta.

—¿Qué te parece la hija del panadero? —insistió Rosario. — Es muy bonita. O las del carnicero. Ahí tienes tres jóvenes para elegir.

Manuel se encogió de hombros y siguió comiendo, pero cuando se encontró con Fiona le comentó la conversación que había tenido con su madre.

El ángel lo escuchaba con dolor, pues comprendía que tarde o temprano el chico elegiría a una de las jóvenes del pueblo.

Sacó fuerzas para preguntarle.

—¿Qué le respondiste?

Él se detuvo y la sujetó por los brazos. Era la primera vez que se tocaban y sintió que su cuerpo estallaba en llamas. Se contemplaron tratando de averiguar los sentimientos del otro y entonces sucedió.

Sus rostros se acercaron y sus labios se rozaron suavemente. Manuel sintió que esa mujer era lo único que quería, que era lo que había esperado toda su vida y que ya se encontraba en casa.

Se besaron apasionadamente. Manuel agarró la mano de Fiona y caminaron juntos hasta las tierras.

Abrió la puerta de la caseta y preparó un lecho sobre el suelo con las mantas que ahí guardaba.

Se tumbó sobre ellas y alzó la mano hacia la mujer.

Sin dudarlo, Fiona se tumbó junto a él y se dejó llevar.

Las prendas fueron cayendo al suelo una a una, lentamente, con delicadeza, hasta que sus cuerpos quedaron desnudos. Se fundieron en un abrazo y exploraron cada curva, cada trozo de piel, cada aliento, hasta que se convirtieron en uno solo.

—Es a ti a quien quiero —le susurró al oído a Fiona. —Quiero que seas mi mujer.

—También te quiero —respondió ella mientras unas lágrimas se deslizaban por sus mejillas.

—¿Por qué lloras entonces?

—Tengo algo que contarte…

Manuel se sentó sobre las mantas sobresaltado.

—¿Estás casada?

—No.

—¿Entonces?

—Es algo más…complicado.

—Cuéntamelo para que lo comprenda. Te amo. Aceptaré cualquier cosa.

—Soy… soy un… ángel.

—Lo sé. Eres la mujer más dulce y buena que he conocido jamás.

—No es eso… soy un ANGEL.

Manuel no comprendía nada. Frunció el ceño y la miró indeciso.

—UN ÁNGEL —repitió Fiona desplegando las alas.

Manuel retrocedió y cayó sobre las mantas mirándola sin decir nada, pensando si lo que veía era cierto.

—Eres UN ÁNGEL —afirmó con una sonrisa.

Ella no habló, tan solo observaba su reacción y esperaba.

—Te quiero, Fiona. Seas ángel o demonio, te quiero. —Y acogiéndola en sus brazos hicieron nuevamente el amor.

—Madre, voy a construir una cabaña junto a la caseta de herramientas.

—¡Que buena noticia, hijo! Eso significa que has encontrado una moza y te vas a casar.

—No se haga ilusiones, de momento es el primer paso para independizarme.

—¿Acaso no estás bien aquí?

—Al contrario, pero el casado casa quiere. Mi mujer también querrá algo de intimidad.

—¡Qué alegría ¡Pues claro que sí!

Manuel construyó una casita pequeña pero acogedora en sus tierras, alejada del pueblo y de sus habitantes. Fiona le ayudó a decorarla y cuando estuvo lista, decidieron hablar con Rosario.

Fiona había explicado a Manuel que los ángeles eran invisibles para los humanos salvo que se dejasen ver. En su caso, solo le había permitido a él que la viese.

—Me hace mucha ilusión que mi madre te conozca. ¿Sería posible?

—Dile que venga un día a comer —ofreció ella. —Así no tendré que preocuparme por el resto del pueblo.

—Casémonos —pidió él—, no sé cómo hacéis los ángeles, pero te amo y quiero pasar el resto de mi vida contigo.

—Pediré a dos de mis hermanos que oficien la ceremonia, pero tan solo tu madre podrá venir.

—Me parece perfecto. Las dos personas que más quiero estarán junto a mí.

El día de la comida, Rosario y Fiona se entendieron muy bien y cuando abandonó la casa dejando a la pareja a solas, iba feliz pensando en su hijo. La boda sería en dos semanas, y aunque inicialmente no comprendió la exigencia de su hijo, la respetó.

Fue una boda sencilla pero llena de amor. Miranda y Jonás oficiaron la ceremonia ante los asombrados ojos de Rosario. Manuel y Fiona expresaron todo su amor y dos alianzas de oro lo sellaron.